¿Nuevos encuentros entre democracia y transformación? – Por Rodrigo Arocena

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Rodrigo Arocena

Las izquierdas ya no pueden confiar en la fórmula socialdemócrata según la cual los capitalistas crean riqueza y el Estado la redistribuye. Por esa vía el poder del conocimiento se concentra en las elites, mientras que la sustentabilidad ambiental y la igualdad se degradan. Hace falta explorar nuevas modalidades de participación no contempladas en las viejas formas del Estado de Bienestar, atendiendo a la diversidad de las sociedades y promoviendo el protagonismo de los sectores postergados.

La invitación a escribir sobre la vigencia, las tensiones y los desafíos de la socialdemocracia lleva a explorar la siguiente idea: las dinámicas propias de los profundos cambios sociales en curso abren algunas oportunidades para nuevos encuentros entre los valores del socialismo democrático y la vocación transformadora. La socialdemocracia podrá aprovechar esas posibilidades en la medida en que confluya con otras corrientes de izquierda para forjar una auténtica refundación programática a la altura de los problemas de la época.Otra sociedad emerge, pero ¿cuál?

Los cambios profundos de índole democrática son siempre difíciles y a menudo frágiles; los cambios reñidos con la democracia siempre son indeseables. Hoy, en varios lugares, las izquierdas muestran nuevas versiones de una vieja divisoria: por un lado, sectores con débil compromiso democrático y militancia bastante sectaria, aunque en algunos casos intensa; por otro lado, sectores comprometidos con la democracia representativa, pero sin proyecto transformador y con militancia por lo general débil. Unos les fallan a los derechos humanos, añoran el modelo del socialismo de Estado y, en busca de una variante viable, adhieren incluso al capitalismo autoritario hacia el cual ese modelo llevó a China. Otros se resignan a que no se pueda ir más allá de la democracia realmente existente, hacen de necesidad virtud y, cuando los problemas persisten, se encuentran con el desafecto de mucha gente y hasta el rechazo masivo de los jóvenes.Ahora bien, la transformación en profundidad de la sociedad ha vuelto al centro del escenario. Cambios mayores ya están en curso. Apuntan objetivamente a ahondar antes que a conjurar las tendencias hacia el autoritarismo en lo político, la desigualdad en lo económico y la falta de sostenibilidad en lo ambiental y climático. Esos son los tres desafíos cruciales de esta época. La pandemia los profundiza pero, a la vez, dificulta las estrategias neoliberales de reducción del Estado social y abre algún espacio para alternativas. En ese contexto, ciertas socialdemocracias cobran aparentemente nueva vigencia. En el Norte global pueden apoyarse en algunas de las mejores experiencias históricas de ampliación de los derechos económicos, sociales y culturales con preservación de los derechos civiles y políticos. Cargan con el lastre frecuente de haber avalado, en el momento de la gran recesión neoliberal, políticas de austeridad injustas y nocivas. Deben afrontar el viraje electoral de gran parte de las clases trabajadoras hacia la derecha o hacia el descreimiento. Ese es seguramente uno de los factores que impulsan la tremenda decadencia de las izquierdas francesas. Pero en otros lugares –los países escandinavos, Alemania, España, por ejemplo– las socialdemocracias arman nuevas alianzas, diversifican sus propuestas, incorporan con mayor vigor políticas ambientales y, sobre todo, dan la batalla contra las derechas chovinistas y autoritarias.¿Podrán ir más allá? Quizás las dinámicas sociales profundas se lo impongan. En el mundo en su conjunto, los gobiernos tienen que enfrentarse con la tensión, decisiva para el futuro de la humanidad, entre crecimiento económico y protección ambiental. Las modalidades predominantes de producir y consumir son incompatibles con la sustentabilidad. Pero la mayoría de la gente quiere disponer cuanto antes de más bienes y servicios, a menudo con sobrada justificación, como por ejemplo cuando se trata de los más pobres o de la atención a la salud. Los gobernantes de cualquier signo saben que buena parte de su legitimidad depende del crecimiento y lo impulsan aun a costa de la sustentabilidad ambiental1. Escriben así lo que para muchos analistas es la crónica de una catástrofe anunciada. En cualquier caso, la sustentabilidad a la baja, que se entrevera con la desigualdad, y el autoritarismo al alza apuntan a una real mutación de la sociedad. Alternativas deseables requieren manejar la tensión decisiva entre economía y ambiente de maneras profundamente nuevas, priorizando las necesidades básicas y a los sectores postergados, afectando mucho menos a la naturaleza, lo que en especial exige usar el conocimiento científico y tecnológico de otra manera. Hay un encuentro pendiente de los movimientos ambientalistas con los partidarios de una defensa renovada de la democracia social y política; allí podría revivir la inspiración socialista original.

