EEUU y la Revolución Nacional: la creación de un monstruo – Por José Galindo

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Por José Galindo*

Minas, balas y gringos, de Tomas Field Jr., no sólo explica cómo es que la intervención de los EE.UU. en Bolivia durante las décadas de los 50’s y 60’s se alejó de su típico patrón militarista para ensayar otros mecanismos basados en el chantaje económico, sino que también explica cómo ese patrón de intervención que él llama “desarrollismo autoritario” sería el laboratorio de donde saldría el Frankenstein de las dictaduras que asolaron la región durante los 70’s y 80’s.

Los Estados Unidos tienen una larga historia de intervenciones en Latinoamérica y todo el mundo que no necesita ser recordada so pena de aburrir a los lectores con exposiciones que ya parecen discursos pasados de moda no por carecer de veracidad sino por insistir en lo obvio. Lo que no se suele reconocer, sin embargo, es que estas intervenciones van más allá de la instalación de bases militares, invasiones o amenazas de usar armas nucleares. La revolución de 1952, que éste año cumple su 66 aniversario fue posiblemente el primer experimento de intervención no violenta en un tiempo en el que los golpes de Estado y las incursiones militares eran su principal modus operandi en la región.

La Guerra Fría lo hacía posible y necesario. La revolución cubana había demostrado que situaciones de pobreza generalizada y dominación extranjera podían ser inaceptables para algunos pueblos. En suma, las condiciones materiales y políticas de aquellos años le permitían a los EE.UU. ejercer el poder que habían logrado acumular luego de la Segunda Guerra Mundial sin ningún tipo de frenos. Guatemala fue intervenida tras implementar tímidas reformas nacionalizadoras en desmedro de compañías estadounidenses y República Dominicana fue invadida cuando su presidente Juan Bosch decidió emprender el mismo camino. La revolución boliviana del 52 estaba a punto de correr el mismo destino, hasta que decidió adoptar un discurso más conciliador no con las oligarquías locales sino con el imperialismo norteamericano.

Nuevas formas de intervención

Luego de la Segunda Guerra Mundial, los EE.UU. emergieron como la única potencia militar que no había sufrido grandes daños en su industria o infraestructura, como sucedió con el resto de los aliados, los países del eje y la Unión Soviética. En esas condiciones, durante la conferencia de Bretton Woods de 1949, los EE.UU. diseñaron instituciones internacionales que le permitirían mantener su dominio económico sobre la mitad del planeta.

El Banco Mundial (BM) fue creado no sólo para transferir recursos a Estados devastados por la guerra o países en vías de desarrollo, sino también para condicionar sus préstamos de acuerdo a los intereses de su principal inversor, cuyas oficinas estaban en Washington. De la misma forma, el Fondo Monetario Internacional (FMI) no sólo se encargaría de dar recomendaciones monetarias y fiscales para evitar procesos inflacionarios, sino que también condicionaría su apoyo a cambio de adoptar políticas que se alejen de la sustitución de importaciones y que reduzcan la intervención de los Estados en la economía. La Organización del Atlántico Norte (OTAN) solo sería la expresión más visible de ésta supremacía económica traducida en términos militares. En éstas tres plataformas los EE.UU. tendrían el veto decisivo y las prerrogativas más amplias.

El uso de la fuerza, jamás descartado, ahora podía ser acompañado de otras opciones, que consistirían en el chantaje económico que condicionaba toda forma de cooperación para el desarrollo a la sumisión de sus fórmulas de política económica y fiscal. Al mismo tiempo, la revolución boliviana había decidido emprender la construcción de una economía moderna luego de haber emprendido reformas no sólo dignas de sospecha comunista ante los ojos de los EE.UU. sino que también costosas en términos económicos, sin recursos para financiar el proyecto desarrollista que, con diferentes visiones, promovían todos los sectores del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR).

Es así que tras haber puesto en marcha la nacionalización de las minas, el cierre de las FFAA, la reforma agraria y la implementación del sufragio universal, el gobierno liderado por Paz Estensoro se vio en la necesidad de solicitar apoyo económico de cualquiera de los dos bloques más poderosos del mundo: los EE.UU. y la URSS. Diversos factores internos a la élite que gobernaba el país inclinaron la balanza a aceptar la ayuda norteamericana, cuyo precio se vería condicionado por la adopción de políticas económicas que apuntaban a combatir las corrientes comunistas dentro del movimiento obrero, entonces empoderado, y el propio poder de los mineros, entonces la vanguardia de los trabajadores.

Desarrollo sin soberanía

Éste plan sería conocido como la Alianza para el Progreso, promovida por el entonces presidente John F. Kennedy, quien había probado su primera derrota contra un gobierno popular en Cuba, luego de Playa Girón. El objetivo era evitar que otra Cuba sucediera en el continente, pero al mismo tiempo evitarlo sin tener que exponerse a otra derrota militar como la sufrida frente al gobierno de Fidel Castro. Un paquete de transferencias económicas condicionadas y dirigidas a poner recursos en planes de infraestructura, desarrollo y otros sectores gravemente deficitarios en Latinoamérica sería la punta de lanza de ésta nueva forma de intervención, que sería una regla mucho después de que terminarán las intervenciones a manos de su propio ejército.

