Guatemala, 2023: Golpismo, casta y democracia – Por Sergio Palencia Frener 

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Sergio Palencia Frener*

En estos momentos de rápidos cambios políticos, querellas y contraquerellas jurídicas en Guatemala, es necesario identificar las fuerzas en colisión en la sociedad guatemalteca, tanto en el territorio como más allá de sus fronteras. Tras el intento de anular al partido político Movimiento Semilla, la atención se concentró en las resoluciones del Tribunal Supremo Electoral, la Corte de Constitucionalidad (CC), la Corte Suprema de Justicia (CSJ) o en los allanamientos del Ministerio Público (MP).

La actual disputa por las elecciones es también síntoma de una profunda crisis del neoliberalismo finquero en Guatemala, incluso de su restrictiva política electoral. Es cada vez más común escuchar en las calles el hartazgo contra aquellos que tratan a Guatemala como “su finca”. Este análisis busca aportar al conocimiento de la crisis más profunda detrás de la disputa por las elecciones de 2023 y la presidencia del 2024. ¿Qué tipo de política está siendo cuestionada en el país

  1. El Estado como prebenda colonial

Alejandro Giammattei pertenece a una generación de políticos con aspiración señorial, propietarios de fincas de café, caña de azúcar o ganado. El emporio del negocio sigue siendo para esta generación un botín de conquista más que el fruto del cálculo empresarial. Tras el fin de la guerra en 1996, fue común ver a políticos de familias criollas como Álvaro Arzú, Oscar Berger, Carlos Vielmann, Erwin Sperisen, Enrique Degenhart o Alejandro Giammattei ocupar presidencias, ministerios o direcciones. Procedentes de colegios católicos como el Liceo Guatemala o el Liceo Javier, Arzú, Giammattei o Berger se socializaron en una mezcla de anticomunismo y prebenda colonial. Ese imaginario se expresa hoy en la arquitectura de anhelo del centro comercial Cayalá: la veneración de la sagrada familia, el anticomunismo de Juan Pablo II y la santificación del dinero en Cash Luna.

El sostén de esta casta finquera es en último término el apellido y la tierra apropiada desde la Reforma de 1871 bajo continuadas olas de expansión y mercantilización agraria. El origen de su cosmogonía familiar es retratado por Flavio Herrera en su novela Caos: el cafetalero como imagen de progreso basado en la subordinación del indígena mozo y del ladino igualado. Esta casta de raigambre finquera, acostumbrada al mando personalista de las instituciones, sabe que el poder en gran medida se concentra en el control de las instituciones armadas o punitivas del país,[1] en la delegación de huestes afines a su proyecto. De allí su rabia contra los otrora aliados del Tribunal Supremo Electoral que osaron interponerse ante los primeros planes del Ministerio Público para anular al Movimiento Semilla.

El presidente actual, como la red familiar detrás de la alcaldía de la Ciudad de Guatemala, pertenece a una familias de élite que se ha beneficiado de la inestabilidad política desde 1954. En su conjunto, resultaron beneficiadas con la creación del Banco de los Trabajadores (BANTRAB) y del Banco Industrial (BI) desde 1965 y 1968, sumando la banca al histórico control de las mejores tierras. Estos proyectos se realizaron para aplastar de una vez por todas la banca nacionalista de Árbenz con su idea de desarrollismo de posguerra. Para esta clase de mentalidad finquera, señorial, el control del Estado es un derecho de nacimiento y de casta, el imaginario democrático-ciudadano les es ajeno. ¿Por qué enfatizar las categorías de origen colonial como criollo, ladino o indígena en una coyuntura que parece interpretarse más desde el marco universal de la ley? Sencillamente porque en Guatemala la división de castas reproduce un modus de apropiación de capital mundial.

