Ekaitz Cancela: “Imaginar el fin del capitalismo es volver a las experiencias de Chile, Brasil, India e incluso China a la hora de plantear alternativas”

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Ekaitz Cancela: “Imaginar el fin del capitalismo es volver a las experiencias de Chile, Brasil, India e incluso China a la hora de plantear alternativas”

Por Andrés Imperioso*

Ekaitz Cancela es un periodista vasco, reconocido por sus análisis sobre el capitalismo digital y la economía política. Es miembro de la cooperativa Radical Books, que congrega a la editorial Verso Libros, que inicia distribución en Argentina, México, Uruguay y Chile, así como Manifest Llibres. Además, es curador de la plataforma de contenido The Syllabus y miembro de su institución hermana Center for the Advancement of Infrastructural Imagination (CAII), ambas fundadas por Evgeny Morozov. Se encuentra realizando un doctorado sobre la función del Estado y el mundo digital.

Los libros que publicó son El TTIP y sus efectos colaterales (Planeta, 2016), Despertar del sueño tecnológico (Akal, 2019). En cuanto a Utopías digitales. Imaginar el fin del capitalismo (2023), editado por Verso para España, fue publicado por Prometeo con un prólogo especial para Argentina y espera su edición en Chile (con Lom) y Cuba (con Casa América).

Sería interesante que puedas contarle a un lector que te lee por primera vez, ¿Qué te llevó a interesarte por el análisis del capitalismo digital y la economía política?

Mi primer área de investigación fue la influencia de los lobbies empresariales en los tratados de comercio y, especialmente, las prácticas de presión que llevaban a cabo en Bruselas a la hora de defender a los intereses de Estados Unidos: desregulación de los servicios públicos, entrada de productos químicos, blindaje de los procesos de privatización iniciados desde los 80, en donde tenía intereses las empresas de este país.

Cuando llevaba varios años estudiando lo que se conoce como tratados convencionales, así como las críticas que los movimientos anti globalización habían vertido sobre ellos desde hace varías décadas, me di cuenta de que algo estaba cambiando en los tratados de nueva generación (como el TiSA, un tratado internacional en el que entraban 23 países, así como los que pertenecen a la Unión Europea, con el objetivo de promover la liberalización a escala global del comercio de servicios). Por primera vez, estos acuerdos incluían cláusulas para evitar que los países pudieran gestionar sus propios datos de manera local, es decir, que todos los datos fueran libres de fluir hacia las empresas estadounidenses como Google o Facebook, e incluían cláusulas de comercio electrónico que solo empoderaban a empresas como Amazon o Walmart.

Al mismo tiempo, las grandes tecnológicas estaban comenzando a tener cada vez más influencia en la Unión Europea, siendo quienes más gastaban en presionar a los legisladores europeos. Me refiero a sumar muy por encima de actores empresariales tradicionales como la industria fósil, la de los automóviles u otros capitalistas industriales que estaban en la génesis de la Unión Europea. Entonces, en buena medida gracias al trabajo de Evgeny Morozov, empiezo a darme cuenta de que algo está cambiando en la naturaleza del capitalismo tras la crisis 2008 y que aquello yo estaba estudiando, la economía política del comercio internacional, tenía que incluir en el análisis las transformaciones en cursos que había desatado la economía digital,

Por primera vez, presentaste tus conclusiones sobre el mundo digital en  «Despertar del sueño tecnológico», ¿Cuáles son las principales conclusiones de ese libro?

Aquel libro, bastante mal editado, comenzó con una hipótesis era que, debido a los problemas económicos y de legitimidad que habían experimentado con el shock de la economía global en 2008, los medios de comunicación habían sido los primeros actores en asumir la ideología de la innovación de Silicon Valley, que bajo el dogma de la digitalización proponía solucionar buena parte de sus problemas materiales y de credibilidad ante la opinión pública. Mi crítica era que la creación de una imprenta digital global, en propiedad de Google y Facebook, crearía nuevos problemas para esta industria. Si uno las entiende desde la perspectiva de la economía política de las comunicaciones entiende que la privatización de la esfera pública por empresas que mercantilizan la sangre de la democracia (la información) provoca que el concepto de la verdad, central para la prensa, se reduzca a aquello que más click tiene o, en términos marxistas, a aquello que permita la producción y reproducción más rápida de la forma mercantil.

En un momento en que lucha de clases estaba fuera de las discusiones sobre internet, mi intención era decir que la mayoría de periodistas, salvo aquellos que sobrevivieron a la destrucción de las imprentas tradicionales, representaban a una clase precaria emergente que en la mayoría de casos, además, trabajaban gratis indexando contenido para los algoritmos de estas empresas. También trataba de entender estas transformaciones de manera dialéctica, como una oportunidad para politizar las tecnologías, afirmando que las mismas herramientas tecnológicas que permiten a la burguesía consolidar, o renovar, su proyecto de clase aquellas que pueden ayudar al proletariado a ganar posiciones en esta lucha.