Mirada desde el Sur

En América Latina, la opción por el crecimiento económico antes que por la protección ambiental suele llevar al extractivismo insustentable, incluso bajo gobiernos preocupados por los sectores más postergados. ¿Cómo atender de otras maneras las urgencias sociales que volvieron a agudizarse tras el fin de la bonanza y que se exacerban con la pandemia? Se repite que nuestra región está en una «trampa» de alta desigualdad y bajo crecimiento. Hace más de 30 años, desde Chile, Fernando Fajnzylber formuló con elocuencia un diagnóstico similar. Mostró que, en las combinaciones posibles entre crecimiento rápido o lento y desigualdad alta o baja, en América Latina se registraba un «casillero vacío»: ningún país combinaba crecimiento rápido y desigualdad baja. Argumentó que, para salir de tal vacío, hacía falta una «transformación productiva con equidad» cuyo eje fueran la educación y el conocimiento. Con tal propósito, llamó a proteger los procesos de aprendizaje en los que se construyen capacidades para afrontar los problemas colectivos2. Años después, Amartya Sen vería en la expansión de esas capacidades tanto la meta como la herramienta fundamental del desarrollo, vertebrado por la agencia de la gente para construir formas de vida valiosas3. Las izquierdas tendrán que retomar y profundizar el legado de Fajnzylber, para transitar hacia la sustentabilidad con más igualdad y menos autoritarismo. Y para eso tendrán que volver a la cuestión del poder.

Cuando, al comenzar el milenio en América Latina, los astros alinearon la bonanza económica con la llegada al gobierno de varias fuerzas políticas templadas en el enfrentamiento a las dictaduras y el neoliberalismo, tuvieron lugar importantes reformas y la desigualdad retrocedió, cosa más bien inusual en el mundo de hoy. Pero no se impulsó una transformación productiva cimentada en la educación avanzada y el conocimiento4. Quedó planteada una pregunta ominosa: ¿no se puede ir más allá de mejoras insuficientes y bastante transitorias, basadas en la exportación de bienes primarios, usando eventualmente tecnologías derivadas de las inversiones externas?5

