El chamán y la mezcalina – Por Nieves y Miró Fuenzalida

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

El chamán y la mezcalina

 

Por Por Nieves y Miró Fuenzalida

¿Hay algo así como una percepción directa de la realidad? La pregunta no es banal. Que la realidad es diferente de lo que parece ha sido una idea bastante familiar a través de la historia, idea que se reafirma especialmente cuando le echamos un vistazo más de cerca y encontramos que tanto las cosas como el conocimiento se presentan como algo altamente cuestionables, siempre cubiertos con una gruesa capa conceptual que ha llevado a muchos filósofos a decir que el conocimiento de las cosas en sí mismas, tal como son, es imposible.

En una carta a su novia el poeta y novelista Heinrich von Kleist decía que si, en lugar de ojos, todos tuviéramos anteojos verdes, tendríamos que concluir que los objetos que percibiéramos a través de ellos serían verdes. En este caso nunca podríamos decidir si nuestros ojos nos muestran los objetos como realmente existen o si les estamos agregando algo que no pertenecen a ellos, sino solo a nuestros ojos.

Esto mismo se puede agregar a nuestra comprensión. No podemos decidir si lo que llamamos verdad es realmente la verdad o si sólo nos parce como tal. Según el posmodernismo usamos, no solo uno, sino varios anteojos: libros sagrados, ciencia, juegos lingüísticos, convenciones sociales, ideologías políticas, marcos conceptuales, etc. etc. Todo es un complicado juego de ilusiones en el que le asignamos un lugar en el mundo a cada uno y a cada cosa.

El mundo, en sí mismo, es completamente diferente de cómo se nos aparece. Como actualmente es, al parecer, es algo que absolutamente nunca podremos descubrir. Todo lo que conocemos está siempre mediado por algo, lo que hace imposible tener un conocimiento directo del mundo. Los psiconautas, en cambio, dicen que sí es posible el conocimiento directo de las cosas con la ayuda de ciertas sustancias naturales como la mescalina, la ayahuasca y otras.

Recordando tiempos pasados los poderes de la mezcalina aparecieron en nuestro horizonte personal por primera vez leyendo “Las Puertas de la Percepción” de Aldous Huxley. El relato de su viaje de mezcalina en 1953 se mantuvo y todavía se mantiene como un canónico “viaje psicodélico”. A diferencia de otros alucinógenos no encontramos en el relato de Huxley la huída típica del mundo conocido ni tampoco el viaje a un más allá lleno de personajes extraños o decorado con patrones visuales extraordinarios.

En su experiencia no hay alucinaciones ni viajes hacia las profundidades de su psique para recuperar recuerdos reprimidos o disolver el ego y sumergirse en el universo, la naturaleza o Dios… o descubrir que el amor es la fuerza que sostiene el universo. Nada de ésto. A través de la experiencia él permanece en este planeta, en su jardín de Los Ángeles, observando su mundo familiar, pero con ojos completamente nuevos.

“Así es como uno debería ver”, decía, mientras miraba los pliegues de sus pantalones como si fueran los de una pintura de Botticelli, los libros ordenados en el estante, las patas de su “infinitamente más que Van-Goghian silla. Así es como se debe ver, como son realmente las cosas”.

Huxley pasó horas absorbido y elucubrando acerca de la esencia de la silla, del ramo de flores, de las arrugas de su pantalón, maravillado por el mero hecho de la existencia. ¿Por qué no vemos así todo el tiempo? Nuestra percepción habitual del mundo, dice Huxley, se limita a lo que es biológica o socialmente útil. Nuestros cerebros evolucionaron para admitir en nuestra consciencia sólo el goteo de información necesaria para nuestra supervivencia y nada más.

Sin embargo, hay mucho más en la realidad y 400 gramos de sulfato de mescalina fue lo que se necesitó para abrir “la válvula reductora” de la conciencia. En palabras del escritor Michael Pollan, la mescalina podría ofrecer una salida, no como un escape de nuestras circunstancias, sino como una expansión de ellas.

En lugar de una realidad alternativa, promete infinitamente algo más. Lo que Huxley esperaba con el uso de la mescalina, nota Pollan, era aprender algo sobre su mente y su relación con la realidad. Pero, lo que aprendió fue, sin duda, influenciado por las preferencias y conceptos de su propia mente, por mucho que hubiese deseado tener una percepción directa de la realidad.

Sus motivaciones como intelectual y escritor occidental, como un inglés que vive en Los Ángeles, juegan un papel importante en la configuración de su experiencia con la mescalina. No puede mirar la silla, por ejemplo, sin pensar en Van Gogh o los pliegues de su pantalón sin pensar en los pliegues de la ropa en las pinturas de Botticelli. El escenario y la configuración de su experiencia difícilmente podrían ser más occidentales.

La molécula sicodélica que ingirió Huxley llegó a Occidente desde los pueblos y la flora nativa de América del Norte. Fue en 1897 cuando un químico alemán por primera vez aisló la molécula del cactus peyote (Lophophora williamsii) y en 1919 un químico austríaco, el doctor Ernst Spath, sintetizó la mescalina por primera vez.

Pero, el cactus en sí mismo ha sido usado por los pueblos indígenas de Norte América a lo menos por seis mil años siendo el psicodélico conocido más antiguo, como también el primero en ser estudiado por la ciencia e ingerido por ciertos occidentales. Su estructura química se asemeja a la anfetamina, como también a los propios neurotransmisores del cerebro: epinefrina (adrenalina) y norepinefrina (noradrenalina).

