Colombia | Francia Márquez, precandidata presidencial: ‘Vivimos en una nación patriarcal, racista y clasista’

1.022

Por Tatiana Escárraga

La escena ocurrió un día de agosto del 2019 en un salón del hotel Inter, en el centro de Bogotá. Acababa de terminar una reunión entre líderes de organizaciones sociales del departamento del Cauca y funcionarios del Ministerio del Interior. Hubo palabras incómodas, acusaciones, reclamos. El funcionario a cargo, un viceministro furioso, se acercó a Francia Márquez. La llamó resentida. “Usted necesita ir a terapia”, le dijo.

“La vaina era que estábamos discutiendo y él empezó a usar ese lenguaje de ‘pobrecitos’, de gente que necesita atención, como si fuéramos menores de edad. Cuando le dije que su actitud y la forma como estaba planteando las cosas era racista, me mandó a terapia. A mi compañero Víctor Hugo Moreno, que le habló de la misma forma, le respondió distinto. Es que, siendo mujer, y negra, hay más soberbia y más desprecio. Fue muy fuerte”, recuerda Francia.

No era la primera vez que se enfrentaba a una situación así. Sofía Garzón, una amiga que la conoce bien, cuenta que en un evento sobre la diáspora negra en Irán un traductor la regañó porque no permanecía “en su lugar”. Cuando propuso su nombre para la Cámara de Representantes por la Circunscripción Afro, en las elecciones pasadas, sus propios compañeros –hombres– la desmoralizaron con una larga lista de razones por las que no debía presentarse.

“Pero es que yo no he venido a pedirles permiso”, les contestó Francia. “Ahí fue muy brava y muy berraca”, relata su amiga.

Francia Elena Márquez Mina (vereda de Yolombó, corregimiento de La Toma, municipio de Suárez, Cauca, 1982), dice que siempre le ha tocado empujar la puerta, ponerse al frente, decir “aquí estoy yo”. Ante el mundo y ante el gran público en Colombia se dio a conocer en el 2018, cuando le fue concedido el Premio Goldman, considerado como el Nobel ambiental, pero desde los 15 años es una activista que lucha por la defensa de su territorio frente a los desmanes de la minería.

Carlos Rosero, un histórico líder del movimiento Proceso de Comunidades Negras (PCN), que la conoce desde esa época, la recuerda como una niña, al principio, muy tímida: “Iba a las reuniones, pero no hablaba. Yo creo que era como una esponja que lo iba asimilando todo. Pasaron los años, y tras un proceso de formación empezó a soltarse y a hablar en público. Un día explotó con una fuerza impresionante”.

Francia Márquez es hija de Gloria María Mina López y de Alfredo Márquez Trujillo. Si suma los hijos de sus padres, son once hermanos. Es madre de dos hombres. Estudia escritura creativa. A veces envía mensajes a las cuatro de la mañana porque sufre de insomnio. Cuando habla, es precisa en sus palabras. No dice pobres, dice empobrecidos. No dice esclavos, dice esclavizados.

En el 2014 impulsó una movilización que se conoció como la Marcha de los Turbantes, un recorrido de casi un centenar de mujeres que salieron desde La Toma hasta Bogotá, para exigirle al Gobierno que retirara los títulos mineros que se habían concedido después de una violenta incursión paramilitar y que prácticamente expulsaban a los habitantes de ese corregimiento de su propio territorio.

Francia y otros líderes de su comunidad presentaron acciones de tutela, lograron parar las órdenes de desalojo, defendieron el derecho a la consulta previa y consiguieron que la Corte Constitucional reconociera en una sentencia que La Toma es un territorio ancestral, por lo que se suspendieron –pero no se anularon– los títulos que habían convertido al corregimiento en una inmensa mina donde Francia y su gente no cabían.

Francia Márquez tiene actitud de guerrera, de rebelde. Es capaz de contar sus tragedias entre carcajadas, pero se necesita mucho tiempo para establecer una verdadera cercanía con ella. De entrada, parece desconfiada, un poco a la defensiva, aunque sus amigos dicen que depende del contexto. La definen más bien como cauta. Y leal. Y frentera. Y terca.

En el 2015 recibió el Premio Nacional a la Defensa de los Derechos Humanos. La BBC la incluyó en el 2019 en la lista de las 100 mujeres más influyentes e inspiradoras del mundo. En agosto del 2020, un tuit suyo levantó una polvareda en el escenario político nacional: “Quiero ser presidenta de este país”, decía. Y así comenzó una andadura que la tiene recogiendo firmas para medirse en la consulta del Pacto Histórico con Gustavo Petro y haciendo una Vaki para recoger fondos para la campaña. Su movimiento se llama ‘Soy porque somos’ y se cimenta en la llamada filosofía Ubuntu, una palabra africana que habla de la conexión entre seres humanos, de colectivo, de solidaridad, del otro.