Actualmente, entiendo que te encontrás promocionando tu libro “Utopías digitales…”, ¿De qué se trata esto de “imaginar el fin del capitalismo”? 

Había pasado tanto tiempo pensando en la intersección entre el capitalismo y las tecnologías que mi análisis era bastante pesimista –en cierta medida, como el de la escuela de Frankfurt– y ofrecía pocas alternativas de futuros deseables. Este libro es un intento por hacer lo contrario: pensar en cómo desplegar tecnologías que sostengan sistemas anticapitalistas. Decía el difunto pensador italiano Mario Tronti que necesitamos volver a poner en circulación la palabra “comunismo”, y que para ello era necesario trazar una arqueología sobre aquellos experimentos pasados que hicieron todo lo posible por llevarlo a cabo. La intención de este libro es exactamente eso, aunque focalizándose en las iniciativas tecnopolíticas, principalmente acaecidas en los albores de la Guerra Fría y situadas geográficamente en el Sur Global. En los países occidentales, antiguas potencias coloniales y en la actualidad piezas del engranaje imperial estadounidense, existe una falta de imaginación política absoluta porque siempre han construido sus tecnologías en base a las necesidades de la industria de la guerra.

Por el contrario, los países del Sur han reclamado siempre usos de la tecnología que sirvan para la liberación nacional. Entienden que la tecnología es resultado de la lucha de clases, que no es neutra, buena o mala, sino una palanca para llevar a cabo sus propios programas de desarrollo autónomo en un momento donde, además, sufren prácticas de desposesión, extractivismo y otras relaciones de dependencia tecnológica.

Imaginar el fin del capitalismo es volver a esas experiencias sucedidas en Chile, Brasil, India e incluso China a la hora de plantear alternativas ya no Silicon Valley, sino a las corporaciones tecnológicas del Siglo XX, como la ITT o IBM, y tratar de entender qué lecciones se han quedado atrapadas en ese pasado, iniciativas que habíamos olvidado debido a la historia contada por los ganadores, para mejorar nuestras posiciones en la batalla tecnopolítica contemporánea.

Da la impresión que, de alguna manera, realizás un ajuste de cuentas con otras interpretaciones de izquierda de las transformaciones tecnológicas. Por ejemplo, con Mark Fisher o los aceleracionistas. 

En realidad, mi intención es saldar cuentas con enemigos algo más cualificados, como los pensadores neoliberales, quienes realmente han ganado la batalla ideológica desde la Guerra Fría. Además, salvo la recuperación comercial de Fisher a nivel editorial, algo que le haría saltar de la tumba, esas corrientes de pensamiento no gozan de buena salud. Mismamente, Nick Snircek y Alex Williams, los exponentes más actuales del aceleracionismo, han renegado de sus posturas, aunque no sé si debido a las razones correctas.

En mi opinión, el primer error de esta corriente es creer que bastaría con recuperar las tecnologías creadas por el capitalismo sin cuestionar su naturaleza. Por ejemplo, en lo relacionado a la inteligencia artificial, uno de los ejemplos que siempre utilizan los aceleracionistas. ¿De verdad queremos socializar herramientas entrenadas con miles de millones de parámetros recopilados de páginas web con contenido estúpido y que además tienen un coste energético e hídrico brutal? Como decía, buena parte de las tecnologías actuales se derivan de visiones militares, herederas de prácticas de represión y vigilancia.

El segundo, siguiendo algunos problemas ontológicos del marxismo, es creer que las máquinas solo pueden enfocarse a solucionar las tareas en el ámbito de las necesidades para luego alcanzar el ansiado tiempo libre. Tenemos que pensar en cómo movilizar la esfera de las libertades, todo aquello que hacemos fuera de la fábrica, para pensar en forma de crear valor social donde se entremezcla el trabajo y el ocio, el esfuerzo y el deseo. Eso es básicamente lo que empresas como Instagram han conseguido.

También es algo que los neoliberales han entendido, por eso han consolidado una alianza con Silicon Valley para consolidar su agenda. En este asunto, no solo será suficiente utilizar las redes sociales del capital, sino imaginar plataformas radicalmente nuevas para movilizar nuestros deseos de manera productiva para el colectivo.

Un hilo conductor de tus investigaciones sobre el mundo digital parece ser tu apuesta optimista por la creatividad humana, ¿Qué rol juega en todo esto?

