Cumbres de las Américas: ajustes en la estrategia imperialista hacia nuestra América – Por el Dr. C. Luis René Fernández Tabío

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Cumbres de las Américas: ajustes en la estrategia imperialista hacia nuestra América

Por el Dr. C. Luis René Fernández Tabío*

El mecanismo de las Cumbres de las Américas fue creado por Estados Unidos para consolidar su sistema de dominación en América Latina y el Caribe, en un momento unipolar de las relaciones internacionales debido a la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y el socialismo europeo. Establece el nivel de coordinación entre jefes de Estado y gobierno, instancia estrechamente interrelacionada con la Organización de Estados Americanos. La estrategia estadounidense hacia nuestra región se expresa en estos conclaves y debe ajustarse al escenario actual en la Cumbre de las Américas de 2022, según las percepciones y tendencias imperialistas dominantes en tres ámbitos principales, las condiciones internas en Estados Unidos, la correlación internacional de fuerzas y el balance político regional. Se considera que el escenario actual es muy distinto y en general desfavorable para el imperialismo estadounidense en relación con América Latina comparado al existente en 1994, cuando se realizó el primero de estos conclaves. Se espera sea una cumbre llena de retórica y limitados resultados prácticos.

La estrategia de Estados Unidos hacia los países de América Latina y el Caribe, si bien tiene lineamientos que se corresponden con objetivos permanentes de carácter económico y de seguridad nacional, que le confieren continuidad y responden a su condición imperialista, cambia de acuerdo con los escenarios políticos internos y externos. La Doctrina Monroe de 1823 anunció el objeti- vo estadounidense de carácter permanente hacia los países de América Latina y el Caribe, cuando todavía no estaba en condiciones de establecer su predominio en esta región. Puede decirse que esa doctrina —sea o no incorporada al discurso político del gobierno— se mantiene latente como principio de la política exterior estadounidense hacia nuestra América, aunque cambie la retórica, los instrumentos de poder privilegiados, las tácticas, planes y programas estratégicos. Desde el siglo XIX se combinan las formulaciones especificas hacia determinados asuntos, países y subregiones; en ocasiones de

La Doctrina Monroe de 1823 anunció el objetivo estadounidense de carácter permanente hacia los países de América Latina y el Caribe, cuando todavía no estaba en condiciones de establecer su predominio en esta región. 

carácter general, denominadas “Gran Política” —que tratan de abarcar a la región y hasta más allá. Ese fue el caso de la Alianza para el Progreso, propuesta reformista para frenar el impulso revolucionario en la década de 1960 después del triunfo de la revolución cubana, o más recientemente el Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA), presentada en el marco de la Primera Cum- bre de las Américas y que naufragó por el rechazo de países clave de la región como Argentina, Brasil y Venezuela en la IV Cum- bre de las Américas, celebrada en Mar del Plata, Argentina en 2005.

En el proceso de conformación de la política exterior hacia nuestra región, las tácticas y estrategias se modifican en corresponden- cia con los procesos e interacciones desarrollados en un sistema integrado por tres componentes principales: el sistema de gobierno, la tendencia prevaleciente en la clase política y la situación económica, política y social interna de Estados Unidos; la correlación regional de fuerzas políticas; y el balance internacional de poder. El contexto regional es sensible en relación con los otros ámbitos del proceso de conformación de la política estadounidense en estas cumbres, para establecer el tono en el discurso diplomático, los temas elegidos y el alcance en los propósitos a lograr. No se pretende profundizar en toda la complejidad de este proceso, como resultado del cual surge la estrategia general de Estados Unidos y su política particular hacia países, subregiones y asuntos de interés, o retos percibidos que desean enfatizar sobre América Latina y el Caribe en la expresión especifica de la Cumbre de las Américas (Fernández Tabío, 2021 a).

En cada una de ellas, aunque mantiene los elementos de continuidad para cumplir los objetivos permanentes de su sistema de dominación y explotación regional, se realizan ajustes en el discurso, los planes, programas y acciones políticas en correspondencia con las condiciones específicas enfrentadas en cada momento histórico. Se parte de la premisa de que las estrategias y políticas de Es- tados Unidos hacia nuestra región se basan en las intenciones permanentes, derivadas de su condición de país imperialista, centro hegemónico del capitalismo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, hacia la parte del mundo geográficamente más próxima, considerada por sus estrategas como el ba- luarte geopolítico principal de sus intereses económicos y de seguridad nacional.