Una perspectiva de las izquierdas

No habrá respuestas positivas para esa pregunta (en América Latina y probablemente tampoco en otras partes) si las izquierdas políticas y sociales no encaran de frente y con posición propia esa fuente mayor del poder que ha llegado a ser el conocimiento científico y tecnológico. Su auge acelerado durante las décadas finales del siglo xx se combinó con la reestructuración del capitalismo impulsada por la ideología neoliberal para dar lugar a cambios de alcance planetario. Dos tipos de sociedad industrial, una capitalista y otra estatista, se enfrentaron en la Guerra Fría durante la cual se fue abriendo paso la descolonización. El llamado Primer Mundo fue el escenario de una nueva revolución tecnológica, adaptó sus relaciones de producción al avance de las fuerzas productivas y se convirtió en sociedad capitalista del conocimiento; allí, en la sintética caracterización de Tulio Halperin Donghi, el capital derrotó al trabajo y aun al Estado6. En el Segundo Mundo del llamado «socialismo real», las relaciones sociales predominantes – económicas, políticas e ideológicas– trabaron más que favorecieron la innovación técnico-productiva basada en la ciencia de punta; el socialismo de Estado hizo implosión, por derrumbe en la Unión Soviética, por mutación a un tipo de capitalismo autoritario en China. La globalización capitalista se expandió por casi todo el planeta. La descolonización fue desembocando, por lo general, en las diversas formas de subordinación neocolonial –económica, política, incluso militar e ideológica– que padece casi todo lo que ayer era el Tercer Mundo. La «condición periférica», antaño caracterizada por la dependencia respecto a los países industrializados, hoy tiene mucho que ver con la debilidad en materia de ciencia, tecnología e innovación. Los pocos países que escaparon a esa condición durante el último medio siglo lo hicieron no mediante recetas ortodoxas sino con estrategias «a la Fajnzylber», priorizando los aprendizajes propios en materia de generación y uso de conocimiento avanzado7.En el presente, una nueva Guerra Fría toma cuerpo, enfrentando a la gran potencia donde apareció la sociedad capitalista del conocimiento con la gran potencia que más eficazmente está usando el conocimiento avanzado como base de su poder. El panorama evoca el enfrentamiento, desde la segunda mitad del siglo xix, entre el imperio británico, donde había surgido la sociedad industrial capitalista, y el imperio alemán, que había llegado a aprovechar mejor la ciencia y la tecnología. Por entonces se forjaba la divisoria mundial entre el Occidente de los centros industriales y el resto del planeta.

El conocimiento es un recurso que se expande con su uso, a diferencia de la dotación de recursos naturales que, en general, disminuye cuando se la utiliza. Las regiones y sectores sociales que disponen de mayores conocimientos y más pueden usarlos los tienen en cantidad y diversidad crecientes. Los demás siguen más bien de lejos esa expansión y a menudo ven disminuir su poder en tal terreno. Entre los distintos países del mundo se registra una convergencia en materia de capacidades elementales, como las que brinda la escuela primaria, y una divergencia respecto a las capacidades avanzadas, que se vinculan con la educación superior, la ciencia y la tecnología8. El conocimiento impulsa objetivamente hacia mayor desigualdad. En su control se basan cada vez más el poderío de las elites sobre la gente postergada y el del Norte sobre el Sur global. Democratizarlo es condición no por cierto suficiente, pero sí absolutamente necesaria para transitar hacia sociedades menos injustas. En ese tránsito no hay atajos ni ganzúas. La utopía de la Revolución como pasaje del reino de la necesidad al reino de la libertad carece de sustento en la historia. Ha revelado ser poco fecunda como orientación. Su principal resultado ha sido el socialismo de Estado, que merece ser consignado al pasado. La estrategia marxista de concentrar todo el poder en un vértice de la sociedad para abolir la dominación y la explotación no ha tenido éxito, ni puede tenerlo. El supuesto realismo según el cual el fin justifica los medios es en la práctica contraproducente y moralmente inaceptable9. En cambio, puede ser fecundo explorar más en profundidad lo que Karl Marx consideraba como el hilo conductor de su concepción de la historia, centrándola en las interacciones e influencias mutuas entre las relaciones sociales de poder (no solo las económicas) y las tecnologías (de producción, destrucción, comunicación, información, etc.), que se basan cada vez más en la ciencia, como se podía leer ya en el Manifiesto comunista. En lo que más que interacciones entre relaciones sociales y tecnologías es una imbricación profunda entre unas y otras, no hay resultados garantizados. La sociedad sin contradicciones no espera al final del camino, como lo afirmó el marxismo revolucionario; tampoco se alcanzará a cierta altura un régimen de progreso permanente, como lo supuso la socialdemocracia reformista. La agencia de los seres humanos, condicionada por las estructuras dominantes, desembocará seguramente en resultados de distinto signo y aún imprevisibles, entre los cuales habrá espacios –como también lo muestra la historia– para disminuir las injusticias y mejorar la calidad de vida. Si es así, corresponde pensar y actuar en términos de transformación permanente.

