El petróleo como botín de guerra
Nicolás Malinovsky *
El general Juan Domingo Perón advertía que “la fuerza es el derecho de las bestias”. Pocas veces esa sentencia resultó tan actual cuando el presidente estadounidense Donald Trump ordenó el bombardeo sobre Venezuela, acción que derivó en el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera combatiente Cilia Flores, en el marco de la operación Resolución Absoluta.
El ataque fue presentado bajo el ya conocido pretexto de la “lucha contra el narcotráfico”. Sin embargo, el mundo entero sabe – y Washington ya ni siquiera se esfuerza por disimularlo – que el verdadero interés del imperialismo norteamericano es el petróleo venezolano, la mayor reserva del planeta. El propio Trump lo dijo sin eufemismos: “Vamos a recuperar el petróleo que hace tiempo debimos haber recuperado”. Y fue aún más explícito al afirmar que “Estados Unidos planea llevar a las principales compañías petroleras estadounidenses a Venezuela”, sosteniendo que “Washington construyó originalmente la industria petrolera del país antes de que fuera tomada por un gobierno socialista”.
La lógica colonial no se oculta, se asume como propio aquello que fue nacionalizado soberanamente en 1976. En esa misma línea, el secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, calificó la operación como “histórica” y “ejecutada por los mejores estadounidenses”, y afirmó que existe una decisión firme de “frenar las drogas, recuperar el petróleo y dominar la zona oeste”. La tríada es reveladora: seguridad, recursos estratégicos y control geopolítico.
Trump, en su narrativa imperialista, declaró su voluntad de recuperar lo que “el socialismo robó”: “Ellos tomaron nuestra infraestructura, nuestra propiedad, y nuestros presidentes no hicieron nada. En lugar de eso, organizaron guerras mucho más lejos. El régimen socialista nos robó, y las administraciones anteriores permitieron que eso ocurriera controlando propiedad e infraestructura estadounidenses. Yo habría hecho algo al respecto”. No se trata solo de una amenaza sino de una confesión política de saqueo.
Esta acción militar, que viola abiertamente el derecho internacional y los principios básicos de soberanía, no surge de manera improvisada. Tuvo su anticipo en actos de piratería moderna, como la incautación ilegal de un buque petrolero venezolano por parte de Estados Unidos. A ello se suman años de bloqueo económico, financiero y comercial, profundizados especialmente tras la muerte del Comandante Hugo Chávez Frías.
Vale recordar que Trump emitió una orden ejecutiva en marzo de 2025, imponiendo un arancel del 25% a todos los bienes importados a Estados Unidos desde cualquier país que importara petróleo venezolano, ya sea directa o indirectamente. El arancel buscaba frenar el flujo de petróleo venezolano a los mercados globales, con el objetivo explícito de asfixiar a la economía venezolana y socavar el proceso de la Revolución Bolivariana.
Todo esto se inscribe en la sección de “Dominio energético” de la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (ESN), presentada por la Casa Blanca a fines de noviembre, versión de Trump de la doctrina Monroe. Allí se afirma “restaurar el dominio energético estadounidense (en petróleo, gas, carbón y energía nuclear) y repatriar los componentes energéticos clave es una prioridad estratégica fundamental”. Es decir, restaurar el dominio a cualquier costo para obtener energía barata y abundante para los fines de Estados Unidos.
La acción de Trump expresa así el comportamiento de un imperio en decadencia, que ya no puede sostener su hegemonía mediante el consenso, pero que todavía dispone del aparato militar más poderoso del planeta. No es casual que el propio mandatario haya afirmado: “Estamos reafirmando nuestro poder en la región (…). Tenemos un mayor dominio ahora”.
La vuelta a la Doctrina Monroe y con ello América Latina como patio trasero, ya lo advertía Laura Richardson, ex jefa del Comando Sur de Estados Unidos, en el año 2023 como la necesidad de “cuidar” los recursos estratégicos de la región, amenazados por China y Rusia. Conviene recordar, sin embargo, que América Latina y el Caribe no son su patio trasero, sino territorios de pueblos y naciones soberanas, con derecho a decidir sobre sus recursos, su presente y su futuro.
El petróleo en la disputa por la hegemonía global
El avance de Estados Unidos sobre Venezuela no puede leerse como un episodio aislado. Se inscribe en una disputa estructural por la hegemonía global, marcada por el declive del poder estadounidense y el ascenso de China y el bloque BRICS. En ese escenario, el petróleo vuelve a ocupar un lugar central como recurso estratégico: no solo como un insumo energético, sino como instrumento de poder capaz de condicionar precios internacionales, disciplinar economías y redefinir alianzas geopolíticas.
Controlar el crudo venezolano implicaría para Washington algo más que reforzar su dominio energético en Occidente. Le permitiría recuperar capacidad de maniobra en un sistema internacional cada vez más fragmentado y competitivo, incidir en el precio global del petróleo mediante el aumento o la restricción de la producción y disputar el poder histórico de la OPEP+ como reguladora del mercado energético internacional. En un contexto de reindustrialización estadounidense, este control resulta particularmente relevante para sectores clave de su economía, como la industria automotriz, recientemente beneficiada por la cancelación de los incentivos fiscales a los vehículos eléctricos impulsados por la administración Biden.
