Paraguay: crisis del movimiento popular y una izquierda sin rumbo – Por Bernardo Coronel

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Bernardo Coronel*

El movimiento popular sufre su mayor crisis actualmente. Durante más de dos décadas fue protagonista de grandes conquistas, como el acceso a la tierra, logrados tras largas luchas de resistencia. Hoy las organizaciones sociales están debilitadas, algunas incluso desparecidas. El movimiento popular experimenta su peor retroceso desde la caída de la dictadura.

La domesticación del campo popular

Trataremos de entender el origen de la crisis, y para eso debemos remontarnos a 1995. Ese año, tocado por el “Efecto Tequila”, Paraguay sufrió un colapso financiero que llevó al quiebre de casi todos los bancos y financieras del sistema. Las reservas apenas alcanzaban 400 millones de dólares. La crisis se fue profundizando, seguida de ingentes movilizaciones contra Lino Oviedo que se presentaba como un líder mesiánico, el único capaz de resolver el problema. El colapso financiero, con enormes efectos sobre la población, culminaría con la renuncia del presidente Raúl Cubas, tuteado de Oviedo, durante el levantamiento popular, conocido como el “Marzo Paraguayo”.

Tras la renuncia de Cubas se crea un gobierno de coalición, formado por partidos opositores y liderado por los colorados. Por primera vez en la era democrática, la oposición ocupaba espacios de poder en el ejecutivo. Políticos opositores son nombrados ministros y éstos incorporan como funcionarios a dirigentes de base y activistas sociales. Se abría una supuesta nueva etapa de lucha, la “ocupación de espacios de poder”, conquistados “legítimamente”. Pero, antes que ocupación de espacios, los resultados serían muy distintos: los dirigentes acabarían siendo cooptados por el sistema. El gobierno empezaría a controlar la crisis financiera y también al movimiento popular.

El keynesianismo de Nicanor Duarte Frutos

En el 2003, frente a la amenaza de un nuevo quiebre financiero, el presidente Nicanor Duarte Frutos, ejecuta una política de estímulo de tipo keynesiano, una New Deal en la economía paraguaya. De la mano de Dionisio Borda, un técnico de pensamiento progresista, inicia un programa de asistencia monetaria para la población más carenciada. En paralelo, los ministerios adoptan planes sociales dirigidos a los sectores populares, y empieza a aplicarse subsidios, como “Tekopora” y “Tercera Edad”, planes que serían profundizados durante el gobierno de Fernando Lugo.

En la actualidad ya hay más de 200.000 familias que reciben aportes en efectivo de Tekopora y 310.000 adultos mayores del programa alimentario. Globalmente más de 500 mil familias, las bases del movimiento popular, sobreviven gracias al subsidio estatal. El “subsidio” penetró la conciencia de las capas más pobres de la población, neutralizando su voluntad hacia la lucha social. Esta población hoy vive pendiente a la asistencia estatal, y en medio de tanta miseria y desesperanza, el subsidio es su tabla salvadora.

Con la aplicación de los planes keynesianos se produciría una inflexión en el movimiento popular, especialmente en la era Luguista, cuyo ministro de economía seguiría siendo Dionisio Borda. Seducido por el gobierno de Lugo, la dirigencia social y de izquierda irían abandonando la lucha social para ocupar espacios en el “gobierno progresista”. Ya no era el momento de invadir tierras y cerrar rutas, sino de “incidir políticamente” sobre el Estado, a través del acceso a programas sociales. La incidencia política nunca se produjo, al contrario; los programas lograrían anular la dinámica de lucha del campo popular.

Si antes los dirigentes empuñaban foisas y machetes en las ocupaciones, los dirigentes actuales deambulan con carpeta bajo el brazo, gestionando recursos en los ministerios. Los dirigentes que pasan más tiempo en las instituciones públicas que en sus comunidades.

La izquierda perdida

De acuerdo al Instituto Nacional de Estadísticas, 8 de cada 10 paraguayos trabajan en el mercado negro, en situación precaria y con ingresos insuficientes para cubrir la canasta básica, y la pandemia exacerbó los niveles de pobreza. La gente sobrevive penosamente, viendo cómo los políticos sin ningún pudor ostentan la riqueza escamoteada al Estado. Crece la crispación social y el hartazgo, alcanzando niveles de explosión social, como lo ocurrido útilmente con los estudiantes universitarios. Como nunca antes la corrupción está alcanzando niveles tan altos, así como la pobreza, el desempleo y la inseguridad, terreno fértil para una izquierda ausente.

Desde que la izquierda empezó a ocupar espacios de poder, cayó en el desvarío de privilegiar la lucha institucional y electoral sobre la lucha social. En función de gobierno se volvió conservadora y temerosa de cuestionar al poder, entrando en un terreno resbaladizo de reacomodo neoliberal.

Las circunstancias deberían obligar al progresismo a procesar una nueva lectura de la realidad, repensando en una nueva estrategia, entendiendo que no hay cambio sin lucha social, y que la lucha institucional y electoral, son solo una parte de la lucha global. Si la izquierda sigue divorciada del movimiento popular, seguirán apareciendo oportunistas como “Chaqueñito”, Zenaida o Yamy Nal. Y si no se renueva, en las próximas elecciones su histórico espacio en el campo popular, volverá a ser ocupado por expresiones populistas de derecha, como Cruzada Nacional.

*Antropólogo paraguayo, consultor del Centro de Difusión de la Economía Solidaria

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