América latina y los proyectos de integración en disputa

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Es claro que gobiernos de diferentes signos políticos en la región latinoamericana han avanzado en estrechar vínculos económicos y políticos con la República Popular de China. La IFR generó entusiasmo en diferentes gobiernos latinoamericanos, acostumbrados a los planes de endeudamiento financiero dictados por Washington y poca o nula inversión en infraestructura. A esto hay que sumarle que con la llegada de la pandemia de Covid- 19 la colaboración de actores como China y Rusia en el acceso a vacunas superó de forma abismal la asistencia norteamericana, incluso hacia sus socios más serviles en la región. Sólo algunos gobiernos han abonado a una posición abiertamente pro-estadounidense y anti-China en el plano discursivo en el marco de la transición hegemónica que vivimos. Un ejemplo claro de alineación ha sido el gobierno derechista de Jair Bolsonaro en Brasil en una posición que, sin duda, no es acordada con el sector que representa el ministro de Economía Paulo Guedes (ver Dossier Nuevas ropas, Viejos Hilos). Por su parte, el gobierno neoliberal de Piñera ha avanzado en firmar su participación en la IFR con un plan de inversiones en infraestructura de 60 mil millones de dólares. De igual modo, el gobierno de Nayib Bukele en El Salvador, uno de los más claros representantes de las nuevas expresiones de derecha del continente, ha firmado sin problemas un acuerdo comercial con el gigante de Asia. Incluso el gobierno conservador de Colombia está debatiendo su ingreso a la Ruta de la Seda, luego de la visita de Iván Duque a China en 2019. Por otro lado, gobiernos progresistas y de izquierda de la región mantienen relaciones fluidas con China que les ha permitido el ingreso de una cantidad de dólares ya sea para el desarrollo de ciertas industrias (sobre todo vinculadas a la extracción de minerales y la infraestructura) o bien para el sostenimiento de sus monedas frente a las ofensivas especulativas del capital financiero estadounidense. Este es el caso por supuesto de las relaciones que ha desarrollado la República Bolivariana de Venezuela, pero también otros países con gobiernos progresistas como México y Argentina (este último acaba de firmar un acuerdo de inversiones por 23 mil millones de dólares para formar parte de la IFR). 

De esta manera, consideramos que la clave para la comprensión de las oportunidades que ofrece China para llevar adelante un proyecto de desarrollo soberano que priorice las necesidades de los pueblos, depende crucialmente de dos factores. En primer lugar, de la capacidad de los movimientos populares de politizar sus luchas y desplazar a las oligarquías del poder del Estado. Este punto es crucial porque la dependencia de nuestra región también tiene un fuerte correlato en la ideología colonizada de las clases dominantes que en la mayoría de los casos intentan convertirse en apéndices del capital estadounidense, en el mejor de los casos, en muchos otros sectores la dependencia ideológica incluso atenta contra sus intereses. En segundo lugar, volver a desarrollar, como fue posible durante la primera década del siglo XXI, un proceso de integración y de unidad que priorice la cooperación por sobre la competencia y que excluya a Estados Unidos y su política exterior injerencista de las instituciones políticas latinoamericanas. 

En buena medida, consideramos que hay al menos 3 posibles proyectos disputando nuestra región, algunos con posibilidades potenciales para nuestros pueblos en el marco de la transición hegemónica a la que asistimos (ver figura 1). Esto lo sintetizamos como posiciones entre dos ejes: desarrollo del subdesarrollo y proyecto de soberanía nacional; unipolaridad y multipolaridad (ver figura 1). Podemos ubicar los ejes hacia la izquierda y hacia arriba como más próximos al imperialismo norteamericano, diferenciadas entre las expresiones más próximas al unilateralismo unipolar de la era Tump, con su alejamiento de los organismos mundiales creados por EEUU post II Guerra Mundial (OMC, OTAN, ONU, OMS, etc.)  o las del multilateralismo unipolar relacionada al Partido Demócrata, impulsor y defensor de la globalización Neoliberal. En el eje ubicado hacia la derecha del cuadro se puede identificar una proximidad a China en cuanto a la multipolaridad pero con la diferencia en cuanto al tipo de relación que se quiere establecer  desde los países de ALC con el gigante asiático: una nueva relación de dependencia y periferialización a partir de la exportación de productos primarios o proyectos de soberanía con relacionamiento de igualdad, transferencia tecnológica, desarrollo de políticas públicas mediante a un Estado planificador y desde la Unidad continental como bloque político, económico e histórico.  

Figura 1. Mapa de los proyectos de América Latina (algunos ejemplos). 