Este trabajo analiza las circunstancias previas a la realización de la Cumbre de las Américas en junio de 2022 y sus antecedentes, respecto a las existentes al momento de la celebración de la primera de estas, ocurri- da en Miami en 1994. Partiendo de elementos clave en el proceso de conformación de la política exterior de Estados Unidos, se busca prefigurar la posible proyección externa estadounidense y sus resultados en este escenario. Preliminarmente se considera que las condiciones actuales no son del todo favorables para los objetivos de Estados Unidos en nuestra región debido a múltiples pro- blemas, crisis y desafíos internos y externos, si se compara con las existentes en el mo- mento del surgimiento de este instrumento de la política estadounidense en el hemisfe- rio occidental, aunque el liderazgo del presi- dente y la posición de Estados Unidos como potencia hegemónica se refuerza en medio de la crisis política, económica y militar en Europa con sus principales aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la Unión Europea y el Grupo de los Siente (G-7).

La presentación consta de dos partes. En la primera se exponen las circunstancias que hicieron posible el surgimiento de estas cumbres, la estrategia y las políticas específicas presentadas en el momento de realización de la I Cumbre de las Américas en 1994. En la segunda se incluye una breve panorámica de los vaivenes políticos de las cumbres precedentes, y se examinan los antecedentes directos a la celebración de la IX Cumbre que se celebra de nuevo en Estados Unidos, casi tres décadas después, en un escenario económico, político e ideológico contradictorio y cambiante, cabría decir transicional en el llamado orden internacional. Por último, las consideraciones finales resultan fundamentalmente de la comparación de estas cumbres, para evaluar muy preliminarmente la estrategia política de Estados Unidos hacia nuestra América en el actual complejo escenario de enorme incertidumbre, grandes retos, conflictos de gran envergadura en el panorama mundial —incluyendo la guerra en Ucrania y la guerra económica y comunicacional de Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN contra Rusia en este contexto— en que se desarrolla la IX Cumbre de las Américas.

Escenario favorable de la Primera Cumbre de las Américas y sus propuestas

En el año 1994 se realizó en Miami la I Cum- bre de las Américas. El momento coincidió con un escenario mundial y regional suma- mente favorable a Estados Unidos. En pocos años, entre finales de la década de 1980 e inicios de los noventa ocurre la debacle del socialismo en Europa del Este, el fin del bi- polarismo y también de la llamada Guerra Fría. Desde la perspectiva de los estrategas estadounidense no podían existir mejores condiciones para fortalecer y perfeccionar el sistema panamericano. El presidente George Bush consideró se había alcanzado un nuevo orden y se hablaba de un momento unipolar (Mearsheimer, 2021: 50).

Al momento del fin del bipolarismo se evidenciaron problemas que están resurgiendo en el actual escenario internacional. La fragmentación geoeconómica del mundo genera riesgos al sistema de relaciones, incluyendo las principales organizaciones internacionales multilaterales que se muestran inoperan- tes e inefectivas en su estructura, reglas y regulaciones. Se perciben fuerzas de cambio, que se derivan de las actuales crisis y contradicciones (Zlobin, 2008: 307). La anterior afirmación referida al momento de cambio en el sistema de las relaciones internacionales a finales de la década de 1980 tiene ciertas semejanzas con la actual en que riesgos cibernéticos, geopolíticos, guerras económicas, ambientales, COVID-19 y conflicto armado en Europa contribuyen a un contexto favorable a transformaciones en el sistema de las relaciones internacionales y el balance de poder mundial económico, político, militar y tecnológico, con consecuencias para el funcionamiento de las Cadenas Globales de Valor (CGV).

El choque externo representado por la desaparición de la URSS y el sistema de relaciones económicas especiales brindadas a Cuba significó una gran crisis  socioeconómica. Los neoconservadores estadounidenses consideraron era el momento apropiado para reforzar el bloqueo y crear obstáculos mayores […].

El choque externo representado por la desaparición de la URSS y el sistema de relaciones económicas especiales brindadas a Cuba significó una gran crisis socioeconómica. Los neoconservadores estadouniden- ses consideraron era el momento apropiado para reforzar el bloqueo y crear obstáculos mayores, supuestamente insalvables para el sistema revolucionario emancipador, que harían caer a Cuba en los brazos de Estados Unidos. Las conocidas leyes Torricelli en 1992 y Helms Burton en 1996 buscaban asestar el golpe definitivo para derrocar al gobierno revolucionario y llevar a cabo la denominada “transición democrática a la economía de mercado”, el perfecto sistema para restable- cer el neocolonialismo en Cuba, con niveles de máxima subordinación y explotación a Estados Unidos.

