Día Internacional del Orgullo Bisexual: mitos y prejuicios en América Latina

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Ser bisexual en América Latina: mitos y prejuicios

Por Agustina Ramos

Ser bisexual es sentir deseo, atracción o afectividades hacia el propio género y hacia otro u otros. Activistas nos cuentan a qué desafíos cotidianos se enfrentan.

¿Quién te gusta más? ¿Quieres hacer un trío? ¿Ahora te sientes gay o hetero? Pero si eres trans… ¿Cómo vas a ser bisexual? Tranquila, es solo una fase. Estas son algunas de las frases más frecuentes que reciben les bisexuales y que este 23 de septiembre, Día Internacional del Orgullo Bisexual, buscan desmotar, además de reivindicar su libertad e identidad fluctuante que rompe con una heteronorma binaria.

Presentes conversó con activistas de la región, Andre de Paraguay, Iliana de Honduras, Tristán de Guatemala y Samuel de Argentina, sobre las potencias, mitos y experiencias vinculadas a las bisexualidades.

“Ser bisexual para mí es romper directamente con la heteronormatividad porque mi existir vive experiencias de afectividad, deseo, atracción y sexualidad en las cuales dejo ser en libertad. Es cuestionar los roles estereotipados en los vínculos amorosos, la diversidad de amar sin importar ni denominar el género”, dice Ileana Aguilar, maestra de 22 años, bisexual, feminista e integrante de la organización Yo no quiero ser violada, de Tegucigalpa, Honduras.

Ser bisexual es sentir deseo, atracción o afectividades hacia el propio género y hacia otro u otros. Se habla de “bisexualidades” y no “bisexualidad” dado que las identidades genéricas por las que se siente atracción pueden variar de persona a persona.

Una identidad política
“Además de ser una orientación sexual, para mí es una identidad política. Cuando me presento ante otras personas lo hago como varón trans y como bisexual”, afirma Samuel, de 22 años, editor audiovisual y oriundo de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina.

Sobre su activismo, que acuerpa desde hace cuatro años, dice: “Siento que el poder nombrarse y relacionarlo con algo identitario es en sí mismo cómo lo vivo. Lo transmito y me hago lo más visible posible a través del nombrarme, tomarlo como una identidad propia y poniendo el cuerpo”.

Andre Riveros (25), psicóloga graduada de la Universidad Autónoma del Paraguay y activista LGBTI, siempre supo que era bisexual, pero como viene de una familia “super religiosa” salir del armario fue difícil. Este proceso, para ella, implicaba salir de su zona de confort y durante mucho tiempo le huyó a la posibilidad de nombrarlo.

“Viví así bastante tiempo hasta que cuando comencé la carrera empecé a cuestionarme mucho sobre estas cosas y dije: hasta acá”. A partir de ese momento comenzó un proceso con su madre, quien la tenía “en un pedestal religioso” ya que Andre había sido monja en dos oportunidades. “Yo le contaba cosas sobre personas trans, gays, ponía películas y series con contenido LGBTI e iba haciendo estrategias hasta que empezó a sentir más curiosidad sobre la población”.

“Finalmente, hice un proceso de dos años y luego, un 28 de junio, le cuento a mi mamá que soy bisexual y le digo que voy a entender si ella se molesta o algo así, pero le pedía que lo único que me dejase sea ser feliz. Ella me dijo, muy por el contrario, que estaba super orgullosa de mi valentía y que me apoyaba”, cuenta Andre, aunque a partir de ese momento vivió algo que no había imaginado: el rechazo de su familia extensa y de sus amistades de la Iglesia. Para ella igualmente “esta fue la mejor decisión” de su vida, hoy forma parte de Fundación Vencer y de It Gets Better y reconoce que ser bisexual “es todo un desafío, no solamente a nivel sociedad sino también dentro del colectivo LGBTIQ+”.

Ser bisexual y trans

En este sentido, para Tristán López, varón trans de 25 años, activista y estudiante de una maestría en Historia Contemporánea en Guatemala, en las personas trans se asume una “heterosexualidad obligatoria”.

“Las personas trans no transicionamos por una compulsión a la heterosexualidad o para restaurar un modelo heterosexual; transicionamos porque esto somos. Pero a mí, incluso desde la comunidad LGBTIQ, me han llamado al orden para que ‘me deje de huecadas’. Es como que nuestra identidad trans es poco legítima si no somos heterosexuales y lo es si lo que queremos es restaurar un binario cisgénero-heterosexual”, explica.

Su activismo comenzó en el 2017 -pertenece a las organizaciones Visibles y Trans-formación- y se reconoció bisexual, al igual que Samuel, luego de hacer su transición de género. “Expandir las posibilidades de mi género también fue expandir las posibilidades de mis afectos, de mi corporalidad y de mi atracción”, dice.

Les activistas coinciden en que los mayores problemas vinculados con el ser bisexual son la invisibiización y el desconocimiento. “A mí me ha pasado que en las clínicas de hombres cisgénero gays y bisexuales no saben cómo atenderme”, ejemplifica Tristán.

“Lo más curioso es que estadísticamente hablando, las personas bisexuales somos más que las personas gays. Es llamativo que aún así seamos las más invisibilizadas”, manifiesta Andre.

En relación a sus dichos, el estudio “Mayoría invisible: las disparidades enfrentadas por personas bisexuales y cómo remediarlas”, publicado en 2016 por parte de Movement Advancement Project y varias organizaciones bisexuales de Estados Unidos indicó que “las personas bisexuales representan aproximadamente la mitad (52%) de las personas LGB en los Estados Unidos”.

“Hay mucho discurso bifóbico, cissexista, transfóbico, mucha fundamentación genitalista -dice Samuel-. Incluso a mí me ha pasado que he reproducido ese tipo de discursos durante mucho tiempo”.

Mitos y violencias

Iliana lo relaciona con el sistema en el que vivimos. “Ser bisexual y posicionar esta existencia como decolonial, antirracista y antineoliberal conlleva una discrminación directa de lo que es el sistema capital y patriarcal, un sistema que replica el odio hacia la comunidad LGTBIQ+, que señala e hipersexualiza nuestras cuerpas, que minimiza y también explota con su marketing para generar dinero”, sostiene.

Así, enumera algunos de los prejuicios y mitos instalados sobre esta orientación sexual. “El mito de la promiscuidad, que no nos cuidamos, que tenemos un apetito sexual para todo el mundo”, explicita la activista y remarca que “nuestro deseo es con nuestra decisión y mediante acuerdos con las personas que establecemos nuestros vínculos afectivos”.

“También -agrega-, esta cuestión sobrevalorada más que todo por el género masculino de hipersexualizar a las chicas que somos bisexuales con una fantasía sexual de querer tener un trío: dos mujeres y un hombre. Que seamos bisexuales no significa que seamos un fetiche”.

“Que no nos decidimos, que estamos en una fase, que es solo una etapa”, recoge el guante Andre Riveros, y Samuel continúa: “el mito del 50, 50: ¿te gustan más los varones o más las mujeres? Esta cuestión de comparar como si el deseo no fuese algo que va mutando, que va cambiando y que eso también es ser bisexual”.

Y Tristán concluye: “El mito más grande es pensar a las personas como identidades rígidas, monolíticas. Por eso las identidad trans, la no binariedad, la intersexualidad, la bisexualidad, pansexualidad y otras formas de orientaciones sexuales fluidas no caben en esta concepción”.

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