UNPAZ | Coronavirus y posverdad: Mentiras a medida – Por Dolores Amat

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“Ningún hombre de principios, ninguna persona honrada, puede ser testigo de la forma de mentir torpe y descuidada de la época presente, sin condolerse de ver tan noble arte así prostituido.”   Mark Twain, La decadencia del arte de mentir. 

“El coronavirus fue creado por el gobierno de los Estados Unidos para perjudicar a China.” “Es en realidad un virus como cualquier otro de los que generan gripes, pero su letalidad es agrandada para someter a los ciudadanos del mundo al encierro y la vigilancia.” “La enfermedad provocada por el Covid-19 se cura con inyecciones de desinfectantes.” “Para prevenirla hay que tomar bebidas calientes.” “Los barbijos no sirven para detener los contagios, propician en cambio la enfermedad y las vacunas son un gran negocio utilizado para inocular sustancias venenosas.” Posiblemente, la mayor parte de las personas con acceso a teléfonos inteligentes, computadoras, televisores u otro tipo de pantallas estuvimos expuestos a discursos de esta naturaleza desde que comenzó la pandemia, a finales del 2019. 

En este contexto, se acentuó la desconfianza de los individuos frente a las diversas fuentes de información disponibles1 y la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha comenzado a utilizar los términos infodemia y desinformación para alertar sobre los peligros de la circulación de rumores, mentiras, imágenes tergiversadas, fabulaciones conspirativas, opiniones disfrazadas de realidades y hechos reducidos a opiniones. De esta manera, el nuevo virus vuelve a colocar en el centro de las preocupaciones públicas al problema de la verdad y las mentiras, asunto que ya era protagónico en los debates políticos de los últimos años.2 

Frente a esta situación, investigadores, periodistas y lectores diversos vuelven con insistencia a Hannah Arendt. No sólo porque se trata de una de las pensadoras más agudas del mundo contemporáneo, sino particularmente porque escribió el  célebre artículo titulado Verdad y política. El texto, publicado originalmente en la revista The New Yorker en febrero de 1967,3 se pregunta acerca de las complejas relaciones que existen entre la verdad, el engaño, la mentira y la política, y ofrece reflexiones que parten tanto de la tradición de pensamiento occidental como de los acontecimientos de su propia coyuntura.  

Por supuesto, el tiempo de Arendt es diferente del nuestro y sus observaciones surgen de un contexto en el que no existían Internet, ni los medios de comunicación con alcance global e instantáneo, ni las redes sociales, ni el término posverdad, repetido hasta el cansancio en nuestros días. De hecho, mientras Verdad y política llama la atención sobre el peligro de las mentiras totales sostenidas por Estados tentaculares, nosotros nos encontramos en cambio con falsedades fragmentarias pero ubicuas, motorizadas por las lógicas propias del mercado. Sin embargo, aunque el mundo que analiza Arendt no es idéntico al nuestro, sus conceptos y señalamientos resultan elocuentes para entender algunos de los problemas actuales más sobresalientes. En efecto, muchas de las tendencias que observa la autora se desarrollaron con mayor velocidad en las últimas décadas, potenciadas por la técnica, y otras cambiaron de forma pero no desaparecieron. En ambas coyunturas, por otra parte, se observa una misma crisis del juicio, acompañada por la desconfianza y un escepticismo que corroe un pilar fundamental de toda comunidad: la distinción entre lo verdadero y lo falso. Frente a esta realidad, Arendt destaca el valor de las universidades, la ciencia y las humanidades, que todavía hoy siguen ocupando un lugar fundamental, tanto en la preservación de los hechos como en la formación de pensamiento crítico.  

El viejo truco de embarrar la cancha 

Curiosamente, Verdad y política surge de una experiencia similar a las que sufrimos en nuestros días cuando hablamos de fake news, polarización y la utilización de falsedades como armas políticas: luego de publicar Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal, en 1963, Arendt es violentamente atacada por individuos y grupos que no sólo rechazan sus puntos de vista sino que también mienten acerca de lo que dice su libro y sobre los hechos a los que se refiere el debate.  

