Las izquierdas en el laberinto latinoamericano: ¿dónde queda la salida? – Por Ariel Navarro, especial para NODAL

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Las izquierdas en el laberinto latinoamericano: ¿dónde queda la salida?

Por Ariel Navarro*, especial para NODAL

Hace cinco años, Andrés Manuel López Obrador asumía la presidencia de México. En aquel momento, el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos estaba en la mitad de su mandato, Jair Bolsonaro llegaba a la presidencia en Brasil tras una avanzada judicial que resultaría en la prisión de Lula da Silva, y aún no teníamos indicios de la pandemia que, dos años más tarde, se extendería por todo el planeta. Desde entonces, a pesar de los intentos de desplegar y consolidar una ola conservadora y reaccionaria en nuestro continente, las izquierdas y el progresismo han cosechado victorias electorales de manera casi ininterrumpida en América Latina, retomando así el impulso inaugurado por el presidente mexicano.

Al año siguiente, en 2019, el Frente de Todos puso fin a la experiencia del macrismo en Argentina. En 2020, después de un año de golpe de Estado, el MAS recuperó el gobierno en Bolivia. En 2021, Pedro Castillo se convirtió en presidente de Perú al derrotar a Keiko Fujimori en segunda vuelta. Hacia finales de ese año, en Chile, Gabriel Boric, una de las figuras emergentes de las revueltas estudiantiles de décadas pasadas, venció a la derecha reaccionaria encabezada por José Antonio Kast. Al año siguiente, Gustavo Petro ganó las elecciones presidenciales en Colombia encabezando una alianza entre la izquierda, el progresismo y sectores liberales. En octubre de 2022, en una ajustada segunda vuelta, Lula volvió al gobierno en Brasil, tras el golpe a Dilma en 2016, la injusta condena que lo llevó a prisión por más de 500 días y el fallido gobierno de Bolsonaro, liderando un frente democrático conformado por diversos sectores políticos brasileños. Actualmente, nos encontramos a pocos meses de las elecciones presidenciales en Ecuador y Argentina, donde las fuerzas progresistas y populares se encuentran ante el desafío de obtener nuevas victorias.

Sin embargo, más allá de la cronología de estas victorias electorales de las izquierdas encadenadas unas a otras, nos hemos enfrentado a diversas dificultades que han obstaculizado la consolidación de un proceso de transformaciones profundas y sostenidas, que pueda desandar el camino recorrido durante la breve experiencia neoliberal que se desarrolló en muchos países de la región después de la oleada progresista de la década de 2000. Asimismo, no han sido pocos los obstáculos en la construcción de un nuevo escenario de reconfiguración regional en beneficio de los pueblos, fortaleciendo la integración regional y generando un desarrollo sistemático y sostenible de políticas de inclusión y avance en los derechos de los sectores más desfavorecidos del continente.

Además de los desafíos propios de este nuevo ciclo político continental, la llegada de la pandemia primero y las consecuencias de la guerra entre Rusia y la OTAN inmediatamente después, han configurado un escenario económico global en el que las desigualdades se han acentuado, las riquezas se han concentrado en manos cada vez más reducidas y las posibilidades de desarrollar procesos de desarrollo económico autónomo desde las regiones periféricas se han dificultado. Esto ha aumentado los niveles de dependencia y exclusión en nuestras economías locales y en nuestras sociedades.

En este escenario, el surgimiento de ideas políticas autoritarias, reaccionarias y cortoplacistas, encontraron terreno fértil en nuestra región para consolidarse. Estas fuerzas políticas, que ofrecen soluciones simplistas pero inviables para los problemas centrales de nuestras sociedades, han contado con el respaldo de los medios de comunicación y los sectores más conservadores de nuestras estructuras institucionales, principalmente el poder judicial, para expandir y consolidar sus proyectos de exclusión, dependencia del sistema financiero internacional y concentración de la riqueza.

Las contradicciones de los nuevos tiempos

Si algo caracterizó al ciclo político posneoliberal, de cambio de época o la ola progresista de los 2000, fue la capacidad de los gobiernos de izquierda de desplegar políticas de redistribución de la riqueza que incorporaron laboral y socialmente a millones de personas en todo el continente. Este proceso se desarrollo a partir de la combinación de crecimiento sostenido de nuestras economías locales, a partir del alza de los precios internacionales de los productos primarios, y la consolidación de modelos políticos de inclusión encabezados por liderazgos fuertes que hegemonizaron las alianzas políticas, construyendo a su vez un proceso de hermanamiento e integración regional a partir de las coincidencias políticas y la situación económica similar que enfrentaban nuestros países.

