UNPAZ | Gabriela Merlinsky, socióloga e investigadora del Conicet: “La conflictividad ambiental va a seguir aumentando”

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Por Mariana Percovic

Gabriela Merlinsky es socióloga e investigadora principal del Conicet. Coordina el Grupo de Estudios Ambientales en el Instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. En su último libro Toda ecología es política analiza algunos de los principales conflictos socioambientales de las últimas décadas en América Latina y vuelve a insistir en que la injusticia ambiental no puede ser entendida separada de la cuestión social.  

En los últimos días, Merlinsky firmó una solicitada con más de 500 personalidades de la Argentina para pedir por un cupo socioambiental en los debates políticos en la campaña electoral. “Es necesario habilitar la discusión política sobre formas de transición socioecológica a modos de producción y consumo sostenibles, que 1 (una) de cada (cuatro) preguntas de medios a candidatxs esté referida a la transición socioecológica”, pide la carta.  

Mariana Percovich: ¿Qué implica el silencio sobre los temas socioambientales en la agenda política y mediática? 

Gabriela Merlinsky: Por un lado, tiene que ver con ese mito prometeico vinculado a la idea del progreso y desarrollo que está tan instalado en nuestras creencias y en nuestra forma de entender diferentes aspectos de la vida cotidiana y los procesos sociales. Prometeo era el titán que en la antigua Grecia robó el fuego a los dioses, el fuego divino de la tecnología, y la entregó a los mortales para que puedan defenderse. Hay una creencia brutal en que la tecnología nos va a salvar: “si no tenemos la vacuna hoy, mañana la vamos a conseguir” “si algo contamina, en el futuro habrá tecnología para descontaminar”. Es una visión muy tecnocrática de la ciencia, que está muy arraigada inclusive en el propio sistema científico. Entonces, cualquier dirigente político o funcionario dice que su mayor preocupación es garantizar condiciones que permitan desarrollarnos. El problema es que ese concepto, esa categoría del desarrollo, está muy poco debatida en la actualidad. En la década de los setenta había mucha discusión sobre los estilos de desarrollo, pero hemos perdido ese sendero.  

Hemos pasado por muchas crisis económicas. Hay una balanza de pagos que no cierra. Hay una apuesta a mejorar esa ecuación con inversión directa, con commodities, y todo eso a expensas de la naturaleza.  Esto tiene que ver con la orientación agroexportadora de nuestra economía que se ha reforzado mucho en estos años, lamentablemente.  

Existe también un cambio muy grande a nivel global de cómo funciona el capitalismo.  Se trata de una economía muy globalizada que nos impone formas de consumo y, justamente, comprar tecnología que posiblemente no está apropiada o adaptada a las necesidades de los grupos populares. Hay renuencia a tratar el tema ambiental porque eso implica cuestionar ese funcionamiento de la economía implica debatir el modelo de desarrollo, la distribución de los recursos, la forma de apropiación de los bienes comunes y, claro, todo eso supone discutir el capitalismo que, como digo en el libro, se ha vuelto una religión civil. Entonces, es muy difícil, es incómodo y se rehúye el debate. Ese negacionismo de decir “los que protestan y reclaman son infantiles” “es ambientalismo bobo” es una salida estratégica para no dar el debate de fondo, pero yo creo, a la luz de mis trabajos, que eso no va a ser posible porque la conflictividad ambiental va a seguir aumentando.  

¿La pandemia abrió nuevos debates sobre temas socioambientales? 

La pandemia es una situación muy extrema, un gran desastre social. La sociología del riesgo identifica los desastres como eventos extraordinarios que afectan de tal manera a una sociedad o a un grupo de comunidades que no pueden recomponerse con sus propias herramientas y recursos. Hemos tenido que cambiar estructuralmente nuestras formas de trabajo con una presión extraordinaria para los denominados trabajadores esenciales de convivencia y también, claro, en nuestros modos de aprendizaje vinculados al sistema educativo. Sin embargo, muy poco se ha discutido sobre las causas de la pandemia.  

