AMLO y la Cumbre de las Américas: nada se puede resolver desde afuera – Por Jorge Dávila Miguel

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Jorge Dávila Miguel(*)

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, viene tomando impulso para la Cumbre de las Américas. Quiere ser una figura continental y va contra el presidente de EE.UU., Joe Biden. Primero, por los US$ 4.000 millones prometidos, y aún no entregados, a tres países centroamericanos. Dice López Obrador que no entiende como a Ucrania se le mandan US$ 33.000 millones tan rápido y a los centroamericanos nada.

Hizo una gira por El Salvador, Honduras y Guatemala, que son los países dolientes de esos fondos, la continuó en Guyana y la terminó en La Habana. Y, allí, reafirmó su petición de que Venezuela, Nicaragua y Cuba asistan a la Cumbre que tendrá lugar en Los Ángeles en junio. Fue en su discurso al ser condecorado con la orden José Martí, en el Palacio de la Revolución.

La administración Biden no quiere invitar a dichos países, porque siguen conformando “la Troika de la tiranía”, un término acuñado por Trump, Pompeo y el mismísimo John Bolton, cuando iban a “liberar” a Venezuela, bajo la carga democrática y luminosa de Juan Guaidó, en el puente internacional de Tienditas. Y dice AMLO que, si ellos no van a la Cumbre, él tampoco.

El argumento de López Obrador es que cómo puede haber una Cumbre de las Américas si parte de ella no es invitada, porque ¿en qué continente existen los países excluidos? El mandatario mexicano aboga por terminar con la política tradicional dominante en la región, que se divide por el criterio de amigos y “enemigos” de Estados Unidos en el ámbito diplomático, y aboga por una verdadera cumbre donde el diálogo pueda florecer a diferencia del monólogo regido por la Pax Americana.

Y parece que el mensaje de López Obrador tiene eco: los 14 países integrantes de la Cuenca del Caribe, Caricom, no asistirán a Los Ángeles si se produce la exclusión, según pronostica el embajador de Antigua y Barbados en Estados Unidos, Ronald Sanders. El mismo diplomático se opone específicamente a que Juan Guaidó represente a Venezuela en la Cumbre. El presidente de Ecuador, Guillermo Lasso, y el de Argentina, Alberto Hernández, apoyan la no exclusión, al igual que la presidenta de Honduras, Xiomara Castro. Chile, a través de declaraciones de su ministra de Relaciones Exteriores Antonia Urrejola, dice que Cuba, Venezuela y Nicaragua, deben ser invitados. El presidente de Bolivia, Luis Arce está decidido: no asistirá a la Cumbre si no invitan a los tres países de “la Troika”.

Este miércoles, en conferencia de prensa, AMLO se refirió al tema. “Creo que la Cumbre podría ayudar a iniciar una política nueva y le tengo confianza al presidente Biden”, afirmó.

Además, dijo que podría ser momento de una nueva etapa “no caracterizados por la hegemonía, por el predominio, por el injerencismo, por las imposiciones, sino por las relaciones de amistad, de cooperación, de unidad de los pueblos. Y creo que es el tiempo, política entre otras cosas es tiempo”.

Lo cierto es que la IX Cumbre de las Américas sufre de fiebre y presión alta con las amenazas de ausencia, y parece que le florecen a Biden los problemas, porque el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, aunque por otras razones, puede que tampoco asista. Y hasta China critica la decisión de Washington.

La hasta hace días portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki, dijo que todavía no están cursadas las invitaciones, brindando la posibilidad a la esperanza en la mitad protestona de los países de la Cumbre. Pero lo cierto es que el asunto está camino de convertirse en un fiasco para la administración Biden, tanto si rechaza a los tres países en discordia, como si rectifica y los invita. ¿Desde cuándo el sur influye en Washington y no a la inversa?

Claro que no será algo apremiante para EE.UU. Estas cumbres son solo un cónclave coreográfico cada tres o cuatro años con los países del “patio trasero”, como lo denominan a menudo pundits y analistas en la prensa estadounidense, sin saber cuán ofensivo es el término para algunos latinoamericanos y cuán estimulante lo es para otros.

Pero el hecho de que 19 países democráticos que serían invitados a la Cumbre estén dispuestos a protestar con su ausencia, es una señal que “en democracia” se pueden mantener criterios diferentes a los de Estados Unidos. Todos esos países americanos, no solo los que protestarían con su ausencia sino los que asistirán a Los Ángeles el 6 de junio, votaron en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2021 contra el embargo comercial estadounidense a Cuba, con la excepción de Colombia, que se abstuvo.

Esa es otra de las tareas que se ha impuesto el presidente de México y promete que, respetuosamente, continuará: abogar por el fin del embargo comercial a Cuba.

Las Cumbres de las Américas son organizadas y pagadas por el Gobierno de Estados Unidos. ¿No tendrán ellos derecho a invitar a su casa a quienes quieran? Claro que sí. Pero lo que sucede ahora es que algunos países democráticos le recuerdan a la primera potencia mundial que el objetivo de dichas cumbres es tratar temas diplomáticos y comerciales de importancia continental. Y que estos países son parte importante del problema.

¿Y lo que pasa dentro de ellos? No se puede resolver desde afuera. Parecería que aquello de que “no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” tiene su aplicación geopolítica. Pero AMLO no cree en fatalidades eternas, por eso se refirió al finalizar su discurso al cambio imprescindible en Cuba: “prefiero seguir manteniendo la esperanza de que la Revolución (silencio y mirada al presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel) […] renazca en la Revolución, que la Revolución sea capaz de renovarse…”.

Es el cambio necesario que pide la realidad y la sociedad cubana, el que el actual Gobierno cubano mata cada día con su “continuidad”, sin siquiera atreverse a definirla. Continuidad en los ideales de soberanía, justicia social, igualdad, y progreso para la nación cubana, pero también el imprescindible cambio liberador de las fuerzas productivas nacionales. Eso fue lo que quiso decir Andrés Manuel López Obrador aquel día al final de su discurso, o por lo menos, lo que debió haber querido decir el presidente de México.

(*) Jorge Dávila Miguel es licenciado en Periodismo desde 1973 y ha mantenido una carrera continua en su profesión hasta la fecha. Tiene posgrados en Ciencias de la Información Social y Medios de Comunicación Social, así como estudios posuniversitarios en Relaciones Internacionales, Economía Política e Historia Latinoamericana. Dávila Miguel es columnista de El Nuevo Herald en la cadena McClatchy, y analista político y columnista en CNN en Español. Los comentarios expresados en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

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