8M: Mujeres y Disidencias Trabajadoras en América Latina, un movimiento con la potencia de revolucionarlo todo – Por Paula Giménez y Emilia Trabucco

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8M: Mujeres y Disidencias Trabajadoras en América Latina, un movimiento con la potencia de revolucionarlo todo

Por Paula Giménez y Emilia Trabucco*

Este 8  de marzo las mujeres y disidencias trabajadoras de Latinoamérica y el mundo, volveremos a ocupar las calles, a parar en nuestros lugares de trabajo en el marco del Paro Internacional Feminista y a inundar las redes sociales para visibilizar las desigualdades históricas a las que nos someten, reconocides como clase trabajadora, y oponiendo el proyecto de los feminismos populares a la ofensiva neoliberal que recae con toda su violencia contra quienes mueven y tienen la capacidad de parar el mundo.

Latinoamérica y el Caribe es una región que asiste a profundas transformaciones en el marco de una crisis de características globales. Es también un territorio donde se multiplican las formas de lucha que encabezan los movimientos populares en defensa de sus derechos. En este marco, las mujeres y disidencias fuimos condensando en la consigna “Trabajadoras y trabajadores somos todes”,  la síntesis frente a las transformaciones estructurales que trastocan las relaciones sociales mismas y que se observan al interior de la propia clase trabajadora, mientras se instala una nueva fase del sistema capitalista.

Tiempos de crisis marcados por un acontecimiento bisagra: la pandemia y el consiguiente confinamiento social global, donde se aceleraron tendencias que ya venían operando a lo largo y ancho del mundo. Un proceso que puso al desnudo la agudización de la explotación y el empobrecimiento de las grandes mayorías, profundizando a la vez las múltiples violencias a las que expone la miseria. Un sistema extremadamente desigual que muestra además, cambios en la lógica social de producción en la que se asentaba la antigua matriz productiva, impactando directamente  en el mundo del trabajo.

Las mujeres y disidencias somos, entre todos los sectores sociales, sobre quienes recae el mayor peso de la desigualdad. Sin embargo, y según nos viene demostrando el amplio movimiento que se ha desplegado en toda Latinoamérica, somos quienes hemos asumido la iniciativa y nos hemos constituido como vanguardia de los sectores populares, con altos niveles de movilización y organización y con capacidad de dar los enfrentamientos necesarios. “Nosotras Revolucionamos”, es una de las consignas que encolumna a un movimiento que trasciende fronteras y no sólo empuja en favor de conquistas civiles y políticas particulares, o exige el fin de las violencias hacia las mujeres y disidencias. Las expresiones más avanzadas del los feminismos populares buscan subvertir el orden capitalista que impone un modelo extractivo en nuestros territorios, expulsa cada vez más trabajadoras y trabajadores del sistema y -en el marco de un mundo digitalizado, donde incluso en los tiempos de ocio producimos valor para otros- amplía los límites de las jornadas laborales más allá de lo que hoy parece posible, aumentando así los índices de explotación.

El último informe de OXFAM Internacional, publicado en enero de este año, informó que “el 1% más rico ha acaparado casi dos terceras partes de la nueva riqueza generada desde 2020 a nivel global (valorada en 42 billones de dólares), casi el doble que el 99 % restante de la humanidad”, mientras que al menos 1700 millones de trabajadoras y trabajadores viven en países donde el crecimiento de la inflación se sitúa por encima del de los salarios, y más de 820 millones de personas en todo el mundo (aproximadamente una de cada diez) pasan hambre.

La clase trabajadora padece hoy condiciones que la alejan cada vez más de la posibilidad de vivir con dignidad. La situación en el mundo laboral se caracteriza por  la informalidad, la desocupación y una novedad en relación a la formalidad que es el fenómeno de trabajadorxs formales pobres. Situación que se ve agravada en nuestros países, con sus economías conducidas por las viejas y conocidas recetas de los organismos de crédito internacionales, principalmente del Fondo Monetario Internacional. Una economía de capitales financieros especulativos, que somete y endeuda directamente a millones de trabajadores, en la desesperada carrera por llegar a fin de mes cubriendo sus necesidades básicas, si acaso. Por eso decimos, “la deuda es con les y las trabajadoras”.