La periodista francesa Marie Monique Robin, directora del documental “El mundo según Monsanto” publicó este año un libro, La fábrica de las pandemias, que incluye entrevistas a los científicos especializados en temas de biodiversidad que hace veinte años vienen advirtiendo sobre el peligro de una pandemia. Todos están muy consternados y dicen “sabíamos que esto iba a pasar porque nuestros estudios mostraban que la deforestación y lo que hemos tenido en los últimos 50 años es un proceso extraordinario de remoción de cobertura vegetal modifica sustancialmente el hábitat de la coexistencia entre diferentes especies animales, que es, precisamente una convivencia que incluye los virus de forma pacífica”. Cuando se corta esa cadena de biodiversidad, los virus que nunca debieron llegar a nosotros nos alcanzan. Y al modificar los paisajes, estamos generando cambios muy profundos: obligamos a las poblaciones de animales a desplazarse o a desaparecer y alteramos el clima. Los investigadores nos dicen que las causas que están en el origen de las nuevas enfermedades son las mismas que están provocando el cambio climático.  

Hoy la cría de cerdo es el mayor problema porque los cerdos son los grandes mediadores de la transmisión de los virus a los humanos. Entonces, hay un mundo dividido entre los que siempre vieron esto desde una perspectiva ecosistémica; y los que siguen sin querer verlo, discutiendo las vacunas, que son indispensables, pero también necesitamos reflexionar en torno a la alteración de los ecosistemas y su relación con las enfermedades. Hay que tomar en cuenta la conexión estrecha que existe entre la salud humana, la salud animal y la salud de los ecosistemas. Un enfoque que empieza a crecer en Naciones Unidas, foros y grupos de investigación, es el de “Una sola salud” (One health) que es la idea de no separar la salud de los ecosistemas de la salud humana. Mientras no discutamos esto vamos a seguir fabricando pandemias.  

¿Qué consecuencias puede tener demorar este debate del modelo de desarrollo y de los límites biofísicos del planeta en la Argentina? ¿Puede acarrear una imposición de agendas ajenas?  

No deberíamos estar tan preocupados porque nos impongan una agenda de afuera porque ya hay agendas locales establecidas, que nos hablan de soberanía alimentaria, de transición ecológica, de soberanía energética, del buen vivir, de posicionamientos múltiples de los ecofeminismos. El libro recorre muchas experiencias que ensayan alternativas en el marco de diferentes movilizaciones socioambientales. En ese sentido, lo que yo planteo es que los debates ambientales tienen un papel muy productivo para abrir agendas. Por eso yo insisto en la mirada desde abajo, desde los movimientos. Hay diálogos muy interesantes en el sur global, entre movimientos de América Latina, África, India, Oceanía. Lo global tiene sus agendas que son muy interesantes y que elaboran propuestas y vocabularios en términos de justicia ambiental. 

¿Cambió la mirada de las ciencias sociales sobre la cuestión ambiental a nivel local? ¿Sos hoy más escuchada por tus colegas? ¿Tu objeto de estudio se jerarquizó?  

Las ciencias sociales en la Argentina todavía tienen una dificultad en incorporar los temas ambientales porque la matriz de origen de las ciencias sociales es ese gran periodo de las revoluciones, el gran golpe de estado teórico por desnaturalizar lo social y también una lucha para constituir el estudio de lo social como campo autónomo.Eso llevó, por ejemplo, a un proyecto de toma de distancia con la biología, justamente buscando escapar a una visión naturalista de los fenómenos sociales. Lo que se nos pasó por alto en todo ese proceso es que, en el siglo XIX y especialmente en el siglo XX, la ecología se fue abriendo a campos mucho más interesantes de discusión, a lo que se sumaron grandes paraguas conceptuales entre ciencias y humanidades. Entre ellos se distingue la propuesta de la ecología política que conecta la historia ambiental, la ecología, la economía ecológica, el pensamiento social latinoamericano y abre otras discusiones que son muy inspiradoras para pensar este momento de colapso civilizatorio. Para dar esa esas discusiones hay que salir del paradigma del excepcionalismo humano, esa idea de que el humano predomina sobre la naturaleza y es el motor del desarrollo de las fuerzas productivas. Esta concepción contribuyó mucho a ignorar dos fenómenos que son clave para entender de manera más profunda la conflictividad socio-ambiental: la ecodependencia, no podemos vivir con independencia de nuestro entorno natural, necesitamos el agua, los alimentos, y que los ciclos biogeoquímicos se reproduzcan para mantener estable nuestra vida; y la interdependencia, que no todos son trabajos en la esfera pública o en el mercado, hay gran cantidad de energía desplegada para sostener la vida en la esfera doméstica, son los trabajos domésticos de las mujeres, centrales para los cuidados en el mundo privado, los que hacen posible sostener la vida.  

