El discurso de López Obrador ante la CELAC: el grano y la paja – Por Natalia Saltalamacchia y Sergio Silva

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Natalia Saltalamacchia y Sergio Silva*

No es frecuente que el presidente Andrés Manuel López Obrador se interese por temas de política internacional y mucho menos que articule una visión que supere los asuntos de coyuntura. Por eso es interesante el discurso pronunciado el 24 de julio de 2021 en el marco del aniversario del natalicio de Simón Bolívar y ante los representantes de los países miembros de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Desafortunadamente, la prensa no ha sabido separar el grano de la paja y se ha concentrado en las partes accesorias del mensaje, como las menciones a Cuba y a la Organización de los Estados Americanos (OEA), pasando por alto lo más importante. Lo central de esta pieza de oratoria es que el Presidente compartió una serie de razonamientos geopolíticos que aluden a una pregunta fundamental: ¿cómo plantear la relación con Estados Unidos en el contexto de la disputa hegemónica entre Beijing y Washington? ¿Qué debería hacer Latinoamérica?

En su respuesta, López Obrador hace suyos los elementos centrales de la lógica realista, según la cual la paz internacional depende de que exista un equilibrio de poder entre las potencias del sistema. Explica que, en los tiempos que corren, ese equilibrio sistémico puede romperse si la economía de Estados Unidos sigue debilitándose en términos relativos frente a la de China; entre otras cosas, porque Estados Unidos mantiene su superioridad militar y podría caer en “la tentación de apostar a resolver esta disparidad con el uso de la fuerza”. Como tantos especialistas han apuntado ⸺entre ellos Robert Gilpin y Graham Allison⸺, el horizonte sería el de una guerra hegemónica en la cual perderíamos todos, y muy particularmente los países vecinos de los contendientes.

El papel de Latinoamérica

Hasta aquí nada nuevo. Lo realmente interesante es la conclusión a la que llega el presidente López Obrador: Latinoamérica tiene un papel que desempeñar y una oportunidad que aprovechar en este contexto. Para el Presidente mexicano, el conflicto sino-estadounidense podría abrir la puerta a un periodo de cooperación y de entendimiento históricamente singular entre Estados Unidos y América Latina (“una nueva relación entre los países de América es posible”, ha dicho). Ambas partes deberían apostar a un renovado diálogo interamericano dirigido a construir un bloque capaz de fortalecer económica y comercialmente al continente para competir mejor con las regiones más dinámicas en el mundo. A cambio de conducirse con respecto irrestricto a la autonomía política de los países latinoamericanos y caribeños, Washington podría obtener una colaboración que dificultaría el avance de China en la región, sugiere López Obrador.

Parecería que el presidente de México observa en la situación geopolítica actual ecos de las oportunidades que Latinoamérica encontró en la década de 1930.

Parecería que el presidente de México observa en la situación geopolítica actual ecos de las oportunidades que Latinoamérica encontró en la década de 1930, cuando el hegemón regional se vio debilitado por una severa crisis económica y el ascenso de los fascismos en Europa y Japón, que terminó en la Segunda Guerra Mundial. En ese entonces, Franklin Delano Roosevelt sustituyó la política exterior del “Gran Garrote” por la del “Buen Vecino” con el propósito de obtener la colaboración latinoamericana. Hoy Estados Unidos se ve afectado por un declive económico relativo y la competencia con China pareciera hacer de Latinoamérica un socio necesario para el proyecto geopolítico estadounidense (“se ha fortalecido en Estados Unidos la opinión de que debemos ser vistos como aliados y no como vecinos distantes”, dice el Presidente).

El discurso es, ciertamente, general y ambiguo por lo que hace al tipo de proyecto de integración económica que fortalecería al continente, sin embargo, sí da algunas pistas. Por un lado, López Obrador deja claro que la opción no puede ser el proteccionismo ni las guerras comerciales, sino fomentar la competitividad regional. Por el otro, se deslinda de los proyectos neoliberales de integración que pretendían, en palabras de Karl Polanyi, separar la esfera económica de la esfera política, entendiéndolas como ámbitos independientes entre sí. Primero, el Presidente alude a la importancia del Estado en la planeación del desarrollo y rechaza explícitamente la noción de “dejar hacer, dejar pasar”. Segundo, está consciente de que la relación con Estados Unidos tiene que ser continuamente negociada para evitar caer en uno de dos polos: el acoplamiento irreflexivo con la potencia o el contrapeso sistemático a la misma. Dicho en sus propias palabras, es tiempo de “dejar de lado la disyuntiva entre integrarnos a Estados Unidos u oponernos en forma defensiva”.