Las izquierdas no pueden definirse mediante una teoría de la historia que, en el mejor de los casos, será parcial y provisional. La refundación necesaria de las izquierdas tiene que partir de los principios con que ingresaron en la historia: ante todo, los derechos a la libertad y la igualdad, los deberes de fraternidad y solidaridad militante. En esa perspectiva, la inspiración socialista no debería caracterizarse por alguna fórmula institucional simple –como la abolición del mercado o de la propiedad privada– cuya implementación llevaría a la supresión de la injusticia y al reino de la abundancia. Las desigualdades y las carencias no desaparecerán en las sociedades de este mundo. Lo que se puede hacer avanzar, y mucho, es la democratización, entendida como conjunción entre, por un lado, la disminución de las asimetrías de poder entre las personas y, por otro, la mejora de la calidad de vida con prioridad para quienes más necesidades padecen. El Estado de Bienestar constituyó un gran paso en esa dirección. Entre progresos y retrocesos, sobrevive el atractivo de la democracia como idea de gobierno de los más que se enfrenta a la opresión y la pobreza. Esa idea es inseparable de la defensa de los derechos humanos, en todas partes, en todos los tiempos.

La inspiración socialista puede ser vista como una apuesta ética y política en favor de la militancia protagónica y de las capacidades de los de abajo en los procesos democratizadores. En la agencia de los postergados y dominados tiene que basarse el enfrentamiento contra las estructuras de poder para construir relaciones sociales más solidarias, igualitarias y libres, en cuyo marco se pueda vivir mejor, material y espiritualmente. Esa inspiración dinamizó al movimiento obrero, actor colectivo mayor de grandes procesos democratizadores. Esa inspiración está presente también en los movimientos feministas y de enfrentamiento al poder patriarcal que constituyen el mayor actor colectivo de la democratización de los últimos tiempos. Tales movimientos muestran que la militancia masiva es imprescindible para expandir derechos y libertades.

