La naturaleza no existe – Por Nieves y Miró Fuenzalida

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Nieves y Miró Fuenzalida*

En 1989 Bill McKibben publicó un libro con el curioso titulo de “El Fin de la Naturaleza”. Curioso, ¿cierto?…Porque ¿cómo ésto podría ser si la naturaleza existía ya antes que el ser humano y continuará existiendo después de su desaparición? Es justamente esta creencia, dice McKibben, esta idea de que la naturaleza es independiente del ser humano, la que ya no podemos sostener en buena fe porque hoy sabemos que la realidad del clima antropogénico la hace imposible.

Debido a la intervención humana, como es la del uso de la energía fosilizada y la liberación de gases que produce, nada en el mundo natural permanece como natural y todo deviene en un artefacto. Cuando la actividad humana altera las condiciones básicas de la biósfera todo lo que existe dentro de ella cambia fundamentalmente su modo de ser. La naturaleza, literalmente, ha sido destruída y hoy vivimos en un mundo pos natural.

El problema con esta visión, bastante popular en el movimiento ecológico, es que muy bien puede ser que el fin de la naturaleza no haya ocurrido recientemente, con la revolución industrial -como se dice-, sino que haya estado ocurriendo desde siempre, desde el mismo momento en que los humanos entramos en la escena. Si esto es así… ¿como podríamos llegar a tener una buena idea de la naturaleza o del clima independiente el ser humano, sin tener una línea básica de comparación?

La pregunta no deja de tener importancia porque sin esta idea no tendríamos cómo comparar. Por otro lado, si lo miramos desde una perspectiva ontológica, los seres humanos somos seres naturales. Por tanto, si otros seres vivos transforman el ambiente sin destruir la naturaleza porque son parte de ella, ¿por qué, entonces, decimos que el ser humano la destruye con su acción si también es parte de ella?

La única respuesta posible sería pensar que los humanos cayeron a este planeta desde arriba, respuesta que nos llevaría a aceptar un dualismo metafísico que en esta época es bien difícil de sostener.

La cuestión es ésta: Si somos ajenos a la naturaleza, la violamos todo el tiempo. Si somos parte de ella, en cambio, su violación es lógicamente imposible. En el fondo, entonces, lo que la tesis del fin de la naturaleza no puede decirnos, es qué acciones humanas violan el ambiente y qué acciones están en armonía con el.

Según Vogel, siguiendo las tesis pos estructuralistas, lo que cuenta como naturaleza es siempre, histórica y sociológicamente hablando, variable y el panorama que nos gusta llamar natural siempre resulta ser, en mayor o menor medida, el producto de la acción humana.

McKibben tiene razón al decir que hoy la naturaleza no existe. La cuestión, sin embargo, es que la naturaleza nunca ha existido. Si negamos el concepto de naturaleza, dice Vogel, podríamos avanzar una versión del ambientalismo que resolvería el dualismo metafísico entre el hombre y la naturaleza. Para McKibben la pérdida de la idea de naturaleza sería penosa porque ha sido una idea importante y significativa en la historia occidental. Para Vogel, en cambio, su pérdida debería alegrarnos porque finalmente abandonaríamos una ilusión.

¿Necesitamos llegar a tal extremo? ¿No sería mejor enmarcar la crisis ambiental, no en términos de artificio humano versus naturaleza pura, sino como una dicotomía a resolver entre lo que es salvaje y libre y el intento humano de dominarlo? El mundo no es puramente natural o puramente artificial. Lo que encontramos es una línea continua entre naturaleza incontaminada y dominio humano total.

La ventaja de ver las cosas de esta manera es que abandonamos el dualismo metafísico y conservamos el concepto de naturaleza. La naturaleza salvaje no es por definición lo no humano, sino el mundo total, incluyendo el ser humano como parte de ella. Desde esta perspectiva, la tensión crucial se ubica ahora dentro de nuestra humanidad o de lo que creemos que es nuestra humanidad y no entre lo humano y lo natural.

La ventaja de verlo así, según el académico Allen Thomson, es doble. La primera es que, a diferencia de la dicotomía entre naturaleza y artefacto, en donde cualquier intervención humana es suficiente para transformar lo natural en artificial, aquí el dominio humano de lo salvaje no es inconsistente con la continua existencia de una naturaleza salvaje. Al construir lo artificial continuamos siendo seres salvajes al igual que el mundo natural con el que nos ocupamos .

Si lo salvaje, entendido como un proceso primario e inagotable, es inherente a la naturaleza, entonces, por muy grande que sea la civilización o nuestra capacidad de dominio nunca será suficiente para hacerla desaparecer completamente. Lo salvaje es el lugar en donde la diversidad de seres vivos y no vivos florecen de acuerdo a su propio orden.

