Milei en Davos 2026: las consecuencias de lanzar una cruzada moral
Por Emilia Trabucco*
La participación de la Argentina en el Foro Económico Mundial de Davos 2026 volvió a exhibir el rumbo geopolítico asumido por el gobierno de Javier Milei. La presencia oficial en Suiza se desplegó a través de una agenda precisa de reuniones políticas, financieras y diplomáticas que refuerzan una inserción subordinada del país en el reordenamiento global en curso.
La delegación argentina estuvo integrada por la secretaria general de la Presidencia Karina Milei, el ministro de Economía Luis Caputo, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado Federico Sturzenegger y Ministro de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto Pablo Quirno. La agenda presidencial incluyó encuentros con CEOs de bancos y entidades financieras globales, reuniones con autoridades del Foro Económico Mundial, el saludo protocolar con el presidente de la Confederación Suiza, Guy Parmelin, la participación en el Country Strategy Dialogue on Argentina y entrevistas con medios internacionales. En paralelo, Caputo mantuvo un encuentro con la directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, en la antesala de la segunda revisión del acuerdo, con elogios públicos al rumbo económico y a la política de acumulación de reservas.
El discurso de Milei se produjo después de la intervención de Donald Trump, quien fijó la agenda del Foro con una exhibición directa de poder: amenazas arancelarias, disputa por Groenlandia, control de recursos estratégicos y reafirmación unilateral de la primacía estadounidense. En ese marco, Milei habló como vocero regional de ese proyecto, retomando su marco civilizatorio. “América será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente”, afirmó. Tras la palabra del jefe, el alfil quedó desdibujado y con menor impacto del esperado. Tampoco cumplió su objetivo de lograr una reunión ni una foto con el presidente norteamericano.
La afirmación de Milei en su discurso, “Maquiavelo ha muerto”, condensó una operación discursiva que eleva el nivel de confrontación. La frase se articuló a la idea de que la política debe ordenarse por una moral absoluta —presentada como “valores éticos y morales de Occidente”— y abandonar toda lectura material del poder. La política quedó absorbida por una ética del mercado que naturaliza la desigualdad y vuelve aceptable el sufrimiento social.
En ese encuadre, Milei sostuvo que el capitalismo de libre empresa posee una virtud ética intrínseca y que su defensa constituye una obligación moral. La economía adquirió un carácter normativo y el mercado pasó a definir lo justo. Según el presidente, la desigualdad dejó de ser un problema político y se convirtió en una consecuencia legítima del orden moral.
En Davos, esa cruzada moral se organizó además sobre una concepción del conflicto en términos de bandos. Milei retomó la oposición entre capitalismo y socialismo como eje ordenador de la escena mundial, como confrontación moral. El socialismo fue presentado como una amenaza civilizatoria, asociada a la degradación de Occidente, mientras el capitalismo de libre empresa apareció como el único horizonte éticamente legítimo. En ese esquema, la política internacional quedó reconfigurada como una disputa entre quienes “defienden la libertad” y quienes encarnan su negación, delimitando enemigos explícitos y clausurando cualquier posibilidad de mediación política.
La noción de justicia que emerge de este discurso se articula directamente contra la justicia social. En la tradición política argentina, la justicia social estructuró el proyecto popular: derechos laborales, redistribución del ingreso, organización colectiva y ampliación de ciudadanía. En Davos, esa tradición fue deslegitimada como una distorsión moral asociada al parasitismo y al abuso estatal. La justicia quedó reducida a la no intervención del Estado en el mercado.
Esta redefinición se apoya, además, en una contraposición persistente entre justicia y eficiencia. Milei presentó la justicia social como un obstáculo para la eficiencia del sistema económico y sostuvo que el dilema entre ambas dimensiones es falso. La eficiencia del mercado fue elevada a criterio ético, mientras las políticas redistributivas quedaron asociadas a la injusticia y a la corrupción moral. De este modo, la desigualdad se naturaliza y se legitima como resultado justo de un orden eficiente, reforzando un marco que convierte el sacrificio social en una exigencia moral.
La moralización extrema de la política redefine el antagonismo. La disputa social se organiza como confrontación ética entre un orden considerado virtuoso y sujetos caracterizados como portadores del mal. Esta cruzada tiene enemigos explícitos en todo el mundo. En el plano internacional, el discurso converge con la narrativa occidental dominante que deshumaniza al pueblo palestino, reduce la cuestión migratoria a un problema de seguridad y presenta como amenaza a cualquier movimiento que cuestione la desigualdad estructural del capitalismo. En ese mapa se inscriben también los feminismos, la comunidad LGTBIQ+, las personas con discapacidad y las expresiones organizadas del pueblo trabajador, en la Argentina y en el mundo. La categoría “agenda woke” funciona como aglutinante para demonizar demandas de igualdad, derechos y reconocimiento.
La historia ofrece un registro claro de las consecuencias de estas construcciones morales. Las cruzadas que dividen el mundo entre “el bien y el mal» han legitimado violencias de gran escala, desplazamientos forzados y exterminios. Cuando la política se organiza como guerra ética, la violencia se presenta como herramienta necesaria para restaurar un orden considerado superior.
La dimensión material de esta cruzada se expresa en la región con particular crudeza en Venezuela, que tuvo lugar tanto en el discurso de Trump como de Milei. La intervención militar estadounidense y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama Cilia Flores constituyen una escena concreta de una racionalidad que combina moralización del poder y coerción directa. El control de los flujos energéticos y la apropiación del petróleo venezolano aparecen legitimados como acciones necesarias para preservar un orden moral superior.
La agenda de Milei en Davos se completó con la confirmación de la participación argentina en el denominado Consejo de la Paz, un organismo impulsado por Trump para desplazar a la Organización de las Naciones Unidas en la resolución de conflictos internacionales, en un contexto marcado por la destrucción de su sede en Jerusalén ocupada y el vaciamiento acelerado del multilateralismo. Si hay un pueblo que sufre la cruzada deshumanizante, es el palestino, que aparece como botín de guerra mientras los poderosos juegan a ser Nóbeles de la Paz.
Todo esto ocurre en un momento de transformaciones sistémicas profundas. El mundo organizado en el siglo XX ya no logra ordenar la realidad. En ese interregno —como advirtió Gramsci— emergen fenómenos morbosos: coerción sin mediaciones, desigualdad naturalizada y violencia legitimada en nombre de valores absolutos. El discurso de Milei en Davos se inscribe plenamente en ese momento histórico y contribuye a dotarlo de legitimidad moral.
Mientras esta cruzada moral se despliega, en la Argentina se profundiza el ajuste, avanza una reforma laboral regresiva y se consolida una transferencia de ingresos hacia sectores concentrados extranjeros.
Las asambleas antifascistas y antirracistas que comienzan a desplegarse en distintos puntos del país pueden leerse como espacios incipientes de elaboración colectiva frente a un escenario de reconfiguración profunda del poder político y social. El antecedente de la Marcha Federal del Orgullo Antifascista y Antirracista del 1° de febrero del año pasado señaló una sensibilidad extendida frente a la orientación del gobierno y a la carga simbólica de su discurso. Las instancias actuales retoman ese clima y lo reponen en otro momento del proceso, donde todavía no se encuentra definido el alcance ni la forma que pueda asumir una respuesta social más estructurada.
*Psicóloga, Magíster en Seguridad. Analista de la Agencia NODAL y del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE) en Argentina.
