Ecuador: La balsa se va… la selva desaparece – Por Alberto Acosta

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Alberto Acosta*

La balsa es una madera. Proviene del arból de balsa, existente en tierras tropicales del Abya-Yala. Su ritmo de crecimiento es muy rápido. Su utilidad es conocida desde tiempos ancetrales. Diversos pueblos originarios y muchas comunidades campesinas la han empleado como un elemento importante en sus vidas. Obteniéndola de manera sustentable, con esa madera han podido elaborar diversos artefactos útiles para diversas actividades.

Gracias a sus características, esta madera también ha sido objeto de una creciente difusión e inclusive mercantilización. En el Ecuador se conocen desde hace mucho tiempo diversos productos de consumo cotideano que utilizan madera, como fueron “las balsas” que me sirvieron en mi infancia para aprender a nadar. La Balsa (Ochroma pyramidale), es una especie maderable muy apetecida en el mercado internacional por ser resistente, de poco peso, suave, aislante (térmico y acústico) y de crecimiento rápido (de 3 a 4 años).

Por su reducida huella electromágnetica se le ha empleado incluive para fines bélicos: recordemos su utilización en la construcción de embarcaciones y aviones de combate, como fueron los caza bombarderos “mosquito” y las lanchas rápidas desplegadas sobre todo en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial; como la PT-109 al mando del futuro presidente americano John F. Kennedy, que fue destruida por un navio japonés, pero que al estar counstruida con balsa permitió que floten sus restos salvando la vida de varios de sus tripulatntes.

En la actualidad, tal como se demuestra en este libro, la demanda de madera de balsa ha crecido de manera exponencial, sobre todo desde China. El objetivo, a primera vista, es loable. Con madera de balsa, mezclada con una serie de resinas, se fabrican en especial los rotores para la generar energía eólica. Todo con el fin de liberarnos de los combustibles fósiles que están carbonizando la atmósfera. Empero, en este caso, a todas luces, el fin no necesariamente justifica los medios. Veámos el porqué.

Sabemos de sobra que los recursos energéticos fósiles son finitos. Es cada vez más evidente que las emisiones generadas por transformar esos recursos son en gran medida responsables del colapso ecológico que vivimos. Tan es así, que propia Agencia Internacional de la Energía, con sede en París, creada en 1974 como la anti-OPEP por parte de los grandes países importadores de hidrocarburos, anunció, ya en el año 2012, que es indispensable dejar en el subsuelo los dos tercios de todas las reservas probadas de combustibles fósiles sino queremos que supere en 2° el incremento de temperatura global al año 2050.

Además, las reservas de recursos fósiles se asientan en pocos lugares del planeta, generándose en ocasiones una grave presión bélica y siempre mucha violencia -vista ésta no como una consecuencia, sino como una condición necesaria para su explotación. Las sucesivas invasiones a Afganistan nos son útiles como un botón de muestra.

En este contexto, como parte de un proceso de transición energética -de corte corporativo- en la medida que se avanza hacia una superación de los combustibles fósiles, como el petróleo, se aumenta peligrosamente la demanda de litio y otras “tierras raras” para producir los autos eléctricos, ampliando los impactos nocivos de la minería, es decir provocando masivos destrozos. La mayoría de las tan aplaudidas energías renovables depende de recursos finitos. La economía moderna -pintada de verde- demanda más y más metales. A más del litio y otras “tierras raras” son necesarios cada vez más minerales conocidos como el cobre, pero no se asume el costo ecológico de obtenerlos y menos aún se plantea una solución estructural a los graves problemas del copalso climático provocados en el capitaloceno.

Se sigue deslocalizando la extracción de minerales y alimentos, como en los mejores tiempos coloniales y neocoloniales, obtenidendo beneficios para las mismas sociedades opulentas, incluso a través de la especulación, devotamente cobijada como “mercado de futuros”. Los grandes medios de comunicación, que alientan la transición energética corporativa, ocultan las condiciones de trabajo cercanas a la esclavitud que denuncian los trabajadores en varias minas en todo el planeta; tampoco valoran adecuadamente las violaciones de derechos de las comunidades indígenas y campesinas que defienden sus campos y sus selvas; ignoran en la práctica los desplazamientos humanos ocasionados por estos extractivismos; y, hasta minimizan los conflictos geoestratégicos que provocan severas afectaciones a la institucionalidad política de varios países.

La creciente demada de madera de balsa tiene un espacio destacado en esa lista. Su creciente explotación provoca una masiva destrucción de amplias zonas de bosques primarios con el consiguiente impacto en comunidades indígenas y campesinas, tal como se demuestra en este libro.

En Ecuador, uno de los países con mayor potencial para poducir madera de balsa, han sido sobre todo dos las fuentes de aprovisionamiento de este producto: las plantaciones forestales y, en especial, la extracción de balsa de los bosques. Con la creciente demanda internacional, que supera largamente la velocidad de crecimiento de estos árboles, se registra una acelerada expansión de la frontera de la balsa, estableciéndose nuevas plantaciones y provocando una creciente destrucción de zonas selváticas, con los consiguientes impactos nocivos en las comunidades.