Tenemos que abrirnos a esa discusión. Es una asignatura pendiente. En Europa hay más discusión, pero es una ecología política más de academias formales que tiene poca permeabilidad a los debates de los movimientos, algo que sí sucede en América Latina. Por otra parte, hay un crecimiento muy fuerte de toda una ciencia interdisciplinaria que algunos llaman “Ciencias de la Tierra” o “Ciencias ambientales”. En Europa y en el mundo anglosajón también se habla de “Humanidades Científicas”, que son intentos muy interesantes por romper esta distinción entre humano y no-humano; y por también poner en discusión el monopolio central de la ciencia en la cuestión ambiental.  

¿No terminamos muchas dejándonos llevar por agendas ajenas, como podrían ser los autos electrónicos y perdiendo el foco de la discusión que nos toca dar en nuestro contexto? 

También hay actores con mayor presencia institucional o con más capacidad de presión que imponen sus agendas. Esto lo conocemos bien en las Ciencias Sociales. Por ejemplo, la Ley de Bosques en la Argentina fue un proceso de abajo hacia arriba, de iniciativa popular para que se tratara en el Congreso y después cuando se hizo la ley estuvo muy atravesada por la forma más global de tratar la cuestión ambiental –que es de partes por millón, que es el impacto ambiental que hizo zonificaciones por colores. Surgió de movimientos campesinos indígenas con problemas muy graves de acceso a la tierra, que estaban siendo expulsados por la deforestación. Sin embargo, el tema de la tierra no quedó tanto en la letra de la ley.  Entonces, por supuesto que hay agendas en competencia.  

¿De qué manera usas el conflicto ambiental como categoría de análisis en el libro?  

Hay varios posicionamientos. En primer lugar, es importante abrevar en uno de los puntos de entrada más ricos de las ciencias sociales que nunca consideró el conflicto como algo ajeno, externo o como un problema que habría que solucionar. Más bien todo lo contrario, las tradiciones pioneras de las ciencias sociales Simmel, toda la tradición marxista, Weber se apoyan en esta idea que por definición las sociedades son conflictivas, que están organizadas en clases, grupos sociales, por estratos, por diversas identidades; y, en ese sentido, el conflicto es inevitable.  

Por otro lado, yo me apoyo en la ecología política que habla de conflictos de distribución ecológica para decir que los conflictos ambientales son disputas en torno a la apropiación y distribución de los recursos naturales, pero también por los sentidos que orientan esa apropiación o sea los significados y también por las formas de gestión de esos recursos y que suelen ser protagonizados por actores que pueden tener identidades múltiples donde confluyen diferentes posiciones e intereses. Por lo tanto, para mi resulta importante prestar atención a un análisis empírico de esos conflictos.  

También discuto con toda la metodología de la mediación del conflicto, que es una disciplina técnico-profesional que es auxiliar de los programas de  “responsabilidad social empresaria” de las grandes corporaciones que son muy cuestionadas en los territorios. Cuando hay un conflicto, despliegan metodologías para acercar a las partes. Sin desconocer que eso existe, que es un trabajo, lo que yo digo, es que el interés por la medicación oculta las condiciones de producción del conflicto y, en ese sentido, impide una comprensión más profunda de lo que está en juego.  Mi propuesta teórico-metodológica es analizar los conflictos por los efectos que producen en diferentes esferas de lo social, lo político, lo territorial, lo jurídico, etcétera. No analizo los conflictos como si fueran un evento sino en tanto procesos que hacen surgir diferentes voces y que permiten dar visibilidad a problemas del orden social que estaban escondidos. En ese sentido, el conflicto es una esfera política intermedia que, siguiendo al sociólogo Alberto Melucci, cumple la función de hacer audibles ciertas voces y permite abrir discusiones sobre temas que estaban invisibilizados.  

