La persistencia del antiguo régimen en Colombia – Por Philip Potdevin

557

La persistencia del antiguo régimen en Colombia

Por Philip Potdevin*

Le corresponde a la ciudadanía, cada día más consciente de qué tipo de régimen no desea, hacer lo que está en sus manos y darle paso, por primera vez en dos siglos a un régimen alternativo que represente las voces de pueblos, comunidades y ciudadanos que saben que otro mundo es posible en el país.

En un estudio del historiador Arno J. Meyer titulado La persistencia del antiguo régimen: Europa y la Gran Guerra, publicado originalmente en 1981, el autor deconstruye una serie de creencias y afirmaciones que han predominado en la interpretación de lo relacionado en el siglo XX en ese continente.

Tres grandes premisas alientan su trabajo: primera, que la Gran Guerra (1914-1918) está conectada umbilicalmente con la Segunda Guerra (1939-1945); segunda, que la crisis que desató la Gran Guerra fue el resultado de la movilización de las fuerzas del Ancien Regime, es decir del régimen depuesto por la Revolución Francesa casi siglo y medio antes. A pesar de haber perdido impulso frente a los avances del capitalismo industrial, las fuerzas del Antiguo Régimen eran lo suficientemente vigorosas y poderosas como para resistir y desacelerar el curso de la historia. La guerra fue una expresión del declive y caída de ese Antiguo Régimen, hasta que, en 1917, todo lo que este representaba inició su derrumbe final. Con todo, a excepción de Rusia, esa persistencia sobrevivió y se extendió hasta 1945 en las formas de una crisis continental ampliada con regímenes fascistas y el rebrote de la guerra generalizada. La tercera premisa, y más fuerte de Mayer, es que el antiguo orden europeo era totalmente preindustrial y preburgués.

Es errado el enfoque de muchos historiadores, dice Mayer, de resaltar factores como el avance y la tecnología, el capitalismo industrial y global, la burguesía y la clase media, la sociedad supuestamente liberal y profesional y el modernismo cultural. Esos enfoques, critica Mayer, se han ocupado más en demostrar el advenimiento de la modernidad a través de las fuerzas de innovación y la emergencia de una nueva sociedad que en reconocer las fuerzas de inercia y resistencia que desaceleraron el ocaso del viejo orden. Existe una ambivalencia entre la importancia que dan unos y otros historiadores, continúa Mayer, de repudiar la idea de progreso, pero, aun así, siguen creyendo en ella.

Esta tendencia, de respetar y atenerse a la idea del progreso, y de profesar una fe tacita en él se articula con la intensa aversión al inmovilismo histórico y las fuerzas regresivas. De esa manera ha existido una predisposición de negar o demeritar o devaluar el aguante de las viejas fuerzas e ideas y de su astucia para asimilar, retardar, neutralizar y atenuar la modernización capitalista incluyendo los procesos de industrialización. El resultado de lo anterior es una visión parcial y equivocada de la Europa del siglo XIX y XX. Será necesario, invita Mayer, que los historiadores examinen no solo el drama que implicó el progreso y el cambio sino también la implacable tragedia de la perseverancia histórica de ese Antiguo Régimen y la dialéctica interacción entre las dos. Los historiadores de todas las vertientes ideológicas han rebajado la importancia de los intereses económicos preindustriales, de las elites preburguesas, de los sistemas predemocráticos de autoridad, de los lenguajes artísticos premodernos y de las mentalidades “arcaicas”.

