Bicentenario centroamericano a contraluz – Por Pablo Uc

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Pablo Uc[i]

A doscientos años de una independencia que se presume “épica”, pero sin emoción popular y pintada por un profundo desencanto, las dislocadas memorias nacionales se desencuentran en la violencia, la rabia política, el autoritarismo y la fuga diaspórica. Los llamados a rememorar el bicentenario de independencia centroamericana resultan como un retrato con marcos anacrónicos e imágenes que nadie, salvo ciertas elites, parecen querer rememorar.

Los alaridos celebratorios para conmemorar una independencia convulsa que a lo largo de dos siglos devino en la estatalidad centroamericana que hoy tenemos, produce ecos de vacío en las calles de las capitales centroamericanas que resisten a la incertidumbre traída por la pandemia y al persistente autoritarismo que se recrea como las olas en el mar de la frustración política. Por fortuna la historia centroamericana, singular y particularmente cíclica, se enfrenta a las historiografías revisionistas[ii] que no sólo interpelan a los “sacralizados” documentos de los archivos históricos, sino también a la memoria popular que, aunque acribillada a punta de fusiles y desmemoria forzada, se resiste a la comodidad del olvido selectivo.

El historiador Héctor Pérez Brignoli, en su Laberinto Centroamericano[iii], expone cuatro consideraciones útiles para polemizar sobre la(s) independencia(s) en Centroamérica y los debates que trae consigo la coyuntura del Bicentenario. La primera es una interrogante: ¿fueron verdaderas revoluciones? Para responder, Brignoli recurre a su vez al historiador decimonónico guatemalteco Manuel Montúfar y Coronado, quien consideraba que si bien la emergencia de una nación centroamericana significó, ciertamente, la expulsión formal del “repulsivo poder colonial”, en los territorios de la vida cotidiana, esto implicó, acaso, un cambio en el mapa geográfico político del continente. Las transformaciones para la población no sólo fueron inconclusas, sino que derivaron en una guerra civil permanente, en el deseo frustrado de la unidad nacional por una realidad fragmentada que se impuso tras sendas constituciones fallidas.

La segunda consideración tiene que ver con la unidad Centroamericana: los conflictos locales y regionales tanto como la guerra y la fragmentación, se hicieron una cualidad de la historia regional. Si bien Centroamérica llegó “unida a la Independencia” que descompuso la estructura colonial de la Capitanía General de Guatemala, también participó unida en la burda experiencia de anexión al Imperio mexicano de Iturbide. No obstante, los disensos, que se convirtieron en fratricidas fracturas, se presentaron muy pronto y apenas se intentó un proyecto de República Federal (1824-1838/9) brotaron consecutivas guerras civiles fueron (1826-29; 1831-33; 1837-39). Lo cual llevó a que la Federación se partiera en pedazos.. Así fue como la fragmentación y el nacionalismo de elites y de seudo-artistocracias locales se impusieron como una aspiración de las anheladas y frágiles repúblicas independientes – Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica-. Lo mismo ocurría en toda la emergente región que hoy denominamos como latinoamericana: una primera fractura de la Gran Colombia en 1830; el fallido intento de una Confederación entre Perú y Bolivia (1836-39) y la pronta separación de Montevideo y Paraguay del centralismo todavía neocolonial de Buenos Aires. El separatismo triunfaba por doquier, aunque a doscientos años se celebre bajo el lema de proceso independentista.

La tercera reflexión apela a la precaria legitimidad del anhelo liberal republicano: paradójicamente la soberanía popular estuvo huérfana de pueblo, de nación, del ropaje plebeyo, dado que no sólo se trataba de repúblicas liberales, modernas, blanqueadas -y por tanto racistas- y elitistas. También, y este es la cuarta consideración, perdieron el horizonte de la legitimidad popular, ya que fueron el resultado de revoluciones hispanoamericanas cooptadas por una dirigencia criolla que aun cuando eran soportadas en los campos de batalla por bases populares indias, afro y mestizas, representaron un traspaso de privilegios de una casta colonial peninsular a una burguesía sin nación ni ciudadanía.

La nación criolla burguesa, a la que evoca el legado independentista y el discurso oficialista del bicentenario, adoleció de legitimidad, se montó sobre marcos constitucionales convulsos y se olvidó de la nación clandestina. De allí que, para los pueblos en movimiento del istmo centroamericano, desde una memoria situada en los márgenes, las independencias hayan significado la apertura de un nuevo ciclo de rebeliones indígenas, negras y plebeyas que definirían otras sendas en la memoria de los territorios, más allá de la centroamericanidad y la ilusión de sus patrias. Cabe decir también que la historia fue menos benéfica que la “prometedora” geografía del istmo centroamericano, y que la ambición geopolítica expresada en los proyectos imperiales nunca cesaron.