Sus propuestas giran en torno a la redistribución de la riqueza, la dignidad, la justicia, los derechos; quiere parar la guerra y promover otro modelo económico donde prevalezca la vida. No lo tiene fácil (sus adversarios le reclaman la falta de experiencia en cargos públicos), pero dice que ocurra lo que ocurra, este ejercicio habrá servido para mostrarle al país que el cambio es posible.

¿Colombia está preparada para una mujer presidenta? ¿Para una presidenta negra?
Creo que este país nunca va a estar preparado para que una mujer negra como yo lo lidere. Nunca. Y no va a estarlo porque el proyecto de Nación fue pensado en términos raciales. Desde la Constitución de 1821, la gente esclavizada no era considerada colombiana. Se decía que los negros y los indígenas eran menores de edad, gente bárbara. Asistimos a un Estado nación racista, clasista y patriarcal que, por supuesto, no está dispuesto a que una mujer antirracista, antipatriarcal y antisistémica como yo logre gobernar. Pero uno no se puede quedar ahí, hay que disputarse el poder.

Recuerdo una conversación en la que usted me decía que no había manera de cambiar el sistema porque te acababa tragando. ¿Qué le garantiza que esto no va a pasarle a usted?
El sistema nos está tragando ya. Entonces, sabiendo eso toca intentar un cambio, construir un juego propio desde abajo. Pero no estoy dispuesta a venderle mi alma al diablo para llegar a una presidencia. Lo que propicio es que la gente se sienta con la capacidad de creer que un nuevo poder está en el pueblo, en los sectores marginados, a los que les han hecho creer que no tienen poder.

Y en esa narrativa creció usted, una narrativa que los despojaba de su poder, que incluso los hacía querer ser blancos, casarse con blancos porque había que mejorar la raza. Tremendo.
Había debates públicos en aquellos años del siglo XX en los que participaban políticos, médicos, abogados, maestros, científicos. Toda esa gente justificando que la raza estaba desmejorando por los negros y los indígenas. Y claro, la gente negra terminó diciendo sí, nuestra raza es un problema y hay que mejorarla. Yo le escuché eso a mi familia, escuché decir eso en mi casa. Cuando era pequeña y mi mamá me peinaba, que me dolía, recuerdo a mis tías diciéndole que ella había empezado bien –porque su primera hija había sido con un mestizo–, pero que se había devuelto en el camino, en referencia a mí. Por eso yo quería tener un novio blanco y tener hijos con un blanco, claro. Yo quería mejorar la raza para que a mis hijos no les doliera cuando los peinaran.

Por eso desde niña alisaba tanto su pelo…
Si Epa Colombia [la influencer] hubiera aparecido en aquel tiempo, seguramente yo habría contribuido a enriquecerle el bolsillo. Pero ahora no. Es una mujer que admiro, que valoro, pero la bendita keratina para las niñas me ha dolido. Cuando estamos aceptando nuestro cabello como es, cuando ya mis sobrinas les dicen a sus mamás que quieren llevar el pelo como la tía Francia, viene ella con esto. ¡No! Es una locura.

Entiendo que hubo muchas cosas que tuvo que desaprender. Incluso ha contado que sentía vergüenza de ser negra. ¿Cómo era eso?
No quería tener el cabello que tenía, ni la nariz ñata [risas]. No aceptaba mi cuerpo. Es que la televisión también juega su papel y cuando uno está pequeño y ve solo mujeres mestizas con ojos azules, entonces ese es el prototipo de belleza que quiere. Uno quiere blanquearse. Pero ese blanqueamiento acaba siendo mental. Uno no quiere asumirse como una mujer negra, sino que acaba pensando que lo negro es inferior y lo blanco superior. Son estereotipos raciales que nos dañan no solo a nosotros como afrodescendientes, sino a todos como humanidad.

La escuché decir que los grandes desafíos para su gente pasan por reconocer quiénes son, de dónde vienen y por qué los enseñaron a negarse a sí mismos.
Yo, por ejemplo, me descubrí negra. Tenía unos catorce o quince años cuando llegué al Proceso de Comunidades Negras (PCN), una de las organizaciones que lucharon por el reconocimiento de la población afrodescendiente en este país. Ahí me descubrí negra.