En el libro te posicionás a favor de una justicia ambiental desde abajo, ¿cómo la entendés?  

La justicia ambiental desde abajo conecta la cuestión social con la cuestión ambiental. No existe un interés único detrás de la cuestión ambiental. Todos los discursos que nos hablan de la justicia en general, como los que nos hablan de la justicia ambiental en particular, tienen detrás principios organizadores del lazo social qué se entiende por Estado, por estatus, por distribución, por merecimiento. En los movimientos de justicia ambiental del sur global hay una agenda muy tangible que se organiza a partir del derecho a la vida, el derecho al agua, el derecho a vivir bien. Sus debates son muy potentes porque discuten los fines que guían la apropiación de los recursos naturales ¿preservar para quién? ¿cuidar para quién? ¿vamos a hacer energías limpias con qué objetivos? ¿Para que gane más la industria o para garantizar soberanía energética? Vamos a cuidar el agua, ¿con qué objetivo? ¿Para que sea privatizada para ciertos sectores o para tener garantizar su estatuto de bien común para generaciones futuras?  

Este concepto de justicia ambiental desde abajo disputa con otros enfoques del ambiente porque también hay enfoques neoliberales del ambiente que tienen que ver con una visión estándar que dice “no intervengamos hasta que el desastre no haya sucedido porque si no, nos interponemos a las fuerzas del mercado” o con otra visión de la modernización ecológica que dice “podemos ganar todos a través de tecnología y economía verde, se trata simplemente de un problema de inversión”. 

¿Podés imaginar la transición socioecológica? A nivel local, regional, ¿por dónde ves que podría empezar? 

Yo creo que las alianzas que se están construyendo y constituyendo en pos de la soberanía alimentaria y de la agroecología son muy potentes. En la pandemia, las organizaciones de la producción agroecológica han sido esenciales. Lo primero que se abrió fueron los mercados populares y están logrando abastecer a un gran porcentaje de la población. Esto ya lo sabemos de antes. Todos los estudios sobre agroecología y sobre producción campesina muestran que más de un 70% de los alimentos que consumen las clases populares en el mundo provienen de la economía campesina, no de las grandes corporaciones. Es una mentira eso que nos dicen que necesitamos transgénicos para salvar el mundo del hambre. Nunca lo lograron. Y es al revés. Cada vez que hay crisis económicas y hambrunas, lo que aparece es la economía campesina para alimentar a los grupos populares en todo el mundo. El otro punto clave es la soberanía energética. Hay que pensar la descarbonización de la economía. Es una palabra que también debería ser parte de nuestro lenguaje. Porque sabemos que la crisis climática tiene que ver con el consumo de combustibles fósiles. No podemos abonar a la idea irresponsable de que, si los países centrales no reducen emisiones, nosotros tampoco. Esto convierte la discusión en un juego de suma cero. La discusión sobre la descarbonización tiene que conectarse con la transición ecológica y esto implica no dejar atrás la acción central del Estado en términos de reparar el daño ambiental y recomponer el ambiente. Como dije antes, el enfoque de una sola salud nos ayuda a entender. ¿Qué tal si cuidamos los ecosistemas para no acabar luego con los sistemas de salud colapsados?, ¿por qué no prevenimos la propagación de los virus desde una mirada abarcadora, integral? 

Y, claro, es un debate que se inserta en las agendas globales. Por eso resulta pertinente la discusión de estos días por el cupo, porque lo que dice la solicitada no es pongamos un cupo para determinadas personas que “representan el ambiente” o que tiene que haber un partido verde, lo que dice es que tenemos que multiplicar las preguntas sobre estos temas para hacerlos entrar en la discusión. Son cuestiones que tienen que ver, nada más y nada menos, que con nuestra vida, con la posibilidad de reproducción de la vida a futuro para nuestros hijes, para nuestros nietes. La pregunta es, como lo señala Donna Haraway cómo vamos a aprender a vivir y a morir en un planeta dañado. No es una cuestión menor.  

Universidad Nacional de José C. Paz


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