Desde la llamada revolución conservado- ra identificada con la victoria electoral de Ronald Reagan en 1980 se acrecentó el triunfalismo capitalista, que repercutió en distin- tos escenarios y en nuestra región se observó un retroceso del movimiento de liberación nacional. En México ocurrió el estallido de esa crisis regional en agosto de 1982 y por su significación para Estados Unidos se inte- graba casi una década después a un acuerdo de libre comercio, novedoso en aquel momento, establecido inicialmente con Canadá en 1988. Se realizaron los acuerdos de paz en Centroamérica, se consolidó el Consenso de Washington como una receta económica impregnada de neoliberalismo para todos los países afectados por la crisis de la deuda externa. Se negoció un acuerdo trilateral basado en los principios del libre comercio, entre Estados Unidos, Canadá y México en 1994 como una promesa de lo que podría ser para toda la región.

La extinción del principal reto a la hege- monía de Estados Unidos y enemigo militar, político e ideológico, la Unión Soviética, co- locaba a la economía como principal proble- ma. Dado que en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe ya se había logrado aperturas de sus economías al comercio y a los movimientos de capital en el marco de los procesos de renegociación de la deuda externa, ahora restaba institucionalizar tales transformaciones con un tratado multilateral de carácter hemisférico de acuerdo con las pautas negociadas y establecidas en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte entre Estados Unidos, Canadá y México (TLCAN).

El consenso neoliberal al interior de la cla- se dominante estadounidense impulsaba la falsa idea de que las aperturas al mercado garantizarían el desarrollo. La tendencia con- servadora en la política exterior de Estados Unidos coincidió con el propósito de reducir la asistencia exterior económica al mínimo, excepto la destinada a la concepción imperialista de su seguridad nacional, o asistencia militar o destinada supuestamente al narcotráfico, que trasciende ampliamente sus fronteras geográficas. En esencia, el mer- cado como “vía para el desarrollo”, los tratados de libre comercio como fórmula para otorgarles estabilidad en un marco institu- cional multilateral y la democracia liberal constituyen mecanismos favorables a la dominación política hemisférica del imperialismo. La práctica ha demostrado que este tipo de sistema político, sobre todo en condiciones de dependencia económica al capital extranjero y desproporcionada concentración de la riqueza, favorece la existencia de gobiernos en los países de la región al servicio del segmento transnacional de la clase dominante “nacional” y del imperialismo. Los intentos más o menos radicales de romper estas ataduras y conseguir la verdadera inde- pendencia, son objeto de todos los medios e instrumentos de poder estadounidenses para retrotraerlos y reinsertarlos en su esfera de integración económica y subordinación política.

Antecedentes y contexto de la IX Cumbre de las Américas y sus estrechos márgenes políticos

La llamada Carta Democrática aprobada en el marco de la OEA, aprobada en 2001, ocurre en un contexto propicio para legitimar a nivel continental una definición sesgada y restringida política e ideológicamente de la democracia, y transformarla en un instrumento para justificar intervenciones en paí- ses de la región con posturas discrepantes a Estados Unidos. El criterio de régimen democrático se establece a partir de las posturas políticas de cada administración en los escenarios y condiciones concretas. Por supuesto, no se refiere a la verdadera democracia participativa, emancipadora, sino aquella que, no respondiendo en modo alguno a los intereses de sus pueblos, cumple fielmente con los de Estados Unidos y su oligarquía financiera representada por el capital transnacional.

La historia de la política exterior de Estados Unidos hacia los países de nuestra región está plagada de ejemplos sobre el uso a conveniencia de ese supuesto principio democrático en su política exterior. No motivó ninguna acción de rechazo, sanciones económicas, aislamiento político y diplomático, la existencia de golpes de Estado, o criminales dictaduras militares. El caso del golpe de Estado al gobierno democráticamente electo de Salvador Allende en Chile en 1973 por el dictador Augusto Pinochet resulta paradigmático. Constituye una clara manifestación de la hipocresía política de los gobiernos estadounidenses y su doble rasero en estos asuntos utilizados como pretextos para realizar intervenciones y agresiones de todo tipo.

