Antes que sea demasiado tarde – Por Matías Gazmuri K.

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 Antes que sea demasiado tarde

 

Por Matías Gazmuri K.*

El pasado 4 de septiembre en Chile vivimos un terremoto político con el rotundo fracaso del proceso constituyente que se abrió a partir de la revuelta popular de 2019. El 62% de las chilenas y chilenos decidió rechazar la propuesta emanada desde la convención constitucional, iniciando un escenario de incertidumbre sobre el futuro del proceso constituyente mismo y de las profundas transformaciones que el pueblo de Chile exigió en las calles.

Las luchas ambientales y territoriales fueron una de las piedras angulares del descontento social acumulado que explotó en 2019. Durante las últimas décadas vivimos una serie de conflictos que resistían la depredación ambiental y el modelo extractivista que ha sostenido el neoliberalismo económico implantado en dictadura.

Así, las masivas protestas de Patagonia sin Represas contra Hidroaysén inauguraron un período marcado por las luchas territoriales a lo largo de todo el país. Contra la contaminación de las industrias en la zona de sacrificio de Quintero-Puchuncaví, por la defensa del agua en Petorca, contra los olores en Freirina, contra las termoeléctricas en Tocopilla o Marga-Marga, entre cientos de otros casos.

Por lo mismo, no fue extraño que una serie de liderazgos surgidos de estas mismas luchas llegaran como representantes a la convención constitucional. El segundo plano al que quedaron relegados los partidos políticos tradicionales le dio el espacio a independientes y movimientos sociales en la constituyente, que abrieron las posibilidades de la construcción de un proyecto constitucional que representara estas mismas luchas.

Así el derecho al agua, la declaración de Chile como un Estado ecológico, la defensa de los bienes comunes y el establecimiento de principios ambientales, pusieron la etiqueta de Constitución Ecológica al proyecto plebiscitado en septiembre.

Bajo ningún caso se puede responsabilizar exclusivamente a la variable ambiental de la derrota en el plebiscito. No obstante el rechazo de la Constitución Ecológica en territorios emblemáticos de estas luchas nos hace efectivamente cuestionarnos ¿por qué en Petorca pareciera calar más profundo la disyuntiva de la propiedad que la falta de agua que viven a diario y por la que han luchado en los últimos años? ¿Estamos construyendo un ambientalismo que le haga sentido a la gente?

La primera necesidad que tenemos desde los sectores de transformación es entender de una buena vez que la lucha por la justicia ambiental es también la por la justicia social. Por lo mismo, debemos erradicar los discursos que plantean una dicotomía entre naturaleza y sociedad en donde se prioriza si es lo uno o lo otro. Si no tenemos un planeta donde vivir, difícilmente importe si existe mayor o menor desigualdad o más o menos derechos. La lucha ambiental no es un “lujo de países desarrollados”, sino una necesidad urgente de nuestra gente para poder vivir mejor. Porque siempre son los de abajo quienes asumen los costos que producen el derroche y los excesos de unos pocos.

En segundo lugar, es necesario estar abierto a las críticas y cuestionamientos que se reciben desde los sectores ambientales a las formas de producir y el mal llamado “desarrollo”. Los procesos de redistribución para avanzar hacia mayor justicia social, sin duda deben ir acompañados por un modelo de desarrollo económico exitoso. Pero el fin no justifica los medios y no podemos repetir las recetas que terminaron con zonas de sacrificio, contaminación y devastación de nuestros territorios.

En ese sentido, es fundamental revisar las banderas que se levantan desde nuestro sector. Las eternas demandas por la renacionalización del cobre o la explotación del litio deben ser revisadas y actualizadas con el prisma del siglo XXI. Debemos pensar desde las alternativas populares otras formas de crecimiento económico y un nuevo modelo de desarrollo que respete la naturaleza, su biodiversidad y el principio de la justicia intergeneracional.

Finalmente, hay que comprender que el neoliberalismo es hábil para tomar prestadas las demandas del momento y vaciarlas de su contenido transformador. Es así como el ambientalismo liberal nos invita individualmente a reciclar, gastar menos agua y participar de campañas que no ponen sobre la mesa los problemas estructurales del capitalismo que nos han llevado a la crisis climática.

Porque más allá que la transformación individual pueda colaborar poniendo granitos de arena, la única salida a la crisis climática es colectiva y con un proyecto político de telón de fondo. La militancia ambiental es prioritaria, sobre todo a la hora de poner el cuerpo, tomar las calles, concientizar, organizarse y construir alternativas.

Pero sin influir en las grandes decisiones solo nos quedaremos en los pequeños esfuerzos de algunos territorios específicos. Es fundamental ganar posiciones de poder a través de un proyecto político ecologista, nacional y popular para acompañar esa construcción de base que busca salvar el planeta antes que sea demasiado tarde.

*Militante Popular, Sociólogo, comunicador y activista ambiental

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