Los ecos de la conquista y colonización de América Latina – Por Rafael Cuevas Molina

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Por Rafael Cuevas Molina*

Hablar de las huellas, o marcas, que dejaron la conquista y colonización de América sería vasto y complejo, y, por tanto, escapa a las posibilidades de estas líneas. En América Latina somos, en buena medida, producto de ese hecho histórico, que puede ser calificado de hecatombe en la medida en que constituyó uno de los mayores, si no el mayor, genocidio en la historia de la humanidad.

Hoy, somos producto de esa condición colonial heredada, y hay luces y sombras en esa identidad. El colonialismo signó toda una etapa histórica de la humanidad, nos estructuró, nos dio un perfil que hasta hoy cargamos con dificultad. Es cierto que, después de él, ya en condiciones neocoloniales, los grupos dominantes locales han puesto de su parte para que tal perfil mantenga los rasgos negativos que no nos dejan sacar cabeza, pero aún la permanencia de tales grupos en lugares de poder puede atribuirse a esa estructuración heredada.

En el contexto del 200 aniversario de la independencia de México y Centroamérica, el papel imperial de España y las implicaciones que tuvo en América ha vuelto a salir a la palestra. Desde la extrema derecha española se pelean por ocupar el puesto de mayor altisonancia que reivindique como civilizadora y libertaria la expansión española en este lado del Atlántico, llevando agua para el molino de la situación política que viven en su país.

Quien esta semana ha puesto nuevamente sobre el tapete el tema ha sido la presidenta de la Comunidad de Madrid, la señora Isabel Díaz Ayuso, quien, de visita en los Estados Unidos en el marco de la celebración del Mes de la Hispanidad o Mes de la Herencia Hispana, ha dado unas declaraciones que no se sabe si parten de la ignorancia o la provocación.

Las declaraciones de la señora Díaz Ayuso, aunque referidas al aniversario de los 200 años de la independencia, hacen alusión explícita e implícita, a los gobiernos nacional-populares que han estado en el gobierno en los últimos 20 años en América Latina, y refieren a lo que ella llama “el indigenismo”, que considera el nuevo comunismo, lo que para ella constituye el peligro mayúsculo para la humanidad.

En el indigenismo, seguramente (porque no lo ha explicitado) habría que inscribir la solicitud de perdón que hiciera AMLO desde México a España hace un par de años, y gobiernos como el de Evo Morales en Bolivia o el de Rafael Correa en Ecuador, que promovieron la incorporación en sus constituciones del concepto de buen vivir o vivir bien, cuyo origen se encuentra en las sociedades prehispánicas, y estimularon una mayor participación de las poblaciones descendientes de las sociedades originarias.

Este “nuevo comunismo” atentaría contra la herencia de libertad, paz y prosperidad que habría dejado el colonialismo español, y arremete incluso contra el papa, de quien suponemos pone en duda la infalibilidad que dogmáticamente le otorga la iglesia a la que ella misma pertenece, porque considera equivocado que haya pedido disculpas por “los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”.

A estas declaraciones se suman ahora las del expresidente José María Aznar, quien en reunión del Partido Popular (PP) en Sevilla, ridiculizó el nombre del presidente mexicano, y las del presidente de ese partido, Pablo Casado, en las palabras de presentación del expresidente mexicano, Felipe Calderón, miembro de esa élite política entreguista de derecha que recibió al presidente de VOX hace pocos días en México.

En suma, se trata de una visión elogiosa y nostálgica, heredera del franquismo, que usa como caballo de batalla temas polarizantes como este, que les ayuda a sumar adeptos y reforzar sus posiciones reaccionarias al interior de su país.

En las proximidades del 12 de octubre, este tipo de discusiones muestran la importancia que tiene la reflexión histórica, que esta se construye día a día en función de los intereses políticos del presente en función de proyectos de futuro, y de cómo estas conmoraciones no deben dejarse pasar sin reflexionar críticamente sobre ellas, o celebrarse bobaliconamente como, por cierto, han hecho con las fiestas del bicentenario de la independencia en Centroamérica.

* Historiador, escritor y artista plástico. Licenciado en filosofía y magíster en Historia por la Universidad de La Habana. Catedrático, investigador y profesor en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA), adscrito a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (UNA), Costa Rica. Presidente de AUNA-Costa Rica.


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