Al momento de la primera Cumbre, la mayoría de los gobiernos de la región que habían sufrido dictaduras militares renegociaron su deuda externa y abrieron la puerta a reformas neoliberales, apertura unilateral al mercado mundial y privatización del sector estatal, que consolidaron al segmento transnacional de la clase política como fuerza dominante. La posibilidad del acceso al mercado estadounidense se percibía como la única y mejor opción, ante un posible aisla- miento.

Las dictaduras militares, aunque vivieron un tránsito hacia formas democráticas libe- rales restringidas y el neoliberalismo, agudizaron las contradicciones al interior de los países, generaron crecientes desigualdades y aumentaron la pobreza. Tales condiciones estimularon el ascenso de movimientos y gobiernos de izquierda o también llamados progresistas desde finales de la década de 1990.

La “ola rosada” abrió el acceso por la vía electoral a gobiernos de izquierda más o menos radicales, encabezado por la victoria de Hugo Chávez en Venezuela en 1998. La resistencia y perfeccionamiento del sistema cubano (1993-2009) recibió el apoyo de los cambios en la correlación regional de fuerzas. La incapacidad de la Organización de Estados Americanos (OEA) para solucionar los problemas regionales condicionó la creación del Grupo de Contadora, el Grupo de Apoyo a Contadora y el Grupo de Río, del que se derivaría más tarde la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) con un alcance mucho mayor. Sin embargo, en medio de los vaivenes de la correlación regional de fuerzas, la OEA no desaparece. La declinación del imperialismo es relativa: EE.UU. sigue siendo la única superpotencia y su hegemonía regional (Fernández Tabío, 2021b:9), aunque algunos países incrementan las relaciones con po- tencias emergentes, como es el caso de China y en menor medida Rusia.

La aprobación de una decisión de la OEA levantando la exclusión de Cuba el 3 de junio de 2009, en la Asamblea General de San Pedro de Sula en Honduras, fue expresión de ambivalencias y situaciones políticas difusas, reflejo de contradicciones internas expresadas por gobiernos de la región con- trarios a las sanciones y exclusiones a Cuba.

La elección como presidente de Estados Unidos de Barack Obama y su mensaje de cambio traía una señal esperanzadora, que no se materializaría en lo concerniente a las relaciones con Cuba hasta los últimos dos años de su segundo período presidencial.

La gran crisis económica y financiera de 2008, la elección como presidente de Esta- dos Unidos de Barack Obama y su mensaje de cambio traía una señal esperanzadora, que no se materializaría en lo concerniente a las relaciones con Cuba hasta los últimos dos años de su segundo período presidencial. En la V Cumbre de las Américas en Puerto España, Trinidad y Tobago en 2009 se manifestó el primer intento de Obama de salvar a Estados Unidos del relativo aislamiento en que había quedado respecto al asunto de Cuba en América Latina y el Caribe, acentuado después del 11 de septiembre de 2001 por las políticas de George W. Bush. La estrategia de la llamada Guerra antiterrorista estimuló intervenciones militares en Afganistán e Iraq y ello le restó atención a la región en la política de EE.UU. y a la vez creó rechazo y preocupación en algunos países latinoamericanos y caribeños.

La concepción particular de la seguridad nacional estadounidense con énfasis en el tema del terrorismo en su esquemática y particular interpretación se colocó en un primer plano y subordinó a ello su proyec- ción internacional, dejando en segundo plano los temas regionales cruciales para los países, como la pobreza, las desigualdades, el desarrollo económico y los problemas migratorios, entre otros. Los estrategas del imperialismo consideraban que no estaban en la región latinoamericana y caribeña sus principales desafíos, sino en el Medio Oriente y en Asia.

Los enfoques de “progreso y seguridad”, guerra contra el narcotráfico, militarización de la seguridad y criminalización de los mo- vimientos sociales (Plan Mérida, Plan Colombia) ocuparon los primeros planos. Se continuó negociando selectivamente trata- dos de libre comercio con países de interés cuyos gobiernos fueran afines a la política de Estados Unidos.

