Entre sueños y desaparecidos – Por E. Andrea Robles G.

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Entre sueños y desaparecidos

Por E. Andrea Robles G., especial para NODAL

 

“Éramos buen tiempo perdido, el capricho de un suspiro, por las calles

ya no se vela, pues no toca la balacera y con el alba en la acera.”

Enjambre

Las historias que se habían perpetuado en la narrativa de las ciudades violentas en México parecían ser cuentos de terror de lugares específicos; los que se evitaban circular, los que las carreteras habían sacado de su trazo, los que estaban en la lista negra del Gobierno de Estados Unidos, los que casi con nombrarlos venía una santiguada como si se estuviera llamando a un demonio por su nombre. Parecían. Así en tiempo pretérito, porque de a poco (o quizá de a mucho) la sistematización de la violencia se fue apoderando de múltiples ciudades que ya no hicieron distingo ni de ubicación geográfica, ni de densidad poblacional, partido en el poder, localización fronteriza, ni ninguna de esas cualidades que parecían homogenizar a los violentos pueblos mexicanos: esos retratados en sepia por el cine hollywoodense.

Lo cierto es que la violencia en México cruzó del mito a lo cotidiano; salió del retrato mexicano clásico en donde figuran las ciudades desérticas del límite norte del país, con imágenes de pobreza encarnada en huaraches con suela de llanta, pieles empolvadas, dealers de mariguana y cocaína. La violencia en este país excedió toda clase de ficción; se desenmarcó de la típica consigna con la que varias generaciones crecieron, pensando que sólo eligiendo “el mal camino” las personas se encontrarían con una respuesta violenta. Lo cierto es que ese cuento casi mitológico mexicano, dejó de ser eso: un cuento. La violencia alcanzó a toda la esfera social en todas y cada una de sus expresiones y facetas; dejó de ser el camino de “los mal portados” para convertirse en un enemigo constante, latente; un ente vivo entre los vivos.

Ciudades enteras en todo el país se convirtieron en el nido de la otredad de la violencia: no sólo la derivada del tráfico de drogas, sino la violencia lateral y silenciosa que pasará a la historia como la deuda social más grande en la historia. Los secuestros, los desaparecidos, los levantados, los mutilados, dejaron de ser historias de miedo para ser un común denominador entre las familias. Esta violencia contra la humanidad que poco o nada tiene que ver con la compraventa de narcóticos, no hizo  -ni hace-  distingo entre las clases sociales, la posición económica, el nivel académico o el poder público; no hay una sola familia que no tenga una tragedia de esta naturaleza qué contar.

Las y los muertos de la violencia en México no sólo tienen la estampa de la droga: el crimen organizado ha expandido sus multiservicios a niveles estratosféricos. Tanto así que los movimientos espaciales de los grupos delictivos son al día de hoy un severo conflicto geográfico: los pueblos fantasmas y los desplazados existen y al día de hoy siguen cargando la historia de una comunidad completa en maletas que seguramente nunca van a regresar a casa. La desterritorialización provocada por la ocupación del crimen es una situación latente, emergente y urgente que no se toca en la agenda pública, porque, qué gobierno puede admitir que el desplazo de cientos (o miles) de personas ocurrió a plena luz del día y que no hubo fuerza pública alguna que impidiera la coacción.

La violencia actúa en dos formas contrarias entre sí: mientras el desplazo no sólo desenraiza, sino que genera movimientos sociales a niveles disímiles: atenta contra las vocaciones productivas, contra la herencia cultural y contra el movimiento económico regional, por otro lado, como cualquier práctica sociocultural, en la medida en que una actividad se repite y se transmite en la praxis y en la teoría, pasan a formar parte del inventario cognitivo de un lugar. Ejemplifiquémoslo: un pueblo de clima templado, humedades naturales, suelos fértiles, ciclos agrícolas regulares y con gente que conoce la naturaleza del suelo, si la demanda apremia, migrará de la siembra de jitomate, maíz o frijol a la siembra de mariguana y amapola; y si esos conocimientos y la dominación de la técnica se transmiten de generación en generación, llegará el punto donde el agricultor nada sabrá de frutas o cereales, pero sí tendrá una amplia expertise del narco cultivo.

