La tercera ola o el progresismo en un nuevo laberinto – Por Aram Aharonian

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La tercera ola o el progresismo en un nuevo laberinto

Aram Aharonian*

Los progresismos de América Latina vivieron un 2022 en el que su avance renovado para ganar elecciones fue la mejor noticia para sus seguidores. Su consolidación en 2023 dependerá de cómo puedan manjar el viejo dilema de amplitud o profundidad. En otras palabras, de si están dispuestos a ser ola para algo más.

Es que el mapa político de la región fue cambiando con la llegada de gobiernos progresistas en Chile, Argentina y Colombia, el retorno de Bolivia a la democracia luego del breve periodo golpista, así como por el retiro del reconocimiento al títere Juan Guaidó (investido por Washington como “presidente interino”, sin mando alguno) por la Unión Europea en enero de 2021 y ´por sus propios correligionarios en diciembre.

Al contrario de lo que ocurre en Europa, las derechas en Latinoamérica se encuentren en declive: buenas noticias para recibir 2023.

La elección de Luis Inácio Lula Da Silva en una reñida segunda vuelta trajo, desde Brasil, la mejor y la peor noticia para los progresismos de la región en 2022: significó el retorno de su principal figura viva –habida cuenta de las muertes de Hugo Chávez y Néstor Kirchner y la salida de Evo Morales y Rafael Correa de sus presidencias-, por carisma, trayectoria, y por la proyección internacional que le da ser presidente del país más grande de la región.

Pero el triunfo electoral, por escaso margen, hizo prender todas las luces de alerta ante la confirmación de la masividad del bolsonarismo, un espacio de ultraderecha con tintes y devaneos fascistas, de raigambre popular, que va mucho más allá del fugado expresidente Jair Bolsonaro, y del cuerpo castrense que lo aúpa.

Los periodistas y analistas encontraron en la tercera ola de gobiernos progresistas en América Latina, disparada por la asunción de Lula, la plataforma de lanzamiento de sus devaneos en 2022. Pero hay quienes dudan de la propia existencia de ella, incluso de si es una ola, de si es nueva, si es más o menos de izquierda que las dos anteriores o es un nuevo nombre que toma la vieja y alicaída socialdemocracia, que tanto gusta a los europeos occidentales y cristianos.

En marzo Gabriel Boric asumió la presidencia de Chile, Gustavo Petro fue electo en junio y tomó el mando en Colombia en agosto, mientras que el triunfo de Lula en la primera vuelta, en octubre, avalaban la idea de la tercera ola.

Y así  estos tres se sumarían a los otros progresistas – el argentino Alberto Fernández, el boliviano Luis Arce, la hondureña Xiomara Castro, y el mexicano Andrés Manuel López Obrador – y al vacilante Pedro Castillo (Perú), desalojado de la presidencia en diciembre. Y justo cuando la estrella novedosa de Boric se eclipsaba por la derrota en el plebiscito de salida de la reforma constitucional (setiembre), apareció la potencia de Petro y su vicepresidenta Francia Márquez.

Sin dudas, una masa crítica de gobiernos de una familia política común (no necesariamente ideológica) como son los mencionados gobiernos o presidentes, debiera potenciar la capacidad de actuar juntos en el terreno internacional y fortalece a los movimientos de signo similar en terceros países.

Loa opinadores evitaban hablar del gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua, y la mayoría tomaba “prudente” distancia de Nicolás Maduro en Venezuela. Boric tuvo incluso posturas críticas sobre Nicaragua y Venezuela. El caso de Cuba queda para ellos en el limbo habitual de sus inconsistencias políticas e ideológicas, como incómoda referencia histórica.

Sesudos analistas de medios tradicionales “descubrieron” que no se trata de un giro a la izquierda (en el caso de Boric y Petro), sino una tendencia según la cual los partidos en el gobierno son siempre derrotados. El mantra del voto castigo perpetuo. También tienen una excusa sobre el triunfo de Lula: fue una jugada del establishment para sacudirse a Bolsonaro, impresentable en el resto del mundo. Aún no hallaron una explicación a la reelección de López Obrador en México

Brasil parece que será, de ahora en más, el fiel de la balanza, ya que Lula entrará a tallar en un escenario mucho más amplio: en los BRICS, que Brasil forma junto con Rusia, India, China y Sudáfrica, pero también en la bienvenida que Occidente le dio cuando resultó electo.

No se puede mirar medio tablero para saber cómo va la partida, porque también lñas derechas y ultraderechas avanzan en sus casilleros. Con un bolsonarismo consolidado, la ultraderecha junto al racismo estructural de las clases altas tomó el poder en Perú con  un uso abusivo de herramientas legales en su contra (lawfare): osea, la utilización de jueces yu tribunales para desterrar a figuras progresistas. Como lo sucedido con las dos veces presidenta y hoy vicepresidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner.

Fue condenada a seis años de cárcel e impedimento de postular a cargos públicos por la venal Corte Suprema, tras haber sido víctima de un intento de magnicidio dos meses antes. Los viejos y los nuevos métodos de la derecha son aplicados para quitar rivales. La tensión subió a final del año en Bolivia por la detención del gobernador de Santa Cruz, el fundamentalista cristiano de ultraderecha Luis Fernando Camacho, por su implicancia en el golpe de Estado de 2019.

Cabe recordar que en el año que duró ese régimen espurio, decenas de personas, en su mayoría indígenas, fueron asesinadas por las fuerzas represivas, particularmente en las masacres de Sacaba y Senkata, y se abatió una feroz persecución política en contra del ex presidente Evo Morales, sus colaboradores y sus simpatizantes.

Súmese a esta desestabilización la recurrente crisis haitiana con las amenazas de intervención militar-humanitaria extranjera y, en El Salvador, el presidente Nayib Bukele, que con una política de “mano durísima” contra las pandillas se ha llevado por delante demasiadas garantías civiles en ese país.

Mientras, Venezuela empieza a respirar. La guerra de Ucrania, y la consiguiente necesidad de hidrocarburos de Occidente, han permitido algunos gestos que sacaron a Nicolás Maduro de su ostracismo: la visita de una misión diplomática estadounidense a Caracas (marzo), y el apretón de manos con el presidente francés Emmanuel Macron en la cumbre mundial del clima COP27 (noviembre) fueron gestos que ayudaron a desgastar la figura del “presidente encargado” (por Washington) Juan Guaidó, de quien la propia oposición venezolana se desembarazó en diciembre.

La función real de la “presidencia” virtual de Guaidó fue crear una coartada “legal” para que diversos gobiernos occidentales, encabezados por Estados Unidos y Gran Bretaña, confiscaran los activos venezolanos en el exterior y establecieran un bloqueo económico contra el gobierno constitucional, lo que provocó un hundimiento sin precedente de la economía venezolana.

Las reuniones bilaterales con presidentes y altos dignatarios latinoamericanos, tras la asunción de Lula, fueron el puntapié para retomar temas importantes para Brasil y sus socios: un pacto para proteger la Amazonia, un corredor bioceánico con Chile y el regreso activo de Brasil a los mecanismos regionales –Mercosur, Celac, Unasur, entro los principales- que prácticamente había abandonado con la administración Bolsonaro.

El inicio de 2023 terminará de definir el sentido y la realidad del llamado tercer ciclo progresista que se habría afirmado en 2022. Entonces se podrá decir si es apenas una ola, si se volvió tsunami, si es más izquierdista que las anteriores o es una socialdemocracia a la europea que se cambió de nombre. Sin duda, mucho depende de las posibilidades de que Brasil pueda y quiera tomar el timón

*Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Creador y fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)

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