Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Olimpo Cárdenas y Ma. Fernanda Barreto.
Le atribuyen al sexto expresidente norteamericano Lord Palmerston, la frase según la cual “Estados Unidos no tiene amigos sino intereses”. Colombia, a la que la política estadounidense define como su más importante aliado en la región, es en realidad un país subordinado por sus élites a los designios norteamericanos desde hace siglo y medio.
Uno de los episodios más vergonzosos que refuerza la lapidaria frase de Palmerston fue la intervención directa del naciente imperio en Colombia para lograr la secesión de Panamá en 1903, con el objetivo de construir el canal interoceánico que lleva su nombre.
Es así como ya a inicios del siglo XX, Colombia desarrolla una dependencia político-económica estructural que la convierte en un enclave de la estrategia imperialista para controlar toda la región, llegando incluso a asumir beligerancia en la segunda guerra mundial y convirtiéndose luego en el único país nuestroamericano que participó en la guerra de Corea en 1951 del lado de las fuerzas injerencistas.
La Doctrina militar estadounidense, contrainsurgente y anticomunista, definió doctrinariamente a las Fuerzas Militares colombianas. Más de tres generaciones de militares colombianos pasaron por la Escuela de las Américas para aprender técnicas de tortura, desaparición y guerra sucia, que no tardaron en usar contra su propio pueblo, para acabar con lo que consideraban el enemigo interno.
En los años de 1980, Estados Unidos involucró a Colombia en su supuesta “guerra contra las drogas”, caracterizada por un fuerte componente militar, paramilitar y policial, que profundizó el proceso genocida contra el pueblo e impuso las fumigaciones de los campos colombianos como política estatal. Autores como Noam Chomsky (2003) advierten que Washington suele usar causas morales —narcotráfico, terrorismo o derechos humanos— para encubrir operaciones que defienden sus propios intereses estratégicos. La supuesta lucha contra el narcotráfico por el contrario consolidó a Colombia como enclave de ese lucrativo negocio capitalista.
Así, mientras en Nuestra América se levantaba una segunda Revolución Bolivariana y con el liderazgo de Hugo Chávez y Fidel Castro se construía un bloque histórico, los presidentes Bill Clinton y Andrés Pastrana, con ese pretexto, impulsaban el Plan Colombia, diseñado en Washington para determinar el enfoque de seguridad, justicia y economía neoliberal extractivista que entregaron al gobierno ultraderechista de Uribe Vélez.
Colombia como plataforma militar imperialista
Por su ubicación geográfica Colombia tiene una importancia militar estratégica. En primer lugar, porque es la entrada desde el norte a la región sudamericana y la Amazonía; en segundo lugar, porque posee acceso al Océano Pacífico y al Mar Caribe y en tercer lugar porque tiene 2,219 km de frontera con Venezuela, país que Estados Unidos considera “una amenaza inusual y extraordinaria para su seguridad interna y su política exterior” (Obama, 2014).
A lo largo de los primeros 25 años del siglo XXI, proliferaron las instalaciones militares estadounidenses y las contratistas militares privadas norteamericanas en este país, se firmaron nuevos acuerdos para la cooperación en inteligencia y, en suma, se profundizó la subordinación de la Fuerza Pública colombiana que terminó de concretarse con la nueva doctrina militar Damasco (2016) y la definitiva incorporación de Colombia a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en el año 2018 en calidad de socio global. Según el sociólogo argentino Atilio Boron (2012), Estados Unidos utiliza a Colombia como “punta de lanza para controlar el continente y vigilar procesos de cambio social y político”.
De esta forma, con la sumisión bipartidista de derecha que gobernó a Colombia durante más de dos siglos, el país se convierte en una pieza clave de un tablero más amplio: un punto de control del imperialismo frente a los gobiernos revolucionarios y progresistas del sur para mantener la hegemonía del capital transnacional y la defensa a cualquier costo del modelo económico que privilegia y protege los intereses imperiales. Tristemente, esa injerencia no ha retrocedido a pesar del triunfo de Gustavo Petro a la presidencia y la tensa situación entre ambos gobiernos que nos ocupa en este artículo.
Aproximación a las tensiones actuales entre el imperialismo y el gobierno Petro
Eso que algunos autores y autoras llamaron “la ola progresista”, pero que en realidad unía procesos progresistas y revolucionarios liderados por Chávez y Fidel, pasó por encima de Colombia sin siquiera humedecerla. Por el contrario, la tradicional macartización de la política colombiana aumentó y el país se consolidó como una gigantesca base de operaciones militares y de inteligencia norteamericanas, sionistas y atlantistas, desde donde se hostigaron a todos los gobiernos insubordinados y sus proyectos articuladores. Aquí es donde la frontera colombo-venezolana se hace aún más estratégica en la geopolítica imperialista.
La narrativa de odio y los montajes mediáticos, las incursiones militares y los cierres de frontera provocados por los gobiernos de ultraderecha durante aproximadamente 21 años (2001-2022) causaron daños incalculables al pueblo venezolano. El bombardeo a Ecuador, ilegal y alevoso, que segó la vida del líder guerrillero Raúl Reyes, así como la participación de mercenarios colombianos en el asesinato del presidente Moïse de Haití en el 2021, son terribles ejemplos del papel asignado a Colombia por el imperialismo. En medio de este panorama, el pueblo colombiano mantuvo en alto su voz a pesar de la cruenta represión. Los levantamientos populares se hicieron cada vez más fuertes hasta que en el 2021 lograron impactar en la correlación de fuerzas internas, llevando a Gustavo Petro al Palacio de Nariño.
