El intelectualismo clasista retorció el instrumento político de los indios – Por Jhonny Peralta Espinoza

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Jhonny Peralta Espinoza*

La implosión que atraviesa el Movimiento Al Socialismo (MAS) está enterrando definitivamente algunos mitos, y ojalá se abra el debate de los mismos. Las “vanguardias” que dirigieron y dirigen los gobiernos de Evo y Lucho, hoy demuestran sus limitaciones y conservadurismos, porque se resisten a asumir que son “las situaciones que viven” y, por lo tanto, deben transformar esas situaciones que están marcadas por la despolitización, la desideologización, el oportunismo, la división, la falta de una línea política, la ausencia de un proyecto colectivo compartido. Pero para transformar esas situaciones, primero tienen que transformarse ellos mismos, porque ellos son esas situaciones.

Por esta razón, es necesario hablar de una nueva radicalidad, y ser radical, como decía Marx, es atacar el problema por la raíz; esto no implica que esa nueva radicalidad es ser más radical que antes, sino serlo de manera distinta. De seguir este camino, esas “vanguardias” lograrían tener una nueva visión del mundo, del país, que se expresaría en cada gesto de su vida cotidiana, que poco a poco vaciaría la política convencional, el poder capitalista.

A este proceso Gramsci lo llamó “construcción de hegemonía”; caso contrario, seguiremos escuchando críticas como hizo la hermana Segundina Flores: “siguen traicionando los señores de clase media, quienes conducían el Proceso de Cambio, quienes conducían al MAS… Esos señores siempre están hablando a nombre de nosotros, a las costillas de nosotros, al sudor de nosotros”.

Quo vadis MAS

Tomás Ibáñez recordaba una vieja idea anarquista que decía “que nunca se toma el poder, que el poder siempre te toma a ti tan pronto como crees haberlo tomado… que tomar sus armas es transformarse ya en el enemigo”. Agarrando esta idea, podemos preguntarnos ¿por qué una parte de la bancada del MAS vota la censura del Ministro de Gobierno junto a legisladores de la derecha? ¿Por qué un intelectualismo de clase, que se llena la boca diciendo que el sujeto histórico son los indígenas, plantean ellos las soluciones de la crisis del MAS, dizque indígena popular? ¿Por qué Evo y Lucho reproducen una estructura de poder elitista, donde cuatro o cinco personas deciden por millones de personas? Lo más probable es que cuando llegaron a usar el poder de la clase dominante tomaron las armas de los enemigos de clase, para transformarse en lo que son en el presente: personas intolerantes o que no comprenden el pluralismo ideológico, cuando los indios para llegar al consenso o la verdad están dispuestos a escuchar diversas voces ideológicas, y no como hace ese intelectualismo de clase que, mediante el uso de su razón que lee mil libros, llega a la verdad para imponerla a los indios, mujeres, obreros, ignorantes de la alta política. El ideal del intelectualismo de clase del MAS es y será la homogeneidad y el precio a pagar por la disidencia es la exclusión.

El partido bolchevique preparo, impulsó y dirigió la insurrección de octubre, pero –hay un pero que cambió todo– el partido de aquella época no tiene nada que ver con el partido que será después. Y esto es lo mismo que pasó con el MAS, que dizque nació como “una organización política de la voluntad de los campesinos e indígenas de gobernarse a sí mismos”, pero que ahora produce la despolitización subjetiva y el conservadurismo reaccionario, y esta lógica y cultura política intoxican todos los ámbitos del Proceso de Cambio; nadie puede cuestionar a los capataces, a riesgo de ser acusado de traidor, derechista, imperialista, etcétera. En lugar de aprender a dudar y pensar por ellos mismos –los indios, las mujeres, los jóvenes–, el MAS los educa a “tomar posición”: tener una sola opinión para todo, estar de acuerdo o en contra como un rebaño, como ejercicio de poder.

El MAS como un protoEstado en el Proceso de Cambio reprodujo el modelo leninista, más allá de que en la dirección nacional predominen rostros indígenas, cuando en los hechos los que decidían y mandaban eran los mestizos profesionales de la política, por tanto, esa dogmatización reproducida, aunque sea una mala copia, terminó desfigurándose. Ahora que el MAS atraviesa su etapa de la glaciación, donde todo el que piensa distinto se convierte en traidor, se ha instalado una lógica binaria dentro-fuera, amigo-enemigo, una lógica de purificación política, donde hay que eliminar todo lo que obstaculiza la homogeneización.

El debate tiene mucha importancia y puede ser clave para el próximo futuro, pero lo que le queda al MAS para debatir son los epítetos, insultos, adjetivos, y es la invitación a la restauración de la política convencional, de la que parece nunca ha salido. Para decirlo con más claridad, la reconducción del Proceso de Cambio ya no es posible, y se adivina cuál será el “nuevo consenso”, es decir, un nuevo entendimiento estratégico entre los poderes económicos y la clase política (Evo, Lucho, Mesa, Camacho, Doria Medina, etcétera), incluido el intelectualismo de clase del MAS; porque, a fin de cuentas, detrás del Gobierno, detrás del aparato del Estado, hay una clase dominante a la que jamás intentaron destruir.