Conjeturas mínimas

Estaría asomando en la región una nueva ola progresista, en general de menor «intensidad programática» que la precedente10. Quizás los proyectos que orientaron a los gobiernos del «giro a la izquierda» de comienzos del siglo xxi, que no tenían realmente mucho de nuevo, llegaron a su techo; sobre todo, evidenciaron sus limitaciones ante los grandes desafíos de la época. En tal caso, hará falta una verdadera reconstrucción programática. ¿En qué intereses materiales y opciones ideológicas podría basarse la construcción de proyectos alternativos nuevos de izquierda? Retomando esquemáticamente elaboraciones de Thomas Piketty11 y José Antonio Sanahuja12, cabe considerar cuatro posiciones que combinan el estar arriba o abajo en la estratificación social con el ser de izquierdas o derechas. Lo primero tiene que ver con el ingreso y la riqueza, pero también con el conocimiento; arriba se ubican los ganadores de la globalización y abajo los perdedores. En el cuadrante de «arriba y a la derecha», la situación privilegiada se basa ante todo en la propiedad; allí el neoliberalismo tiene su principal respaldo y no será fácil que los sectores progresistas consigan apoyos. La ubicación en el cuadrante de «arriba y a la izquierda» se vincula estrechamente con los niveles educativos; allí se nutren los progresismos de tipo social liberal y lo que Piketty llama «izquierda brahmán». Esas corrientes son en general escasamente militantes y poco cuestionadoras, lo cual las afecta especialmente cuando las transformaciones están a la orden del día. Además, en el Sur sobre todo, tienen limitados márgenes objetivos para crecer. Quizás su incidencia dependa en buena medida de su actitud frente al acceso y el uso del conocimiento avanzado, si quieren más bien preservarlos como patrimonio de sus grupos de estatus o, por el contrario, buscan generalizarlos para que las elites no los controlen. En el cuadrante de «abajo y a la derecha» han encontrado partidarios muy numerosos e incluso muy militantes los demagogos autoritarios y chovinistas que vienen erosionando la democracia representativa. Dicho sea de paso, parece demasiado optimista suponer que tal erosión se detuvo en Estados Unidos porque Donald Trump tuvo que dejar la Presidencia. En este cuadrante hay mucha gente debido a muy variadas razones, que incluyen desde las dificultades ocupacionales especialmente penosas para gente poco calificada hasta el rechazo a los cuestionamientos de los valores y costumbres tradicionales13. Aquí están los problemas mayores para las corrientes de vocación democrática y socialista. Las opciones para encararlos tendrían que incluir la generalización de la educación avanzada, que en principio contribuye tanto a la expansión de las capacidades para el trabajo digno como a la apertura ante la diversidad cultural. En el cuadrante de «abajo y a la izquierda» encuentran su principal apoyo los movimientos nacional-populares, tan vigorosos en América Latina, y en general las corrientes más militantes y desafiantes del statu quo. Concentran sus energías en la redistribución, que promueven activamente desde el Estado, incluso en modalidades poco democráticas. Las relaciones sociales y las dinámicas del conocimiento que configuran la distribución del poder no les ofrecen mayores opciones. En sus plataformas, no exploran demasiado posibilidades distintas de las habituales. Aquí se llega a lo que parece clave para la construcción de proyectos alternativos nuevos. Hoy no se puede confiar –en los dichos o en los hechos– en la fórmula socialdemócrata tradicional: los capitalistas crean riqueza y el gobierno, dirigido por las izquierdas y apoyado por los sindicatos, la redistribuye. Los márgenes son mucho menores que en otros periodos; el cambio «posfordista» en las condiciones de trabajo debilita a los sindicatos; el control del conocimiento avanzado fortalece más que antes a las elites económicas; las modalidades prevalecientes de la producción son ambientalmente muy perjudiciales. No parece fácil revertir esas tendencias sin la intervención directa de sectores populares en los procesos de producción.

El dominio del mercado y el empresariado ahonda la desigualdad, subordina la política al dinero y hace imposibles las tan necesarias transiciones a la sustentabilidad. Suprimir las relaciones mercantiles llevó objetivamente a bloqueos y fracasos. La alianza más o menos conflictiva entre las cúpulas del Estado y del capital al estilo chino puede expandir la producción incluso notablemente durante ciertos periodos, pero afirma el despotismo sobre el trabajo y restringe grandemente las libertades, sin por cierto ofrecer mayores esperanzas en lo que hace a la igualdad y la sustentabilidad. ¿No se podrá hacer algo mejor o menos malo? Para ello, parece imprescindible impulsar la participación de maneras no subordinadas de diversos actores en la economía. No se pueden dejar en manos del empresariado todas las decisiones ni, en especial, las que conciernen al cambio tecnológico y a sus vínculos con las condiciones de trabajo. Para esta inmensa problemática no existen diseños institucionales que todo lo resuelvan; cuando se alimentan expectativas de esa índole, las frustraciones son inevitables y llevan frecuentemente a dejar de lado alternativas que pueden ser parcialmente útiles. Un ejemplo es la cogestión de los trabajadores y trabajadoras, su participación en la conducción de las empresas públicas y privadas, que ha sido más bien descartada aunque, para miradas realistas, tiene mucho en su favor14. La cuestión clave es si por esa vía se pueden defender los intereses propios de los trabajadores a la vez que mejorar social y ambientalmente lo que se produce, muy especialmente cuando se trata de servicios públicos fundamentales cuya mayor calidad tanta gente reclama.