¿Cómo llega al PCN?
Porque había una intención de desviar el río Ovejas –el río con el que nosotros habíamos convivido– a la represa Salvajina. Entonces hubo todo un proceso participativo al que me invitaron. Al principio no me gustaba porque las reuniones me parecían muy aburridas. La política no me interesaba, ni nada que tuviera que ver con estar reunidos hablando de problemas. A mí lo que me interesaba era bailar danzas, cantar, hacer teatro.

Porque lo que usted soñaba era ser artista. Actriz, cantante, bailarina…
Pertenecí a un grupo de danza que se llamaba Tambores de Salvajina, en Suárez. Bailábamos mapalé, cumbia, currulao, de todo. Hasta fuimos a un festival en Ecuador. No desarrollé mucho la vena artística, pero si tuviera que escoger otra cosa en la vida, más allá del activismo social, sería la actuación.

Si las reuniones del PCN le parecían aburridas, si no le gustaba la política, ¿de dónde surge como lideresa?
Cuando empecé a participar en el PCN hacíamos encuentros de jóvenes en Buenaventura, en Tumaco, en Cali, en Chocó. Empecé a involucrarme con activistas urbanos del distrito de Aguablanca (Cali) y los veía tan comprometidos, veía a esos ‘pelaiticos’ ejerciendo su liderazgo con tanta propiedad que eso me fue motivando. Y lo otro era que después de las reuniones y de los talleres hacíamos coplas, tocábamos la marimba y había jolgorio. Eso me gustaba. El arte me fue llevando.

El activismo coincidió con una precoz maternidad. ¿Cómo es ser madre a los 16 años?
Es que era muy alborotada [risas]. En realidad es que no tenía ninguna madurez en términos de sexualidad. Creía que cuando uno se metía con alguien tenía que estar muchas veces con esa persona para quedarse embarazada.

No se hablaba de sexualidad ni en la casa, ni en el colegio…
Eso era tabú, eso no se enseñaba. Cuando llegó mi primera menstruación tenía doce años y estudiaba en Suárez. Estaba en el colegio y llevaba el uniforme blanco de educación física. Imagínese, un uniforme blanco manchado de sangre. Me mandaron para la casa sin explicarme y las ‘pelaítas’ me decían “gas, cochina”. Mi mamá tampoco me explicaba nada y mis hermanos se burlaban. Para mí, la menstruación era algo malo, algo que no era normal. Creo que viví con esa vergüenza muchos años.

¿Qué pasó cuando se enteró de que estaba embarazada?
Ni siquiera lo sabía. Fueron otras personas las que me vieron y me lo dijeron. Yo había tenido una relación con un hombre de Medellín que estaba en Suárez trabajando en las minas. Era mayor que yo; no fui capaz de decirle que estaba embarazada, así que le escribí una carta. Al otro día se fue.

En esa época usted todavía esperaba a ese hombre blanco que llegaría para sacarla de su mundo negro…
Ahí todavía tenía esa ilusión. Todavía estaba esperando al príncipe azul que iba a salvarme. Este era blanco, con ojos verdes. Cuando fui a buscarlo, ya no estaba. Y hasta el día de hoy.

¿Qué hizo?
Cuando terminé la primaria, mi mamá me dijo que no tenía cómo pagar mis estudios y me tocó irme a la mina a trabajar para juntar orito. Trabajaba con mis tías y así fue como pude costearme el bachillerato. Estaba en noveno grado cuando me quedé embarazada. Eso fue muy doloroso porque sentí que hasta ahí había llegado mi sueño de estudiar. El mundo se me vino encima cuando ese hombre se desapareció. Afortunadamente mi mamá me apoyó, pero me tocó trabajar en la mina durante todo el embarazo.

¿Cómo era el trabajo en la mina?
Uno se iba con su batea, con su almocafre y con su pala a donde hacían las vetas. Un domingo nos tocó ir a lavar el mineral que habíamos sacado de toda la semana y al llegar a mi casa empecé a sentir un dolor en la cintura. Se me vino el parto. Me atendió mi mamá, que es partera. Ni siquiera alcancé a hacer la dieta de los cuarenta días. Rápido tuve que volver a trabajar a la mina para no dejarnos morir de hambre. Mi mamá, que siempre quiso ser modista y nunca pudo, le hacía ropita al niño a punta de hilo y aguja.

¿Cómo hizo para terminar el bachillerato?
No volví. El colegio lo terminé en Puerto Tejada en un programa de bachillerato para adultos. Estudiaba los sábados. Antes hice un curso de técnico agropecuario en el Sena. Había que ser bachiller, pero yo hablé para que me dejaran entrar. Al final me dieron una mención de honor, me fue muy bien.