La historia centroamericana, ese “territorio de codiciados e infinitos istmos”, aquel brazo de volcanes que une dos masas continentales de norte y el sur; aquella puerta bioceánica que pudo ser el Bizancio moderno es también testigo de la intervención sistemática de potencias extranjeras para las que el signo de la independencia significó la oportunidad para la invasión, la fragmentación, la intervención sistemática, el despojo y el secuestro de la libertad.

Por su parte, la lectura del bicentenario es muy otra si se reinterpreta desde los pueblos indígenas originarios, que después de casi tres siglos de brutal adaptación al régimen colonial, se enfrentaron a la más violenta etapa de despojo, persecución y sometimiento. La estructura colonial fundada en las leyes de indios se desvaneció para iniciar las políticas de mestizaje y ladinización. Cientos de territorios indígenas en el istmo y en todos los territorios de la hispano y lusoamérica -o en otros términos geográficos, de la Amazonía, los Andes y el chaco guaraní, hasta la Selva del Darién, la Lacandona y los desiertos yaquis y yoreme- sufrieron procesos de saqueo y exterminio.

El liberalismo republicano y sus correspondientes ciclos conservadores -una dialéctica esquizofrénica que experimentó toda nuestra región hasta, al menos la segunda mitad del siglo XX[v]– también significaron la inauguración de regímenes de sometimiento; políticas de aculturación; “extinción” por decreto de las lenguas originarias; expropiación de tierras comunales -ejidos y baldíos-; e incluso la reinstalación de regímenes esclavistas velados o explícitos en leyes de la época, cual historia postergada de la colonia[vi].

En todo caso, la historia también se teje a contraluz. Desde los márgenes y la historiografía crítica revisionista. La narración de los acontecimientos pasados es menos estrepitosa pero más mordaz, más certera. Llamamos contrahistoria a esta crítica de la historia monumental, pues desnuda y transgrede la continuidad de la gloria. La memoria del poder no recuerda: bendice. Mientras que la contrahistoria borda desde la rebelión y la fractura, para hilvanar las relaciones de fuerza y poder que han definido aquello que fue impuesto y asumido como verdad.

En conjunto, a 200 años, los monumentos de aquellas glorias independentistas parecen observar con recelo la desbandada de sus pueblos que, organizados en caravanas migrantes y replegados en la defensa de sus territorios y la vida, abandonan la ficción de las repúblicas y de sus democracias fallidas. Por fortuna, el sostenido pensamiento crítico, la brillante intelectualidad, la singular riqueza literaria y artística, así como la dignidad y tenacidad de los pueblos centroamericanos reserva, a pesar de todo, destellos de esperanza y cambio que desbordan las prisiones de la memoria. Por ello, es que la escritora nicaragüense Gioconda Belli asevera que a pesar de la historia: “todo cambia y nada permanece. Y no habría belleza, ni danza, ni movimiento si las estaciones no alborotaran los colores y el follaje de los árboles no se desprendiera amarillo en el atardecer”.

[i] Observatorio de las democracias: sur de México y Centroamérica del CESMECA. Correo: [email protected]

[ii] En ocasión de las reflexiones críticas sobre el acontecimiento al que nos referimos, vale la pena señalar algunos esfuerzos académicos recientes. Entre ellos, el llamado hecho por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO) para reescribir interpretaciones sobre el Bicentenario en la enciclopedia virtual Wikipedia y llenar los espacios en dicho espacio virtual. No obstante, los esfuerzos aún requieren reflejarse en la página web. Además de la convocatoria para editar la colección “Bicentenario de Centroamérica – Historias comunes, luchas y transformaciones” (https://www.clacso.org/coleccion-bicentenario-de-centroamerica-historias-comunes-luchas-y-transformaciones/).

Por su parte, la Academia Salvadoreña de Historia y la Universidad de Munich, Alemania, convocaron la conferencia “200 años: Centroamérica en el mundo” cuya agenda, desarrollada entre el 9 y 10 de septiembre permite reflexionar sobre el conocimiento y desconocimiento sobre Centroamérica en nuestra región y en el mundo; desde las espacialidad para explorar su posición en la historia y la globalización contemporánea; así como sobre la identidad, la imagen y las migraciones internacionales.

[iii] Pérez Brignoli, Héctor (2017) El Laberinto Centroamericano. Los hilos de la historia, San José: CIHAC.

[iv] Avendaño R., Xiomara (1991) Pueblos indígenas y república en Guatemala, México: Siglo XXI.

[v] Aunque la experiencia de Colombia se distingue no sólo por la prolongada guerra civil desde la mitad del siglo XX, sino por haber preservado las estructura “dialéctica” entre liberales y conservadores hasta su vida política partidaria contemporánea.

[vi] Martínez Peláez, Severo (2011) Motines de indios. La violencia colonial en Centroamérica y Chiapas, Guatemala: F&G editores.

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