Los sistemas económicos incluyen no solo la producción y la distribución, sino también los aprendizajes colectivos y la innovación tanto tecnológica como organizacional. La eficacia requiere que, en todos esos aspectos, participen múltiples actores, incluyendo sin duda empresarios y organismos públicos, pero también organizaciones de trabajadores y trabajadoras, cooperativas y otros colectivos. Una noción de la eficiencia que atienda a la calidad de los bienes y servicios que se producen, así como a las condiciones de vida dentro y fuera del trabajo, requiere involucramientos más diversos que los habituales, en donde la cooperación es deseable y el conflicto, inevitable. Hay que ensayar vías, con una perspectiva de transformación permanente, para que sectores habitualmente postergados puedan aprender, incidir y llegar a ser factores de cambio dentro mismo de los procesos productivos. A los gobiernos progresistas les corresponde un papel fundamental e insustituible en la promoción y coordinación de tales actividades, así como en la protección de los aprendizajes colectivos que en ellas se van desplegando. Cuando las economías dinámicas se basan en el conocimiento y son motorizadas por la innovación, esa responsabilidad del sector público es diferente pero todavía mucho más relevante que durante el periodo de la industrialización por sustitución de importaciones en América Latina: ella apenas habría tenido lugar sin el Estado como impulsor15. En muchas partes hay experiencias de mayor involucramiento de actores populares en la producción y la innovación. Apuntan de alguna manera a disminuir la falta de democracia en la economía, lo cual contribuye a robustecer la democracia política, y viceversa. Algo similar puede sostenerse respecto de la democracia social. Las formulaciones conservadoras del Estado de Bienestar ven a la gente como pacientes que son asistidos con limitaciones menores o mayores. Las versiones más progresistas abren espacios para lo que puede llamarse «agencia reactiva», las movilizaciones que reclaman ampliar la protección estatal y la redistribución. Está muy bien, pero no alcanza; alcanzará cada vez menos en la medida en que salud, educación y protección ambiental exijan esfuerzos cada vez mayores. ¿Pueden expandirse formas de «agencia proactiva»?

Explorar alternativas de ese tipo es lo que sugiere la inspiración socialista. A esta se la entiende aquí –según ya se anotó– como la reivindicación del protagonismo de los sectores postergados en los procesos democratizadores. A su vez, la democratización en general es caracterizada como la combinación de menos asimetrías de poder con mejor calidad de vida. El cooperativismo ofrece un tesoro de experiencias elocuentes a ese respecto. Pero cooperativas, sindicatos, movimientos de pequeños productores, organizaciones barriales o rurales y, más en general, los «actores populares» chocan contra un obstáculo que se va agigantando: el poder del conocimiento. Hoy en día ese poder y su concentración se ejemplifican con pocas palabras: basta ver dónde se producen vacunas, qué países acceden a ellas y quiénes así se enriquecen. La democratización de este mundo injusto involucra variadas dimensiones y acciones, muchas de las cuales el autor de estas líneas probablemente ni siquiera imagina. En ese entendido, la principal conjetura aquí planteada puede formularse de manera sintética: no hay democratización sin democratización del conocimiento.

Cabe ejemplificar la afirmación haciendo referencia una vez más a la tensión decisiva entre crecimiento económico y protección ambiental. Para, al mismo tiempo, atender las necesidades más importantes de la gente y transitar hacia mayor sustentabilidad, es necesario producir mejores bienes y servicios con menores costos en recursos naturales. A su vez, son condición necesaria para ello: (a) la reorientación de los objetivos de la ciencia, la tecnología y la innovación hacia la inclusión social y la protección ambiental; (b) la capacitación de los productores directos, vertebrada por la generalización de la educación avanzada y combinada con el trabajo digno a lo largo de toda la vida activa. Estas son las dos vías principales para la democratización del conocimiento.