Como lo explica René Zavaleta en su libro 50 años de Historia:

“El imperialismo norteamericano, que ya había obtenido un modus vivendi provisional con el MNR a partir de la ayuda de alimentos (lo que había influido sin dudas en la reorganización del ejército y en las primeras concesiones petrolíferas) pudo imponer un plan económico global (…) Impuso Eder un plan de estabilización monetaria que implicaba la imposibilidad de desarrollar la industrialización en torno a la minería y que condenaba a las empresas estatales a no ser otra cosa que simples centros de acumulación de la nueva burguesía (…) Las consecuencias de entregar la inteligencia económica a un extranjero eran las mismas que se habían vivido con la entrega de la conducción militar a Kundt, en el Chaco. La presencia del imperialismo norteamericano se hizo invencible en su crecimiento y no es sino una derivación de este momento el que todos los egresados del nuevo Colegio Militar pasaran a entrenarse en la Zona del Canal”

El gobierno de Paz Estensoro trató de cooptar al movimiento obrero en orden de encauzar sus energías hacia una modernización capitalista, pero lo hacía en un contexto en el que éste proletariado tenía la fuerza efectiva como para derrocarlo a él también. Dirigentes como Juan Lechín Oquendo se encontraban entre sus principales objetivos de control político, a los cuales se acercó eficazmente sin por ello disminuir la fuerza de los trabajadores. Su sucesor, Hernán Siles Suazo, trató de equilibrar ese poder obrero con el campesinado entonces aún no maduro políticamente. Para cuando Paz Estensoro asumió su segunda presidencia, la necesidad de desmovilizar a los obreros era patente, en vista de su control sobre la principal fuente de riquezas en Bolivia: las minas de estaño.

A su regreso, Paz Estensoro sabía que para controlar a éste movimiento era necesario el uso de la fuerza, por lo que una reactivación del ejército quedo en orden. Dicha reforma de las FFAA se haría junto con la instrucción de los EE.UU., que se había convertido entonces en un aliado muy influyente gracias a sus donaciones de créditos, alimentos y profesionales. La adopción de la Alianza para el Progreso y todas sus condiciones era inevitable. Dicho programa, al mismo tiempo, exigía que el gobierno nacionalista disciplinara a los trabajadores ahora enquistados en la Corporación Minera de Bolivia (COMIBOL), sea a través de la cooptación o a través de la represión.

Como los señala Tomas Field en su libro, Minas Balas y Gringos:

“La administración Kennedy había adoptado, inicialmente, el desarrollo como una herramienta para combatir la agitación política, y los disturbios en contra de Paz Estenssoro solo fortalecieron la determinación de los desarrollistas liberales estadounidenses para reafirmar el compromiso de Washington. Para la Alianza para el Progreso, estas crisis dieron lugar a un programa cada vez más autoritario, develando claramente al componente estratégico de la ideología del desarrollo como una forma de intervención”

La creación de un monstruo

Las consecuencias de ésta política no se dejarían esperar. El terror necesario para controlar a los obreros suponía, necesariamente, la construcción de fuerzas armadas capaces de hacerle frente a las milicias de mineros armados por el mismo MNR. Así, primero los campesinos, y luego un renovado Ejército, serían los verdugos encargados de poner en orden a los incontrolables trabajadores. La cooperación estadounidense pasó de proveer cheques a proveer armamento y asistencia militar. El gobierno de Paz podría, así, enfrentarse a los soldados no profesionales que derrocaron a la oligarquía del estaño, y los EE.UU. podrían enfrentar al fantasma del comunismo en {estas tierras.

Pero la fuerza de éste proletariado minó las fuerzas de Paz Estensoro, quien había perdido así apoyo popular estratégico frente a pequeños partidos de derecha que aún complotaban contra su poder, sin mencionar a los conspiradores de otras facciones del mismo MNR. Tuvo que pasar poco para que un militar proveniente de ese mismo ejército que creo la revolución tomara el poder. René Barrientos contaba entonces con todo los recursos dispuestos por los EE.UU. para reprimir al pueblo. La masacre de San Juan fue posible no sólo por su personalidad autoritaria, sino porque la Alianza para el Progreso tenía como requisito la construcción de Fuerzas Armadas capaces de exorcizar el demonio comunista de los obreros.

No obstante, al hacer eso no sólo en Bolivia sino en toda Latinoamérica, se sentaron las condiciones que harían emerger al monstruo no previsto de las dictaduras militares que asolaron el continente durante dos décadas y más. Al fortalecer a los soldados e imbuirlos con la doctrina anticomunista de Seguridad Nacional se abrió la puerta a regímenes altamente represivos que constituyeron para nuestros pueblos casi un holocausto comparable al sufrido por judíos a manos de Hitler. Puede que los gringos no lo supieran, pero sus balas se saldrían de control en contra no sólo de comunistas, sino también de universitarios, campesinos, intelectuales, homosexuales y políticos de izquierda. Las dictaduras militares son ahora explicadas. EE.UU. fue el culpable.

* Politólogo.

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