La nueva Guerra Fría en América Latina – Por Carlos Cruz Mosquera

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Por Carlos Cruz Mosquera*

Mientras Estados Unidos sigue intensificando la presión diplomática y militar sobre Rusia y China por su supuesta intromisión en el extranjero en todo el mundo, las pruebas procedentes de América Latina ponen al descubierto su doble rasero. Históricamente percibida por Estados Unidos como su «patio trasero» (o su «patio delantero», como ha sugerido más recientemente Joe Biden) América Latina es ahora una pieza de ajedrez en la «nueva Guerra Fría».

A principios de esta semana, influyentes congresistas estadounidenses propusieron un nuevo proyecto de ley titulado «Ley de Seguridad Estratégica del Hemisferio Occidental», con el fin de aumentar la cooperación militar con las naciones latinoamericanas amigas. Esto, según los políticos estadounidenses, ayudará a hacer frente a la amenaza percibida de injerencia china y rusa en la región.

Pero mientras que China y Rusia están profundizando en sus relaciones diplomáticas y comerciales en toda América Latina, es Estados Unidos quien tiene una historia de intromisión antidemocrática que continúa hasta el presente. En un documento reciente que circula desde la embajada de Estados Unidos en Bogotá, Colombia, se prometen subvenciones a gran y pequeña escala a organizaciones locales que promueven la afinidad con la postura política del gobierno estadounidense.

El anuncio de la embajada afirma que financiarán a grupos que apoyen los «objetivos estratégicos de la embajada» y que «aumenten (…) la afinidad con las políticas y prioridades de Estados Unidos a través de una programación cultural y educativa estratégica en los medios de comunicación y en las plataformas digitales». El proyecto de subvención tiene una dotación anual de 250 000 dólares, algo menos de mil millones de pesos colombianos.

Ante la proximidad de las elecciones legislativas y presidenciales en Colombia, y con una coalición de izquierdas a la cabeza de las encuestas, no es de extrañar que la superpotencia occidental gaste a lo grande. Estados Unidos tiene más poder adquisitivo que todos los partidos políticos del país, y está intentando asegurarse la lealtad política de la población, tradicionalmente ligada a la derecha en declive.

Este esfuerzo es, por supuesto, solo la última táctica utilizada por Estados Unidos para mantener un gobierno amigo en la conflictiva nación. El gobierno estadounidense ha gastado miles de millones a lo largo de décadas cooperando con consecutivas administraciones de derecha violenta.

Aparte del esfuerzo por difundir una afinidad con las posiciones políticas del gobierno estadounidense, la guía de la embajada para la financiación también pretende dar prioridad a los solicitantes con proyectos empresariales que incluyan a «mujeres, personas afrocolombianas, venezolanos de la diáspora, comunidades indígenas, LGBTQ+ y otras comunidades vulnerables». Este esfuerzo por aparentar el «empoderamiento» de las comunidades desatendidas y vulnerables no solo es hipócrita si se tiene en cuenta el importante papel de Estados Unidos en el empoderamiento de las fuerzas políticas que abandonan y oprimen a esas comunidades; la financiación de Estados Unidos a organizaciones «civiles» siempre ha ido acompañada de la financiación de las violentas autoridades militares y policiales.

Las investigaciones muestran que el gobierno estadounidense (y la UE) han utilizado organizaciones civiles en Colombia para combatir posibles amenazas al orden político y económico establecido desde la década de 1990. Uno de los programas, conocido como Laboratorios de Paz, comenzó como un esfuerzo de base para difuminar el conflicto violento en las regiones más afectadas. Tras recibir decenas de millones de dólares de los países occidentales, se convirtió en el «brazo social» del Plan Colombia, una operación militar respaldada por Estados Unidos y conocida por sus violentas tácticas de contrainsurgencia.

En la actualidad, un giro a la izquierda en Colombia, históricamente el aliado estratégico más cercano de Estados Unidos en la región, supone una amenaza para el dominio estadounidense, aunque el movimiento esté dirigido por el centroizquierdista Gustavo Petro, que ha evitado criticar abiertamente a Estados Unidos. La amplia coalición de izquierdas que lidera Petro, Pacto Histórico, está causando sensación en todo el país y parece el probable ganador de las elecciones de mayo, que podrían marcar una ruptura con más de doscientos años de hegemonía de los partidos liberal-conservadores. Y aunque los cabecillas de la coalición parecen ser radicales (y así se les presenta en los medios de comunicación), sus propuestas políticas son moderadas.

Petro no es el agente ruso o chino ni la amenaza «comunista» que se le atribuye. Influenciado y asesorado por pensadores como Thomas Piketty, la amenaza de Petro para la clase dirigente colombiana y para EE. UU. es su insistencia en una modesta redistribución de la enorme riqueza del país, muy lejos del dirigente castro-chavista que pintan los medios corporativos respaldados por Estados Unidos.

El intento de la embajada de influir en las próximas elecciones en Colombia es solo el más reciente. En un momento en el que Occidente grita tan a la ligera «intromisión», no olvidemos que fue EE. UU. quien desplegó buques de guerra, amenazó con una invasión y forzó la separación de Panamá de Colombia. Estados Unidos también presionó al gobierno colombiano para que enviara tropas para defender a la United Fruit Company de los trabajadores en huelga, instigando finalmente la masacre de miles de personas. Estados Unidos asesoró y luego entrenó a los militares y paramilitares colombianos en sus violentas tácticas de contrainsurgencia, con legados que persisten en el presente, y son Estados Unidos y Occidente en general los que sistemáticamente, durante décadas, apoyaron y sostuvieron un estado nefasto para proteger sus intereses económicos y geopolíticos en la región.

Seamos claros: la batalla por Colombia, y por América Latina en general, no enfrenta a las superpotencias del mundo: enfrenta al gobierno de EE. UU. y las clases dominantes afines a EE. UU. contra las masas oprimidas y explotadas que anhelan un cambio: un cambio que no nos convierta en el patio trasero o delantero de nadie, sino en una región independiente capaz de ayudar a alejar al mundo del capitalismo neoliberal, un sistema que no ha hecho nada por nosotros y que solo conduce a una mayor destrucción y perdición.

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