¿Cómo la mescalina produce la experiencia de la que hablan los psiconautas? Según los químicos los alucinógenos se unen y activan uno de los receptores de serotonina. Las alucinaciones se producen a través de los efectos de la mescalina en una pequeña región del cerebro, llamada locus coeruleus, que contiene miles de neuronas y el neurotransmisor norepinefrina, que es en donde la información sensorial es procesada.

El efecto de la mescalina, al activar sus receptores, cambia dramáticamente la habilidad de estas neuronas para responder habitualmente al input de las sensaciones y percepciones. Y ésto, a su vez, cambia la forma en que se libera la noradrenalina en otras regiones del cerebro que pueden alterar la cognición. Este, en breve, sería el mecanismo neuroquímico de la experiencia psicodélica. Pero, el mecanismo no determina el contenido de la experiencia. En ella hay algo más que pura química.

En una típica ceremonia de peyote los miembros de la tribu se reúnen por la noche sentados en círculo dentro de un tipi alrededor del fuego. Comen los botones de peyote masticándolos lentamente o convirtiéndolos en un te. Por lo general se canta, se reza, se toca el tambor, entremezclado con tiempos de tranquila reflexión.

La intención es producir revelaciones personales. Los participantes sienten que el peyote, también llamado “Gran Espíritu”, les “habla” prometiéndoles perdón y sanidad física. Si algunos blancos se sienten atraídos por la mescalina es por la alteridad que ella representa. Para los indígenas esta atracción no es bienvenida porque el peyote “no ha sido hecho para los blancos” y su uso puede ofender a los espíritus.

Cuando Pollan, en conversación con el presidente de la Iglesia Nativa Americana de la tierra de los Navajos, le pregunta que es lo que el peyote ha hecho para su gente, él responde…» Imagino que tú eres Blanco ¿si?… Estoy muy consciente de nuestra historia y lo que la colonización nos ha hecho y toda esa doctrina del ‘descubrimiento’. La planta nos ha sido dada a nosotros para nuestras propias necesidades. Nosotros debemos protegerla. El mensaje fue claro como el agua… mucho se nos ha quitado bajo la bandera del ‘descubrimiento’ y desde su perspectiva».

Pollan era otro más en la larga lista de descubridores blancos de los que nada bueno puede venir y la apropiación de la planta por los blancos podría amenazarla con su extinción. ¿Qué significa la ceremonia del peyote para los indígenas norteamericanos? Según los miembros de La Iglesia Nativa Americana la ceremonia revitaliza y sostiene la cultura indígena tradicional y sana las enfermedades del cuerpo y la mente.

¿Pero, cómo exactamente? ¿Cómo la ceremonia y su sacramento psicoactivo logran la transformación colectiva y personal? Dawn Davis, miembro de la Iglesia Nativa en Idaho, cuando se le pregunta qué es lo que ella siente durante la ceremonia del peyote expresa que ésta es una de las más íntimas y privadas experiencias e, incluso, ella no las entiende completamente.

Para mi, dice, el peyote es sensible. La planta no es una cosa sino un pariente, un anciano. He sido testigo del poder curativo del peyote y quiero respetar eso de todas las formas posibles. Su mensaje es “Deja el peyote en paz. No creo que este medicamento sea para todos o que se trate de amor y paz”. No todos los nativos, sin embargo, se muestran tan reacios a hablar sobre lo que ocurre en la ceremonia del peyote.

Sandor Iron Rope de la tribu Lakota dice que diferentes personas tienen diferentes experiencias. El peyote te habla en diferentes niveles, sobre que es lo que necesitas ver, que es lo que necesitas sentir o experimentar. La medicina te conoce antes de que te conozcas a ti mismo. Es como un espejo que te permite ver dentro de ti mismo.

Difícilmente uno podría decir que el recuento de Huxley traza un mapa de la experiencia de los nativos. Lo que él describe no pareciera rimar con la comprensión indígena de la naturaleza, no sólo como símbolo del Espíritu, sino como una manifestación inmanente de ella. Obviamente el abismo epistemológico entre los indígenas y la forma de pensar occidental es notable. A pesar de que la misma química está en juego, el uso y significado de la mescalina sintética por los occidentales y el peyote por los indígenas, difícilmente podrían ser más diferentes.

¿No indica ésto que la experiencia psicodélica, al igual que las experiencias místicas, están conformadas por un ensamblaje de conceptos, creencias, valores, modelos de conductas y lenguajes que difieren de una cultura a otra o de un individuo a otro? ¿Será que esta mediación de nuestras experiencias es una característica inescapable de cualquier investigación epistemológica, incluyendo las psicodélicas?

Si esto es así, entonces no hay percepción pura y la experiencia psicodélica es acerca de otra cosa. La experiencia dada en el contexto indígena pareciera confirmar y renovar los lazos culturales de la tribu y su relación sagrada con la naturaleza, ¿no es cierto? Cierto, pero… también la experiencia psicodélica puede verse como la irrupción inesperada en un determinado estado de cosas.

El ensamblaje, si recordamos, no es un estado de cosas estático, sino un proceso continuo de ordenamiento de afectos y conceptos, un arreglo dinámico e inestable que crea y dispersa las relaciones entre sus diferentes elementos. Y, porque es inestable y temporal, la irrupción puede abrirlo a nuevos experimentos, nuevos territorios y nuevas conexiones

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