En el contexto de la profundización de la crisis estructural del capitalismo, la decadencia del imperialismo y el ascenso de las propuestas multipolares lideradas por China, Rusia, Irán e iniciativas como los BRICS, la resistencia de Cuba y Venezuela, así como la de otros pueblos del Sur Global que se mantienen en lucha, el triunfo de Petro se constituye en una verdadera afrenta para la clase dominante y los sectores ultraderechistas de la política norteamericana, siendo el primer presidente colombiano elegido por votación popular que no pertenece ni a las familias del establecimiento ni a los carteles de la droga.
Pero al mismo tiempo, y como reacción ya conocida a las grandes crisis del capitalismo, avanzó un proceso de fascistización mundial que también logró penetrar en la región, desatando, con una intensidad nunca antes vista, la violencia genocida sionista contra el pueblo palestino y, como ya se había previsto, regresó la ultraderecha plutócrata norteamericana a la Casa Blanca bajo la batuta de Donald Trump y el empresariado transnacional.
La vieja doctrina Monroe, relanzada por el mismo Trump en su primer gobierno, no puede permitirse debilidades en tiempos de crisis de hegemonía. Estados Unidos no está dispuesto a perder lo que considera suyo y menos en este momento político global, donde China y Rusia han comprado acciones para quedarse con el negocio, en el que, por el contrario, la propuesta Make América Great Again (MAGA) propone una reindustrialización de su país, que requiere más materias primas, sobre todo, petróleo y tierras raras.
A pesar de su inexplicable negativa a reconocer el gobierno de Nicolás Maduro, Petro ha sido el más firme opositor a las operaciones militares ilegales del Comando Sur en el Caribe y ocasionalmente en el Pacífico. Además, se ha negado públicamente a avalar el uso del territorio colombiano como plataforma de una operación militar contra Venezuela, una de las razones por las que el gigante del norte ha decidido atacarlo. Complicar el acceso de Trump al petróleo, oro, gas y tierras raras que posee Venezuela, además de su posición geoestratégica al norte del Sur y de la mayor costa Caribe del mundo, no es un atrevimiento menor. Como economista que es, Petro ha argumentado también con bastante sustento, que, si Estados Unidos se apodera por la fuerza del petróleo venezolano, la quiebra de Ecopetrol —la más importante compañía petrolera del Estado —, será inminente.
No cerrar filas con la política antidrogas diseñada por la Administración de Control de Drogas (DEA por sus siglas en inglés), para administrar mejor el negocio y engañar a su propia opinión pública, ya le costó la descertificación en esta materia, lo que trajo consigo un impacto económico en diversas áreas, pero sobre todo impactó en el negocio de las armas y el financiamiento a la Fuerza Pública que, en un país en guerra como éste, son también negocios millonarios. Otra razón de estas tensiones es la idea de la “Paz Total” que, al menos en teoría, es diametralmente opuesta a la de “Paz por la Fuerza” que Trump y Netanyahu han asumido como slogan y estrategia.
Además de esto para Trump, Petro es un molesto cuadro del progresismo demócrata y quiere recuperar la presidencia de Colombia para sus aliados uribistas.
Pero el más grave pecado de Petro ha sido confrontar al sionismo. La permanente arenga denunciando el genocidio, incluso en un discurso histórico en la Asamblea General de las Naciones Unidas, las acciones reales que ha tomado y las que aún sin éxito ha intentado tomar contra el sionismo, convierten a Gustavo Petro, su gobierno y hasta sus votantes, en objetivos del Mossad, actor clave de la guerra en Colombia, y también de las operaciones terroristas en Venezuela contra la Revolución Bolivariana desde que el Comandante Chávez decidió romper relaciones con Israel en el año 2009. El poder del lobby sionista en los Estados Unidos es ampliamente conocido, pero en las actuales circunstancias ese poder es definitivo y presiona aún más al presidente estadounidense contra Colombia y Venezuela.
Colombia ya no es el subordinado acrítico de siempre; ahora, su presidente se ha convertido en líder mundial gracias a sus posturas críticas frente a muchas de las políticas estadounidenses y sionistas. Esto le ha costado ya la revocatoria de la visa estadounidense; su inclusión, de su familia y allegados, en la lista Clinton; y las agresiones militares contra personas y embarcaciones colombianas en el Mar Caribe y el Pacífico, sin fórmula de juicio.
Las actuales tensiones entre Colombia y Estados Unidos tienen un fuerte impacto geopolítico en Nuestra América y el mundo. Una operación militar directa dirigida por Estados Unidos sobre suelo colombiano y venezolano, con la excusa de acabar con el narcotráfico y el terrorismo, es una amenaza que se ha tornado real y está latente. De concretarse, la guerra en la que se mantiene sumergida Colombia sólo se agudizaría y esparciría con más fuerza por el continente.
Pero a pesar de los cálculos siempre pragmáticos y soberbios de Estados Unidos, en Colombia, como en Venezuela, hay pueblos dispuestos a enfrentarlos, reivindicando su historia de lucha y resistencia.
