Elecciones presidenciales 2022: encandilados – Por Carlos Alberto Gutiérrez Márquez

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Por Carlos Alberto Gutiérrez Márquez*

Aunque las redes sociales lo potencian todo, al punto de crear imágenes definitivas de lo que aún está en proceso, en la campaña por la presidencia del país, con primera vuelta el 29 de mayo, todo está por decidirse, a pesar de las apariencias, fortalecidas por destellos de variada intensidad.

Son destellos que encandilan y llevan a ver en un primer plano, en los votos alcanzados por el Pacto Histórico en los comicios del 13 de marzo, deseos en vez de cuerpos reales, y en esos deseos, que les dan contorno a las siluetas de sus ilusiones, alcanzan a ver algo no percibido en Colombia en los dos siglos de vida republicana con que cuenta el país: el cuerpo de la izquierda al frente de la administración pública, acompañada en tal labor por sectores progresistas de distinto origen.

Deslumbrados por esa percepción, sin tomarse el tiempo necesario para que las pupilas de sus ojos recuperen la normalidad después del fuerte destello que las impactó, les dan rienda suelta a sus mensajes en correos, trinos y textos de whatsapp, y por otros conductos, creando así la sensación de que el avance del Pacto Histórico es incontenible y todo está decidido. ¿Es así la realidad?

Hay dudas. Una vez normalizada la vista, tras darle descanso a los ojos y recuperada la agudeza visual, al revisar las cifras arrojadas por los sufragios emitidos por algo más de 17 millones de connacionales que se acercaron a las urnas el pasado 13 de marzo, así como a los números que dejó la elección presidencial en 2018, advertimos, por un lado, que no todo es del color que percibe la visión de millones por estos días y, por el otro, que hay negociaciones en proceso que pueden propiciar giros en lo que hasta ahora parecen cuerpos rígidos.

Esta mirada también permite identificar dos urnas de distinto tipo en la jornada electoral recién vivida: una, la que recibió los votos para el Congreso, y otra, aquella donde se depositaron los sufragios para seleccionar el preferido de cada una de las consultas de la campaña presidencial.
De la urna para el Congreso se desprenden triunfos parciales y derrotas de igual signo. Los 19 senadores y los 25 representantes a la Cámara, elegidos a nombre del Pacto Histórico, resumen un crecimiento sustancial de las fuerzas de izquierda reunidas bajo tal paraguas, pero es un resultado que no quiebra ni la composición histórica del cuerpo legislativo ni su adhesión a la continuidad, que permanecerá. Es predecible.

Esas realidades y tendencias no cambian, incluso ni al sumar la totalidad de elegidos que llegarán a tal instancia a nombre de organizaciones que se suponen proclives a constituir una bancada progresista. Es el caso del llamado centro (13 senadores, 14 representantes a la Cámara), de la circunscripción indígena (2 senadores), los 5 senadores y 5 representantes a la Cámara que, según lo definido en el acuerdo de paz entre Gobierno y Farc, tiene hoy el partido Comunes, 10 de quienes fueron elegidos a la Cámara baja como vocerías de víctimas de la violencia, y se supone son realmente independientes, y un representante a la Cámara por los colombianos que viven más allá de las fronteras nacionales.

En igual sentido, por lo tanto, es el resultado de las fuerzas opuestas al cambio: si bien registran una disminución en votos y por tanto en congresistas, la suma de quienes fueron ungidos a su nombre arroja como resultado total la continuidad o el reino del status quo en el legislativo colombiano.
Aquella realidad augura, por un lado, en el caso del candidato del Pacto Histórico ser ungido como Presidente para el período 2022-2026, una gobernanza sumida en el bloqueo de sus iniciativas legislativas, a la par de un intenso conflicto con el poder real, económico y militar, que reina a la sombra de la política formal; por otro, la continuidad del modelo neoliberal, que por décadas ha delineado y determinado el régimen político y económico de Colombia. Tal prolongación tiene manifestaciones no solo en la economía sino también en la política, la cultura y, en general, en las cotidianidades sociales, entre ellas las formas de relacionamiento, consumo, comunicación, etcétera.

Una crisis de tales características, con un bloqueo de la gobernabilidad que tendría que resolverse en la calle, si de verdad se quiere administrar sin medias tintas, con el constituyente primario presionando en todos los niveles a los poderes que, como dique, obstaculicen o impidan el deseado giro hacia la justicia social por el que, en el caso de ser así, habrán votado los millones que elijan al nuevo Ejecutivo.