En las páginas de este libro, construido con aportes individuales y colectivos de personas profundamenta conocedoras de los temas analizados, se abordan cuestiones muy sugerentes e indispensables para conocer sobre esta noble madera y las crecientes amanazas que se ciernen sobre ella y los diversos territorios en donde se la encuentra. Se parte de la biología y ecología de la balsa (o boya). Aquí se presenta también información sobre los origenes de dicha amenazas a partir de la expansión de la energía eólica en las sociedades opulentas, estableciendo los diversos vículos con las exportaciones de balsa ecuatoriana, que son analizadas pormenorizadamente.

Son también motivo de atención los consiguientes impactos provocados por estas crecientes exportaciones en nuevos espacios de ocupación en lugares concretos como son la Reserva de Biosfera Chocó Andino, Chirijos en la provincia de Manabí, el norte de la provincia de Esmeraldas, el cantón Pangua en la provincia de Cotopaxi, y la cuenca del río Villano en la Amazonía Sur y las cuencas de los ríos Putumayo y Aguarico en la Amazonía Norte donde vive un mosaico de pueblos y comunidades, que incluye a los pueblos indígenas originarios A’i Kofán, Siekopai y Siona, a los que se suman comunidades Kichwa, Awá y Shuar. En este valioso esfuerzo, enriquecido con mapas, gráficos y fotografías muy ilustrativas, no faltan las respuestas desde las resistencias de diversas comunidades que defienden sus territorios y sus opciones de vida digna.

En este punto, entonces, es preciso plantearnos varias cuestiones vinculadas en particular al tema energético y también al alimentario.

No se trata simplemente de producir cada vez más energía para satisfacer una demanda siempre creciente. Ni siquiera es suficiente, aunque sí importante, sustituir los recursos energéticos fósiles y no renovables por energías renovables, a las que muchas veces sin serlo se las presenta como que son cada vez más limpias. El uso eficiente de la energía debe ocupar un sitial significativo en esta transformación de la matriz energética. Por eso sobre todo hay que preguntarnos sobre su uso, es decir para qué la energía, cómo se la obtiene, quién la produce y por supuesto quién la controla.

Así, refiréndonos a la cuestión de esta maravillosa madera, la solución no pasa solo por dar paso a plantaciones de árboles de balsa para evitar la destrucción de bosques primarios o protegidos. Tal como se expone en varios capítulos del libro, Estas plantaciones, en el primer país que ha constitucionalizado los Derechos de la Naturaleza, de hecho destrozan dichos bosques y desplazan la producción de alimentos para disponer de balsa como uno de los productos exportables más cotizados en este último tiempo. Alientan el monocultivo con el consiguiente impacto negativo sobre la biodiversidad. Favorecen la concentración de capital en desmedro de la producción campesina, pues son cada vez más necesarias costosas tecnologías e incluso el creciente uso de agrotóxicos.

Es oportuno recuperar que -como menciona Gustavo Duch, un promotor incalsable de la soberanía alimentaria- “el 80% de toda la tierra mundial ha sido convertida en monocultivos y el 70% gestionada solo por un 1% de todos sus propietarios; de animales en el prado de la finca o en el patio de la casa, se pasó a las granjas de 50 animales que crecieron hasta albergar cientos de animales, pero dicen que se quedaron chicas y ahora tenemos, multiplicándose por toda la península, megagranjas de miles de animales que no son nada frente a las supermegagranjas de China de 12 y 14 plantas, cual rascacielos porcinos.”

Dicho esto, es evidente que este tipo de actividades agroexportadoras, por más controladas y reguladas que estén, tienen a ahondar las características de un economía primario-exportadora como la ecuatoriana con toda su enorme carga de problemas y violencias que esto implica.

Por orto lado, en un tema que nos merece una creciente atención, a la energía hay que asumirla desde una perspectiva múltiple: social, económica, ambiental, política e inclusive histórica. De hecho, según el tipo de energía utilizada hasta la estructura estatal se modifica. En la esclavitud y el feudalismo, estamos hablando de hace un par de siglos o menos, se requería de estados autoritarios en extremo, que hagan posible que la mitad de la población o más, sin derechos, trabajen “gratis” a favor de la otra mitad, o que apenas reciban el usufructo de una parcela ínfima de tierra. Se requería una gran concentración de poder directamente concentrada en esos estados.

Algo similar ocurre hoy con el “estado atómico”, que debe asegurar el mantenimiento estatalmente controlado de los desechos nucleares literalmente por miles de años. Como se ve, a la postre, la cuestión energética no es solo técnica y económica, es eminentemente política.

Lo que cuenta, sobre todo, es entender que la energía juega un papel preponderante en un proceso de transformación radical. La energía, dependiendo cómo se la genere y utilice, puede alentar la transferencia de riqueza y construir equidades sociales y ambientales. Esto conduce a construir otros patrones de producción, de consumo, de transporte, de distribución y de control de la energía, vista como un derecho y no solo como una mercancía.