Algunos años después, la autora explica que en un primer momento había decidido no dar importancia a la polémica, que parecía girar en torno a un libro que nunca había sido escrito. Pero con la persistencia y el tenor de las críticas comprendió que había involucradas en el asunto cuestiones más profundas que el entretenimiento malsano de algunos o el interés tenaz de ciertos grupos. En este contexto, Verdad y política puede entenderse como uno de los esfuerzos que hace Arendt para comprender el asunto.4 

Fiel a su estilo, Arendt empieza su reflexión partiendo de obviedades y lugares comunes sobre el problema que le interesa, para luego profundizar en las preguntas que van surgiendo a partir de esas nociones. Así, el texto comienza afirmando que las relaciones entre verdad y política siempre fueron conflictivas y comentando que las mentiras forman parte de las herramientas de todo tipo de actores políticos de todos los tiempos. 

¿Pero existen los hechos, independientes de las opiniones y las interpretaciones? Arendt sostiene que si bien es cierto que todo hecho histórico debe se tomado de una trama caótica de acontecimientos, para ser singularizado y relatado (y esta decisión no depende de hechos objetivos), que si bien es cierto también que todo suceso debe ser relatado desde cierta perspectiva, no puede negarse que existe la materia factual. Aunque concedamos que cada generación tiene el derecho de escribir su propia historia, acomodando los hechos de acuerdo con su perspectiva, no aceptamos que toquen los hechos en sí mismos.  

Para ilustrar la distinción que intenta establecer, Arendt cita una historia: poco antes de su muerte, Georges Clemenceau discute amablemente con un representante de la República de Weimar sobre la cuestión de la primera guerra mundial. En esa conversación se le pide que de una opinión acerca de lo que dirían los historiadores del futuro sobre ese asunto tan controvertido y él responde que no puede saberlo, pero sí sabe con certeza que no dirán que Bélgica invadió a Alemania. 

Se trata, resume Arendt, de datos brutalmente elementales, cuyo carácter indestructible ha sido puesto fuera de duda incluso por los más sofisticados creyentes en el historicismo. Para ponerlos en duda, se necesitaría un poder monopólico sobre todo el mundo civilizado. Y el problema es, justamente, que ese poder está lejos de ser inconcebible en el mundo moderno.  

De las mentiras del Estado a las falsedades del mercado 

Arendt está pensando en la mentira organizada y particularmente en León Trotsky, cuya figura desapareció en algún momento de todos los relatos y textos de historia de la Unión Soviética. La utilización por parte del Estado de los medios de comunicación y de las imágenes para manipular los hechos, sostiene, abre al peligro de una mentira completa y potencialmente definitiva. ¿Qué es lo que impide que estos nuevos relatos, imágenes y “no hechos” se conviertan en sustitutos totales de la realidad?, se pregunta.  

Pero si Arendt imaginó la posibilidad ominosa de una mentira total y estática en su época, nuestras comunidades se encuentran en cambio asediadas por falsedades fragmentarias, fugaces, pero ubicuas, que no producen una realidad alternativa y compacta, sino que generan un espacio compartido huidizo y en constante movimiento.  

Las mentiras que nos rodean no están producidas mayoritariamente por el Estado, surgen de fuentes diversas, carecen de organización centralizada y no son exclusivas de la política. Desde el año en el que Arendt publicó su texto, se produjo una mutación de las mentiras públicas que parece haber acompañado las transformaciones políticas y sociales de las últimas décadas: la decadencia de los Estados de Bienestar y la caída de la Unión Soviética, los cambios en los modos de producción capitalista, la hegemonía de las finanzas, la extensión de las lógicas del mercado a todos los ámbitos de la vida y la emergencia de la sociedad digital. Nos encontramos así con mentiras públicas privatizadas, fragmentarias, atomizadas, con propósitos diversos, que se producen en redes sociales, medios de comunicación, páginas de internet personales, corporativas o colaborativas. Se trata de falsedades que se producen, como las mercancías del sistema de producción toyotista, a partir de la creatividad de sus fabricantes, que no necesitan de controles ni disciplinas centralizadas, sino que se apoyan sobre la autoexplotación generalizada.  

