Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Marcio Pochman *
El capitalismo global y digital socava la soberanía nacional, bloquea el futuro como horizonte colectivo y exige una transformación estructural para redistribuir el tiempo y los recursos.
1.
Comprender el capitalismo contemporáneo requiere repensar la idea de que se organiza exclusivamente a través de los Estados-nación y las políticas nacionales. La economía actual opera mediante cadenas de valor globales, plataformas digitales y finanzas altamente móviles, capaces de cruzar fronteras rápidamente y reorganizar el poder económico e informativo.
Sin reconocer este cambio estructural, las estrategias políticas, las formas de regulación y los proyectos de justicia social tienden a centrarse en un objetivo común muy importante del pasado. Este retraso puede conducir a una erosión lenta que debilita las expectativas colectivas y socava la credibilidad de la promesa de progreso y el futuro como horizonte compartido.
El tiempo social, entonces, no parece avanzar ni terminar; más bien, se prolonga. No se trata de una secuencia de grandes rupturas claramente percibidas, como las guerras y revoluciones hasta ahora, sino de un interregno prolongado en el que el capitalismo no logra renovarse lo suficiente como para generar un nuevo pacto social, ni colapsa con la intensidad suficiente para abrir, por sí solo, un horizonte alternativo.
El sistema sobrevive mediante soluciones fragmentadas, aplazamientos y políticas excepcionales, con ajustes fragmentados, reformas fragmentadas, programas de emergencia y renegociaciones recurrentes. El resultado es una extraña sensación de estancamiento histórico precisamente cuando la tecnología lo acelera todo, como si la transición a la Era Digital no se tradujera en una emancipación colectiva, sino en un presente hiperconectado y, al mismo tiempo, socialmente bloqueado.
En el caso brasileño, esta transición, iniciada con la adopción de políticas neoliberales en 1990, adquiere un carácter particularmente duro. El Estado nacional ha perdido margen de maniobra, quedando cada vez más subordinado a dos fuerzas complementarias.
Por un lado, la financiarización ha amplificado el poder disciplinario de las finanzas sobre la política económica orientada a la producción. Mediante la dinámica de la deuda, el coste del capital, las metas fiscales y el seguimiento constante de las expectativas del mercado, el mañana deja de ser un horizonte de emancipación para convertirse en un futuro comprometido por objetivos a corto plazo, plazos de pago y la gestión de emergencias permanentes.
Por otro lado, la digitalización basada en plataformas desplaza las actividades económicas e informativas hacia infraestructuras privadas transnacionales, capaces de coordinar mercados, mano de obra y consumo bajo una conectividad constante y la gestión algorítmica de datos convertidos en mercancías. Este doble movimiento reconfigura las bases de la acumulación y debilita los instrumentos clásicos de la política económica.
2.
Dada la reducida capacidad del Estado para gravar a las rentas altas y a las grandes corporaciones, se profundiza la asimetría entre la escala global del poder económico y la escala nacional de las instituciones democráticas, lo que dificulta el mantenimiento de políticas orientadas a la producción sostenible. Las empresas transnacionales articulan cadenas de valor globales y plataformas digitales estrechamente vinculadas a finanzas altamente móviles y mecanismos de opacidad.
De igual manera, los paraísos fiscales y las complejas estructuras corporativas permiten la transferencia de beneficios y activos a jurisdicciones permisivas, erosionando las bases imponibles y limitando la tributación progresiva. La consecuencia ha sido una combinación inestable de mayor demanda social de protección y redistribución y una menor capacidad estatal para financiar políticas universales y sostenibles, lo que fomenta una gestión fragmentada y acelera la percepción de un presente que se extiende sin un horizonte claro.
En contraste, el modelo fordista-keynesiano que marcó el mundo tras la Segunda Guerra Mundial se basó en una articulación relativamente clara entre la producción industrial a nivel nacional, la regulación financiera con fuerte presencia estatal y las políticas públicas orientadas a la expansión del empleo y el bienestar social. Fue en este contexto que el Estado actuó como organizador central de la acumulación, mediando en los conflictos distributivos y generando estabilidad para el capitalismo emergente en las sociedades urbanas e industriales.
Sin embargo, a partir de la crisis de rentabilidad de la década de 1970, el capital comenzó a buscar nuevas estrategias basadas en el desplazamiento espacial, la flexibilidad productiva y la liberalización financiera. La receta neoliberal profundizó este movimiento al promover la liberación progresiva del capital de las restricciones territoriales impuestas por los Estados-nación, fomentando la apertura financiera, la desregulación y la reconfiguración productiva.
La producción se fragmentó y se distribuyó internacionalmente en etapas, formando cadenas globales de valor en las que unos pocos conglomerados concentraron el control estratégico de la tecnología, la propiedad intelectual, la marca, la logística y las finanzas, mientras que los Estados quedaron compitiendo por inversiones acompañadas de incentivos, regímenes especiales y a menudo desregulación, sin compromisos con el empleo decente y la sostenibilidad ambiental.