¿Por qué quiso ser abogada?
Porque quería ayudar a mi comunidad. En el 2009, yo ya era una lideresa y se había iniciado un proceso de desalojo porque habían entregado unos títulos mineros en La Toma. En el 2010, me dije a mí misma que tenía que ser abogada porque nosotros no sabíamos ni hacer un derecho de petición. Y ahí fue cuando me metí a la Universidad Santiago de Cali. Pero tuve que bregar mucho tiempo para terminar.

¿Por qué?
Porque no tenía los recursos y me tocaba parar. Como pagaba después de terminado el semestre, me cobraban intereses. Ya ve, la gente empobrecida es la que más paga. Eso era duro. A veces me sacaban del salón porque no tenía cómo presentar los parciales porque no había pagado. Otras veces tenía que rogarles a los profesores que me guardaran las notas. El PCN me financió varios semestres y el Observatorio de Discriminación Racial de la Universidad de los Andes, también. Fue así como pude terminar. Pero estaba muy cansada. Una vez, se me perdió el recibo de un semestre que me habían pagado y ese pago no aparecía ni en el banco, ni en la universidad.

Imagino su frustración.
En ese momento dije: “no voy a estudiar más, no voy a joder más con esto”. Y lloraba y lloraba. Estaba desesperada. Imagínese todo lo que había tenido que hacer para estudiar. A veces me tocaba caminar desde Manuela Beltrán, en el oriente, hasta la universidad porque no tenía para el transporte. Me iba sin comer, aguantando hambre. Los compañeros me veían así y me gastaban. Era muy difícil. Para mí siempre fue muy duro estudiar. Siempre.

Pero no se rindió…
Llegué a pensar ‘esto no es para mí’. Pero la gente me decía, “Francia, usted ya hizo tanto esfuerzo, ¿cómo va a dejar eso tirado?” Y me motivé. Pero ocurrió que, a una hermana menor, hija de mi papá, le mataron a su hija aquí en Cali. La niña había salido a la calle, hubo disparos y una de esas balas se le metió en el cuello. Tenía ocho años. Ese semestre tampoco estudié. Yo tenía la plata para pagar la universidad, pero mi hermana no tenía para los gastos fúnebres y me tocó cubrirlos. La verdad es que fue muy difícil terminar mi carrera, pero lo logré.

Antes de ir a la universidad ya había sido madre por segunda vez.
Mi segundo hijo nació cuando yo tenía 20 años. Yo pensaba que estaba mal ser madre soltera y quería conseguirle un papá a mi hijo mayor. Me vine a Cali a trabajar en casas de familia y dejé al niño con mi mamá. Estando aquí conocí a un muchacho y me enamoré otra vez. Cuando supo que estaba embarazada, dudó. Y cuando el niño nació dijo que si yo quería estar con él tenía que aceptar que él ya estaba en otra relación. Le dije: “si puedo criar a uno, puedo con dos”. Y me quedé sola.

¿Cómo fue la experiencia de trabajar como empleada doméstica?
Debía tener 18 o 19 años. No fue una buena experiencia. Me sentía como una esclava. En una de las casas peleaba mucho porque la hija de la pareja no lavaba su ropa interior; quería que yo lo hiciera y yo le decía que no, que eso era humillante. Una vez me tocó de interna. Yo me había ganado una beca para estudiar técnica vocal en el conservatorio. En un primer momento la señora aceptó y dejó que asistiera a las clases, pero después quería obligarme a irme con ellos a su finca los viernes. Les dije que no y renuncié.

Entiendo que un personaje trascendental fue su abuelo Andrés Mina, un hombre sabio.
Mi abuelo era un maestro. Un maestro de esos que no se llaman maestros, pero lo son. Un líder innato que velaba por todos. Trabajó en el ferrocarril y allí se pensionó. Después se dedicó a trabajar en la mina y en fincas. Cuando él estaba, la comida no faltaba. Pero cuando murió, las cosas cambiaron porque ya mi abuela no podía sostenernos y le entregó los hijos a cada mamá. Yo tenía doce años cuando me llevaron a vivir con mi mamá. Mi papá no estuvo presente en mi infancia.

Hay un elemento fundamental en esa relación con su abuelo Andrés y es el río Ovejas. ¿Qué recuerdos tiene?
Cuando me iba a comer barbacoa al río. La barbacoa es una especie de cama, un tendido de caña brava que se coloca a contracorriente. Ahí se quedan los pescados atrapados. A la orilla de cada lugar del río donde había corriente se instalaban lo que llamaban hilos. Estaba el hilo de los Balanta, de los Márquez, de los Lucumí. En cada playa las familias colocaban su rancho y uno se quedaba allá toda la noche y subía de madrugada con su bulto de pescado, que se compartía con la gente. Tengo la memoria de una noche de luna con mi abuelo metiéndose en la barbacoa y nosotros haciendo una fogata que ardía bien lindo. Mi abuelo envolvía los pescaos en hojas de bijao, los ponía en la fogata y nos los comíamos con plátano asado. Tengo ese recuerdo: mi abuelo, la luna, la fogata, el río.