Pero que la explotación sea generalizada no quiere decir que sea igualitaria, dado que existen capacidades muy diversas para producir y, fundamentalmente, difundir discursos (sean éstos verdaderos o falsos) en el espacio público. En el caso de las redes sociales, por ejemplo, existen usuarios que son considerados autoridades,5 cuyos mensajes tienen la potencia de llegar a un público numeroso por su gran cantidad de seguidores. Por otra parte, además de personas que por diversos motivos consiguen llamar la atención de cientos de miles de internautas, existen individuos, empresas o fuerzas políticas con la capacidad operativa (y especialmente económica) de hacer más audibles ciertos discursos, minimizar otros o incidir en los términos en los que se dan algunos debates.6 

Así, las mentiras públicas de nuestros días han adoptado enteramente la lógica de nuestras sociedades: no sólo responden a las formas del mercado sino que también reproducen las desigualdades de ese mercado que las genera. Pero además de las desigualdades entre los usuarios de las redes y entre los lectores de medios de comunicación y sus editores, existe una desigualdad mayor: la diferencia entre los dueños de los mayores medios de difusión de las mentiras y el resto de los mortales. Se trata de aquellos que detentan el poder de las redes sociales, principales fuentes de información de un número creciente de ciudadanos,7 cuyo diseño responde al objetivo primordial de generar dinero. 

Los espacios virtuales de las redes sociales, que dan albergue a algunos de los mensajes, discursos y debates más influyentes de nuestros días, son concebidos y mejorados constantemente para producir ganancias a partir de los gustos, opiniones, preferencias, contactos y comportamientos lúcidos o compulsivos de sus usuarios. De esa manera, las plataformas que conectan personas a través de información propician todo mensaje que permita mayor monetización y dan naturalmente prioridad a ciertos discursos sobre otros. Esto significa que ofrecen a sus usuarios mensajes atractivos (generalmente concordantes con sus comportamientos anteriores, es decir, alineados con sus creencias y prejuicios), que los hagan mantenerse en la red la mayor cantidad de tiempo posible y que los lleven a consumir sus publicidades y discursos patrocinados.  

En otras palabras, las plataformas venden la atención de sus usuarios a grupos interesados en comercializar productos o incidir en la opinión pública (empresas, grupos de presión o líderes políticos) y para ello utilizan algoritmos que les permiten, por un lado, decidir qué tipo de discurso ofrecer para mantener esa atención, y por el otro lado, entender qué tipo de individuo es más susceptible de aceptar cierto tipo de mensajes. De esta forma, empresas como Twitter, Facebook o Instagram proponen a sus sujetos videos, frases, artículos y audios que podrían resultar útiles para la generación de sus ganancias, independientemente de si se trata de hechos, mentiras, teorías conspirativas, recomendaciones médicas o incitaciones a la violencia.8  En este sentido, la propagación de falsedades no es un objetivo buscado por las plataformas, sino un efecto colateral de su modelo de negocios. Así, nos encontramos con que la lógica del mercado no es sólo la forma que adquieren las mentiras de nuestro tiempo, sino también su principal motor.   

Cinismo y desorientación 

Pero a pesar de que las mentiras de nuestro tiempo se diferencien sustancialmente de aquellas analizadas por Arendt, algunas de sus consecuencias más importantes son las mismas: una vez que la circulación de discursos falsos satura el espacio público y los intentos de manipulación se hacen ostensibles, aparece el escepticismo generalizado y ya nadie cree en nada. Así, se produce la destrucción de uno de los pilares que utilizamos para orientarnos en el mundo: la diferencia entre lo verdadero y lo falso.  

Esto es particularmente grave para la política: aunque se proyecta siempre sobre el futuro, el suelo de la política está constituido por el presente y el pasado. Sin ciertas nociones estables acerca de lo que es y lo que fue, todo régimen se desliza por un terreno resbaladizo de informaciones y hechos que resultan tan imprecisos como los proyectos para el porvenir, y construir o preservar lo que sea resulta casi imposible. Es decir que sin la confianza en ciertos datos básicos, la esfera política queda privada de sus principales fuerzas estabilizadoras y del punto de partida desde el que empezar cualquier cambio. En este contexto, tanto la capacidad de juzgar como la de actuar de los ciudadanos se ven sumamente disminuidas.  

