Los mitos de los países para no asumir su responsabilidad climática – Por Brais Suárez Eiroa

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Brais Suárez Eiroa*

En el acuerdo histórico alcanzado el pasado 13 de diciembre en la 28ª Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP28), los casi 200 países participantes reconocieron por primera vez la necesidad de “transitar más allá de los combustibles fósiles […] para lograr la neutralidad en carbono en 2050”.

Sin lugar a dudas, se trata de un hito en el ámbito de la negociación internacional para mitigar el cambio climático. Un hito que, por otro lado, es poco significativo en el contexto de urgencia climática en el que nos encontramos.

Del mito al logos climático

Más allá de los aplausos que despertó el acuerdo, están los datos. El cambio climático es un problema acumulativo: su impacto es el resultado de la suma de emisiones generadas durante muchos años.

El presupuesto de carbono hace referencia a la cantidad de emisiones acumuladas a lo largo de los años que supondría que el incremento de temperatura superase un valor concreto. Por ejemplo, según el sexto informe del IPCC, las emisiones acumuladas de gases de efecto invernadero desde 2020 deben ser inferiores a 900 GtCO2eq para limitar el incremento de la temperatura media a +2 ºC respecto de los valores preindustriales.

A partir de los presupuestos de carbono presentados por el IPCC y de los datos de emisiones globales incluidos en el proyecto EDGAR, se pueden analizar diferentes escenarios.

Imaginando que la reducción de emisiones tiene lugar de forma lineal desde los niveles actuales hasta llegar a cero en el año en el que se alcanza la neutralidad en carbono, los resultados muestran que para limitar el incremento de temperatura a +2 ºC es necesario alcanzar la neutralidad en carbono en el año 2049. Un análisis tan simple, sin embargo, permite derrumbar el mito climático que se vende desde reuniones como la COP28.

Por un lado, el objetivo propuesto busca el abandono de los combustibles fósiles en 2050. Sin embargo, los efectos de empezar a reducir su uso en 2025, 2030 o 2040, para completar el proceso en 2050, son muy diferente. Esperar dos, tres, cinco o diez años para empezar a reducir el uso de combustibles fósiles puede suponer la emisión a la atmósfera de todo el remanente de emisiones y “gastar” de este modo el presupuesto que nos queda para limitar el incremento de temperatura a +2 ºC. De hecho, entre 2020 y 2022 ya se han consumido más de 150 GtCO2eq de las 900 GtCO2eq presupuestadas.

Por otro, los científicos ya han avisado de que superar el límite de +1.5 ºC puede tener efectos catastróficos. Usando el marco de análisis anterior, limitar el incremento de temperatura global a +1.5 ºC supondría alcanzar la neutralidad climática en 2027.

La realidad es que los peores escenarios se están cumpliendo, que el impacto se acelera cada año más y que en el año 2023 la temperatura media ya se acercó a este umbral. A pesar de ello, es fundamental tener en cuenta que cada décima por encima de este valor supone nuevos desafíos, y nuevas catástrofes, a nivel global. Por lo tanto, la urgencia se vuelve cada día más apremiante.

Moralidad y responsabilidad climática

Por desgracia para muchos, el problema no termina ahí. Permítanme ahora introducir aquí las cuestiones de responsabilidad y deuda climática.

La responsabilidad climática hace referencia al porcentaje del presupuesto global de carbono que ha sido consumido por un actor social particular. Léase “un actor social” como, por ejemplo, la comunidad española, el sector de la producción de ropa en España o la empresa productora de camisetas en Bangladesh que interviene en la cadena de producción de ropa para su consumo en España.

La responsabilidad se distribuye entre todos los actores que forman parte del proceso de producción y consumo global. Hablamos de fair share para referirnos al presupuesto asignado a un actor determinado aplicando algún principio distributivo (p. ej., per cápita o grandfathering) y de deuda climática cuando un actor ha excedido su presupuesto de fair share.

A partir de este marco conceptual, el investigador de la Universidad de Londres Jason Hickel expone en este trabajo que el consumo de la Unión Europea (excluyendo Reino Unido) ha sido responsable de aproximadamente el 20 % de las emisiones históricas de gases de efecto invernadero y que su deuda climática ascendía ya en 2015 a 207 GtCO2eq. Es decir, en 2015 la UE había consumido más de un 200 % de su presupuesto de fair share si tenemos en cuenta las emisiones históricas.

Por lo tanto, es importante tener en cuenta que la responsabilidad en el cambio climático no es equidistante entre todos los actores sociales.

El telos de la acción climática

La cuestión de la responsabilidad climática es central en las negociaciones internacionales. Su complejidad y controversia limita y debilita los acuerdos. Nadie quiere ser culpable, y todos quieren culpar a los demás. Un juego psicológico en el cual el objetivo de los participantes es hacer sentir mal al otro.

Salir del juego implica, necesariamente, no jugar a él. Y esto supone colocar el foco en el telos de la acción climática, y también en la autocrítica sobre la cuestión moral de la responsabilidad.

El propósito de la acción climática –vale la pena recordarlo– es detener una catástrofe social a nivel global. La propuesta, teniendo en cuenta la urgencia, es que cada actor social asuma su responsabilidad, de forma individual o colectiva, y lleve a cabo una transformación ecológica descentralizada basada en datos y libre de mitos.

Así, cada actor social tiene ciertas competencias para movilizar sus recursos y avanzar en la transformación colectiva de las sociedades actuales. Por ejemplo, más allá de los acuerdos alcanzados en la COP28, muchos estados tienen las suficientes competencias para dar pasos acelerados hacia sociedades verdaderamente sostenibles y, por qué no incluirlo, socialmente más participativas y justas.

En su lugar, defienden mitos como el crecimiento verde –que afirma que el crecimiento económico es compatible con la sostenibilidad–, las oportunidades de mercado en la transición ecológica y las tecnologías de captura de carbono como solución al cambio climático.

Permítanme concluir recordando aquello de que, como una orquesta sin director, cada uno debe ser consciente de sus propias responsabilidades. Puede que haya llegado el momento de aplicarnos el cuento.

*Investigador postdoctoral en economía ecológica, Universidade de Vigo. 

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