Esto lo han conseguido al explicar estas manifestaciones como últimos rezagos, por no decir reliquias, que continuaron en sociedades que aceleradamente se remozaban en lo social y lo político. Han exagerado marcadamente, insiste Mayer, el declive de la importancia de la tierra, tanto de origen noble como campesino, la contracción de la manufactura tradicional y del comercio, los fortines provinciales, los artesanos, la derogación de las monarquías, el fin de la nobleza en cargos públicos y en las cámaras altas, el debilitamiento de las religiones organizadas y la atrofia de una cultura elevada. Los historiadores explican lo anterior como meros vestigios de un pasado moribundo, de un esfuerzo por usar o abusar esa vitalidad para diferir o entorpecer el avance ineludible del progreso del capitalismo industrial, de la nivelación social y del liberalismo político. Todo lo anterior conduce a Mayer a refutar estas teorías para defender la hipótesis contraria: que todos estos elementos “premodernos” no eran frágiles y decadentes remanentes de un pasado casi extinto sino la esencia misma de las sociedades civiles y políticas de toda esa época que existieron entre la Revolución Francesa y el final de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que es perturbador, al hacer una lectura comparada de la obra de Mayer con la historiografía colombiana, es ver, de qué manera, nuestros historiadores han sobrevalorado el advenimiento de la modernidad en el país, dando como prueba de ellos la constitución del 86, el fin de la Guerra de los Mil días, el pago de la indemnización por la pérdida de Panamá, la agonía y fin de la hegemonía conservadora, la aparición de colegios y universidades no vinculados con la Iglesia, la incipiente industrialización por medio de textilerías y cervecerías, la fundación de la primera aerolínea en Sudamérica, el trazado de acueductos, alcantarillados y vías en las más grandes ciudades de la época, las campañas de higienización y salud pública, los debates “científicos en torno a qué hacer con la raza colombiana, supuestamente degenerada, la campaña por sustituir el consumo de chicha por cerveza, la aparición de los primeros sindicatos y las conquistas laborales, los conflictos sociales y huelgas, el surgimiento de una nueva novela de carácter social, el auge de la producción y exportación de café como principal fuente de divisas, la contratación de la Misión Kemmerer predecesora del Banco de la República, el descubrimiento del petróleo y la construcción de la primera refinería en Barrancabermeja, el trazado del primer oleoducto de allí hasta Cartagena, el intento de socializar el pensamiento liberal, con la llegada del partido liberal al poder y su proyecto de la “Revolución en Marcha de López Pumarejo, entre muchas señales de un modernismo que se había tratado en llegar pero que, finalmente, aparecía en nuestro país. Es notorio el esfuerzo de los historiadores colombianos para resaltar de qué manera el país se modernizó en lo económico, político y social desde finales del siglo XIX hasta la República liberal de los años treinta.

Todo lo anterior se ha dicho con el fin de resaltar el declive de un pensamiento y régimen de carácter regresivo –representado principalmente en la Hegemonía Conservadora de 1886 a 1930 pero que se anclaba desde mucho antes– que se agotaba en su ideología y práctica y que, a pesar de aferrarse a sus principales banderas políticas, económicas, sociales y religiosas, comenzaba a dar paso, lentamente, pero de manera clara, a la “modernidad” con la apertura social, económica, política, tecnológica e industrial que llevaría al país a lo que hoy día es. El aparente despertar de nuestro país a las realidades del mundo en el siglo XX, según estas interpretaciones, desconoce una realidad que hoy, un siglo después de la “danza de los millones” –la indemnización por el zarpazo a Panamá– que marcó, para muchos, el ingreso a la modernidad, no es ningún despertar, En realidad, el Régimen Antiguo continuó existiendo con todos sus vicios y excesos y, el país siguió adormecido.

El régimen que imperaba en Colombia antes de su “modernización” era, mutatis mutandis, similar al del Antiguo Régimen europeo: preburgués, precapitalista, casi esclavista y de servidumbre humana; esencialmente agrario, con énfasis en los latifundios, no industrializado, centrado en la posesión de la tierra como símbolo de riqueza, poder y control, enclavado en privilegios de familias oligárquicas que anteponían apellidos, herencias y hegemonías a cualquier otro tipo de movilidad social o económica, y además, un régimen altamente subordinado a los Estados Unidos.

Para continuar con la analogía a la tesis de Mayer, lo que se postula aquí en estas líneas, es que ese régimen, lejos de ceder su lugar a la “modernidad” y de amainar o decaer, se mantuvo y se mantiene hasta hoy, como un señorío ejercido por un porcentaje ínfimo de la sociedad, acaparando, explotando y malversando los recursos económicos, políticos, educativos y de producción del país; un régimen que persiste, atrincherado en sus privilegios y revestido de sus ideas reaccionarias, así se insista en hacerle creer al país, por historiadores, políticos e intelectuales, que la modernidad, con todas sus ventajas, cumple un siglo de haber tomado forma en Colombia.

