Carnaval: una práctica de la cultura milenaria que resiste a los embates del siglo XXI – Por María Ximena Pérez

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por María Ximena Pérez*

Ritmo, color, energía, máscaras, disfraces, baile, libertad, placer, misterio, anonimato… Pasión por los excesos para festejar el reinado del Rey Momo, uno de los principales símbolos del carnaval, la fiesta que se extiende en casi todo el planeta y que creció hasta convertirse en una de las grandes celebraciones del año.

Este festejo popular involucra diferentes significados. Si bien muchas costumbres y prácticas persisten a lo largo del tiempo, algunos rituales y sentidos van modificándose permanentemente. Quienes estudian el tema lo enfocan desde diferentes perspectivas: como una válvula de escape para las tensiones sociales, o individuales; como un sistema de regresiones rituales; como un proceso de resistencia a las clases dominantes imperantes, o como un proceso de revitalización social y cultural.

Lo cierto es que, ante todo, el carnaval es un encuentro comunitario y colectivo donde se comparte el espacio de juego y celebración en un corso, en las calles de algún barrio, en las plazas de un pueblo, o en el cerro. Más allá de los distintos festejos, hay algo de su esencia que parece ser la misma: ganar los espacios públicos, proponer una alternativa posible al orden de la vida, una opción lúdica y, en algunos casos, de liberación.

¿Carnaval toda la vida?

El origen del carnaval no está demasiado claro. Sin embargo, todas las versiones coinciden en que se vincula con una fiesta pagana muy antigua, relacionada con la cosecha y en la que estaba permitido llevar a cabo toda clase de excesos.

Según la Real Academia Española, la palabra “carnaval” proviene del italiano ‘carnevale’ y este de la palabra latina ‘carnem levare’ (‘carne’ que significa carne y el verbo ‘levare’ que significa quitar, por lo que literalmente se puede traducir como “quitarse la carne” o “despedirse de la carne”). Pero, para explicar el significado de la palabra que los historiadores toman como más probable, entra en escena la religión cristiana.

El cristianismo adaptó esta antigua festividad pagana de disfrute a su propio calendario, y la convirtió en la celebración que se llevaba a cabo los tres días previos a la cuaresma, un período de penitencia y ayuno. Es decir, 40 días antes del domingo de ramos (fin de la cuaresma) y 40 días y una semana antes del domingo de resurrección. Sin embargo, suele ser una fiesta laica, concebida como una actividad recreativa y, en muchos países está totalmente institucionalizada como uno de sus atractivos turísticos principales, como los carnavales de Río de Janeiro, en Brasil o el carnaval de Santa Cruz de Tenerife, en España.

Curiosidades en el Río de la Plata

Por tradición, el carnaval es la época para celebrar la diversión en forma de procesiones, baile y comidas. Durante esa semana, las procesiones de carrozas decoradas por las calles, los desfiles de disfraces y los festines marcan, en general, esta popular celebración.

A principios del 1900, la murga apareció en Buenos Aires como forma carnavalesca cómica y grotesca, y compartía los escenarios, llamados corsos, con otros conjuntos que expresaban diferentes tradiciones del festejo como, por ejemplo, comparsas de gauchos a caballo y sociedades de candombe.

El carnaval porteño reúne a más de 100 murgas y 29 corsos festejos que se lleva a cabo en las principales calles de la provincia de Buenos Aires. Crédito: La Nación.

Las murgas actuales son grupos compuestos por músicos, percusionistas, bailarines, muñecos, banderas y otras fantasías. Algunos conjuntos agregan malabaristas, bailarines con espaldares o zancos, vedettes, lanzallamas, estandartes y otros artistas. A estos colectivos más numerosos se los denomina comparsa: mientras que las murgas presentan una tríada de canciones, las comparsas no cantan, sino que solo desfilan.

Quebrada de Humahuaca: cultura viva y resistencia

En la zona de la Quebrada de Humahuaca, en la provincia Jujuy, el carnaval es un festejo de gran importancia popular. Quienes tienen la oportunidad de vivirlo, se impregnan de la energía de sus comparsas y agrupaciones, sus diablos, desentierros y entierros en los mojones, las cuadrillas de copleros y copleras y sus rondas, el aroma de la albahaca y la calidez de los fortines familiares.

La celebración comienza los dos jueves anteriores al inicio propiamente dicho, cuando los llamados “compadres” (hombres de la comunidad) se reúnen para celebrar, y al jueves siguiente lo hacen las “comadres” (mujeres). Para cada encuentro preparan distintas comidas que luego comparten; y en paralelo cantan coplas, al ritmo de cajas chayeras (un tipo de instrumento de percusión), relatando con picardía lo que les ocurrió a lo largo del año.

El carnaval propiamente dicho inicia el sábado del desentierro del Pujllay o diablo, y culmina con su posterior entierro, el fin de semana siguiente. Distintas comparsas se dirigen a las afueras del pueblo, donde el año anterior (al finalizar el carnaval) habían enterrado un muñeco de trapo, el Pujllay o diablo, en unos mojones de piedras, llamados apachetas. Beben chicha –bebida alcohólica a base de maíz– que han preparado y también le ofrecen bebida a la tierra –Pachamama–, junto con otras ofrendas para agradecerle. Algunos se disfrazan de diablos, con máscaras y trajes coloridos, de brillos, con espejitos y cascabeles. Luego de la ceremonia, bajan desde lo alto del cerro al pueblo, cantando y bailando.

Para la mayoría, el festejo termina el fin de semana siguiente, cuando vuelven a enterrar al diablo y encienden una fogata en las afueras, lugar en el que una vez más ofrecen comida, bebida y cigarrillos a la Pachamama, con el mismo deseo de siempre: que haya diversión al año siguiente.

*Periodista, docente e investigadora. Esp. en docencia en entornos virtuales.

Agencia UNQ

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