Es decir, la violencia al tiempo que atenta contra todas las expresiones humanas, también se adapta y se deja adoptar por los pueblos a donde llega a instalarse. La violencia no es un invento fuera de lo humano, sino que justo por su naturaleza tan humana, es capaz de echar raíces en cualquier lugar que le dé un poco de agua, un poco de sol y un poco de sombra.

En algún punto, las expresiones directas e indirectas de la violencia, llegan a ser parte natural del modus vivendi; las conductas de acción, las de omisión y las de defensa. Véase como ejemplo las ciudades y carreteras militarizadas, los protocolos de protección de balaceras instruidas en la educación básica, la industria lúdica infantil creada a partir del uso de armas, las facetas artísticas edificadas a partir de la narco cultura, el culto a los macro exponentes de los cárteles mexicanos, los toques de queda extraoficiales que operan como regla fáctica para el comercio.

La presencia de la violencia sí cambia a las sociedades y sí condiciona los esquemas de vida de las personas reunidas en un mismo tiempo y lugar; también modifica las conductas, la forma en que los individuos se relacionan, el acceso a servicios públicos, el nivel de educación, el giro económico, la pertenencia territorial y en general, todos y cada uno de los aspectos sociales de las comunidades.

Y hay otras caras de las consecuencias de la violencia que son preocupantes también, por ejemplo el tratamiento  -justamente-  causal de la misma. Es decir, todas aquellas acciones que vienen desplegadas después de las expresiones violentas, tanto las que nacen de la iniciativa oficial como las que surgen de la sublevación. México tiene patentados los paliativos contra la violencia: desde las bolsas de atención a víctimas que nunca generan una mejora directa hasta cierres, o fines de ciclos de duelo a partir de descubrimientos de fosas clandestinas o identificación de cadáveres descompuestos.

Desde el bastión gubernamental, el combate frontal a la violencia no ha tenido un sólo éxito a casi dos décadas de la militarización de la seguridad pública, mientras que del lado civil, las personas organizadas han tenido que tomar por medio de la fuerza  -pero con un amplísimo dejo de razón-  los asuntos en sus manos: las madres buscadoras por ejemplo, que sin ningún tipo de apoyo ni protección buscan a las más de 114 mil personas desaparecidas en el país. Los periodistas de campo que han sido perseguidos hasta su perecimiento, las activistas (y víctimas indirectas) de feminicidios que han corrido con la misma trágica suerte, y un sinfín de personas que desde lo individual y en lo colectivo han afrontado los muchos rostros de la violencia: todos los enfrentamientos con saldos negativos, todos con muertos y desaparecidos en la cuenta final.

La mochila que carga México llena de víctimas de este monstruo gigante, es muy pesada y se ha tenido que cargar entre millones. Nadie ha encontrado la fórmula contra la violencia en este país: ni la prevención social, ni el incremento en el número de efectivos activos, ni la especialización de las fuerzas policiales y armadas. La violencia es tan cotidiana como las tortillas y tampoco distingue a nadie; tiene predilección por las comunidades vulnerables, pero está a final de cuentas en el aire que respiran todos y que nadie ha sabido cómo erradicar. Y ha aprendido a cambiar, a adaptarse como especie para asegurar su supervivencia, dejando no sólo un número rojo casi impronunciable, sino un permanente sentimiento de nostalgia; un arraigo perpetuo a la vida antes de la violencia de hoy.

Este texto fue escrito en Fresnillo, Zacatecas, el municipio donde la gente se siente más insegura en todo el país. El lugar donde menos del 4% de la población considera que la ciudad es un espacio seguro. Donde se asesinan más de mil personas al año en una población de apenas 242 mil habitantes.

*Abogada, maestrante, docente artículista, escritora aficionada, activista por los Derechos Humanos.

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