Así, el centro dinámico del capitalismo dejó de ser simplemente la gran fábrica integrada territorialmente para convertirse en el conglomerado transnacional que controla puntos cruciales de la cadena y elige dónde ubicar cada etapa, ampliando la brecha entre las decisiones económicas y los controles políticos.
Este cambio se ha intensificado con el auge de las plataformas digitales. No son simplemente empresas que operan en mercados existentes, ya que controlan infraestructuras esenciales para la comunicación, el comercio, la publicidad, los datos, la reputación y, en muchos casos, los pagos y la logística. A diferencia de las corporaciones industriales clásicas, operan con menor materialidad territorial y mayor poder de coordinación económica y social.
Al mediar relaciones, imponer estándares técnicos y definir reglas privadas para el acceso a la visibilidad, la demanda y la monetización, las plataformas reorganizan sectores enteros y desplazan aún más el centro de poder hacia actores privados transnacionales. La separación entre el espacio económico global y la regulación política nacional se profundiza así.
El capitalismo opera a escala planetaria y en tiempo real, mientras que las instituciones democráticas siguen siendo mayoritariamente nacionales y más lentas, con jurisdicción limitada y una capacidad fiscal cada vez más limitada. En este punto, la financiarización actúa como un factor decisivo, favoreciendo el predominio de las lógicas financieras sobre la economía productiva y las decisiones públicas.
También impone un régimen de extrema movilidad del capital y reacción instantánea, presionando a los Estados a adoptar políticas favorables a los intereses mercantiles y reduciendo el margen para la planificación a largo plazo. El Estado no desaparece, pero tiende a desplazar su función de la planificación soberana y la promoción de la producción y el bienestar a garantizar la estabilidad del capital, gestionar las crisis, preservar los contratos y asegurar las condiciones generales para la acumulación.
3.
La desconexión estructural entre la economía global y la política nacional constituye uno de los mayores dilemas de nuestro tiempo. La transferencia del poder económico hacia las corporaciones, las plataformas y las finanzas móviles impone severos límites a la democracia, la soberanía y la redistribución.
Al mismo tiempo, los acuerdos multilaterales forjados en la posguerra del siglo pasado están perdiendo eficacia ante la competencia regulatoria, la opacidad fiscal internacional y el dominio privado de la infraestructura digital. Esta situación impacta directamente en la forma en que se experimenta el futuro.
A diferencia de la modernidad clásica, impulsada por narrativas de progreso y ascenso social, el presente se experimenta ahora como un tiempo cerrado, carente de proyección emancipadora. Incluso ante el evidente fracaso del sistema actual para generar bienestar generalizado, la capacidad de imaginar alternativas con profundidad institucional parece bloqueada.
Sin futuro, el tiempo deja de ser un vector de transformación y se convierte en una repetición controlada del presente. La crisis ya no se percibe como un acontecimiento extraordinario que moviliza, sino como un desgaste continuo. La violencia sistémica se internaliza como cansancio, ansiedad y agotamiento, no como un conflicto abierto. El resultado es una profunda despolitización, con muchas cosas empeorando sin que nada explote claramente, ya que la sociedad tendría que acostumbrarse a gestionar las pérdidas.
Este futuro no desaparece de golpe; se filtra. Se fracciona, se pospone y se aferra a las deudas, las metas, las métricas y las urgencias constantes. La lógica del endeudamiento transforma el futuro en una obligación, pues el mañana deja de ser una promesa para convertirse en una exigencia.
Se establece así un régimen temporal paradójico y bloqueado, en el que la aceleración tecnológica coexiste con un presente prolongado, incapaz de convertirse en pasado, pero también carente de horizonte. En esta situación, los jóvenes pueden tener un alto nivel educativo, estar conectados e informados, pero carecer de estabilidad material y simbólica, acumulando cualificaciones, deudas y experiencias sin garantía de estabilidad.
El riesgo de una provisionalidad permanente crece, y el colapso no se presenta como una ruptura, sino como un vaciamiento gradual del sistema capitalista, lento, persistente y socialmente corrosivo. Por lo tanto, transformar para redistribuir no es una opción retórica, sino un imperativo histórico.
Si el capitalismo contemporáneo se sustenta en soluciones fragmentadas y postergaciones, la transformación no puede ser meramente moral ni meramente técnica. Debe ser estructural e institucional, capaz de restaurar la capacidad de decisión pública, reconstruir instrumentos regulatorios adecuados para las cadenas de suministro globales, las finanzas móviles y las plataformas digitales, y reabrir un horizonte colectivo.
Redistribuir el futuro significa devolver a la gran mayoría la posibilidad real de planificar sus vidas, proyectar expectativas y participar en el destino social, al tiempo que se enfrenta a la captura de la riqueza excedente por parte de las finanzas y las plataformas, la erosión fiscal a través de la opacidad global y la precarización laboral. Sin este movimiento, el interregno tiende a perpetuarse en un capitalismo que ni se renueva ni se derrumba, sino que desgasta lentamente a la sociedad y suspende el futuro como horizonte común superior.
* Profesor titular de economía de la Unicamp, es el actual presidente del IBGE (Instituto Brasileño de Geografía y Estadística). Autor, entre otros libros, de Novos horizontes do Brasil na quarta transformação estrutural