No es que se trate de una apuesta optimista, sino que la creatividad forma parte de la naturaleza humana, como dice Raymond Williams en el capítulo La mente creativa de La larga revolución (Verso Libros). Esto es algo que los marxistas, casi siempre ensimismados en el trabajo como única acción posible, no han parecido entender. Pero si el neoliberalismo ha conseguido triunfar es porque ha canalizado hacia el mercado la creatividad, el espíritu innovador o nuestra tendencia hacia descubrir cosas nuevas. Es explotando estas ambivalencias de la modernidad, cuestiones todas relacionadas con la esfera de las libertades, y no de las necesidades, como el trabajo en la fábrica, como Silicon Valley ha conseguido legitimar la agenda intelectual del capitalismo en su época neoliberal.

Esta corriente intelectual gana sus argumentos porque, más allá de que el mercado sea la única forma de redistribuir los bienes y recursos en una sociedad, es también la única institución para la coordinación social, para rebuscar en nuestra identidad, entender quiénes somos y quiénes queremos ser. El argumento de la fuerzas que aspiren a la superación de este sistema deben argumentar algo muy sencillo: si bien el interfaz de los dispositivos tecnológicos contemporáneos ha logrado desbloquear una fuerza espiritual muy importante, ha ocurrido a un coste muy alto: desigualdad, calentamiento global, pero también el subdesarrollo de las capacidades humanas de la mayor parte de la sociedad en detrimento de la centralización del capital social y cultural en unas pocas mentes entendidas como creativas, véase, los CEO de Silicon Valley que, supuestamente, han labrado su ingenio en un garaje. Un proyecto republicano, que aspire a la igualdad, debe señalar que todos tenemos esa capacidad para avanzar y mejorar el entorno con nuestra acción, pero que las actuales infraestructuras de mercado bloquean esa pulsión libidinal, ese deseo, si se quiere, en términos de Spinoza.

Ahora bien, ¿Por qué publicarlo nuevamente y con un prólogo especial en Argentina?

El libro se distribuye en Uruguay y México, además aparecerán tres ediciones con introducciones específicas para Argentina, Chile y Cuba con editoriales de estos países, así que es una estrategia más general para intervenir en los intensos y estimulantes debates que tienen lugar en dicho lugares.

En mi opinión, la victoria de Milei supone un hecho filosófico de primer orden, una oportunidad para llevar a cabo una reflexión crítica más amplia sobre cuál debe ser el rol estratégico de las fuerzas emancipadoras, una discusión que creo deberíamos tener antes de pensar en qué tecnologías usar para ello. Por ejemplo, la libertad como un concepto central que disputar, la capacidad del ser humano para emprender fuera  los confines del mercado e inscribir su propia voz en la historia. Si esa dimensión no se problematiza y se deja el camino libre a los neoliberales nunca seremos capaces de vencer. Milei era algo así como una suerte de personificación de las ideas que quería poner en circulación con este libro, y ello requería una reflexión profunda por mí lado.

Me sentiría un poco cínico si, como hacen filósofos autopercibidos como ilustrados al estilo de Éric Sadin, publicara un libro escrito en Europa y luego predicara sobre las alternativas posibles, sin conocer un ápice de la realidad nacional. La idea con este libro era también venir al país con los oídos bien abiertos a la infinidad de experimentos digitales y debates intelectuales que se han producido durante años desde todas las escalas de la sociedad argentina.

Por último, entiendo que también te encontrás promocionando la editorial cooperativa “Verso” en la cual trabajás como editor. Para el lector que no la conoce, ¿podés contar cuál es su perfil?

Cuando mi colega Simón Vázquez me propuso acompañarle en la titánica tarea de levantar Radical Books, la cooperativa que edita tanto Verso Libros, que inicia distribución en Argentina, Chile, Uruguay y México, como Manifest Llibres, nuestro sello en catalán, tratamos de entenderlo como algo más que una editorial. Para nosotros, se trata de espacio intelectual orientado a la producción, edición y difusión de herramientas culturales para desafiar al capitalismo contemporáneo. Si bien seguimos la tradición emancipadora de Verso Books, publicamos textos tanto de intervención política urgente como de larga mirada, tenemos el objetivo de articular redes culturales capaces de imaginar mundos nuevos. Creemos en la necesidad de construir bloque histórico, de organizarnos en torno a proyectos donde personas distintas puedan trabajar en la renovación del pensamiento socialista, incluyendo las aportaciones del feminismo, el ecologismo, las teorías queer, pero también el antiimperialismo, así como los viejos y nuevos debates marxistas que analicen la transformación del sistema.

La editorial también trata de avanzar en la descolonización del conocimiento y subvertir las relaciones Norte-Sur, publicando autores que no han llegado a España, pero también tratando de que nuestros colegas estadounidenses y británicos comiencen a mirar el trabajo que se produce en esta parte del mundo.

*Andres Imperioso. Politólogo e investigador del Centro de Ciencia y Pensamiento (UNSAM).

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