Unión latinoamericana

Como siempre, en diplomacia la forma es fondo. Que López Obrador conciba la relación con Estados Unidos en forma pragmática, alejada de estridencias nacionalistas no es una novedad (tenemos que “demostrar con argumentos, sin balandronadas, que no somos un protectorado, una colonia o su patio trasero”). De hecho, así ha sido la conducción de la política bilateral durante su gobierno. Lo interesante es que en esta ocasión aprovechó la presidencia pro tempore de la CELAC para hablarle a Washington desde un foro que alude a la unidad latinoamericana y caribeña y, a la vez, demuestra la capacidad de convocatoria del gobierno mexicano en la región. Esta no es, desde luego, una idea original. Como muchos otros líderes latinoamericanos, López Obrador ve en la unidad regional una herramienta para incrementar el poder negociador conjunto de América Latina frente a Estados Unidos. Desde el punto de vista simbólico, lo anterior se reflejó en el uso de la figura mítica de Bolívar para, por un lado, subrayar la pertenencia de México a Latinoamérica y, por el otro, dejar en claro a Estados Unidos que este es un planteamiento desde la soberanía y no desde la sumisión.

López Obrador ve en la unidad regional una herramienta para incrementar el poder negociador conjunto de América Latina frente a Estados Unidos.

Por supuesto, hay otros temas que se tocan en el discurso, pero que funcionan solo como complementos al planteamiento central del Presidente de México. Por ejemplo, la mención a Cuba parece tener dos propósitos. Por un lado, rescata a la isla como símbolo de resistencia frente al imperialismo, ilustrando lo que ya sabemos: para López Obrador, la autonomía política es un valor. Por el otro, prepara el terreno para enunciar algo que para muchos es contraintuitivo: un gobernante que se ubica en el espectro de las izquierdas latinoamericanas plantea la necesidad de ir hacia la cooperación pragmática con Estados Unidos para asegurarle un lugar a Latinoamérica en el orden internacional que está en construcción. Aquellos que se distraen discutiendo la hipérbole de la “nueva Numancia” pecan de quedarse con la paja.

La mención a la posible sustitución de la OEA, aunque escueta, ha resultado también polémica. Es ciertamente una provocación que se inscribe en el marco de las tensiones entre el gobierno de México y el Secretario General de la Organización. Y es una forma de hacer política: el hecho de que el tercer contribuyente más importante de la OEA aluda a su actuación parcial o sesgada y sugiera su sustitución, exhibe la fallida gestión de Luis Almagro. Más allá de la esgrima verbal, sin embargo, está claro que no es deseable la desaparición de la única organización regional que reúne a todos los países del hemisferio americano, es depositaria del valioso acervo normativo que organiza las relaciones internacionales del continente en una variedad de temas y es la casa de órganos autónomos indispensables, como la Comisión y la Corte Interamericana de Derechos Humanos. En todo caso, no es a la OEA a la que hay que sustituir, sino al funcionario que la encabeza. La relación cooperativa con Estados Unidos que López Obrador propone requiere de marcos institucionales, y la OEA es uno de los más evidentes.

Simbolismos sin ambigüedades

En suma, en su estilo llano y provocador, López Obrador pronunció un discurso que, por momentos, aburre con una revisión histórica sobre la figura de Bolívar, pero que termina por esbozar ideas inesperadas y que merecen atención. Además, esas ideas están cobijadas por una serie de simbolismos que pretenden establecer sin ambigüedad la pertenencia de México a Latinoamérica, pero al mismo tiempo tratan de empujar a la región en una dirección muy específica: el diálogo y la cooperación con Estados Unidos, en medio de una ventana de oportunidad geopolítica probablemente parecida a la de la década de 1930.

Esta idea de colaboración probablemente resuene en Centroamérica y el Caribe, aunque se antoja difícil que tenga tracción en el Cono Sur, cuyas economías difícilmente se pueden divorciar de China a estas alturas. En cualquier caso, se trata de una posición congruente con los intereses de México en el continente y habrá que ver si este discurso realmente delinea una estrategia regional mexicana que podría plantearse con más detalle en la próxima Cumbre de las Américas.

*NATALIA SALTALAMACCHIA es profesora en el Departamento de Estudios Internacionales del ITAM. Sígala en Twitter en @NataliaSaltalam. SERGIO SILVA es licenciado en Economía por el Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE) y doctor en Historia por la Universidad de Harvard. Sígalo en Twitter en @srgsilvac.

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