Los que nacieron para ser sirvientes en Perú, ahora gobiernan el país – Por Ollantay Itzamná

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Por Ollantay Itzamná*

En la bicentenaria República criolla del Perú, en menos de un mes de gestión del primer Presidente campesino, están ocurriendo sucesos culturales y políticos que están trastocando las certezas de la “identidad nacional” bicentenaria.

El electorado peruano, el pasado 6 de junio, mediante una inédita sublevación en las urnas, derrotó a todo el pelotón oligárquico, y eligió como el Presidente del bicentenario nada menos que aún campesino, “extranjero” para la limeñidad virreinal.

Esta derrota política le dolió y le duele a los “dueños” de la República criolla, quienes inmediatamente quisieron “redomesticar” al insumiso Presidente de sombrero mediante una fallida “guerra económica” y “calentamiento de las calles”, argumentando que el Gabinete de Ministros era un peligro para la “democracia y el desarrollo” del país. Y así, emprendieron y emprenden una guerra mediática contra el Gobierno y su Gabinete bajo la sentencia de: “o se resubordinan o los expulsamos del poder”. Los de sombrero y quechua hablantes nacieron para ser sirvientes domésticos.

En el Perú, al igual que en el resto de las bicentenarias repúblicas criollas, los campesinos e indígenas nacen para ser sirvientes de las familias mestizas en las principales ciudades del país, y peones en las haciendas.

Esta es una premisa constitutiva y organizadora de la esencia de la República peruana. Y no es únicamente asunto económico, sino antropológico identitario del Perú oficial.

En el Perú, el originario, nativo o campesino, para ser admitido formalmente como ciudadano peruano está obligado a renunciar y renegar de su idioma, cultura e identidad, y asimilarse como mestizo, si es alimeñado, mejor. Aunque en los hechos jamás llegará a ser admitido como ciudadano pleno.

A Pedro Castillo, folclóricamente lo asumen Presidente de sombrero, pero en los hechos lo miran como a su cholo sirviente.

En lo que va del mes, en especial en el Congreso de la República, y en los medios corporativos, muy a pesar de los esfuerzos protocolares, trasluce el racismo y el desprecio por parte de congresistas y empresarios hacia el Presidente Pedro Castillo y el Premier Guido Bellido. ¡Les incomoda de sobremanera que quienes nacieron para ser su jardinero o su chofer, ahora, sea el Presidente y el Premier de su República!.

En los hechos, en este preciso momento, congresistas, empresarios, funcionarios públicos…, tienen en sus casas, de empleadas domésticas, a las hermanas, tías, sobrinas, paisanas…, de Pedro Castillo y de Guido Bellido, limpiándoles los inodoros o preparándoles la comida, o cuidándoles sus mascotas. Los tíos, hermanos, sobrinos, parientes de Bellido y Castillo fueron y son sus jardineros, jornaleros, choferes… ¡En la bicentenaria República criolla peruana el provinciano, quechua o aymara hablante, nació y está condenado a los sumergidos nichos laborales, en silencio! Y si se quejan, son escarmentados como indios insolentes.

Por eso, a Castillo y a Bellido, la oligarquía, la endeudada clase media, e incluso provincianos alimeñados, los miran con si fueran sus peones o sirvientes.

Pero, lo que más les irrita a los patrones criollos y acriollados no es sólo que sus peones, ahora, sean el Presidente y el Premier de su República, ni que se nieguen a redomesticar o a moderar sus conductas irreverentes para con el “orden establecido”.

Lo que más les irrita es que desde el Estado les hablen y le hablen al Perú entero en los idiomas nativos, como el quechua. Un idioma milenario que los políticos gamonales intentaron infructuosamente aniquilar/borrar por más de cinco siglos. La epifanía oficial del idioma quechua es el inicio de otra derrota histórica, la derrota cultural.

Castillo y Bellido no han iniciado aún a ejecutar su “subversivo” programa de gobierno consistente en la Asamblea Constituyente Plurinacional, revisión de contratos de privatización, redistribución de tierras…, pero con su sola “presencia auténtica” en el Estado criollo, ya están comenzando a cimentar la postergada promesa histórica: la revolución democrática cultural, utilizando el lenguaje corporal y el idioma quechua como una herramienta política de emancipación. Y a esta “revolución de sentido común”, al parecer, es a la que más le temen los privilegiados del bicentenario Perú oficial.

*Defensor de Derechos de la Madre Tierra y Derechos Humanos desde Abya Yala.


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