Marx y su democracia insurgente con pluralismo ideológico para construir futuro

Es incompresible que el intelectualismo de clase del MAS rechace el pluralismo ideológico, y es una demostración de que se han negado a conocer a sus bases indias; el lenguaje es una forma de vida, es una manera de ordenar el mundo y darle sentido y significado, y también es una conducta humana, no es discurso, no es oralidad, sino que se construye con las prácticas sociales y con los otros. Ergo, cada una de las 36 naciones que conviven en estas tierras tienen sus propias creencias, ideas, valores, formas de pensar, que sumadas las que tiene el intelectualismo de clase, estamos metidos en un pluralismo ideológico que si la “vanguardia” (léase intelectualismo de clase, exministros, ministros y líderes social y estatal, como los llaman a Evo y Lucho) que posee la ciencia de la sociedad y la Historia, y desvelan y decretan lo que debe ser, no tienen la humildad de dar participación, voz y decisión a los indios, mujeres, jóvenes, desempleados, entre otros, seguirán siendo los militantes tristes que “hacen política sin mancharse las manos, viviendo en la inmaculada teoría de la revolución, sin aceptar ningún tipo de realidad, porque la realidad tuerce su marco teórico impoluto, donde no cambian nada, pero se van a la cama diciendo qué buen revolucionario soy”, como dijo Juan Carlos Monedero.

Si quieren salir de esa tristeza política, es decir, de la impotencia para cambiar la realidad y a ellos mismos con herramientas obsoletas, necesitan encontrar empuje, aliento e inspiración en otro imaginario revolucionario; y hasta ahora creen que ese nuevo imaginario lo pueden encontrar en sus formaciones políticas que, con nombres rimbombantes, aspiran a lograr una homogeneidad ideológica y un nuevo lenguaje político. Marx deseaba que las futuras revoluciones desarrollaran un lenguaje político propio y novedoso, inspirado en las tareas del porvenir. Entonces, si el Proceso de Cambio necesita un nuevo lenguaje es porque aquellos que hay o que había ya no funcionan, no nos sirven más; pero cómo construir una lengua revolucionaria en base a 36 lenguas, a una pluralidad ideológica. Así como no existe una revolución sin revuelta, así como un lenguaje sin lengua es solo una gramática, es importante reconducir o profundizar el Proceso de Cambio, por lo mínimo; porque a partir de la lucha política podamos descubrir un nuevo lenguaje, un nuevo imaginario, una ideología, y no seguir como los que imitan la bolchevique o la guevariana, la leninista, pero sin revuelta, sin revolución, sin poesía, sin uso de la lengua, como un espectáculo patético.

El joven Marx planteaba la democracia insurgente como alternativa a la democracia restringida, una democracia que pise los pies en la tierra, que toma el cambio y el movimiento (reconducción del proceso de cambio y profundización de la democracia), el conflicto y la pluralidad (marchas y protestas, visiones ideológicas), no como aquello de lo que hay que protegerse, sino como el elemento y la materia misma desde donde elaborar el futuro.

Es la lucha de clases la que crea las clases (Castoriadis)

Para Marx, la relación de clase no es un concepto sociológico clasificatorio, sino un concepto estratégico, porque las clases se constituyen en su lucha política; para el intelectualismo clasista del MAS es correcto y demagógico repetir que el sujeto histórico son los indígenas, y mejor cuando derraman su sangre (no olvidar Senkata y Sacaba), sin embargo, cuando las aguas vuelven a su cauce siguen cacareando que los indígenas son la vanguardia, pero sin darles el lugar que se merecen en la toma de decisiones. Entonces, es la acción la que construye un pueblo, un movimiento indígena, y no es el pueblo o el movimiento indígena una identidad, algo que está dormido y después pasa a la acción. El sujeto político no es la clase obrera o el movimiento indígena, el sujeto político es la acción, la acción crea al sujeto político y en cada momento puede ser un sujeto distinto. Tenemos que tener cuidado con pensar que hay sujetos trascendentes, identidades, que son el sujeto; la acción crea al sujeto.

En este contexto, es grotesco ver que el intelectualismo de clase quiere solucionar las peleas y división del MAS, cuando son los “campesinos e indígenas que tienen que gobernarse a sí mismos”, los que tendrían el derecho de hablar y decidir el rumbo de su instrumento. Pero las cosas no suceden así, y esto porque el intelectualismo de clase abre una situación de lucha política porque cree que sabe, pero es al revés, no se crea una situación de lucha o discusión política porque hayamos tomado conciencia o abierto finalmente los ojos, sino que se abre esa situación de lucha política para pensar y abrir los ojos en compañía de los indios, las mujeres, los jóvenes, etcétera, y esto porque la lucha es un aprendizaje, el más intenso, el más potente. Pero paradójicamente se impone la homogeneidad o uniformidad ideológica, donde solo tienen derecho a hablar los mestizos y las mestizas del MAS, y sin situaciones de lucha política plural no hay pensamiento, y sin pensamiento no hay creación, y sin creación estamos atrapados en lo que estamos viviendo, juicios morales, generalidades de insultos e injurias.

Hasta cuando el intelectualismo de clase seguirá pensando que la gente llana no sabe, que la gente no puede, que solo ellos son los más listos, son los que hacen y deciden la política, demostrándonos que hay mucha derecha en la izquierda. Qué fértil sería abrir procesos y espacios donde plantear juntos nuestros propios problemas y soluciones, crear nuevos saberes, aprender a ver el mundo por nosotros mismos, donde el conflicto y confrontación de visiones ideológicas sea el motor de la expansión del Proceso de Cambio. Solo de esta forma podemos debatir lo que planteaba Marx cuando afirmaba que “el motor de la Historia se encuentra en la lucha de clases”, y descubrir colectivamente la cuestión de saber ¿qué es la lucha, cuando se dice lucha de clases? ¿Se trata de conflicto y de guerra? ¿Cómo se desarrolla esa guerra? ¿Cuál es su objetivo? ¿Cuáles son sus medios? Además de olvidarnos de una vez por todas del sueño de formar al hombre nuevo, que presupone al formador ideal, pero ¿dónde encontrarlo?, ¿quién instruirá a los instructores?

*Exmilitante Fuerzas Armadas de Liberación Zárate Willka.

La Aine

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