El avance de la tendencia bolivariana iniciada por el triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela se transformó en un contrape- so al proyecto del ALCA junto a otros gobiernos críticos. La Cumbre de las Américas en Mar del Plata, Argentina en 2005, no representó el fin del neoliberalismo en la región, pero constituyó un punto de inflexión en el balance de fuerza regional. Se configuró un consenso entre influyentes países de nuestra América, que rechazaron dicho proyecto. Esta postura política descarriló la estrategia imperialista de institucionalizar las relaciones interamericanas con un acuerdo multilateral apegado al paradigma neoliberal.

La VI Cumbre de las Américas en Cartagena, Colombia, en el 2012 evidenció la problemática de no invitar a Cuba, cuando existía fuerte respaldo de los países de América Latina y el Caribe a favor de su presencia en reunión Cumbre programada para el año 2015, lo que establecía una fecha límite para producir un cambio en la política de Estados Unidos hacia Cuba.

En la VII Cumbre de las Américas en 2015 celebrada en Panamá participó por primera vez el gobierno cubano y una representación de la sociedad cubana a los foros colaterales, lo que sin duda fue un éxito de la política exterior cubana y la solidaridad regional con Cuba.

El enfoque regional incorporado en el proceso de coordinación política e integración desplegado en los marcos de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y en particular la trascendencia de la Proclama de América Latina y el Caribe como Zona de Paz —aprobada por los países de nuestra región en la II Cumbre de la CELAC celebrada en La Habana en 2014—, representaba una interpretación contraria al intervencionismo en los asuntos internos de los países y postula el respeto a la diversidad en los sistemas socioeconómicos y po- líticos (CELAC, 2014). A la larga, la segunda independencia de América Latina y el Caribe se logrará mediante el proceso de emancipación de la región y su coordinación política y eventual integración. Las bases de ese proceso, en contradicción con el instrumento intervencionista a servicio de los intereses de Estados Unidos representado por la llamada Carta democrática interamericana de la OEA, es sin duda el respeto a la soberanía, a autodeterminación de los pueblos basado en la Proclama de Paz de América Latina y el Caribe, firmado en La Habana en 2014 en la Cumbre de la CELAC de ese año.

El escenario político, económico y social de Estados Unidos  previo a la cumbre que se celebrará en su país en 2022 presenta múltiples desafíos.

Contexto de la IX Cumbre

El escenario político, económico y social de Estados Unidos previo a la cumbre que se celebrará en su país en 2022 presenta múltiples desafíos. Desde antes de la llegada al gobierno, el presidente Joseph Biden ha encontrado enormes dificultades en el funcionamiento del propio sistema político en su país, denuncias de fraude electoral, manifestaciones de corrupción, estratagemas para la supresión del voto de grupos oprimidos y marginados, asalto violento al Capitolio de carácter golpista para impedir la confirmación de los resultados electorales. El país evidencia una profunda división política, crisis del sistema bipartidista y al interior de estas agrupaciones. Dicho de otro modo, la clase política dominante no consigue un consenso político sobre temas relevantes y manifiesta incluso tendencias neofascistas, visibilizadas por el gobierno de Donald Trump, que trascienden el fin de su presencia en la Casa Blanca.

La coyuntura económica es también muy delicada. Aunque pareciera exitosa al obser- varse los índices de crecimiento económico, reducido desempleo y un comportamiento positivo en las bolsas, las políticas mone- tarias y sobre todo fiscales expansivas para aliviar los efectos de la pandemia de la COVID-19 han agradado enormemente los desequilibrios presupuestarios, generando astronómicos niveles en el déficit federal y la deuda. Tales desbalances, sumados a los efectos de las secuelas de la crisis económica de 2020 en Estados Unidos, han provocado incrementos en la inflación no bobservados desde principios de la década de 1980. La respuesta de la Reserva Federal, banco central en Estados Unidos, de comenzar a subir las tasas de interés a partir de marzo para frenar la inflación es contradictoria. La política monetaria restrictiva puede desatar un fenómeno recesivo con efectos adversos para la deuda externa de los países de América Latina y el Caribe con mayores vulne- rabilidades financieras, que todavía están saliendo de la pandemia.

