El suicidio de Alan García, segunda temporada – Por Germán Vargas Farías

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Germán Vargas Farías*

La noticia de un suicidio, de una persona que decide acabar con su vida, casi siempre nos causa consternación, y por lo complejo e inexplicable que resulta muchas veces se calla u oculta. Considerado un problema de salud pública, se sabe que puede afectar a cualquier persona, y no deja de sorprender que haya estudios que indiquen que la mitad de la población piensa en el suicidio en el transcurso de su vida.

Entonces corresponde abordarlo superando algunos mitos y estigmas, reconociéndolo como un problema que está bastante más cerca de lo que se supone. El suicidio del gran escritor José María Arguedas en 1969, o el de Mónica Santa María, conductora de un programa infantil en 1994, entre otros casos, aún pueden ser utilizados para promover una profunda reflexión sobre la realidad del suicidio en Perú, partiendo de la premisa que, sino a todos, a muchos nos puede pasar.

Las cifras del Centro Nacional de Epidemiología, Prevención y Control de Enfermedades (CDC) del Ministerio de Salud (Minsa), y del Sistema Informático Nacional de Defunciones (Sinadef) coinciden en señalar que los suicidios ocurren más en la etapa de vida joven, y que se advierte un incremento de las muertes por suicidio en la población adolescente. Datos suficientes para impulsar medidas dirigidas a prevenirlo, desde el Estado principalmente, y asumiéndolo como un asunto de corresponsabilidad entre todas y todos.

El tema de la responsabilidad supone el compromiso de tratar la realidad, y los casos de suicidio, éticamente. El manoseo infame del trágico final de Alan García para presentarlo como resultado de una conspiración criminal contra el expresidente en la que estarían involucrados los fiscales Domingo Pérez, Rafael Vela, Pablo Sánchez y el periodista Gustavo Gorriti, no es más que un intento por darle un significado heroico a su suicidio, soslayando que se le investigaba por corrupción y que el operativo de la Fiscalía y la Policía Nacional contaba con autorización del Poder Judicial y se desarrollaba escrupulosamente.

La maniobra de Jorge del Castillo, Mauricio Mulder y Luis Gonzales Posadas, para solo citar a los más ridículos, no es nueva. Ya en su editorial del 18 de abril de 2019, El Comercio señalaba: “Ante un hecho tan desconcertante y aciago como el que representa todo suicidio, es natural que varias reacciones en torno al suceso estén teñidas principalmente de emociones antes que de razonamientos desapasionados. Ello, no obstante, no puede hacernos perder de vista que la responsabilidad de un acto así es, por definición, de quien lo ejecuta. Y harían bien tanto la clase política como la ciudadanía en recordar esto para no alimentar elucubraciones que no tienen el sustrato mínimo.

La cuestión no es baladí, pues no han faltado las voces que han tratado de ubicar la responsabilidad por el deceso del exmandatario en diferentes personas, desde rivales políticos o el propio Gobierno hasta los medios de comunicación que han venido recogiendo las denuncias contra el señor García y su círculo cercano”.

Casi 5 años después apelan a la misma monserga con la expectativa de captar más audiencia, y seguros del respaldo de fujimoristas, cerronistas y otros grupos y personajes, que creen tener la oportunidad de golpear a sus adversarios, aquellos que desde el periodismo de investigación y del poco eficiente sistema anticorrupción los pusieron en evidencia.

Si los dirigentes del partido de García conocían de las vulnerabilidades de su líder, pudieron haberle brindado o buscado apoyo profesional para evitar su suicidio que, según especialistas, a veces es posible cuando se atiende y procesan adecuadamente los sentimientos de desesperanza transitoria que padecen algunas personas.

Por los testimonios de varios de sus allegados, en la conducta de García se podían detectar señales de riesgo. Sus expresiones públicas denotaban amargura, ese cáncer del alma que deteriora mente y corazón. Su desgracia, entonces, no fue tener adversarios que cumplieran su trabajo y lo investigaran, sino compañeros ineptos para relacionarse con responsabilidad y solidaridad.

*Abogado por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Defensor de derechos humanos, trabaja en la Asociación Paz y Esperanza

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