Y en esta situación, dentro de la propia clase somos las mujeres y disidencias las que además sufrimos las consecuencias de la brecha de desigualdad en relación a los hombres. Una desigualdad histórica marcada por el lugar que el sistema nos asigna como fuerza reproductora de la clase, ordenada en la familia, que ni nuestra inclusión al mundo laboral y la consecuente crisis de la célula familiar  logró resolver.

Según informa la Organización Internacional del Trabajo (OIT) a partir del informe titulado “Nuevos datos arrojan luz sobre las brechas de género en el mercado laboral” el 15% de las mujeres en edad de trabajar en todo el mundo desearía trabajar pero no tiene empleo, frente al 10,5% de los hombres en la misma condición. El informe señala que las responsabilidades personales y familiares, incluido el trabajo de cuidados no remunerado, afectan desproporcionadamente a las mujeres impidiéndoles el acceso y la búsqueda activa de empleo. Además, da cuenta de que las mujeres se encuentran sobre representadas en empleos vulnerables, algo que  junto a tasas de empleo más bajas, impacta directamente en sus ingresos. A nivel mundial, por cada dólar de ingresos laborales que ganan los hombres, las mujeres ganan sólo 51 céntimos, brecha salarial que parece no resolverse, a pesar de la “buena voluntad” de los organismos internacionales y sus agendas.

En este estado de situación, resulta central considerar los fenómenos que se observan a raíz de los cambios sistémicos mencionados anteriormente, y que tienen que ver con el perfeccionamiento y ampliación de los mecanismos que despliegan los capitales para extraer y apropiarse del valor que produce el trabajo ajeno de la masa trabajadora. En un mundo atravesado por las nuevas tecnologías de la digitalización, como la inteligencia artificial, las plataformas, el 5G, la automatización, entre otras, parece observarse un proceso de extracción de valor que “sobrepasa” las paredes de los lugares de trabajo. Nuestro tiempo puesto en relación a las múltiples pantallas y dispositivos tecnológicos estaría contribuyendo al perfeccionamiento permanente de las mismas tecnologías, consideradas como medios de producción. Tiempo de trabajo oculto tras la apariencia de tiempo de ocio.

Un nuevo mecanismo que se agrega a la múltiple explotación que ya sufrimos las mujeres, y que alimenta además el relato de la posibilidad de un mundo inclusivo, diverso y con pluralidad de voces, relato que además es dirigido estratégicamente a nuestras filas, y tomado con rapidez por un “feminismo blanco y liberal”. Paradójicamnete, esta situación también abona a la polarización de la sociedad, conduciendo a grandes sectores de la clase trabajadora a asumir discursos reaccionarios contra el movimiento feminista y disidente, con toda la carga de violencia que vemos circular por las múltiples redes sociales.

Violencia multidimensional: las matrices, la justicia y las armas…

Además de la violencia económica que los datos y los hechos nos revelan, América Latina y el Caribe se encuentra atravesada por la violencia política (tanto simbólica como física) que el proyecto neofacista personificado en diversos actores políticos, económicos y estratégicos,  ejerce contra las lideresas en la región.

“Estamos ante el despliegue cada vez más brutal y violento de una geopolítica patriarcal, racista y colonial” sostienen Gago y Caballero (2020), lo que se materializa en los ataques que sufren les y las compañeras líderes de los procesos populares en la región desde hace ya largo tiempo.

En 2016, en Honduras, Berta Cáceres fue víctima de persecución y femicidio. Cáceres era líder de la comunidad indígena lenca y defensora de los derechos humanos en el país centroamericano. Encabezó la lucha contra la hidroeléctrica Empresa Desarrollos Energéticos S.A (DESA) y  terratenientes en connivencia con el poder político oligárquico de turno, para la defensa de los territorios, y formó parte del movimiento de resistencia en contra del golpe de Estado que derrocó a Manuel Zelaya.

Ese mismo año, en Brasil se llevó adelante el juicio político contra la entonces presidenta, Dilma Rousseff, lo que precipitó su destitución tras cinco años y medio en el cargo. Por otro lado, en Argentina  la líder de la Tupac Amaru, Milagro Sala, fue detenida y constituyó el blanco de diferentes causas lideradas tanto por el gobierno nacional como provincial (ambos de distintas fracciones de la derecha que conforma la alianza Juntos por el Cambio), estando a la actualidad con prisión domiciliaria y con causas que no se resuelven. El problema para el poder es que con su organización barrial se desarrollaron programas de viviendas y de inclusión social en la provincia de Jujuy. Una vez más, el brazo judicial haciendo uso de su impunidad para detener los movimientos populares y convertir a sus dirigentas en presas políticas.

