El péndulo – Por Carlos Gutiérrez M.

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Carlos Gutiérrez M.*

Más allá de leyes físicas, sometido a un determinado movimiento pendular por lógica política, el mundo ya no gira. Lo hace en medio de un incesante vaivén bascular que por un tiempo parece tomar como dirección la derecha pero que al llegar a un punto X se agota, y, en acción regresiva, siempre sobre un eje horizontal fijo, toma como curso la dirección opuesta.

Es un movimiento constante y que por el momento no se detiene. En su curso, se encuentra el eje derecho y no así el de la izquierda, desde hace años supeditado a su extremo opuesto. Superar esa atracción, que la condiciona y limita en potencia y capacidad de convicción/movilización de energías, ocupa diversidad de experiencias territoriales, de investigaciones y de reflexiones académicas.

Ese movimiento es pendular y no de rotación, efecto desprendido de la crisis civilizatoria que agobia a la humanidad, de la crisis sistémica que golpea al capitalismo y a su agotado modelo neoliberal de acumulación, y, con él, a la llamada globalización, así como a la bárbara hegemonía del imperio estadounidense.

En la cúspide de esta crisis se agita la bandera el antropocentrismo y, con este, la utilitarista relación por siglos mantenida por la especie humana con la naturaleza, asumida como objeto que puede proveer todo tipo de recursos, para un ‘desarrollo’ sin límite. El calentamiento global y la creciente de temperaturas que están deslocalizando el hábitat de multitud de especies, el uso tradicional de los suelos, el acceso seguro al agua dulce, entre otros, son una clara evidencia de la imposibilidad de continuar por esa senda.

Para algunos es la crisis sin par del capitalismo; para otros, siempre y cuando no exista una clase sepulturera que le eche tierra, es el reflejo de un fenómeno transitorio, el agotamiento de su modelo de acumulación, del cual saldrá el capital con nuevos bríos, tal como tantas veces ha sucedido a lo largo de la historia de este modo de producción, al final de lo cual, producto de su capacidad de reconstrucción, renovará formas y mecanismos de acumulación de capital, opresión, dominio y control social.

La actual es una realidad con ricos matices y evidencias de oportunidad de (re)organización social, en la cual los proyectos que pugnan por justicia social, hermandad humana, convivencia en libertad, trabajo/creación colectiva, con redistribución en similar condición de lo producido por todas las manos y las mentes, y reencuentro especie-naturaleza, tienen las puertas abiertas para motivar un alzamiento a lo largo y ancho de los 200 países y algo más en que está distribuida la población mundial.

Hay un marco de oportunidades cada vez más exigente de liderazgo, a fin de arrebatarle la iniciativa a la derecha, en especial a la más radical, que copa espacios de todo orden, creando referentes políticos, religiosos, sociales y culturales, en un ascenso hacia sociedades altamente disciplinadas y negadas de derechos de todo tipo. La iniciativa, como es verificable, carece de novedades creativas, toda vez que retoma viejos paradigmas, los abraza y se enconcha en el más crudo conservatismo: Estado, familia, patrón, disciplina social, dominio occidental. Y, para lograrlo, los usufructuarios del poder real no reparan en métodos ni en recursos, entre ellos el militar, que, como en otras épocas, es la desnuda expresión del poder, en este caso del imperial, en defensa de sus dominios, su ideología y sus privilegios.

Todo esto es un despliegue en el cual nuevos imperios, con sus aliados, se paran firmes ante el “bravo del barrio” y se trenzan en un cuerpo a cuerpo que por ahora alcanza sus fricciones por medio de terceros: en Euroasia, África y el mundo árabe hay certeza de ello, resaltando por estos días Ucrania y Palestina, pero comprometiendo en la contienda a decenas de Estados. Una vez más, como sucedió en dos ocasiones a lo largo del siglo XX, el factor militar y la industria del ramo se tornan en el mejor recurso para recuperar y multiplicar la acumulación de capital. Además, para sostener el descomunal gasto que esto acarrea, han calibrado y lubricado, hasta dejarla en su mejor estadio, la máquina de hacer billetes.

El mundo se militariza, se rearma y nuevos instrumentos bélicos son puestos a prueba, dejando ante la perpleja comunidad mundial, una vez más, la certidumbre de la capacidad de autodestrucción de nuestra especie. En el campo de batalla, pese a las nuevas armas en escena, cientos de miles de personas, los más marginados de los países en contienda, son lanzados a su pronta muerte o asimismo a proseguir, por el resto de sus vidas, marcados y limitados física y/o mentalmente por los traumas generados por guerras injustas, contiendas para prolongar poderes ya conocidos o coronar otros que ascienden por la escalera del dominio imperial.

Estamos ante una confrontación en la cual las Naciones Unidas hacen agua, y en la que algunos intentan prolongar su funcionamiento, tal como está el marco de convivencia mundial acordado para otra época y distintas circunstancias, mientras otros maniobran por la vía contraria. La indefinición de la contienda permite que las reglas existentes se prolonguen, y así será hasta cuando se corra la niebla que oculta las escenas y alce sus brazos el nuevo el rey de reyes.

Es la hora de los pueblos

Aunque no lo parezca, así es. Existe la oportunidad ampliada por la obligada atención que el “policía global” debe ubicar en variedad de frentes, más allá de su “patio trasero”, cada uno de ellos complejo y de amplio impacto. Es un “policía”, por demás, sin las capacidades de control y dominio ostentadas durante décadas por estos lares, oportunidad ideal para liberar la imaginación y construir con toda osadía otros modelos sociales y otra organización de las naciones del mundo.