La segunda es que el calentamiento global antropogénico es el síntoma del control excesivo de la civilización humana. Demasiadas industrias, demasiada energía perdida, demasiados aparatos funcionando, demasiados animales sacrificados. Y esto es sólo el comienzo. Claro que un comienzo sólo para nosotros, porque si el calentamiento global provoca una tragedia, será una tragedia para nuestra civilización, no para la naturaleza. Lo que desaparecerá serán las condiciones naturales que hacen posible la civilización humana, no el mundo natural.

¿Qué hay de malo, entonces, con el calentamiento global antropogénico si no afecta la existencia de la naturaleza? ¿Y si no afecta su existencia por qué origina tanta angustia y rabia moral entre los ambientalistas? Porque, según ellos, causará un tremendo sufrimiento humano si no hacemos algo pronto.

Científicos británicos predicen que para el año 2100 una tercera parte de la superficie terrestre será afectada por sequías extremas, comparada con solo el 2% actual, lo que hará imposible la agricultura y, como si esto fuera poco, el aumento de temperatura liberará, según NASA, los depósitos de hidratos de metano cuando las capas de hielo se derritan alterando fundamentalmente nuestras condiciones de vida.

Pérdida de plantas, especies animales y ecosistemas regionales únicos es algo, sin lugar a dudas, moralmente objetable. Pero, ¿es esto todo lo que origina la angustia ambientalista? Probablemente no. Si el calentamiento global no significa el fin de la naturaleza, debe significar, entonces, el fin de otra cosa.

El aumento de los niveles de gases produce el efecto de invernadero en la atmósfera que eventualmente causa la pérdida del equilibrio entre la cantidad de radiación que la Tierra recibe del sol y la cantidad de energía que libera en el espacio. El calentamiento global es el síntoma de ese desequilibrio. Si consideramos que el actual equilibrio atmosférico ha definido el ámbito en el que nuestra civilización ha sido posible, entonces tendríamos que decir que este equilibrio tiene un valor constitutivo conectado con nuestra identidad como personas individuales, como miembros de una cultura y de una especie.

Nuestra identidad, en gran medida, está constituida por el lugar particular que habitamos en el mundo y este mundo depende del equilibrio atmosférico. Es este lugar particular, con sus bosques, ríos y lagunas, con sus calles, moradas y centros de reunión, el que forma la comunidad a la que pertenecemos y su desaparición implica un sentimiento de perdida real, el fin de algo fundamental en nuestras vidas.

Y, a pesar de que ningún individuo o evento es responsable por la destrucción del ambiente terrestre, sabemos que el calentamiento global que la produce está unido a una causa común que hace imposible eludir nuestra responsabilidad colectiva. ¿No será que es esta intuición moral la que, finalmente, despierta la angustia ambiental ante la posibilidad de que el calentamiento global traiga el fin de nuestro mundo?

El proyecto modernista ha sido el intento de denominar la naturaleza y colocarla al servicio de nuestros fines. Por miles de años el mundo natural determino las condiciones en las cuales la historia se desarrollo. Los eventos naturales estaban fuera de nuestra influencia y responsabilidad. Eran actos de Dios. Y lo único que nos quedaba era sufrirlos pasivamente o rezar con la esperanza de conmover al Ser Supremo.

El conocimiento científico cambia todo ésto al crear el poder para controlar, dominar y explotar el mundo natural y lograr la liberación del ser humano del miedo y la superstición. Y éste fue un tremendo poder. Sólo que junto con el dominio de la naturaleza y la conciencia de la libertad viene también la responsabilidad. Ahora sabemos que las condiciones fundamentales de la biósfera es algo de lo que colectivamente somos parte.

Así la ciencia y la tecnología nos permiten el control de nuestro ambiente, pero este control nos hace responsables por mucho más de lo que esperábamos. Es por esto que Allen Thomson dice que no nos angustiamos por el fin del mundo natural. Nos angustiamos por nuestra responsabilidad por el mundo natural.

Y la verdad, ésto no es del todo malo. En un momento el planeta fue más grande que nosotros. No ahora. Nuestra actividad colectiva juega un papel determinante en las condiciones que hacen posible la vida. Y dada esta tremenda responsabilidad nuestra ansiedad es apropiada y mientras más se extienda tanto mejor.

* Profesores de Filosofia chilenos graduados en la Universidad de Chile. Residen en Ottawa, Canadá, desde el 1975. Nieves estuvo 12 meses preso en uno de los campos de concentración durante la dictadura de Augusto Pinochet. Han publicado seis libros de ensayos y poesia.


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