Cuba | La Habana cyberpunk de Erick J. Mota

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Entrevista al escritor cubano Erick J. Mota, que habla sobre la ciencia ficción en su país y en América Latina, y en el potencial de resistencia que tienen las historias distópicas.

Por Leandro Albani*

La Habana como un sueño místico, distópico y, por momentos, aterrador, donde las ciber-redes son el poder total y codiciado. Y esta vez, quien ejerce el control sobre ese magma futurista es la Unión Soviética (URSS), que nunca se disolvió y ahora mismo dirige los destinos del mundo desde el espacio exterior.

En este escenario es donde el escritor y físico cubano Erick J. Mota coloca a una serie de personajes que le dan vida a Habana Undergüater, novela publicada el año pasado en Argentina por Indómita Luz.

En una Habana semi-inundada, se disputan las pujas de poder entre esa URSS omnipresente, un Estado Unidos derruido y las corporaciones controladas por grupos religiosos. Esta última característica permite que en la novela comulguen las más conocidas características de la ciencia ficción con la profunda historia de las religiones afrocaribeñas de Cuba.libro-Habana-Underwater-Erick-Mota-Cuba-tapa

Como apuntan en el prólogo Marcelo Acevedo y Juan Mattio, Habana Undergüater “quizá sea el ejemplo más acabado de estas obras de cyberpunk latino que incluyen diferentes religiones en su trama. En la novela de Mota hay deidades afrocaribeñas que moran en la red, los cultos religiosos tienen a su disposición ejércitos privados y pandillas en las calles, e incluso hay empresas multinacionales que directamente se desprenden de alguna religión”.

En esta entrevista con La tinta, Erick J. Mota nos habla sobre su novela, la ciencia ficción caribeña y latinoamericana, y de la potencia de las distopías para revelar los males que se emanan desde el poder.

—¿Cómo llegaste como lector y escritor a la ciencia ficción?

—Como lector, comencé por autores soviéticos de la talla de los hermanos Strugasky. Por aquellos tiempos, en Cuba se publicaban pocos autores norteamericanos, más allá de Ray Bradbury e Isaac Asimov. Supongo que aquella ciencia ficción ultra-científica, que nos llegaba más por antologías de relatos que por novelas, fue lo que me motivó a estudiar ciencia más que a escribirla. Imagino que al estudiar ciencia se está un paso más cerca del género, pues se piensa en los términos correctos para asimilar los conceptos de la ciencia ficción. Sin embargo, fue leyendo las historias de ciencia ficción que se focalizaban más en la componente social que en la parte técnica que me decidí a escribir mis propias historias. Ursula K. Le Guin, Philip K. Dick y Stanislaw Lem cargan con la culpa.

—¿En qué momento nace la idea de la novela?

—Fue en 2005, recién había pasado un ciclón por las cercanías de La Habana, cosa común en una ciudad del Caribe. El caso es que, como siempre sucedía cuando nos visitaba un huracán, el mar penetró, inundando los barrios de la parte norte de la ciudad, los más cercanos al mar. Aún no teníamos redes sociales, pero por correo electrónico comenzaron a llegar fotos de las calles llenas de agua y las personas moviéndose en botes o nadando, no para salvar sus vidas, sino para visitar a amigos que vivían en la zona inundada. Como siempre pasaba en mi ciudad cuando llegaba un ciclón: que lo extraordinario no se tomaba como una catástrofe, sino como algo natural. Como si viviéramos desde siempre en una ciudad hundida. Ese fue el detonante.

Ya llevaba meses tratando de hacer una historia alternativa, una ucronía, que recreara un mundo donde la influencia soviética hubiera sido mucho mayor, para entonces recrear esta decadencia al estilo de cyberpunk. Quería hacer un cyberpunk, pero sin neón y sin corporaciones malvadas japonesas. Estaba aún reciente la década del llamado Período Especial, decadencia económica y social en la que cayó mi sociedad luego de la disolución de la URSS. Pensé entonces, ¿por qué no hacer un cyberpunk a nuestro estilo? ¿Por qué no imaginar una mega período especial al estilo cyberpunk? Supongo que tenía que exorcizar esos demonios y la novela fue el medio para canalizar aquella inconformidad, aquella ira. El resto fue caminar por la ciudad e imaginarla hundida, imaginarla cyberpunk.