La capacidad creativa y la imaginación, presentes a lo largo de la historia de los pueblos de la Patria Grande, soporta variedad de gestas, como la concretada entre la segunda y la tercera década del siglo XIX, y que dio cuenta del imperio español. También, sin ser menor y sin haber sido resaltada en debida forma, la capacidad de supervivencia de infinidad de pueblos que, refugiados en sus cosmovisiones y sus territorios, lograron sobrevivir a los embates imperiales y oligárquicos, en alocado y violento afán por los recursos naturales sobre los que estaban asentados los históricos y originales pobladores de estas tierras, así como la explotación de su fuerza de trabajo.

También resaltan, desde 1953, con destellos originados en capas medias de las urbes de nuestros países, los alzamientos rebeldes de miles de jóvenes a lo largo de todo el continente americano, y activos hasta años recientes, con remanentes aún no resueltos en Colombia, todos ellos parte de la creatividad política y henchidas de altruismo, también con ingenioso semblante cultural, enmarcada como “lo real maravilloso”, que dejó para el goce propio y ajeno infinidad de creaciones literarias y artísticas.

La capacidad de sobrevivencia de millones de campesinos negados de tierra o usurpados de la poca que tenían, y obligados a reubicarse en las periferias de los centros urbanos como mano de obra barata, resolviendo por cuenta propia vivienda y servicios públicos, construyendo las ciudades al tamaño de sus recursos y posibilidades, es también evidencia de la existencia de pueblos con bríos de vida, forjados a pulso y resistencia contra la exclusión, reconstruyendo geografías y escenarios de convivencia.

Las clases populares son, pues, un gran potencial de vida y trabajo que palpita por las hacinadas barriadas de las grandes ciudades de nuestros países. En su despliegue de energía y el más sorprendente ingenio, el Estado es lo de menos, o tal vez lo demás, porque con su régimen político impone un orden donde no hay justicia ni igualdad, e impide el despunte de cada amanecer con toda su creatividad.

Todo ello y mucho más, es evidencia nítida de que el capitalismo y su mal llamado modelo de desarrollo, pese a sus devastadoras pretensiones, no ha podido eliminar la memoria, los saberes y las capacidades de sus ‘súbditos’, los mismos que, desde la última década del siglo XX, han (re)tomado la iniciativa y puesto a andar el progresismo como modelo económico, social y político, alterno al neoliberalismo.

Ese progresismo y esa pretensión loable están autolimitadas por liderazgos individuales, cuando no caudillismos, y por la desconfianza en la posibilidad de darle cuerpo a un modelo social más allá del capitalismo, que transite, si en efecto quiere verlo triunfante, sí o sí, por una agenda no constreñida a un solo país, como lo deja ver la historia mundial. Son estas unas limitaciones visibles ante las barricadas autoimpuestas para contener el necesario protagonismo de lo social y colectivo que debieran llevar –por senda opuesta– al centralismo estatal, a un potenciador modelo económico y social, más allá de lo público, a lo común, fundado y fortalecido en autogestión, cooperación, solidaridad, producción colectiva, sostenibilidad ambiental, así como la justa redistribución de lo producido por la totalidad del cuerpo social.

La autolimitación progresista le pone freno a su pretendida agenda antineoliberal, facilitando, con esa camisa de fuerza, que agendas reactivas retomen el control del andamiaje institucional que siempre han ostentado, manipulado, condicionado, orientado, usurpado, según sus necesidades y su apetito de acumulación. Podemos así constatar, con sorpresa, la recuperación que no se prolonga por mucho tiempo, dando paso de nuevo a la agenda progresista, que a la vez tampoco alcanza el control prolongado de su gobernanza, constatación palpable de un mundo que no gira sino que oscila.

Un ir y venir entre proyectos contrarios que certifica la ausencia de pretensiones estructurales que los domina, realidad que los limita a ser administradores de la institución gubernamental, con aspiraciones de control de la burocracia y del presupuesto nacional, como mecanismo para ampliar su presencia social y prolongar su estadía en la casa de gobierno.

Estamos ante una innegable debilidad argumentativa y programática que, producto de la ausencia de reformas estructurales con beneficio social mayoritario, termina por limitar los efectos de las políticas públicas, sin impacto notable sobre la calidad de vida de las mayorías de cada país. Todo ello como parte de la crisis sistémica que desde hace años exterioriza las más variadas evidencias a lo largo y ancho del mundo.

La crisis se extiende a la pretendida democracia formal y representativa que tomó cuerpo con la imposición del modelo burgués, sepulturero del feudalismo monárquico de finales del siglo XVIII, y que no trasciende la formalidad del rito electoral.

La democracia participativa deberá radicalizarse y superar la simple delegación de poderes en el Ejecutivo y el Legislativo, tornándose directa, radical, plebiscitaria, en un hervir de participación cotidiana de los millones que somos, en deliberación abierta sobre el presente que vivimos, la crítica del pasado y la proyección de luces sobre el futuro que soñamos, tomando medidas sobre todo aquello que implique lo común y los intereses de las clases populares.

Una democracia palpitante y radical impediría la concentración de poderes, trascendiendo lo político y la economía hacia la sociedad, rotando sus responsabilidades, estimulando liderazgos colectivos, quebrando estructuras de poder ajenas a las mayorías, abriendo canales para la permanente corrección de errores y la potenciación de aciertos.

Un ensueño así de vitalidades elimina fronteras, hermana pueblos, rompe mercados, da alas a la libertad y, con ello, a la superación del trabajo como algo impuesto y ajeno a las capacidades y fortalezas de cada uno de los integrantes de un cuerpo social dado.

Así, sin camisas de fuerza ni barreras autoimpuestas, el mundo podría recuperar su conocida rotación sobre horizontes infinitos y dejaría a un lado la oscilación que hoy le determina.

*Director de Le monde diplomatique, edición Colombia. Editorialista de Desdeabajo.com

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