Esta cuestión está ideológica y políticamente lejos de los actores populares. La temática del poder del conocimiento apenas si figura en la agenda de los movimientos sociales y de los partidos de izquierda, lo cual es comprensible en el primer caso y bastante menos en el segundo. De cualquier manera, es un problema todavía más grave que el que habría supuesto para el incipiente movimiento obrero mantenerse ajeno, como lo estaba inicialmente, al poder de la «maquinaria y gran industria», título de un famoso capítulo de El capital. A superar esa lejanía de ayer contribuyó decisivamente el Manifiesto comunista. Para superar la lejanía de hoy, la pandemia ha entreabierto algunas nuevas ventanas de oportunidad en América Latina. Las comunidades científicas de la región han hecho notables aportes para enfrentar el covid-19 y sus secuelas. La ciudadanía ha captado como nunca antes lo que las capacidades disponibles de investigación e innovación pueden aportar a la solución de problemas colectivos. Se destacan los logros de Cuba en materia de vacunas, que están a la altura de otros previos muy reconocidos y son fruto tanto de una estrategia gubernamental de largo plazo como del nivel internacional y el compromiso social de los equipos científicos involucrados. Otros ejemplos se detectan en diferentes países que, en mayor o menor grado, comparten ese nivel y ese compromiso. Todos muestran, además, algo clave que corre el riesgo de pasar desapercibido: han conseguido en el Sur global innovaciones a la altura de las mejores del Norte, con estrategias originales de investigación y menores costos, por lo cual resultan accesibles para más gente. Eso es lo que hace falta, en general, para producir mejor y afectar menos el ambiente. Allí hay una pista, que el Sur puede señalar al Norte, para la democratización del conocimiento como una de las estrategias para las urgentes transiciones a la sustentabilidad.

La pandemia agrava las desigualdades. Hacen falta muy amplias coaliciones para promover los derechos humanos y pelear por la igualdad en terrenos viejos y nuevos. Esas alianzas tendrán que involucrar, mucho más que en el pasado, a una gran diversidad de actores y sensibilidades16. El arte de la política progresista tiene que articular coaliciones semejantes, sumando esfuerzos, paliando sectarismos y ventajismos, resistiendo violentismos y, más aún, abriendo espacios para las construcciones teóricas y prácticas de proyectos alternativos nuevos.

A ese respecto, algo tiene para sugerir la experiencia del Frente Amplio (fa) en Uruguay. Surgió hace más de medio siglo como coalición de sectores progresistas enfrentados al avance autoritario. En la resistencia a la dictadura militar forjó una identidad propia como fuerza política de nuevo tipo. Llegó a encarnar la vieja vocación reformista del país. Gobernó durante 15 años (2005-2020) con mayorías parlamentarias propias. La diversidad plural de corrientes que lo integran y la profundidad de sus cimientos unitarios dieron lugar a combinaciones a menudo difíciles, pero en conjunto bastante exitosas, de ciertos cuestionamientos al orden existente con gestión gubernamental razonable y claramente democrática; así, se lograron cambios progresistas significativos. Hacia el fin de ese periodo, cuando la bonanza económica quedaba atrás, la agenda transformadora fue agotándose. Entre las asignaturas pendientes, quedaron las que tienen que ver con educación y conocimiento. Hoy en la oposición a una coalición de todas las derechas, el fa sigue siendo la primera fuerza política de Uruguay, pero presta poca atención a la necesaria elaboración de proyectos alternativos nuevos, mientras la militancia social de izquierdas vuelve a mostrar su vigor. Como en tantas otras partes, la gravitación del pasado es un punto de apoyo, pero no deja mayor espacio a la construcción del futuro.