  1. La caída del neoliberalismo finquero

El ingenio popular en Guatemala apodó a Alejandro Giammattei como “Mi Lord”. Gustoso, aceptaba en 2019 que jóvenes le besaran la mano en eventos folklóricos, pero rápidamente se sulfuraba cuando un líder de Comalapa le increpaba su corrupción. El Estado guatemalensis, en la segunda década del siglo veintiuno, es en una mezcla de fuerzas retrógradas, de ethos colonial, con una astuta manera de insertarse en la competencia por las divisas del narcotráfico y las remesas de los millones de indígenas y ladinos pobres que dejan el país día con día. Dicho sistema político, con su constante remplazo y caída de partidos, oculta una columna vertebral finquera, profundamente antidemocrática, en su seno. El cosmopolitismo de dicha casta defiende a como dé lugar su prebenda criolla.

El libre mercado a partir de 1990 no significó nunca el desarrollo de las fuerzas de los capitales privados sino el fácil paso del beneficio privado de lo público a la privatización del capital estatal. La apropiación de la telefonía o de la distribución eléctrica bajo Arzú se realizó desde la mentalidad improductiva del encomendero que mira el paisaje sin cultivar, suspira y le llama “mi castillo”. Aunque se hable de desarrollo y progreso, su estética de casta es una constante apología a la guerra. El arzuísmo erigió estatuas de tigres en la 6ª avenida como si fuesen mojones para delimitar su terreno y, más recientemente, la municipalidad adornó la entrada a la antigua Finca El Zapote con un enorme casco metálico de conquistador español. El acceso al dinero mundial pasa pues por la rememoración de las huestes que masacraron el altiplano maya K’iche’ y Kaqchikel en 1524.

La norma de este régimen ha sido, pues, el egoísmo revestido de nacionalismo anticomunista y “pro-vida”. Si bien esta clase con conciencia de casta se llena la boca de Hayek o Mises, su discurso libertario siempre ha estado atado a un control férreo de las arcas estatales y la monopolización del capital en la banca, la electricidad y la minería. Su “Estado de derecho” no es más que la anarquía de los capitales, mismos que construyen centros comerciales como Portales al costado de un barrio proletario en el barranco del puente Belice. De muchas maneras se muestra la conciencia de vivir bajo una guerra en Ciudad de Guatemala, asediadas las tiendas por las maras y bajo la impotencia de no poder hacer nada ante el robo de miles millones de quetzales en plena pandemia. Desde 2020, mujeres, hombres, viejos y niños salen con banderas blancas a pedir limosna en las calles. Se pide tregua a una sociedad donde el caos es el mejor clima para los negocios de casta.

  1. El as inadvertido: los que se fueron al Norte

Dicen que lo expurgado regresa para cobrarse con creces lo arrebatado. Aquellos jóvenes que ahorraron para un coyote tomaron una mochila y acudieron puntuales a su cita en Chiapas, juegan un papel importante en la crisis de la política de casta neoliberal en Guatemala. La vida cuasi-clandestina que llevan en el Norte, se detuvo cuando aproximadamente cien mil guatemaltecos abarrotaron los estadios en Florida, Nueva Jersey, Ohio y Texas para ver a la selección de fútbol en julio pasado. Los periodistas mexicanos y argentinos alababan la energía y el apoyo de los guatemaltecos en Estados Unidos. Se hicieron presentes con el azul y blanco de la bandera estatal, otros usaban los trajes indígenas del Baile de la Conquista mientras una joven indígena –la “soñadora”– mostraba sus habilidades con el balón.

Esta muestra de identidad de la nueva generación de migrantes fue fundamental en el buen papel de la selección de fútbol. ¿Un renacer sorpresivo en paralelo con lo inesperado de las elecciones en Guatemala? No es posible aún saber. Nadie vinculó las masivas entradas de guatemaltecos a los estadios de fútbol con la crisis electoral en el terruño. Empero, en mi opinión, el movimiento de migrantes a EE.UU. constituye una de las fuerzas políticas que más pesan en el apoyo de Estados Unidos y la Comunidad Europea a que se respete la llegada del Movimiento Semilla a la segunda vuelta.