El 14 de marzo de 2018 la activista y concejal brasileña Marielle Franco, fue asesinada en Río de Janeiro. Marielle era una defensora de los derechos de la población afrodescendiente, de las mujeres y del colectivo LGTBIQ+ y aún hoy su juicio sigue sin resolver quienes fueron los autores intelectuales.

En Argentina, en septiembre pasado, intentaron asesinar a la conductora del movimiento nacional  y popular y  vicepresidenta argentina, Cristina Fernández de Kirchner. El atentado “constituye el hecho de mayor violencia política desde el retorno de la democracia en Argentina”. Así lo plantea el informe presentado por ella misma al Comité de Expertas del Mecanismo de Seguimiento de la Convención de Belém do Pará (MESECVI) de la Organización de Estados Americanos. La actual vicepresidenta fue víctima de violencia simbólica, mediática, judicial y política por motivos de género, en donde se utilizó su condición de mujer para denostarla, denigrarla, desprestigiarla y violentarla. El intento de asestar un disparo a 10 centímetros de la cabeza de la vicepresidenta, que además, fue televisado en vivo y repetido hasta el cansancio, traspasó los extremos de todas las prácticas violentas cometidas contra ella.

Días después y a pocas horas de concretarse el 35 Encuentro Plurinacional  que convocó en la ciudad de San Luis (Argentina) a más de 135 mil  Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans, Bisexuales, Intersexuales, y No Binaries, en el sur del país se llevaron presas a 7 mujeres, por defender sus territorios, en medio de un brutal desalojo a una comunidad mapuche.

En Colombia, el 10 de enero de este año, la vicepresidenta Francia Márquez, denunció que hubo un atentado contra su vida, después de que su equipo de seguridad desactivara un artefacto explosivo que había sido colocado en una ruta que lleva a su residencia familiar.

La lista sería interminable si a los ataques que sufren quienes lideran las luchas territoriales sumáramos la violencia sistémica, mediática y física que sufren en el anonimato un sin fin de mujeres y disidencias a diario.

Los hechos antes señalados, sin embargo, por atentar contra quienes personifican y son síntesis de las luchas populares, tienen carácter disciplinador y atentan también contra una democracia que los sectores concentrados deciden no respetar, tomando como brazo de maniobra a las fuerzas judiciales y mediáticas y, cuando esto no es suficiente, utilizando los medios necesarios para la aniquilación total.

“Nos tienen miedo porque no tenemos miedo”

El movimiento feminista y disidente que recorre Latinoamérica, revolucionario, popular, negro y plebeyo, hace décadas que acumula luchas históricas. Pero es en estos últimos años, que parece haber empezado a consolidarse una visión de proyecto político-estratégico con capacidad de articular de manera transversal, luchas y consignas generales, proyectándose como posible sujeto político capaz de aunar al resto de sectores de las clases subalternas.

De la fuerza que allí se siga acumulando dependen las derivas o el cauce que vaya tomando, pero el dato de las violencias que se ejercen contra este movimiento son síntoma de una realidad: los feminismos y las disidencias trabajadoras están golpeando los cimientos del sistema, cuestionando y trastocando su status quo y proponiendo otros modos de vivir y producir.

En ese contexto, este 8 de marzo es nuevamente un llamado a tomar conciencia de que la fuerza organizada de mujeres y disidencias, en tanto movimiento feminista popular, se constituye como la fracción capaz de acaudillar y de cuestionarlo todo, de tomar la iniciativa, de organizar los intereses de todas las personas oprimidas, uniendo al conjunto disperso por medio de la lucha. Las mujeres y disidencias no son atacadas por su condición de debilidad sino por su potencia. ¿Qué hacer con ella? es una pregunta obligada.

¿Cómo construir un mundo donde quepan todos los cuerpos, con iguales condiciones para el desarrollo de una vida digna de ser vivida? Es también una pregunta que nos vamos respondiendo en la praxis política cotidiana, en cada acto de desobediencia política al sistema, con nuestro tiempo, fuerza productiva y reproductiva, puesta a disposición de la organización, de la construcción de otras relaciones sociales y de las batallas necesarias.

* Investigadoras y redactoras argentinas del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, estrategia.la)

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