Pero la minería ilegal llegó arrasando con todo. ¿Cuándo entró?
Minería ilegal hubo desde finales de los noventa, desde 1998. Esa gente se iba y volvía. Al principio, nosotros no éramos conscientes del daño. Creíamos, como comunidad, que era una oportunidad para trabajar. Pero después, cuando vimos que se dañaron los hilos donde poníamos las barbacoas –que ya nunca más las pudimos colocar–; cuando vimos que los peces estaban muriendo, cuando vimos los huecos, fuimos tomando conciencia de que eso no era bueno y que solo iba a traer perjuicios.

El impacto fue brutal.
La primera vez no se sintió tanto. Pero allá había un sistema productivo en el que se iba tres días a la finca y tres días a la mina para completar con el oro lo que la finca no nos daba. Cuando llegaron las máquinas la gente dejó las fincas abandonadas. Y después no había ni finca, ni oro. A muchas mujeres les tocó venirse a trabajar de empleadas de familia a Cali y dejar a sus hijos. Y llegó el consumo de droga entre los jóvenes. Eso sí generó un gran impacto.

Su liderazgo entonces se hizo más fuerte y visible.
Nos hicimos más conscientes y nos opusimos. Eso generó también un fraccionamiento en las familias y en la comunidad. En las casas había miembros de una misma familia que querían que se hiciera la minería ilegal y otros que se oponían. Había discusiones y peleas. Entonces creamos el Consejo Comunitario y la gente se fue dando cuenta de que les otorgaron títulos mineros a esas personas; entendimos que no querían ningún desarrollo, sino desalojarnos del territorio.

Y la amenazaron por su batalla en defensa del río y del territorio…
A mi casa llegó gente armada a buscarme para matarme porque yo había hecho quemar unas retroexcavadoras que estaban en el río.

Tuvo que ser terrible salir desplazada de su tierra.
Muy duro. Fue en el año 2014 y no tengo palabras para describir cuando a uno le toca salir así con sus hijos. Uno siente que es responsable por hacer que dejen su casa, sus estudios. Me tocó salir de madrugada. Llegando a un puente nos encontramos con la camioneta de los señores que nos habían ido a buscar. Pensé, ‘nos mataron’. Luego nos siguió una camioneta blanca, como las que usaban los paramilitares en esa zona. Agarré a mis dos hijos de las manos y volví a pensar que ya nos iban a matar, pero la camioneta pasó derecho. Como que andaban en otra cosa, no lo sé.

¿Quién la recibió en Cali?
Afortunadamente yo no salí a vivir debajo de un puente, algo que les pasa a tantos. Hubo personas que me tendieron la mano. Llegué a casa de amigos. Fue impresionante la solidaridad, pero sé que muchas personas no tienen ese privilegio.

Si nos ubicamos en el hipotético escenario de su triunfo como presidenta, ¿cuál sería su primer acto de gobierno?
Parar la guerra, que también ha sido una decisión política. Creo que ha faltado disposición y voluntad política, porque quienes nos han gobernado no les ha tocado padecer la guerra en carne propia, no saben lo que es estar en medio del conflicto armado, en medio del bombardeo. Por supuesto que la paz con hambre no se logra, y eso implica cerrar brechas de inequidad y de desigualdad.

Ha luchado contra la minería ilegal, pero también contra la gran minería. ¿Cómo va a lidiar con este renglón de la economía?
Es una responsabilidad que tenemos como humanidad porque el planeta está muriendo. Tenemos que ser conscientes que, si queremos seguir existiendo, sí o sí hay que hacer un tránsito de esas energías extractivistas hacia unas más sustentables, limpias. No se trata de que los empresarios ricos no sigan produciendo, sino lograr que su producción se haga de manera justa. El único sector que no perdió en medio de la pandemia fue el financiero. Eso no es equitativo, no es democrático. Toca hacer cambios donde todos ganen, donde ellos no pierdan, pero que gane también el país.

Si no recoge las firmas que necesita, ¿hay un plan B?
Estoy angustiada. Pero bueno; si no pasa, hicimos el esfuerzo. Conseguiríamos un aval para la consulta del Pacto Histórico. Y si no, para la próxima

El Tiempo

Más notas sobre el tema