La guerra económica contra Rusia, encabezada por Estados Unidos y sus principales aliados —encabezados por la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea— tiene consecuencias muy difíciles de prever a largo plazo, porque toda- vía la confrontación militar no ha cesado ni tampoco la escalada en la guerra económica, pero de modo inmediato y en el corto plazo se generan encarecimientos de los precios de combustible, otras materias primas y alimentos, todo lo cual agrava el problema de la inflación y acelera las condiciones sociales y políticas en mayor o menor medida en todo el mundo y también para nuestra región. No puede descartarse el estallido de una crisis económica y financiera mundial. Las consecuencias de este conflicto, al involucrar grandes economías y tener componentes geopolíticos y geoeconómica e incluso ideológicos, hace prever cambios trascendentes en la arquitectura económica y política del mundo, así como en el marco regulatorio e institucional, sea llamada nueva guerra fría, nuevo sistema bipolar, o incluso unipolar, que en cualquier caso significa una ruptura de la estructura existente en las relaciones internacionales que tendrá necesariamente también consecuencias para nuestra región y las relaciones internacionales.

La política de la administración estadounidense ha insistido en presionar a otra gran potencia emergente no subordinada como China a sumarse a la política de sanciones económicas y aislamiento a Rusia. De intentarse repetir este esquema en los países de América Latina y el Caribe, no se descarta otra fuente de fragmentación, porque no todos estarían dispuestos a sumarse a este bloque anti-Rusia por razones en unos casos económicas y también políticas. Son países que aspiran a un sistema multipolar y no a impulsar un resurgir de un mundo unipolar o profundamente dividido, como evidencian las acciones y declaraciones del presidente estadounidense al hablar de nuevo de un nuevo orden mundial (Palmer, 2022), que es difícil saber con precisión su significado.

En estas circunstancias, por las dimensio- nes y prioridad que Estados Unidos le ha otorgado al conflicto con Rusia en Ucrania para la recuperación de la hegemonía, que también incluye a China de modo más so- lapado, sin duda tendrá consecuencias para la IX Cumbre de la Américas. Las propias páginas en Internet del Departamento de Estado y la Casa Blanca, no le otorgan casi visibilidad a la Cumbre de las Américas y los lineamientos son muy generales: “Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo” para nuestro hemisferio (U.S. State Department, 2020), porque sus funcionarios y el propio presidente están muy concentrados, obviamente en el conflicto europeo.

Existen líneas políticas de continuidad en la política estadounidense que se expresa- rán también en esta, con la influencia de un demócrata tradicional como Biden, que ha tratado de imprimir un sello a su política, por demás perfectamente consistente con el discurso y la estrategia imperialista en es- te ámbito. Un precedente de la Cumbre de las Américas en 2022 lo constituyó la llamada Cumbre de la democracia, convocada por el presidente Biden en 2021 en formato virtual, en la que se enfrascó en una polémica y retórica lucha contra la corrupción y las llamadas autocracias. En la polémica con- vocatoria incluyó a gobiernos afines políticamente a Estados Unidos. Esta reunión cumbre podría considerarse como bastante torpe desde una perspectiva política objetiva y realista, al pretender fijar pautas internacionales sobre democracia en uno de los peores momentos de la historia del sistema democrático de ese país, incluso en sus propios términos de por si cuestionables. Pero no hay duda de que, en el aspecto discursi- vo, se marcan pautas y la aprobación de un “fondo para la democracia” por 424 millones de dólares es un impulso a los medios de información al servicio de su propaganda y campañas de guerra comunicacional, articulados por la agencia federal estadounidense para el desarrollo internacional (USAID, según siglas en inglés) y la Fundación para la Democracia (NED, siglas en inglés). También se presentó como un resultado un acuerdo con Panamá, Costa Rica y República Domi- nicana que debe comprometer el acompañamiento a Estados Unidos en algunos temas de interés como el de los flujos migratorios provenientes de Centroamérica y el Caribe. La Alianza para el Desarrollo en Democracia, nombre para ese acuerdo, más allá de la retórica sobre desarrollo y colaboración política e integración, tiene como objetivo detener la migración irregular para abordarlo de modo coordinado e integrar de los países que forman parte de la ruta de origen, tránsito y destino. Ese enfoque coloca en la sombra las verdaderas causas del pro- blema, en buena medida resultado de las políticas económicas espoliadoras estadounidenses sobre nuestra región, y los crecientes rechazos, de un modo u otro a los flujos migratorios, sean con muros o con otras restricciones como las implementadas por esta alianza.

Partiendo de las posturas asumidas por esta administración, con tendencia a la continuidad de las políticas de su predecesor en muchos aspectos, cabe esperar no sean invitados países con los que el presidente del país anfitrión ha mantenido fuertes críticas sanciones de todo tipo. No es difícil prever que no sean invitados Cuba, Venezuela y Nicaragua. Si se toma como indicador los que fueron convocados a la denominada cumbre democrática de Biden, quedarían fuera también Bolivia, Guatemala, Honduras, El Salvador y Haití, lo que crearía un cuadro bastante desolado para las relaciones interamericanas.

