Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Carlos Fajardo *
I
Rabia, odio, exclusión, resentimiento, son algunas de las pilastras ideológicas que sostienen el edificio perverso de la ultraderecha mundial. Una lógica vil cuya maquinaria elimina a cualquier oponente y adversario político e invita a indignarse ante las ideas democráticas. Son técnicas de provocación, rituales de silenciamiento tanto físicos como simbólicos, ejercidos con sistemática y eficiente precisión.
Ello lleva a una preocupante conclusión: la ultraderecha destroza toda posibilidad de una democracia participativa real, incluso a las democracias liberales pensadas y planteadas desde el siglo XVIII por la Ilustración. Destruir para vivir de lo destruido, es uno de sus eslóganes. Aprovecha la hecatombe, los cataclismos sociales, paseándose sobre las ruinas como últimos salvadores de las desgracias. He allí su amor a lo apocalíptico, a los discursos distópicos, de los cuales, como hienas de las tragedias se atragantan con sus barbaridades.
Es por ello que las ultraderechas deben constantemente construir enemigos, vivir en una permanente paranoia. El invento de un enemigo es lo que las nutre de odio, las impulsa al rencor, a ser perversas y canallas. La mentira es su marca de salvación y un estandarte de batalla. Inventar con falacias un enemigo es garantía de victoria. Esquizofrenia en línea, en serio y en serie. El otro es el “culpable”, el “verdugo”, aquel que nos amenaza y engaña, el que está en contra de la “verdad”, de la “justicia”, de la “normalidad ciudadana”, de la moral y la tranquilidad colectiva. Se justifica así su aniquilamiento, su urgente silencio. De por sí ésta es una manipulación siniestra que las ultraderechas ejercen: desbaratar todo vínculo y posibilidad de construir solidaridades, tejido comunitario; destejer los hilos que tanto esfuerzo cultural ha costado mantener en su lugar. No les importa a los fascismos de última hora las memorias ancestrales, los rituales que sostienen a las culturas, sus fiestas, intercambios, costumbres, celebraciones, tristezas y alegrías. Bloquean todo encuentro vital; destierran todo tubérculo cultural creativo; en últimas, aniquilan toda acción de solidaridad político-social. Con tales actitudes exaltan a la muerte, rechazan la “llama de amor viva” elevada por las comunidades.
Por ello, recrudecen la difamación, los rumores, los chismes e insultos a los que contradicen sus ideas y acciones, a los que impiden el rodar de sus perversas estrategias y a los cuales hay que pulverizar. Estas estrategias se mediatizan, permeando en los usuarios consumidores, llevándolos a ejercer una actitud emotiva de lo político que se manifiesta en los procesos electorales. Son manifestaciones de un delirio emocional que dialoga con los fascismos opresores de sus propias vidas. En últimas, son los resultados de la influencia de las lógicas del odio, las cuales hacen mella en las sensibilidades que normalizan la violencia en todos los terrenos, tanto reales, imaginarios y digitales. Ejecutan una violencia que fragmenta, aniquila y destierra el diálogo, a la memoria personal y social, lanzándonos a los síntomas de la impotencia y del fracaso histórico. Se efectúan así violencias reaccionarias de agresión a las ideologías contracorrientes, violencias emocráticas de odio y de miedo, impulsoras del “no hay nada qué hacer” y del fracaso.
II
Sin deberes, ni potestad suprema que la detenga, la ultraderecha estimula el espectáculo como entretenimiento para el consumo, no para la reflexión. Mercantiliza la experiencia política volviéndola instantánea, fugaz, efímera, un asunto que se desecha en tanto se consume, rechazando el debate argumentado, el “rumiar” de los conceptos, las posibilidades de crítica y de cambio de las situaciones sociales. Con ello triunfa la emoción instantánea sobre la reflexión pausada; lo eficaz e inmediato sobre la crítica y el análisis; la reacción primaria frente a lo argumentativo textual y contextual.
De modo que, el análisis de lo complejo y el debate de ideas le son ajenos y se alimenta de lo fácil, ligero, impactante irreflexivo, chirriante, de todo aquello que produzca ira, violencia, venganza, repulsión hacia ese otro diferente. La pasividad e indiferencia ante la reflexión son su forma de ser; la pasión despolitizada, vuelta farándula, mercancía y espectáculo, su mayor logro. Es la estetización y entretenimiento de lo político, tanto en lo analógico como en las redes digitales, donde logra su inmensa ganancia. Allí se manifiesta el espectáculo especulativo: de prisa, rápido, consumible, desechable, sin dudas, sin críticas, sin sospecha. Es un síntoma de desprecio por el conocimiento humanista, un “abajo la inteligencia, viva la muerte”. Es el apocalipsis ahora puesto en escena y en práctica.