En otras palabras, aquí existe, desde 1810, un régimen que no ha cedido su lugar a otro que traiga ideas, políticas o líderes que pongan en peligro la hegemonía de clase, la concentración de poder, el acaparamiento de la riqueza, de la tierra, el modelo económico capitalista, el control sobre los medios de comunicación, la educación de calidad como privilegio y no como derecho, la segregación y la discriminación social.

Para ello, este régimen bicentenario, más allá de una fachada, primero bipartidista y luego pluripartidista, de una nueva constitución y de señales y guiños que no corresponden a una voluntad real de cambio, se ha apertrechado detrás de sus intereses de clase, y ha conseguido que, después de doscientos años de vida republicana, no haya existido un solo gobierno de clara vocación social o progresista, ni aún en los tres destellos más claros; las repúblicas liberales de 1863 y 1930 y la puerta abierta por la Constitución del 91.

En estos tres momentos, las fuerzas liberales que accedieron al poder fueron incapaces o no consiguieron abrir al país a un régimen diferente al único que ha existido. Por ello la caracterología y semblanza del Antiguo Régimen se perpetúa y renueva en cada elección presidencial.

Es así como, a lo largo de dos siglos el país continúa dominado por un régimen que parece haberse detenido en el tiempo con una sólida capacidad de reacción al cambio, que niega la posibilidad de una nueva sociedad, que frena la emergencia de ideas que contrasten y diverjan de un pensamiento dominante.

Una constante en la cual no es posible ignorar la larga tradición de pensamiento conservador que ha recorrido e influido a los gobiernos y a la sociedad: desde los llamados ‘pre-conservadores’ como Bolívar, Nariño (dos ambiguas figuras que esbozaron ideas que después serán apropiadas por uno y otro bando político), Camilo Torres, J.M. Castillo y Rada, y después los fundadores del partido conservador, Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro, para después surgir Sergio Arboleda, José María Samper, Carlos Holguín, Miguel Antonio Caro, Carlos Martínez Silva, Marco Fidel Suárez, Rafael María Carrasquilla, Carlos E. Restrepo, Abel Carbonell, Aquilino Villegas, Félix Restrepo, S.J., José De la Vega, Laureano Gómez, Ospina Pérez Gonzalo Restrepo Jaramillo, Guillermo Salamanca, Silvio Villegas, José Camacho Carreño, Alzate Avendaño, Abel Naranjo Villegas, Raimundo Emiliano Román, Lucio Pabón, Álvaro Gómez Hurtado, Pastrana Borrero, José Galat, Alberto Dangond Uribe, Alfonso López Trujillo y Melo Guevara, todos ellos ideólogos, a través de sus escritos y publicaciones, del persistente Antiguo Régimen.

Es digno de realizar un análisis posterior y contrastar esta extensa lista, con la que corresponde a los ideólogos de ideas liberales y socialistas en Colombia. Muchos de estos, Camacho Roldán, José María Samper, Florentino González, Murillo Toro (que un día defendía la propiedad privada y al otro la atacaba) Rufino José Cuervo, Mosquera; López Pumarejo, Eduardo Santos, López Michelsen, eran representantes de las elites y familias que han cogobernado el país bajo el amplio manto del Antiguo Régimen. Solo figuras como Gaitán y hasta cierto punto Uribe Uribe, se salen del contubernio matizado apenas por colores y banderas políticas.

En su firme determinación, este régimen, ha apelado a la fuerza del Estado, al control de los medios de producción, a requintar el modelo económico, a las alianzas ventajosas, a la corrupción y al exterminio sistemático de todo tipo de oposición política o social para persistir en el tiempo.