La creciente migración al Norte después de la Covid-19 es importante no sólo por las remesas que sostienen la economía de miles de familias del empobrecido altiplano guatemalteco. Para el Departamento de Estado de Estados Unidos la migración proletaria, indígena y ladina guatemalteca se ha convertido en un tema de seguridad nacional. El control del flujo migratorio ha hecho que Washington desarrolle políticas inestables, casi quinquenales, que desatan la crítica tanto dentro como fuera de ese país. Los republicanos acusan a los demócratas de permisivos mientras agencias de derechos humanos critican el endurecimiento de las políticas de asilo y deportación. Desde 2018, Donald Trump expandió en Estados Unidos el temor a las caravanas de migrantes provenientes de Chiapas y Oaxaca. Auspiciado en las políticas sanitarias de la Covid-19, el gobierno trumpista acusó a las caravanas de criminales, propagadoras de enfermedad y de destrucción del trabajo norteamericano. Más recientemente, el gobernador Ron DeSantis desató gran temor entre la población de Florida que reside afuera de la legalidad estatal, expandiendo el temor entre guatemaltecos, mexicanos y otros centroamericanos.

Asimismo, Estados Unidos ha impulsado políticas migratorias que parecen cambiar coyunturalmente con países como Guatemala y Honduras, dos de los principales exportadores de migrantes al Norte. Mientras la presidenta de Honduras, Xiomara Castro, fue vista como un alivio y una suerte de apertura democrática después del nefasto Golpe de Estado de 2009, en Guatemala la política de casta logró rearticular el statu quo que impide que los guatemaltecos puedan vivir dignamente en su propio país. La política del llamado pacto de corruptos pasa por un uso diplomático y estratégico del temor estadounidense al paso masivo de migrantes centroamericanos, haitianos, venezolanos y cubanos desde el tapón del Darién.

  1. Diplomacia en el país que quema sus aldeas

Después del apogeo de la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG) y de las manifestaciones en 2015 y 2016, la imposición de unas elecciones el balde de agua fría que sirvió para controlar el desborde político en boga. Bajo la presidencia de Alejandro Maldonado Aguirre, empolvado símbolo del Movimiento de Liberación Nacional, el sistema partidista guatemalteco se reprodujo una vez más para elegir a Jimmy Morales, un cómico de cuna humilde, representante del humor de ladino contrainsurgente. Él y Alejandro Giammattei personificaron el proceso de reversión estatal, la política que puso en común acuerdo a ladinos de la clase popular y a ciertos indígenas profesionales con los planes criollos emanados de una de las cámaras empresariales más retrograda de América Latina, el CACIF.

La destrucción de las políticas anticorrupción de la CICIG y el Ministerio Público aseguró en el poder a lo más conservador y autoritario de la élite guatemalteca, representado por el CACIF y la Fundación contra el Terrorismo. Los últimos dos gobiernos supieron renovar sus alianzas con el estamento militar y agenciarse de fondos públicos para influir en el Congreso y en las municipalidades del interior. Ricardo Méndez Ruiz se convirtió en el intelectual orgánico del Estado personalista guatemalteco, así de trágica la comedia. De ahí que su agenda haya llegado básicamente a monopolizar al Ministerio Público y la FECI bajo la dirección de Consuelo Porras y Rafael Curruchiche, respectivamente. Giammattei permitió articular lo que hábilmente Degenhart promovió bajo la presidente de Jimmy Morales. La política de casta requería perpetuarse en las elecciones de 2023. Al ver cómo se les coló el Movimiento Semilla en la segunda vuelta, fue conjurado de nuevo el encanto del golpismo.

Si bien no aparezca como móvil central de la disputa detrás de las elecciones, la diáspora guatemalteca ocupa un lugar central en la presión de Estados Unidos para combatir las condiciones que expulsan a miles de aldeanos del país. Para un país que no posee el petróleo de Venezuela para la disputa, el statu quo en Guatemala no necesitó de un Estado militarizado con un Maduro al frente para expulsar a casi un tercio de su población en los últimos treinta años. Continuó empero con su larga y violenta historia de organizar contingentes de policías armados en Alta Verapaz, Huehuetenango y Petén para quemar y destruir casas de “invasores” indígenas frente a los intereses de la palma africana y el narcotráfico.