De igual manera, la ultraderecha fascista inventa conceptos, ideas y pretextos para justificar sus acciones y crímenes: terrorista, narco terrorista, terrorista doméstico, son algunos de los distintivos que les sirven para llevar a cabo sus desastres. Con ellos justifican el insulto al contradictor como una maniobra eficaz de su perversa política, aun cuando saben que actúan desde y con la trampa, el truquito, la mentira. Vive de las ruinas y de las destrucciones.
El caos es su alegría y su beneficio. Vive de crisis, de catástrofes, terrores, de la sensación del fin de los tiempos y, por ende, propone la necesidad de un salvador que transforme el caos en orden, un mesías autoritario. Su fascismo genera la sensación del fracaso de cualquier pretensión de cambio. Por ello, goza de lo distópico en contra de cualquier esperanza. Le fascina, lo explota y administra. Celebra una sociedad donde la crueldad, el mal, se vuelvan presencia, rutina, costumbre cotidiana. Espera, con perversidad, oír decir: “no hay nada qué hacer, estamos derrotados, debemos obediencia”.
Predicadora del fin, la ultraderecha fascista goza de su cinismo y crueldad. Con pasión frenética, impone la idea de la no posibilidad. Se presenta como algo que no se puede superar, como algo inevitable y necesario. El apocalipsis es su elixir; el fracaso de los otros su alimento. Ideología del fracaso y de la derrota transformada en lucro político y económico, en rentabilidad y fetiche. Instrumentalización y utilización del drama y del miedo, imponiendo un “mal mejor”, el Armagedón que nos hundirá en un “mejor fracaso”.
Fracasar con eficacia y con eficiencia; fracasar mejor, es el slogan que nos estampa este fascismo reactualizado, resemantizado, reencauchado del siglo XXI, el cual marcha acorde con las tecno-esferas informáticas digitales del momento, aprovechándolas, explotándolas y, sobre todo, creándolas para su beneficio. Sumirnos en la angustia del “no futuro”. Estos no son quiméricos objetivos, sino un real y permanente ejercicio que logra una monstruosa ganancia.
Todos estos procesos para la ultraderecha son positivos. No promueve una fenomenología de la esperanza. En su lugar, fabrica una fenomenología de la derrota de todo aquello que se le oponga, una aporía de la historia, o imposibilidad de avanzar hacia un fin mejor. De esta manera, se pone en funcionamiento la ideología del fracaso, individual y colectivo. Lo preocupante es que se agradece su existencia, incluso se le aplaude. Es allí donde la emoción se convierte en estrategia política. Es un proceso de enajenación que desemboca en una emocracia a gran escala, es decir, en el apasionamiento y la identificación con los que siembran desastres y catástrofes históricas.
Se plantea de este modo modificar las estructuras no solo geopolíticas y sociales, sino epistémicas y antropológicas originarias del ser humano. Es el sueño de los ciber-millonarios, mega-ricos, tecno-financieros actuales. Todos ellos tratan de mantener un ambiente apocalíptico con el fin de impedir que surja una utopía de liberación que enfrente a los causantes de la hecatombe.
La frase: “nos salvamos nosotros y que los otros –pobres inferiores – se jodan”, parece ser su predilecta. Supremacismo al por mayor y al detal. Es la justificación de violar las leyes, los tratados al Derecho Internacional, a los Pactos firmados, a las democracias liberales, sin juicio, sin pruebas, sin diplomacia, solo por la fuerza y la violencia de las armas, defendiendo sus intereses. Es una historia de barbarie donde se impone el imperialismo de la fuerza sobre el derecho a la vida.
La actitud, entonces, está en dejar de creer colectivamente en nuestro fracaso y derrota, de este supuesto apocalipsis ahorista. Se trata de intentar construir la posibilidad de una fenomenología utópica en los que esperamos algo mejor; de poner en cuestión el sistema que vive de los “no se puede”, confrontando, con organización y solidaridad comunitaria, la estructura fascista de la ultraderecha que difunde este sentido de impotencia.
* Poeta y ensayista colombiano.