Esto es evidente en hechos como:

1) La prevalencia de la religión y la Iglesia en el poder, en la política, en la educación, y en las decisiones de todo tipo que impactan a la sociedad; matrimonio, aborto, identidad sexual, etcétera. Es significativo que sectores religiosamente contrarios como el catolicismo y el protestantismo, encuentren hoy convergencias en el poder.
2) La presencia de elites agrarias, ganaderas y económicas en el poder que impiden tanto la aprobación y materialización de una reforma agraria en el país que redistribuya de manera equitativa la tierra (el principal problema histórico y la mayor fuente de enriquecimiento de las elites), como la necesario y justa tributación progresiva, a la par de la eliminación de exoneraciones y privilegios de todo tipo.
3) El paramilitarismo de Estado que silencia y elimina todo tipo de disenso político.
4) La injerencia política y militar de los Estados Unidos, manifiesta de múltiples y recurrentes procederes, entre ellos: perpetuar el régimen capitalista, conseguir la subordinación del nuestro a las directrices del gobierno norteamericano, asegurar la presencia de tropas y bases norteamericanas, firmar TLCs desventajosos para el país, supeditar a certificaciones la asistencia, el crédito o la ayuda de cualquier tipo, etcétera.
5) La impecable capitalización de los errores de diverso tipo cometidos por las guerrillas para intentar acceder al poder por las armas y calificar cualquier intento de cambio como “terrorista” o “criminal”.
7) El debilitamiento de todo tipo de oposición a través de la cooptación y la corrupción
8) La interposición de barreras constitucionales, legales y económicas para permitir un cambio de modelo económico, social y político.
9) El falso mensaje de la existencia de una democracia legítima que supuestamente representa los diversos intereses de los colombianos.
10) El asesinato selectivo de los líderes contrarios a los fundamentos del Antiguo Régimen con mayor opción de acceder al gobierno, así como de miles de militantes de los partidos de izquierda, como ocurrió con la Unión Patriótica.
11) El debilitamiento de las organizaciones sindicales por intimidación, cooptación u otras estrategias; el desestímulo al sindicalismo de industria.
12) El control de los medios de comunicación por fuerzas económicas y elites para desviar la opinión pública de los verdaderos problemas del país. El descrédito, ahogo y aislamiento económico a los medios independientes.
13) La manipulación de la opinión publica para hacer creer que hay que evitar la “cubanización” o “venezuelización” del país como sinónimo de catástrofe.
14) El reparto de una inmensa burocracia entre partidos políticos representativos de las élites, administrada por expresidentes y gamonales que exigen, en el repartijo y usurpación de lo público, sus respectivas cuotas políticas.
15) Un oligopolio donde las nuevas generaciones de familias tradicionales son las que heredan candidaturas, puestos políticos, poder y privilegios.
16) El persistente ataque a la clase media, pilar de una sociedad burguesa, que se diluye en la pobreza mientras las elites se enriquecen más. Desigualdad al límite de la misma pervivencia de millones de empobrecidos, claro signo de la persistencia del “antiguo régimen”.
17) El saboteo para no honrar los acuerdos de paz concertados con exgrupos guerrilleros o de dar cabida y juego político a los excombatientes.
18) El amilanamiento, a través de la censura, la autocensura o la intimidación, de una oposición ideológica fuerte para generar una conciencia social de cambio profundo en el país.

Este país, pintado aún con técnicas paisajistas, adormecido por el alcanfor de formas políticas y económicas vetustas, se apresta a elegir presidente en elecciones por realizase en primera vuelta al final de mayo, y segunda a mediados de junio. Le corresponde a la ciudadanía colombiana, que cada día es más consciente de qué tipo de régimen no quiere padecer más (eso se vio claro durante las jornadas de protesta del pasado paro nacional), y hacer lo que está en sus manos para darle paso, por primera vez en dos siglos, a un régimen alternativo que represente, no a las elites tradicionales, sino a las voces de pueblos, comunidades y ciudadanos que saben que otro mundo es posible en el país.

* Editor, consultor en pensamiento crítico, docnt en Literatura, periodista de Desdeabajo y Le Monde diplomatique Colombia.  En 1994 ganó el Premio Nacional de Novela de Colcultura

Más notas sobre el tema