Hacer mejor las cosas, en materia de calidad de vida material y espiritual, pasa por enfrentar a las elites del dinero, el mandar y el saber. Y viceversa. Ese doble propósito define a las izquierdas. Para caminar con tal rumbo, es imprescindible una refundación programática. Hoy es necesario mirar hacia Chile. Allí, el radicalismo cuestionador de la militancia estudiantil chilena abrió paso en 2011 al protagonismo de los jóvenes postergados en sus demandas de generalizar una educación superior pública, gratuita y de calidad. El radicalismo cuestionador de la juventud dio lugar en 2019 al protagonismo de tantos sectores postergados por el crecimiento desigual de Chile. La victoria electoral ¿hará posible un encuentro de esos cuestionamientos con una reformulación ampliada del proyecto del segundo gobierno de Michelle Bachelet, en el marco de una Constitución que posibilite la expansión de los derechos?

Una nueva generación militante encabeza el intento; su juventud y lo que ya han hecho permiten imaginar que abrirá el camino a proyectos alternativos nuevos en los que revivan los valores fundacionales de las izquierdas. Como lo sabía Salvador Allende, para avanzar hacia la democracia social hay que defender y profundizar la democracia política; seguramente creía con Jean Jaurès que la democracia es el mínimo de socialismo y el socialismo, el máximo de democracia. El descreimiento de los sectores postergados aparece como problema central; la mayor participación en el balotaje es un indicio alentador. Pero nada será fácil. La «socialdemocracia» de la que ha venido hablando Gabriel Boric solo podrá tener una cuota significativa de éxito si construye nuevas maneras de transformar, que convoquen a militar conjugando razón y pasión.

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1.Abhijit Banerjee y Esther Duflo: Buena economía para tiempos difíciles. En busca de mejores soluciones a nuestros mayores problemas [2019], Taurus, Barcelona, 2020.

2.Cepal y Unesco: Educación y conocimiento: eje de la transformación productiva con equidad, Cepal, Santiago de Chile, 1992; F. Fajnzylber: Industrialización trunca de América Latina: de la «caja negra» al «casillero vacío», Cuadernos de Cepal No 60, Santiago de Chile, 1990.

3.A. Sen: Desarrollo y libertad, Planeta, Barcelona, 2000.

4.Fernando Calderón y Manuel Castells: La nueva América Latina, FCE, Ciudad de México, 2019.

5.Gerardo Caetano: «Desigualdad, desarrollo e inserción internacional. Una mirada crítica sobre ‘la década social’ y el ‘ciclo progresista’ en América Latina» en Revista de Estudios Interdisciplinarios en América Latina y el Caribe (EIAL) vol. 29 No 1, 2018, p. 78.

6.T. Halperin Donghi: «Promesa y paradoja en el triunfo de la democracia» en La Ciudad Futura No 33, 1992.

7.Alice Amsden: Escape from Empire, The MIT Press, Cambridge, 2007.

8.Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): Informe sobre Desarrollo Humano 2019. Más allá del ingreso, más allá de los promedios, más allá del presente: Desigualdades del desarrollo humano en el siglo XXI, PNUD, Nueva York, 2019.

9.Steven Lukes: Marxism and Morality, Clarendon Press, Oxford, 1985.

10.Pablo Stefanoni: «Aire fresco para el progresismo latinoamericano» en Nueva Sociedad edición digital, 12/2021, www.nuso.org.

11.T. Piketty: Capital e ideología, Planeta, Barcelona, 2019.

12.J.A. Sanahuja: «Posglobalización y ascenso de la extrema derecha: crisis de hegemonía y riesgos sistémicos» en Manuela Mesa (coord.): Seguridad internacional y democracia: guerras, militarización y fronteras. Anuario CEIPAZ 2016-2017, CEIPAZ, Madrid, 2017.

13.Pippa Norris y Ronald Inglehart: Cultural Backlash: Trump, Brexit, and the Rise of Authoritarian Populism, Cambridge UP, Cambridge, 2018.

14.T. Piketty: ob. cit.

15.Luis Bértola y José Antonio Ocampo: El desarrollo económico de América Latina desde la Independencia, FCE, Ciudad de México, 2013.

16.Göran Therborn: Los campos de exterminio de la desigualdad, FCE, Buenos Aires, 2015.

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