De la otra urna se desprenden resultados igualmente contradictorios, ya que, a pesar del guarismo, no son definitivos. De ahí que los 4.495.831 sufragios que seleccionaron a Gustavo Petro como el mayor elector en esta coyuntura no pueden llevar a concluir que está “sobrado de lote”, como se dice de manera informal.

Una mirada atenta del resultado, con vista proyectada a través del retrovisor de la campaña de 2018, en la que el mismo candidato obtuvo 4’851.254 papeletas en primera vuelta, sin ser estrictamente iguales ambas votaciones, el resultado sí puede llevar a pensar que el candidato –contado solo él, sin los registros también marcadas a favor del Pacto Histórico pero sí a nombre de otros de sus postulados a liderar la campaña presidencial– se encuentra estancado o, lo que resulta igual, que entre 2018 y 2022 no logró romper las barreras que lo separan de aquellos sectores sociales con los cuales no ha logrado empatía.

Quien le siguió en los resultados totales, el candidato Fico Gutiérrez, del Equipo por Colombia, con 2’161.686 adeptos, si bien alcanzó menos de la mitad de sufragios (téngase en cuenta que es la primera vez que está en campaña presidencial), y si bien hereda el voto abierto y franco de una parte de la derecha, el hecho permite temer que esa misma derecha, cohesionada y obligada a unirse incluso antes de una hipotética segunda vuelta, lo insuflen en números el próximo 29 de mayo.

Es aquel en todo caso un potencial de crecimiento que descansa, por un lado, en el eclecticismo ideológico y político que les caracteriza, o, por el otro, el oportunismo y la falta de ética, además de la ausencia de sindéresis que les permite negociar todo tipo de prebendas con quien sea, y así contener las fracturas que innegablemente existen en las varias tendencias que la integran. A su vez, ese potencial también descansa en el afán que tienen de conservar las mieles del poder, el fuego que alienta a toda clase o sector social en asuntos de gobierno. Y para ello disponen de toda la institucionalidad; de ahí que en decisión del pasado 9 de febrero incrementaran en un millón los beneficiarios del programa Ingreso Solidario, aumentando de tres a cuatro millones el total de quienes los reciben (1). ¿Les cobrarán a estas familias, con su voto, esa ayuda pública?

Es claramente una ambición que, como ha sucedido en repetidas ocasiones en la historia reciente del país, también se suple a plomo: atentados para afectar liderazgos sociales, confinamiento de poblaciones rurales, amenazas abiertas o veladas, etcétera, estarán a la orden del día en las nueve semanas de campaña electoral presidencial. Como también habrá despliegue del clientelismo más burdo, en parte soportado y materializado con un mar de billete para comprar conciencias y favores, y con el cual han logrado que su poder se prolongue o ahonde en algunas regiones del país.
Por su parte, el registro del centro, con 723.476 votos en cabeza de Sergio Fajardo y a nombre de la coalición Centro Esperanza, y que en la primera vuelta de 2018 obtuviera 4’589.696 votos, sí refleja la caída en picada de quien ya acumula amplia experiencia electoral y se supone que cuenta con votantes fieles, además del favor de la tendencia al centro que marca a una importante franja de la sociedad colombiana, según encuestas culturales y políticas (2).

Ese resultado pudiera significar, más allá de lo proyectado por analistas de diverso tipo, que el país no logra despolarizarse y la disputa entre derecha e izquierda se prolonga y entra en una fase superior, contando ahora quienes llaman a un giro progresista en el país con un acumulado de inconformidad social que se expresa más ampliamente. A la inversa, la derecha carga con el desgaste de quien por décadas fue reclamado y defendido por un amplio segmento de la sociedad colombiana, como quien “compondría esto” o como quien la salvaría de los despropósitos que animaban el operar de las Farc en su afán por hacerles sentir a los ricos el rigor de la guerra, en un despliegue de fuerzas que no alcanzó a aquellos y sí afectó en forma ostensible a la clase media.

El interrogante que se hacen unos y otros es si el centro tendrá la capacidad para –como dice su candidato presidencial– remontar este guarismo y llevar al país a votar distinto de como lo hizo el 13 de marzo, y para lo que sería sustancial la materialización de acuerdos con las candidaturas que no hacen parte de las coaliciones. Esto es algo difícil de concretar, toda vez que cada una de ellas pretende hacerse contar para negociar en segunda vuelta una parte de la administración pública, bien ministerios, bien otras instancias de la llamada cosa pública.