Sin embargo, en la actualidad, este nuevo resurgimiento de las victorias electorales de las izquierdas se enfrenta a un escenario distinto y, probablemente, más complejo. Por un lado, existe una contradicción constante que resulta de la necesidad de construir alianzas políticas más heterogéneas y amplias, que incorporen a sectores que pertenecen al campo liberal o provenientes de tradiciones políticas conservadoras. Estas alianzas son necesarias para obtener victorias en escenarios electorales más ajustados. No obstante, una vez establecido el gobierno de coalición con estos actores, surgen dificultades para implementar políticas de transformación profunda con mecanismos de redistribución de la riqueza. Estos actores «de centro» o moderados, que fueron necesarios para obtener la victoria electoral, se convierten, en el momento de gobernar, en aliados trascendentales de los sectores económicos concentrados para detener la profundización de los cambios que inicialmente motivaron la elección de estas alianzas por parte de la población.

Paralelamente, el surgimiento de fuerzas reaccionarias, conservadoras, ultraliberales y radicalizadas ha propuesto soluciones simplistas para los problemas centrales de nuestras poblaciones, como la pobreza y la inseguridad, con un predominio de contenidos violentos, machistas y racistas en sus discursos. Bolsonaro en Brasil, Kast en Chile, Camacho en Bolivia, Milei en Argentina, Hernández en Colombia y Fujimori en Perú son algunas de las expresiones políticas de esta radicalización de las derechas latinoamericanas. La construcción de una identidad y un sentido común fuertemente excluyente y violento, en un escenario económico complejo en el que se encuentran, en mayor o menor medida, los gobiernos de izquierda y progresistas, impacta no solo en los sectores más privilegiados de la región, sino que también empieza a resonar en parte de las demandas de los sectores populares que, frente a las dificultades y la frustración, encuentran en estas fuerzas un canal para expresar su insatisfacción.

Las izquierdas y los gobiernos progresistas se enfrentan, entonces, a serias dificultades para consolidar un proceso de cambios profundo en un mundo cada vez más complejo. Las alianzas de gobierno -cada vez más heterogéneas- agudizan sus tensiones internas, ralentizando la agenda de transformaciones necesarias. Además, la oposición de derecha se ha radicalizado y vuelto más violenta, infiltrando su sentido común cada vez más en diversos sectores de la sociedad. Estas son ecuaciones de compleja resolución que plantean desafíos en el nuevo tiempo, cada vez más dificil y plagado de incertidumbres.

Del laberinto se sale ¿por arriba?

En el periodo de gobiernos progresistas de la década del 2000, se experimentó un impulso transformador en América Latina. Sin embargo, hoy nos enfrentamos a un contexto distinto, en el cual los desafíos han evolucionado y se han vuelto más complejos. En este nuevo tiempo, resulta evidente que las soluciones a los principales desafíos de nuestra región deben encontrarse no solo desde la conducción del Estado y a partir de la voluntad transformadora y la fortaleza de los liderazgos que condujeron los procesos políticos en el período posneoliberal, sino también desde los cimientos mismos de nuestra sociedad, desde abajo, en los sectores populares, en la participación democrática y en el pueblo. Allí radica la clave para impulsar las transformaciones necesarias que nuestro continente necesita.

Hay, entonces, tres grandes desafíos que tenemos por delante:

El primero, condenar y erradicar el fascismo en nuestra región de forma definitiva. No podemos ser moderados a la hora de combatir el discurso de odio, xenófobo, racista y machista que se está expandiendo rápidamente en nuestra sociedad y que trae consigo nuevos planes de exclusión, miseria y marginación para las grandes mayorías. Es necesario establecer mecanismos que limiten la difusión de estas ideas, especialmente en las redes sociales, y allí donde encuentren espacios para promover el odio en nuestras sociedades.

El segundo, democratizar la economía, para que cada vez más latinoamericanos y latinoamericanas tengan acceso a los derechos que todo habitante de nuestro continente debe tener en el marco de un desarrollo sustentable y sostenible en el tiempo. La experiencia del ciclo progresista de los 2000 dejo un piso importante de derechos y conquistas obtenidos, pero ahora, en tiempos más complejos, con economías con menor margen de crecimiento, es necesario ser más audaces a la hora de establecer mecanismos de distribución de la renta en un sentido progresista, con reformas fiscales y tributarias donde el 1% más rico sea menos rico, y donde el conjunto de nuestras sociedades pueda acceder a tierra, techo, trabajo y pan.

Y finalmente, radicalizar la democracia hacia una participación popular movilizada y constante. En este nuevo tiempo, se hace imprescindible radicalizar la democracia para que los contratos electorales sean llevados a cabo mediante mecanismos de participación directa y permanente. Es fundamental involucrar a los sectores populares, las juventudes, las mujeres y las diversidades sexuales, así como a los trabajadores y trabajadoras tanto formales como de la economía popular.

Solo a través de la participación popular en los procesos políticos podemos avanzar hacia una sociedad más justa y equitativa. La movilización constante de la ciudadanía, respaldando las decisiones y acciones de los gobiernos progresistas, y proponiendo a su vez una agenda de cambios profunda y permanente, será clave para lograr una verdadera transformación de nuestras naciones y, con ello, proponer un futuro y un horizonte mejor para el continente.

*Coordinador ejecutivo de la Red Futuro y precandidato a Parlamentario del Mercosur por Unión por la Patria.

 

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