No pesa -en primera instancia- la finitud de las reservas de combustibles fósiles sino, sobre todo, los límites ambientales de su uso desbocado. Esta conclusión nos obliga a caminar de forma rápida y planificada hacia otro régimen energético, basado en el uso de la energía radial del sol. Lo que demanda una economía sostenida en la descentralización de la generación de la energía, lo que permitiría incrementar el control comunitario sobre el sistema energético.

Como se ve, en estas críticas a los fundamentos del régimen energético “fósil” aparecen también cuestionamientos a la civilización del capital.

Estos planteamientos marcan, entonces, claramente por dónde debería marchar la construcción de una nueva forma de organización social, si realmente busca ser una opción de vida sustentable, en tanto respeta la Naturaleza y usa el patrimonio natural pensando siempre en su (re)generación. La Naturaleza, en definitiva, debe tener la necesaria capacidad de carga y recomposición para no deteriorarse irreversiblemente por efecto de la acción humana. Y la ciencia y la técnica, por cierto, deben ser instrumentos que coadyuven en esta dirección.

No podemos ignorar que ni la ciencia, ni todas las tecnologías que de ella se derivan, son buenas o bien empleadas per se. De hecho, sus aplicaciones hasta pueden ser, directa o indirectamente, nocivas para la Humanidad, no se diga para la misma Naturaleza. Hay tecnologías peligrosas, como aquellas que se aplican en el agro basadas en la química y en el reduccionismo del monocultivo, que han provocado la pérdida de biodiversidad.

Y no solo eso, los esfuerzos deplegados con multimillonarias campañas como fue la “revolución verde” o la que promociona los transgénicos no han podido superar el tema del hambre, pero si han sido determinantes para acelerar la pérdida de biodiversidad. Tal como sucede en la actualidad con la promoción de energía alternativas que nos ayudan a superar la dependencia de los combustibles fósiles -una meta loable- a costo de una creciente y destructora demanda de otros recursos.

Que quede entonces claro, que la técnica no es neutra. Con frecuencia se desarrolla en función de las demandas de acumulación del capital. No olvidemos que toda técnica tiene inscrita una “forma social”, que implica una forma de relacionarnos unos con otros y de construirnos a nosotros mismos; basta mirar la sociedad que “produce” el automóvil y el tipo de energía que demanda. No se trata simplemente de cambiar vehículos a combustión por vehículos eléctricos.

Es preciso transformar profundamente los sistemas de transporte y por cierto las lógicas consumistas. Bien anotaba Wolfgang Sachs, un referente en estos proceso de cambio radical, ya en 1984: “El automóvil pertenece a una clase de productos que no podemos modificar a nuestro gusto. Dado que su uso requiere la exclusión de las masas, la democratización de los automóviles destruye sus ventajas”. La reducción del uso de los vehículos privados es pues una opción urgente y concreta que se cristaliza ya en varios países; por ejemplo, en Viena, capital de Austria, más de la mitad de los hogares ya no tienen auto propio en tanto que mejora en todo sentido el transporte público subsidiado y aumenta la conciencia por la necesidad de un cambio en los estilos de vida.

Hay que revalorizar por igual las miles de respuestas pequeñas en todas partes del planeta para asegurar -al menos en parte- la soberanía alimentaria desde las ciudades, por ejemplo desde los huertos urbanos: entendiendo que no solo importa el consumo -que puede exacerbarse con la sobreproducción tecnificada- sino también las condiciones de producción; aquí hay mucho espacio para políticas alimentarias desde los ámbitos municipales. Los espacios de consumo compartido vistos no solo como acción desesperada frente a la pobreza extrema, sino de solidaridad e interdependencia practicadas, son oportunos para consolidar los lazos de vecindad y de confianza indispensables en las cada vez más indospensables respuestas comunitarias.

Para concluir estas breves reflexiones, motivadas por este sugerente y urgente libro, destaquemos un punto clave, la demanda de recursos naturales -normalmente- se explica por las necesidades de las economías metropolitanas a las cuales sirven las economías periféricas. Y eso permite entender que las sociedades ricas lo son porque hay sociedades pobres que sostienen su bienestar.

Asi, esta discusión sobre la madera de balsa nos sirve para desnudar la propaganda con que se promociona la transición energética corporativa y aquellas fracasadas respuestas mercantiles y tecnológicas con las que se quiere asegurar la alimentación de los seres humanos. Hay mucha historia en este ámbito, pero, al parecer, todavía no hemos aprendido las lecciones acumuladas dentro y fuera de nuestro país.-

Por todo ello “es importante que no se pierda de vista la integridad de la soberanía sobre los territorios, garantizando alimentos y energía local: construyendo la soberanía energética y alimentaria; y redefiniendo la soberanía política”, tal como se concluye en este valioso aporte colectivo.-

*Economista ecuatoriano. Profesor universitario. Ministro de Energía y Minas (2007). Presidente de la Asamblea Constituyente (2007-2008).

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