En todo caso, y con pocos días para ello, en particular la Coalición Equipo por Colombia, que al momento de escribir esta editorial no ha nombrado a quien actuará como segundo a bordo, aún tiene un mayor margen para redoblar su potencial de votos ‘amarrados’. Y todas las campañas, fruto de la capacidad de conexión con el país nacional que desplieguen, cuentan con la posibilidad de multiplicar la votación, la real –para el caso de quienes se enfrentaron el pasado 13 de marzo– y la potencial, la que dicen tener quienes por primera vez serán votados el 29 de mayo.

En 2018, entre primera y segunda vuelta, tanto la derecha en cabeza de Iván Duque como la izquierda liderada por Gustavo Petro, incrementaron en cerca de tres millones sus registros, potencial cuantitativo que debiera ser superior para la derecha en la actual coyuntura, si en efecto aspira a vencer a su oponente más fuerte, y la de este si quiere materializar su anunciada pretensión de vencer en primera vuelta. Es mayor el reto para el centro si en efecto quiere concretar su ansiada remontada, lo cual sería ciertamente sorprendente. Un resultado mayoritario en votos por parte de las campañas que lideran Rodolfo Hernández, Íngrid Betancourt, Luis Pérez, Enrique Gómez Martínez, o John Milton Rodríguez sí que sería un verdadero palo.

En todo caso, en asuntos electorales, las conversaciones están abiertas hasta último momento y lo que allí se negocia es lo que corresponde a todos, en favor de unos cuantos. Con seguridad, los preámbulos de posibles acuerdos en salones de hoteles y clubes, como en casas de unos y otros, estarán acompañados por copas para suavizar las conversaciones y los platos cargados con manjares, a fin de endulzar las apetencias de poder de todos.

Unos ofrecerán, otros dilatarán la respuesta o apretarán en procura de mayores dividendos. La decisión tomada por el Pacto Histórico, al nombrar a Francia Márquez como la segunda a bordo, por presión de las bases, indica que las prolongadas negociaciones sostenidas con Luis Pérez y con los liberales en cabeza de César Gaviria no encontraron el resultado pretendido por las partes, aunque las mismas siguen abiertas tras la propuesta en debate, y en manos del jefe del partido Liberal y de Gustavo Petro, de acordar una transición hacia un gobierno que despolarice el país.

Para el Pacto Histórico, en todo caso, si bien no puede hacer cuentas definitivas con los liberales, partido en conversaciones con unos y otros en procura del mejor postor, su registro numérico sí sumará desde ahora, además de los votos alcanzados por las otras cuatro candidaturas que compitieron con Gustavo Petro por ser la cabeza de la campaña presidencial, con los votos alcanzados por Fuerza Ciudadana (417.300), Estamos Listas (108 mil), Mais (44.950), Aico (34.543), más 30.764 del partido Comunes.

El espacio de negociación está más disminuido para la coalición liderada por Sergio Fajardo. Como se sabe, la capacidad de atracción de quien no registra entre las dos primeras candidaturas con opción de triunfo, es reducida, lo que demanda de su jefatura una disposición a ofrecer más para amarrar apoyos efectivos. Como puede deducirse, poco puede asegurarse de la ideología y los principios de unos y otros; el afán es sumar votos, y ser gobierno, sin importar el costo.

La negociación se hace bajo sombras y tras manteles, y en la que actúa, de manera directa o indirecta, un factor real del poder en Colombia: la embajada que instigó lo sucedido un 9 de abril de hace más de siete décadas en el país, conspiración que aún se siente en sus efectos en todo el entramado nacional. En medio de la crisis que afronta su hasta hace unos años incuestionable poder global, con el giro hacia el imperio chino por parte de varios países de la región, y siendo Colombia su policía subregional, la pregunta que aparece en todos los escenarios es obvia: ¿Cómo actuará el policía del mundo para impedir, quebrar o limitar un hipotético giro hacia el progresismo del país más conservador de la región?

1. “Gobierno amplía beneficio de Ingreso Solidario a cuatro millones de familias”, https://www.dnp.gov.co.
2. https://www.datos.gov.co/Estad-sticas-Nacionales/Encuesta-de-Cultura-Pol-tica-ECP/cjrx-2iib/data.

* Director de Le Monde diplomatique, edición Colombia

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