Colombia, entre el estadista y el populista – Por Sergio Pascual

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Por Sergio Pacual

El 78% de los colombianos votó cambio el pasado domingo en las elecciones presidenciales. Quizá esta es la única conclusión clara que pueda sacarse de unos comicios en los que la participación –un 55%– fue alta para los estándares colombianos. De un lado los partidos Conservador y Liberal, que durante 160 años gobernaron Colombia, quedaron fuera del balotaje. De otro lado, buena parte del votante uribista abandonó al candidato de su partido y, así, la organización cuyos candidatos habían ganado las elecciones presidenciales casi ininterrumpidamente desde 2002 no logró pasar a la segunda vuelta. Colombia votó cambio.

Sin embargo los dos aspirantes a presidir la república representan un cambio muy distinto. El ganador indiscutido de la primera vuelta fue Gustavo Petro, el candidato del centroizquierda que, con ocho millones y medio de apoyos, logró un 40,3% de los votos. Gustavo Petro representa un cambio en profundidad de la estructura económica colombiana. Con una apuesta por la economía del conocimiento, la reindustrialización del país, una reforma agraria y una amplia reforma tributaria redistributiva, Petro se dirige a las mayorías empobrecidas del país –un 50% de los colombianos ganan menos de 250 euros al mes– con la bandera de la justicia social.

Petro se dirige a las mayorías empobrecidas –un 50% de los colombianos ganan menos de 250 euros al mes– con la bandera de la justicia social

El otro contendiente, Rodolfo Hernández –con casi seis millones de votos–, es un histriónico empresario de la construcción que se jacta de haberse enriquecido con préstamos hipotecarios a familias vulnerables y que llegó a derrapar en una entrevista manifestando su admiración por Adolf Hitler. Hernández, con un discurso sencillo, machista –llegó a decir que su ideal es que “el jefe del hogar, el hombre, ganara suficiente” para que las mujeres no tuvieran que trabajar– emplea un discurso conservador, plagado de anécdotas narradas en un lenguaje común y directo. Se ha ceñido durante toda la campaña a un discurso moralista anticorrupción y antiestablishment –al que califica como politiquería–, un establishment al que señala como el culpable de todos los males del país, a pesar de que paradójicamente el propio Hernández está imputado por un presunto caso de corrupción por haber beneficiado con contratos millonarios a su hijo mientras era alcalde de Bucaramanga. En el plano económico estructural su apuesta es claramente continuista. Hernández ha negado la necesidad de una reforma tributaria redistributiva y presume de que los problemas económicos del país se solucionan exclusivamente mediante la lucha contra la corrupción, sin alterar la estructura laboral y económica del país.

En la práctica, frente al cambio estructural –“real”– de Gustavo Petro, el cambio que propone Hernández es uno de orden moral de corte conservador.

Esta disputa por el significante cambio sin duda será uno de los principales caballos de batalla de la segunda vuelta, que se celebrará el 19 de junio: mientras Hernández advierte del riesgo de inestabilidad social y política ante el cambio que propone Gustavo Petro, éste ha señalado que votar al teatral Hernández sería un “suicidio”.

Dos dilemas y cuatro notas para una segunda vuelta

El principal dilema del balotaje lo enfrenta Rodolfo Hernández. Con, a priori, 21 millones de votantes colombianos en juego, Hernández no solo necesita cuatro millones y medio de votos para alcanzar la presidencia –dos millones y medio más que su contrincante–, sino que además no puede permitirse perder ningún voto.

Hernández deberá caminar en la cuerda floja para incorporar al uribismo mientras mantiene y suma a los colombianos antipolíticos que repudian al último gobierno uribista

Y esa es su disyuntiva. Los votos de Hernández tienen dos procedencias: de un lado la Colombia interior, el centro y el centro oriente, tradicionales bastiones de voto uribista de opinión –no clientelar– y feudos del Partido Conservador, lugares en los que el plebiscito por la paz de 2016 fracasó. De otro lado, el voto antipolítico que demanda cambio en el país. Ambos campos políticos son antagónicos. Los primeros uribistas, los segundos antiuribistas. Hernández deberá caminar en la cuerda floja para incorporar al uribismo que aún no se le adhirió mientras mantiene y suma a los colombianos antipolíticos que repudian al último gobierno del uribista Iván Duque y apuestan por un cambio. En esta lógica, las adhesiones de los rostros más reconocidos del uribismo político, que ya han comenzado a producirse, podrían acabar siendo un salvavidas de plomo para Hernández.

Un segundo dilema atraviesa al populista Hernández. Si quiere alcanzar los diez millones y medio de votos necesarios para ganar necesita incorporar más del 80% del voto de Federico Gutiérrez –el candidato oficialista, que obtuvo cinco millones de sufragios–. Los votos de Gutiérrez, sin embargo, proceden en buena parte de la clase política que él dice repudiar. Estructuras de amplísima implantación territorial como la del Clan Char en el Caribe, el Partido Conservador y el Partido Liberal, garantizaron un porcentaje importante de los votos de Federico Gutiérrez y en este momento están en disputa. Una adhesión explícita a Hernández también contribuiría a derruir su imagen de outsider antipolítico y socavar su identificación con el cambio.

Entre tanto, el candidato progresista Gustavo Petro –que necesitaría incorporar solo un millón y medio de nuevos votantes– tendría al menos tres lugares en los que crecer. Por un lado disputa el voto liberal que votó por Gutiérrez y obtuvo más de dos millones de votos al Senado en marzo de este mismo año. Una parte del cual ya ha manifestado su apoyo a Petro. De otro lado, podría llegar a contar con un porcentaje importante de los votantes de otras candidaturas menores que sumaron más de un millón de votos el pasado domingo (según la encuesta CELAG de mayo 2022 al menos el 25% de los electores del centrista Fajardo, con casi un 5% del electorado, tendría como segunda opción a Gustavo Petro). Finalmente, Petro podría esperar un aumento de la participación en su bastión caribeño –en el que la participación no superó el 43%, 12 puntos por debajo que en el resto del país– lo que le podría llegar a aportarle más de 100.000 votos.

Cierro con cuatro notas rápidas:

  • Gustavo Petro cuenta, según la misma encuesta, con un 57% de imagen positiva, por lo estaría lejos de su techo electoral.
  • Existe una fuerte disputa por apropiarse del significante anticorrupción. Si bien Hernández tiene hoy ventaja en esta materia, lo cierto es que la imputación de éste y la sólida trayectoria de Gustavo Petro en esta materia podrían inclinar la balanza en favor de este último.
  • En Colombia, la participación se mantiene o aumenta en segunda vuelta cuando las maquinarias clientelares se vuelcan con un candidato. Es el caso de la segunda elección de Juan Manuel Santos o la elección de Iván Duque contra Gustavo Petro. Sin embargo, cuando las maquinarias no se ven concernidas, como en la elección de 2010 entre Antanas Mockus y Juan Manuel Santos, la participación baja. Si en esta segunda vuelta las maquinarias clientelares no llegaran a movilizar el voto, la barrera de la victoria en segunda vuelta se situaría más cerca de los nueve millones y medio de votos que de los diez millones y medio, un listón prácticamente a la mano de Gustavo Petro.
  • Finalmente un apunte: el debate sobre el papel de la mujer en la sociedad está hoy en la agenda pública colombiana. Los más de 20 millones de mujeres colombianas podrían llegar a decantar la elección entre un septuagenario conservador y el progresista Gustavo Petro.

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