La fuerza de la verdad 

En este sentido, la verdad tiene una fuerza propia: ningún poder puede encontrar un sustituto adecuado para los hechos. La manipulación y la violencia pueden destruir a la verdad, pero no llegan nunca a reemplazarla. Esto es algo que las democracias contemporáneas han comprendido hace tiempo y por esa razón existen y se preservan espacios como la justicia, los institutos de investigación y las universidades, en las que la búsqueda de la verdad no debería estar supeditada a disputas políticas circunstanciales.  

Así, observa Arendt, la esfera política está limitada por aquello que las personas no pueden cambiar según su voluntad. Y es sólo respetando estos límites que la política puede mantener su integridad y sostener sus promesas. Esto pudo verse claramente a partir de la crisis desatada por la pandemia, en la que los líderes políticos debieron ceñirse a la realidad descrita por epidemiólogos y otros expertos de instituciones públicas y privadas para tomar sus decisiones. Aún aquellos que mintieron o quisieron negar los hechos, se vieron forzados finalmente a aceptar ciertos datos y a adoptar algunas de las medidas recomendadas por el saber construido desde la ciencia para evitar la diseminación del virus.  

De esta manera, la expansión a escala planetaria del coronavirus hizo evidente también el rol protagónico de los saberes expertos en nuestras sociedades, cada vez más atravesadas por descubrimientos, experimentos y tecnologías. En este sentido, además de describir la realidad, la ciencia, la investigación y las universidades son actores fundamentales en la construcción social de la realidad: conciben nociones y artefactos, modifican la naturaleza e inciden en los modos de organización colectiva. Por otra parte, las instituciones de investigación y de enseñanza deben ejercer y enseñan el pensamiento crítico, necesario para tomar distancia no sólo de cualquier mensaje y distinguir lo verdadero de lo falso, sino también para mantenerse alertas respecto de sus propios saberes.  

En tiempos en los que se trabaja en edición genética, se desarrolla la inteligencia artificial y se empiezan a concebir realidades como “internet de las cosas”, es necesario evaluar la justeza de las investigaciones, pero también es menester diferenciar aquello que refiere a áreas de conocimientos específicos, de otras cuestiones que admiten opiniones y requieren decisiones colectivas y democráticas. Se necesita diferenciar, en otras palabras, la verdad acerca de la naturaleza de un virus, de las decisiones políticas que se toman para evitar su propagación o para impedir el surgimiento de otros virus de tipos similares. En asuntos relativos a las mentiras y el debate público, podemos decir también que es necesario diferenciar el saber técnico propio de diseñadores de plataformas, redes sociales y dispositivos digitales varios, de las decisiones respecto de la distribución de la información y el desarrollo de los espacios en los que tienen lugar los discursos más influyentes de nuestras comunidades (que hoy se toman sin discusión en función de cálculos económicos).  

Así, nos encontramos en nuestro tiempo con una suerte de paradoja: si bien necesitamos preservar a la investigación de las luchas políticas, nos urge evaluar colectivamente los experimentos y transformaciones que se producen en el mundo que compartimos. En este contexto, las universidades, como centros de enseñanza, de investigación y también de discusión pública, tienen la difícil tarea (compartida con otras instituciones, grupos sociales y actores políticos) de ofrecer espacios distintos de los lugares provistos por el mercado, para propiciar el juicio y el pensamiento lúcidos, y para orientarnos en un mundo lleno de innovaciones, desafíos y mentiras omnipresentes.   


Dolores Amat es doctora en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires y Doctora en Filosofía Política por la Universidad Paris Diderot – Paris 7. Magíster en Ciencia Política por la Universidad Nacional de San Martín y Licenciada en Sociología por la Universidad de Buenos Aires. Dedicó sus tesis al problema de la relación entre verdad y política y publicó numerosos artículos y capítulos de libros sobre la cuestión. Actualmente es investigadora en el Instituto de Altos Estudios Sociales (IDAES), docente en la Universidad Nacional de José C. Paz y miembro del grupo editor de la Revista Bordes. 