Asimismo, la ofensiva sobre Venezuela puede leerse como un golpe indirecto a China, que en los últimos años absorbía alrededor del 80% de la producción petrolera venezolana en el marco de acuerdos estratégicos de largo plazo. No se trata solo de petróleo, sino de desarticular alianzas que desafían al imperio en decadencia.
Nada nuevo bajo el sol. Desde la posguerra de 1945, Estados Unidos ha intervenido de manera recurrente en países con grandes reservas petroleras como parte de su estrategia para consolidar y sostener su hegemonía global. En este periodo, el petróleo se convirtió en el insumo energético por excelencia: su densidad energética, facilidad de transporte y multiplicidad de usos lo convirtieron en el motor de la industrialización, del transporte global y del complejo militar estadunidense. Sin el petróleo barato, el extraordinario crecimiento de la posguerra habría sido imposible.
Ese patrón histórico puede observarse con claridad en las intervenciones estadounidenses en Irán, Irak, Libia, Siria, Arabia Saudita y, más recientemente, Venezuela (ver Tabla 1). En todos los casos, el control directo o indirecto de los recursos energéticos aparece como un elemento central de la política exterior estadounidense.
Tabla 1: Intervenciones de Estados Unidos y reservas petroleras
| Tabla 1: Intervenciones de Estados Unidos y reservas petroleras | |||
| País | Tipo de intervención de EE.UU. | Reservas probadas de petróleo (aprox.) | Importancia estratégica |
| Irán | Golpe de Estado (1953) | 209 mil millones de barriles | Nacionalización del petróleo; reapertura al capital occidental |
| Arabia Saudita | Alianza militar-energética (1945–presente) | 267 mil millones de barriles | Pilar del orden energético global |
| Irak | Guerra del Golfo (1991) / Invasión (2003) | 201 mil millones de barriles | Apertura del sector petrolero |
| Libia | Intervención OTAN (2011) | 48 mil millones de barriles | Mayor reserva de África |
| Siria | Ocupación selectiva (2014–presente) | Reservas menores | Control territorial de campos |
| Venezuela | Bloqueo, sanciones y presión militar (2017–presente) | 303 mil millones de barriles | Mayores reservas del mundo (17%) |
Fuente: Elaboración propia
Desde el punto de vista objetivo, la centralidad de Venezuela resulta evidente. Según la Administración de Información de Energía de EEUU, el país caribeño al 2023 contaba con aproximadamente 303.000 millones de barriles de reservas probadas de petróleo, lo que representa cerca del 17% de las reservas globales. Se trata, por lo tanto, de un activo estratégico a nivel mundial.

Figura 1: Ranking de reservas de petróleo probadas año 2023. Fuente: eia (2023).
La producción petrolera venezolana, sin embargo, ha sufrido un fuerte deterioro en la última década. En 2023 alcanzó los 742.000 barriles diarios, lo que implica una caída acumulada de alrededor del 70 % respecto de los niveles de 2013, período marcado por el endurecimiento de las sanciones estadounidenses. No obstante, por primera vez en diez años, la producción comenzó a recuperarse: aumentó un 13 % en 2021 y un 18 % en 2022, impulsada por la asistencia iraní mediante el envío de diluyentes, el apoyo técnico de la Corporación Nacional de Petróleo de China en campos específicos y el retorno parcial de Chevron tras la flexibilización de algunas sanciones. Ver figura 2.

Figura 2: Producción de petróleo en Venezuela periodo 2013-2023. Fuente: eia (2023).
Estos datos refuerzan que Venezuela no es solo un caso nacional, sino una pieza clave en la disputa energética y geopolítica global. Su petróleo concentra intereses económicos, estratégicos y militares que exceden ampliamente sus fronteras y explican por qué el país vuelve a situarse en el centro de una confrontación que combina sanciones, presión política y uso de la fuerza.
La hora de los pueblos
En un mundo convulsionado, marcado por la disputa entre Estados Unidos y China, la lucha por los recursos naturales vuelve a ocupar un lugar central. La acción sobre Venezuela es una clara señal y es un mensaje político dirigido a toda la región. Cuando de poder se trata, el diablo siempre mete la cola.
Resulta evidente la articulación entre actores políticos, económicos y militares para avanzar sobre la apropiación de recursos estratégicos indispensables para el control energético global. Venezuela aparece hoy como un nuevo objetivo de una avanzada imperial sobre América Latina, cuyo alcance y consecuencias aún no están del todo claras.
En síntesis, la ofensiva estadounidense apunta a restablecer, en pleno siglo XXI, la lógica del Pacto de Punto Fijo de 1958, interrumpida con la llegada de Hugo Chávez al poder: un régimen que aseguró el control del petróleo venezolano por parte del capital transnacional en alianza con las élites locales, mientras la renta se concentraba y la mayoría de la población quedaba excluida.
En suma, como los ríos que siempre encuentran su cauce, el Pueblo venezolano encontrará el camino hacia su libertad definitiva, reafirmando su soberanía frente a quienes pretenden convertir el petróleo, una vez más, en botín de guerra.
Nicolás Malinovsky es Autor de Crítica de la energía política (2025). Doctorando en Economía Política Mundial (UFABC, Brasil), Ingeniero Electricista (UNRC), Magíster en Gestión de la Energía (UNLa), Diplomado en Anticipación Estratégica y Gestión de Riesgo (UNDEF), Analista de Nodal. Docente en UNPAZ. Redes: @nicomalinovsky.