Giammattei, de manera similar a Erdogan en Turquía, ha aprendido a usar la ubicación estratégica de Guatemala en el corredor centroamericano como parte de su negociación política frente a Estados Unidos. En Turquía, los sirios, kurdos e iraníes que huyen de la guerra son trágicamente negociados con la Unión Europea para sostener, geoestratégicamente, la guerra anti-kurda del régimen de Erdogan y su expansionismo neo-otomano. Giammattei, al igual que Erdogan, supo coquetear con Rusia y sus capitales, así como un puerto y una minera en la zona del Caribe. Tiempo después, el Lord Giammattei también enarboló la diplomacia con Taiwán y con Ucrania.

Entre 2019 y 2023, su gobierno desarrolló relaciones coyunturales con Rusia, Taiwán y Ucrania, muchas veces dependiendo del interés en boga del pacto de corruptos, fuese la amenaza velada al gobierno de Biden, las relaciones bilaterales con la solitaria isla taiwanesa o su posterior reconciliación con Occidente en su apoyo a Ucrania. El uso de la diplomacia sin embargo tiene sus límites cuando se trata de la caldera que expulsa migrantes guatemaltecos a Estados Unidos. La actual corrupción del sistema, reflejada en cada resquicio del entramado institucional, hace de la diáspora, no una externalidad, sino una necesidad de lucro del feudo guatemalteco.

  1. La esperanza, sí, pero moviéndose desde abajo

Centroamérica entera atraviesa una serie de crisis estatales de gran magnitud. Cada país arrastra el costal de su historia, un fardo que actualiza el somocismo en Daniel Ortega o el autoritarismo de Maximiliano Hernández en Nayib Bukele. En Guatemala, la política de castas durante la posguerra logró beneficiarse de las remesas, expandir el modelo finquero a la palma africana, obligar a los pequeños contribuyentes a sostener al Estado policiaco y dar rienda suelta al negocio de cualquier bien pensado como público. El principal aliado del statu quo es la pérdida de esperanza. El contenido de la esperanza es el encuentro de los sueños y de la celebración, muchas veces encendido por el trabajo constante, fuera de cámaras, de individuos, colectivos y comunidades incluso en tiempos oscuros. Es cierto, no hay ningún partido que personifique la esperanza, la experiencia es más profunda y toca fibras distintas.

Más que una lectura partidocentrista, basada en construir héroes para luego seguirlos, este escrito parte de la movilización del 2015, aquella que retrotrajo los sueños de las décadas pasadas como posibilidad utópica del presente. Cuando la esperanza se mueve para abajo, no para arriba, es cuando verdaderamente se hace realidad la posibilidad de articular lo nuevo. Dentro de la variedad política del siglo veinte, socialdemócratas como Manuel Colom Argueta o Alberto Fuentes Mohr supieron escuchar la voz del pueblo y construyeron su liderazgo como un don, un regalo de tintes místicos por el que valía la pena dar incluso la vida.

La política estatal guatemalteca sigue negando la participación del pobre, de la comunidad indígena, de lo no-idéntico a la política de castas. El diseño del Estado guatemalteco es más bien contrario a la expresión de los pueblos desde sus distintas realidades. Parafraseando a Kafka, múltiples son los caminos de la democracia pero una sola la salvación; el actual momento histórico puede servir para despertar lo nuevo a partir del trabajo humilde, pero valiente que acabe con la política anquilosada en el pensamiento finquero.

Pie de página:

[1] Recordemos que Giammattei fue director del Sistema Penitenciario y Sperisen fue asimismo director de la Policía durante la presidencia de Óscar Berger. Vielmann y Degenhart fueron también ministros de Gobernación bajo la presidencia de Berger y Morales, respectivamente.

*Profesor-investigador del Departamento de Antropología Histórica de la universidad William & Mary, Estados Unidos. Ha publicado diversos trabajos sobre historia y etnografía de Mesoamérica. Su último libro, Rebelión estamental y el origen del Estado finquero en Guatemala, 1780-1940 (UNAM, 2021), estudia la centralidad de la finca y la política de casta como ataque a las comunidades mayas del país.

Prensa comunitaria

 

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