El primero de ellos, es la subordinación dependiente al poder estadounidense como continuidad del neocolonialismo de las potencias europeas en la región. Este esquema, es replicado en discusión que viene desde tiempos de nuestros proyectos de luchas independentistas del siglo XIX. Ya desde ese momento Simón Bolívar puso sobre la mesa la necesidad de un proyecto de integración regional opuesto a la Doctrina Monroe (Ron y Vicente Prieto, 2022). En el siglo XX este modelo de desarrollo con predominio estadounidense fue el que promulgó la teoría de la modernización de Rostow y con claro correlato político en el llamado Plan Cóndor. En nuestros días, la ofensiva del imperialismo norteamericano se ha acentuado, pero la crisis de hegemonía y la decadencia del modelo occidental, no logra convencer incluso a sectores de la derecha latinoamericana de replicar propuestas similares a la Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) que fue derrotada en 2005 marcando un hito fundamental de la integración alternativa de nuestros pueblos. Podemos decir que, en esta etapa, EEUU ni siquiera puede garantizar el desarrollo del subdesarrollo (Gunder Frank, 1967), y solo puede ofrecer mayores niveles de subordinación, desposesión y empobrecimiento.

En segundo lugar, podemos identificar un proyecto más pragmático de las derechas republicanas y pro globalistas de la región que puede resumirse en el par multilateralismo-unipolar y desarrollo del subdesarrollo. Este esquema, que es seguido por la mayor parte de los líderes neoliberales que adhieren al globalismo, se ubican en el reconocimiento del polo occidental como eje organizador geopolítico y asumen relaciones multilaterales, sin restricciones, en el plano comercial y en el plano financiero. El único fin en este caso es generar un comercio de bienes primarios al continente asiático por su peso económico, pero no producir ningún cambio profundo en términos de estructura económico-social de sus países ni mucho menos en la estructura de orden global. El gobierno de Sebastián Piñera en Chile, el gobierno de Iván Duque en Colombia, Nayib Bukele en El Salvador y algunos otros, ven en el potencial económico de China una forma de reproducir a las oligarquías locales y su poder a través de una inserción internacional que periferializa y profundiza la dependencia externa. 

En tercer lugar, podemos ver una potencialidad que exploran tímidamente algunos de nuestros países mientras que otros lo desarrollan con toda claridad: un proyecto de autonomía y de soberanía nacional. Este grupo de países, algunos a paso firme y otros con más dudas, comienzan a generar una propuesta que se basa en el aprovechamiento de los intercambios virtuosos y mutuamente beneficiosos con China para elaborar un proyecto de cambio estructural en lo económico y de soberanía en el plano político. Esta mirada, es el punto de partida de una refundación del Proyecto Bolivariano que luego de la muerte del comandante Hugo Chávez Frías quedó sin rumbo y fue el principal objetivo del nuevo Plan Cóndor.  

El proyecto del Alternativa Bolivariana para los Pueblos de América nos legó la importancia de la cooperación frente a la competencia en el plano comercial, de la complementariedad de los intercambios en base a las necesidades de cada pueblo y región, la importancia de la unidad para enfrentar las negociaciones posibles con otros bloques regionales, el objetivo de una moneda propia que rompa con la dependencia del dólar, una coordinación para el desarrollo de infraestructura e iniciativas de financiamiento (como el Banco del Sur). Esos elementos están hoy presentes y la posibilidad de que el resurgimiento de China sea una oportunidad por su convicción ancestral de desarrollo basado en la cooperación y la no injerencia, depende crucialmente de nuestras luchas como pueblo de América Latina y de la capacidad que desarrollemos para romper la inercia colonial que nos ha impuesto que la vía occidental de desarrollo capitalista es la única alternativa posible. 

En definitiva, dejar de lado la vía de desarrollo capitalista occidental implica otra globalización, o si se quiere ir más lejos, una ruptura con la modernidad occidental, que es lo que autores como Enrique Dussel llaman “ Transmodernidad”, la cual surge desde los pueblos que recuperan su historia y su identidad luego de haber sido invisibilizados y sometidos desde la colonización de América y a “ La gran Divergencia”   Una globalización que dé cuenta del multipolarismo basado en valores de cooperación y planificación, y en el cual logremos salir del círculo vicioso de acuerdo de las relaciones internacionales como juegos de suma cero y logremos, de una vez, avanzar en una integración del tipo ganar-ganar. China no solo está surgiendo en el mundo como gran potencia, sino que su misma emergencia está modificando ese mundo en todo sentido. Dependerá también de si ese cambio es aprovechado por los pueblos para consolidar un proyecto de país y de la Patria Grande con los intereses de las mayorías en primer lugar. 


4. Para más detalles de esta ofensiva imperial y sus diversas formas de intervención, ver el excelente material la compilación de estudios de Lautaro Rivara y Fernando Vicente Prieto (2022), titulado “El nuevo Plan Cóndor”.

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Fuentes: 

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Libro blanco Documento sobre América Latina

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