Por supuesto, no puede olvidarse que en la política imperialista existe un abismo en- tre el discurso político y la realidad, aunque las expresiones sobre sus propósitos de conseguir algún resultado diplomático enuncien al menos temas sensibles del interés de nuestra región. Tal es el caso de la problemática migratoria, el enfrentamiento a la pandemia y sus consecuencias socioeconómicas, así como las repercusiones para la economía de los países de la propia política geoeconómica de Estados Unidos y el empleo extendido de los instrumentos econó- micos para objetivos de política exterior.

Consideraciones finales

La política de Estados Unidos encuentra en 2022 un escenario muy complejo y de múltiples desafíos para la administración de Joseph Biden. La presidencia demócrata modificó su discurso político de campaña electoral respecto a su predecesor, pero con limitado cumplimiento. Ello ha provocado insatisfacción en países de la región por la incongruencia entre las promesas y lo ocurrido.

El curso ulterior de los acontecimientos no está definido, pero existen evidencias que las relaciones interamericanas tienen características distintas a las de etapas precedentes, agravadas por las consecuencias de la pandemia de la COVID-19, las crisis económicas y el conflicto de Estados Unidos y la OTAN con Rusia, que además de la guerra en Ucrania ha generado una guerra económica de enormes consecuencias para la economía mundial y repercusiones en países más vulnerables de América Latina y el Caribe.

La política de Estados Unidos encuentra en 2022 un escenario muy complejo y de múltiples desafíos para la administración de Joseph Biden. La presidencia demócrata modificó su discurso político de campaña electoral respecto a su predecesor, pero con limitado cumplimiento. Ello ha provocado insatisfacción en países de la región por la incongruencia entre las promesas y lo ocurrido.

Nuestra América tiene mayor independencia frente a las políticas y propuestas lideradas por Estados Unidos, aunque to- davía el imperialismo estadounidense mantiene la primacía regional y algunos países son altamente dependientes. La región tiene en la actualidad un sistema de relaciones económicas y políticas más diversificado y dinámico, y muestra fracturas y disensos para los designios de Estados Unidos.

En este momento ocurre una conmoción en todo el sistema de relaciones políticas y económicas internacionales que dará lugar a reacomodos en el orden internacional político y económico de muy difícil pronóstico.

Esas condiciones seguirán influyendo en el proceso de regionalización y en las relacio- nes interamericanas en los próximos años.

El problema migratorio sigue una tendencia a la continuidad, e incluso agravamiento, y sin duda es un asunto de enorme sensibilidad para los países de la región, sobre todo desde México, Centroamérica y el Caribe. La política migratoria de Biden no ha logrado ni solucionar las tenciones adicionales creadas por el gobierno anterior, ni alcanzar resultados que alivien las tensiones. Un ejemplo es el incumplimiento de los acuerdos migratorios con Cuba, acompañado de una recrudecida guerra económica.

Faltando poco tiempo para la IX Cumbre y en medio de una guerra en Ucrania por la expansión de la OTAN impulsada por Estados Unidos contra Rusia, agudizada con una guerra económica y comunicacional de enormes proporciones, los daños colaterales alcanzan a todo el mundo y afectarán a nuestra región. Un conflicto y guerra de tales proporciones acapara la atención del gobierno estadounidense y ello debe reflejarse en la propia preparación de la reunión Cumbre programada.

Estados Unidos no encuentra un respaldo unánime en esta política de sanciones económicas extremas y aislamientos, que no solo afecta indirectamente a través de los precios de los hidrocarburos, los alimen- tos, la inflación derivada de la guerra económica por la hegemonía mundial con Rusia y China, sino directamente aplicada a países de la región como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Es previsible el escenario de una región dividida frente a pretensiones de Estados Unidos, con insatisfacciones por temas clave migratorios, socioeconómicos y del desarrollo sostenible, y con preocupaciones por la agenda intervencionista estadounidense, que deben ensombrecer los resultados de la Cumbre.

*Profesor Titular. Doctor en Ciencias Económicas Centro de Investigaciones de la Economía Internacional (CIEI) Universidad de La Habana

Centro de Investigaciones de Política Internacional

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