1 De acuerdo con el Informe 2021 del Reuters Institute de la Universidad de Oxford (que cubre 46 países, entre ellos la Argentina). Recuperado de https://reutersinstitute.politics.ox.ac.uk/digital-news-report/2021. Ver también Becerra, M. (2021). Grieta y (des)confianza: cae 6% en un año la credibilidad de las noticias. Recuperado de https://www.letrap.com.ar/nota/2020-6-16-11-12-0-grieta-y-des-confianza-cae-6-en-un-ano-la-credibilidad-en-las-noticias  

2 Desde antes incluso de que ganara el Brexit en Gran Bretaña y el neologismo posverdad fuera declarado palabra internacional del año en 2016.    

3 Y republicado en 1968 como Arendt, H. (1993). Truth and Politics (pp. 227-264). EBetween Past and Future. Nueva York: Penguin Books . Esta es la versión que seguimos muy de cerca (y que parafraseamos y citamos de manera casi literal por momentos) a lo largo de este texto. Evitamos las referencias constantes a las páginas del artículo para no entorpecer la lectura con llamados repetidos.  

4 Además de Verdad y Política, Arendt publicó varios textos que buscan comprender tanto a la figura de Eichmann como a las reacciones que su libro sobre él despertó. Además de interesarse por las mentiras, la autora reflexiona en ellos sobre asuntos como el lugar del pensamiento en la política, el juicio y la responsabilidad.  

5 Calvo, E. y Aruguete, N. (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Buenos Aires: Siglo veintiuno, p.35.  

6 Como ejemplo de esta capacidad de algunos grupos, podemos mencionar aquello que en el mundo de la investigación en redes sociales se llama “astroturfing”, que consiste en invertir dinero para crear usuarios falsos en redes sociales (a los que se dota, para mayor verosimilitud, de historia, relaciones, cuentas de Linkedin, entre otras), inventar o revivir viejos medios de comunicación para propagar fake news y establecer vínculos entre los sujetos inventados y los medios ficticios, para diseminar la información deseada o implantar ciertos debates entre hombres y mujeres que, al encontrarse con esos mensajes, creerán que se incorporan a una discusión de la que está participando un enorme y creciente número de personas. Ver Calvo, E. y Aruguete, N. (2020). Fake news, trolls y otros encantos. Buenos Aires: Siglo veintiuno, pp. 167-169. Claro que la pantomima resulta performativa y puede terminar generando el movimiento que en un primer momento fingió. Ver sobre esta cuestión el análisis de la campaña que llevó a la presidencia de Brasil a Jair Bolsonaro, presentado en el libro recién citado de Calvo y Aruguete.   

7 Desde hace algunos años las encuestas constatan que noticias y datos políticos varios llegan a los individuos principalmente a través de redes sociales. Ver Kümpel A. S. (2019). The Issue Takes It all? Incidental News Exposure and News Engagement on Facebook. Digital Journalism 7(2) (pp. 165-186) y Boczkowski, P. J.; Mitchelstein, E.; Matassi, M. (2018). ‘News comes across when I’m in a moment of leisure’: understanding the practices of incidental News consumption on social media. New Media and Society 20(10) (pp. 3523-3539). El Informe 2021 del Reuters Institute de la Universidad de Oxford confirma esta tendencia al mostrar que los públicos más jóvenes se siguen alejando de los medios tradicionales. 

8 Sin embargo, como las mentiras suelen ser más atractivas que la verdad, llaman la atención y circulan con mayor facilidad que discursos apegados a hechos o fieles a la complejidad de saberes expertos, lo que lleva a los algoritmos de las empresas de redes sociales a propiciarlas. Algo similar ocurre con los medios de comunicación online, que se ven inclinados a priorizar títulos enigmáticos, tramposos o mentirosos para inducir al click que reclaman sus anunciantes.  

 Fuente-Universidad Nacional de José C. Paz


 

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