Populismo y nueva Constitución – Por Rodolfo Arecheta

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Por Rodolfo Arecheta *

Desde hace un tiempo venimos escuchando que Chile es tierra fértil para el populismo, pareciendo hoy una profecía autocumplida. Casi sin darnos cuenta, nuestro Congreso pasó de estar habitado por políticos más o menos competentes a ser un estudio de televisión donde se filma una comedia repleta de personajes ávidos de aprobación. Quizás hoy la exponente más visible del fenómeno es Pamela Jiles. Con un estilo que mezcla rasgos populistas de Chávez, pero también de Trump (el populismo no distingue color político), hoy es ella quien dicta gran parte de la agenda política del país. ¿Puede el populismo afectar a la Nueva Constitución? Sin duda que sí, ya que las constituciones modernas usualmente buscan evitar la concentración del poder del gobierno repartiéndolo en distintas instituciones (muchas de ellas autónomas del gobierno de turno), lo que se opone al populismo, que busca concentrar el poder en un líder o partido.

Pero el asunto es más complejo que esto. Veamos algunas de las características del populismo. Se dice que este fenómeno ocurre cuando existe una desconexión entre la elite y los ciudadanos. La narrativa populista potencia la idea de que el sistema beneficia a los primeros por sobre los segundos, por lo que debe ser reemplazado o sustancialmente modificado. En ese contexto, la promesa del populismo radica en ofrecer soluciones fáciles y rápidas a problemas difíciles, privilegiando el presente sin tener mucha consideración por el futuro. Un ejemplo de esto es la promesa de Pamela Jiles de devolver durante su mandato presidencial la totalidad de los retiros del 10% de las AFP, siendo que, como observó el periodista Daniel Matamala en su pasada columna dominical, solo los dos primeros retiros equivalen al doble del presupuesto anual de Chile en educación.

Pero es la noción de “pueblo” del populismo la que entra en conflicto con instituciones constitucionales encargadas de evitar la concentración de poder. Para el populismo el “pueblo” es una unidad cuyo poder es absoluto, por lo que no puede ni debe ser limitado por las instituciones de la elite. En consecuencia, cualquier restricción es vista como un obstáculo que debe ser removido. Por este motivo, instituciones y principios básicos para las democracias constitucionales, como lo son la independencia del Poder Judicial, los tribunales constitucionales, los bancos centrales, y el Estado de Derecho, son los primeros en sufrir cuando asumen gobiernos populistas. Existen varios ejemplos de populismos de izquierda y derecha que han atacado estas instituciones. En Venezuela, una vez instalada la Asamblea Constituyente, Chávez removió a miembros clave del poder judicial, debilitando la posición del único órgano que había puesto trabas a su proceso constituyente. Algo similar ha sucedido en Polonia y Hungría con el debilitamiento de sus respectivos tribunales constitucionales. Lo propio pasó con los bancos centrales de India y Turquía, cuyas cabezas fueron removidas por no estar de acuerdo con las políticas populistas del ejecutivo.

El problema es que cuando estos y otros mecanismos constitucionales son desarticulados, quedamos a merced de la voluntad del líder populista y de sus sucesores, que pueden ser muy buenos para prometer, pero no muy aptos para gobernar. Ejemplos de esto hay suficientes. Es por esta desarticulación de las instituciones encargadas de limitar el poder del gobierno que hay que mirar con sospecha a quienes ven beneficios en el populismo sin reparar en lo que éste deja a su paso. Por ejemplo, en su columna, Matamala nos invita a elegir entre un populismo bueno, inclusivo, que permita “desconcentrar el poder y distribuirlo entre los chilenos” y uno malo, caudillista, a lo Jiles.

Sin embargo, me parece que Matamala confunde populismo con democratización y no repara en el hecho de que el populismo hace precisamente lo contrario: concentra el poder en una persona o partido con consecuencias no muy democráticas. Pero no basta con denunciar ciertas políticas como populistas. Necesitamos hacernos cargo de lo que hace posible este fenómeno.

El populismo prolifera donde existen problemas difíciles y urgentes que como sociedad no hemos podido solucionar (el caso de las pensiones es claro). Adicionalmente, devela que hemos fallado en comunicar la importancia, función y beneficios de las instituciones que nos diferencian de países que consideramos autoritarios. Si no logramos resolver estos problemas, es cuestión de tiempo para que un líder carismático use estas instituciones como moneda de cambio para hacerse del poder sin que nadie esté dispuesto a defenderlas. Y como hemos visto, el show ya comenzó.

* Abogado, candidato a la Convención Constitucional.


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