Vivimos una revolución cultural – Por Rafael Cuevas Molina

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Rafael Cuevas Molina*

Estamos viviendo una revolución cultural. La revolución del siglo XXI. Acostumbrados como estábamos en el siglo XX a entender las revoluciones como fenómenos abruptos y violentos, que cambiaban las cosas de pronto, de forma traumática para la sociedades en las que sucedían, nos cuesta identificar esta nueva revolución que estamos viviendo, que tiene otros ritmos, otras características, pero que, como toda situación revolucionaria, es decir, que trastoca y pone de cabeza nuestra forma de vida, es traumática, llena de contradicciones, enfrentamientos y posicionamientos extremos.

La revolución que estamos viviendo es una revolución cultural, de cambio de visión de mundo y de valores. Es una revolución que a ratos se estanca o retrocede, pero que tendencialmente avanza. Tiene sus antecedentes o raíces en el siglo XX, específicamente al término de la Segunda Guerra Mundial, es decir, a partir de la década de los cincuenta, que es producto precisamente de ese gran cataclismo que significó esa tremenda y destructiva guerra, que propició el surgimiento de fenómenos socio-culturales y políticos nuevos y el aceleramiento de la consolidación de otros.

Un factor importantísimo, que se entrelaza y condiciona mutuamente con otros, fue la revolución científico tecnológica que tuvo profundas implicaciones en la vida cotidiana, inicialmente de los Estados Unidos, pero que se extendió hasta cubrir todo el planeta, la revolución en el espacio de las comunicaciones y la introducción de tecnología en el hogar, algo que en la actualidad vemos como algo natural, pero que en su momento significó un vuelco profundo en la forma como las personas vivían y miraban el mundo. Junto con la incorporación de la mujer a la producción de bienes materiales por la ausencia de fuerza de trabajo masculina que se encontraba canalizada en el esfuerzo guerrero, esta introducción de tecnología en el seno del hogar, que aliviaba la carga del trabajo doméstico, llevó a la creciente incorporación de la mujer en la vida pública, con todas las implicaciones y repercusiones que esto ha tenido, como fácilmente podemos constatar en nuestros días.

Por otra parte, la popularización de aparatos de difusión cultural, en primer lugar la televisión, llevó a diseminar mundialmente valores asociados al modo de vida norteamericano, lo cual derivó en el desarrollo de una industria gigantesca de productos de gran impacto ideológico. Esta industria no solo difunde, sino que también recepciona las dinámicas que producen los ecos de esta revolución en el mundo, los resemantiza y los devuelve en un nuevo formato que le da un nuevo impulso a todo el proceso. Ese es el papel de la industria cultural hollywoodense, del que el mundo entero está pendiente, y que constituye uno de los polos dinamizadores de la revolución cultural contemporánea.

Claro que al hablar de la televisión nos estamos refiriendo al momento inicial de esta revolución cultural, y no ahondaremos en el desarrollo vertiginoso que desde entonces hemos vivido en el mundo hasta nuestros días, cuando han parecido los teléfonos celulares, las redes sociales, los algoritmos y la inteligencia artificial, términos todos que son de uso corriente hoy en día, pero que hace solo unos cuantos años (muy pocos años en términos históricos) ni siquiera existían.

Es imposible en una pequeña nota como esta pasar tan siquiera a presentar los factores implicados como base de esta revolución cultural de largo aliento que estamos viviendo, pero baste lo dicho para tener una idea del tiempo que lleva desarrollándose y la vorágine que ha generado.

Esa revolución cultural genera grandes controversias y posicionamientos políticos entre quienes adscriben, impulsan, o simplemente están de acuerdo con los cambios que se van generando de forma vertiginosa, y quienes se quedan anclados en los valores que ofrecían seguridad y estabilidad a sus vidas en el pasado. Estas controversias no solo saturan las redes sociales, sino que muchas veces son determinantes en la vida política del mundo, y definen el decantamiento por unas u otras opciones políticas.

El avance de proyectos conservadores, a veces de extrema derecha, que vemos en la actualidad, son una reacción a hechos y fenómenos desencadenados por esta revolución cultural que ha sido provocada por el desarrollo impetuoso del capitalismo, que tanto genera los elementos que lo sustentan y llevan hacia adelante, como los que pueden ser sus sepultureros.

Elementos centrales de esta revolución cultural producida y dinamizada por el capitalismo contemporáneo son la centralidad del individuo y el consumo. El culto al “yo” individual, que se entiende como autosuficiente y que debe tenerse a sí mismo como centro del universo, lo tiñe todo. Las relaciones interpersonales (la amistad, el amor, las relaciones de pareja), la política, la religión, giran naturalmente en torno al supremacista “yo” que solo busca su satisfacción y bienestar como ser autosuficiente, autónomo y, muchas veces a pesar o en contra del otro.

El cuerpo, como territorio en el que se tiene dominio soberano en el que se puede expresar y realizar la voluntad autárquica, asume un protagonismo antes desconocido. Las oraciones de la mañana ya no apuntan hacia un dios que encarna en el bien común y solidario, sino en el bienestar espiritual personal que se somete como siervo a un ser todopoderoso que juzga nuestro comportamiento en función del éxito que tengamos en nuestras empresas.

Y el lugar en donde se propone la realización de todas estas expectativas, deseos y necesidades individuales es el consumo, que se metamorfosea como un camaleón en todas las formas posibles y para todos los gustos, incluso asumiendo la forma gorgónica de su rechazo.

Cada quien podrá desgranar por sí mismo las implicaciones de toda esta revolución cultural que vivimos no solo en el entorno sino en sí mismo. Es difícil hacerlo porque hemos naturalizado, transformado en sentido común, sus valores, y por eso mismo es dificultoso asumir una visión crítica del mundo, aun cuando nos auto percibamos como personas de pensamiento de avanzada. Pero, independientemente de la toma de conciencia de esta situación, nadie podrá escapar al clima de enfrentamiento y confrontación que genera esta época de cambio revolucionario que vivimos.

* Historiador, escritor y artista plástico. Licenciado en filosofía y magíster en Historia por la Universidad de La Habana. Catedrático, investigador y profesor en el Instituto de Estudios Latinoamericanos (IDELA), adscrito a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional (UNA), Costa Rica. Presidente de AUNA-Costa Rica.

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