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—¿Cómo pensás que es escribir ciencia ficción desde Cuba, en particular, y desde América Latina, en general?

—Creo que es una experiencia única y, además, un privilegio. En América Latina, contamos con condiciones políticas, económicas y sociales tan disfuncionales, y al mismo tiempo tan surrealistas, que no es difícil concebir escenarios extremos como los que plantea la ciencia ficción. Lo que para el primer mundo puede ser una catástrofe (ataques alienígenas, apocalipsis zombies o inteligencias artificiales controlando el mundo) para nosotros suele ser solo un mal más. En Cuba, además, tenemos una aproximación a la distopía que nos hace ver 1984 como un trabajo periodístico de tiempos de la Guerra Fría. Vivir nuestra realidad observándola con el lente de la ciencia ficción puede ser terapéutico para sobrevivir a ella, pero la sociedad pone de su parte y agrega al imaginario de la ciencia ficción mucho contenido interesante. Creo que aún no hemos escrito en América Latina toda la ciencia ficción que le debemos al mundo.

—¿Por qué decidiste que en la novela tuviera tanta presencia la religión?

—Me eduqué en una sociedad que se llamaba a sí misma socialista y la educación pública seguía un principio materialista y trataba de ser pragmática. Por aquellos años, se excluía la fe de cualquier debate público. Sin embargo, mi familia era católica y mi abuela, descendiente de indios taínos, podía predecir las muertes en la familia antes de que llegara el telegrama con la noticia. Crecí en una sociedad donde todos eran, si no marxistas, al menos materialistas, pero cuando alguien tenía un problema de salud que los médicos no diagnosticaban con precisión o las cosas en el trabajo no marchaban como debían, todos iban a consultarse con santeros y babalawos, y hacer ofrendas a deidades africanas para que las cosas salieran bien.


Creo que me crié en medio de un gigantesco laboratorio social, que demostró que la fe existe aunque se prohíba. Además de vivir en medio de una multiplicidad religiosa que, al ser prohibida, se volvió tolerante. Finalmente, consideré que debía retribuir a la sociedad aquel aporte espiritual que agregó a mi pragmatismo científico. Por otra parte, descubrí que la diversidad religiosa de mi país era mucho mayor que la que en un inicio percibía.


—¿Tenés nuevos proyectos vinculados a la ciencia ficción?

—Creo que a estas alturas no sería capaz de alejarme del género, puesto que observo al mundo con un lente de ciencia ficción. El mundo tampoco pone de su parte, pues la sociedad cada vez más parece salida de una novela de Philip K. Dick.

Habana Undergüater fue el comienzo de una relación con el cyberpunk que, creo, no ha terminado, aunque sí quisiera explorar otros subgéneros como la ciencia ficción climática y la distopía. Los tiempos que corren son muy inspiradores si se quiere hacer una distopía, tanto dentro como fuera de Cuba. He escuchado a algunos decir que los tiempos requieren de utopías y una ciencia ficción esperanzadora. Yo viví y leí el realismo socialista, y la ciencia ficción utópica y esperanzadora soviética, y estoy convencido de que no es eso lo que necesita el mundo. Las utopías nos mantienen alejados de la realidad como un avestruz con la cabeza enterrada. El mundo requiere de distopías concretas que nos alerten sobre los males y desdenes del mundo, y nos fuercen a luchar por evitar que estos males tomen el control.

Aquí también es importante el papel activo de los lectores. No debe leerse la ciencia ficción como mero entretenimiento y mucho menos como un manual para explotar a las personas en el futuro, como parece que Mark Zuckerberg se ha leído a Neal Stephenson. Así que, definitivamente, escribiré una distopía. Una distopía latinoamericana, caribeña y cubana. Claro, la realidad no me la pone fácil.

*Por Leandro Albani para La tinta / Imagen de portada: Libros Prohibidos.

La Tinta

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