Lección venezolana: vulnerabilidad estratégica y nuevo umbral de la fuerza – Por Jorge Luis Sierra

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Manolo Monereo *

«Si Rusia es derrotada en Ucrania, la subyugación europea a los estadounidenses durará un siglo. Si, como creo, EEUU es derrotado, la OTAN se desintegrará y Europa quedará libreEmmanuel Todd

Las crisis siempre revelan lo que la normalidad oculta

La excepción no confirma la regla, la cambia. El riesgo que se corre es que los actores políticos básicos acaben repitiendo viejas fórmulas, conceptos que poco o nada dicen y que, como zombis, parasitan la academia, la esfera pública y siguen colonizando nuestro imaginario social, sobre todo de las élites, al servicio del poder. Ideas como democracia, fascismo, autocracia, derechos humanos, derecha/izquierda pierden su conexión con la realidad social y se convierten en obstáculos para nombrar lo que pasa y actuar, sobre todo actuar, conscientemente ante una realidad en mutación. Por eso, el discurso disciplinario se hace cada día más fuerte y la exclusión del discrepante se practica con tal fiereza que no deja espacio a la crítica. La esfera pública se estrecha y lo políticamente correcto se impone sin rubor, abiertamente.

La dramática situación del genocidio del pueblo palestino emerge con Gaza como cuestión humanitaria, desde la lógica de los derechos y el respeto al ordenamiento internacional. Es mucho más que eso. Pedro Sánchez ha encontrado un espacio que le permite sintonizar con una opinión pública cada vez más movilizada, arrinconar al PP y oponerse abiertamente a VOX. En este tema, el secretario del PSOE ha sido coherente: lleva meses defendiendo el reconocimiento del Estado palestino como tema central de su política internacional, perfectamente compatible, insisto, con su apoyo a la política de rearme impulsada por la señora Von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea) y por señor Rute (secretario de la OTAN) y, nunca se debe olvidar, al servicio de la estrategia político-militar de los EE. UU.

Lo fundamental, ¿realmente esta es la propuesta que ayuda a resolver el problema de la masacre diaria de un pueblo? A mi juicio, se trata de una respuesta débil, simbólica, que no afronta el problema real. La clave es poner fin al asesinato diario de hombres, mujeres, niños, personal sanitario, periodistas. Reconocer un Estado palestino con una Cisjordania casi ocupada por colonos armados y protegidos por los militares judíos; con una Gaza militarmente sometida y con una población en vías de exterminio, es un brindis al sol y someterse a los que mandan, es decir, Netanyahu y Trump. ¿Reconocer a un Estado sin territorio? ¿Se lo devolverán los cascos azules de la ONU? Es la historia de Sánchez: posar, amagar, recomponer la figura y nunca enfrentarse al poder.

Lo que más sorprende no es que las élites dominantes justifiquen la matanza diaria o que intenten quedar bien ante una opinión pública cada vez más movilizada; no, lo que asombra es que la cuestión palestina no se relacione con la gran remodelación geopolítica del Oriente Medio, impulsada por Israel y por los EE. UU. y apoyada, sin reservas, por la Unión Europea. En su centro: Irán. Ambas cuestiones convergen en eso que se ha llamado la paz de Abraham. Resuelta la cuestión palestina, lo que viene es conseguir política y militarmente el cambio de régimen en el país de los persas. A eso se refería el canciller alemán Merz cuando solemnemente afirmaba que Netanyahu hacía el trabajo sucio por nosotros, por el Occidente colectivo.

Empezar por Gaza obliga a tomar nota de que la barbarie está ya entre nosotros y que la estamos normalizando. El Covid-19 cambió a nuestras sociedades profundamente. Nos hizo más obedientes, más sumisos y mucho más crédulos. El miedo, la inseguridad y el temor colonizaron nuestro sentido común y nos habituaron a desconectar del futuro, a vivir en un día a día eterno. Queda poco espacio para proyectos colectivos, para intervenir y ser sujetos del cambio social. Gaza, el genocidio de un pueblo heroico y con una fe en la vida única, está cumpliendo el papel de prepararnos para lo que viene, habituarnos a la muerte, a los bombardeos, al asesinato cotidiano de niños. Ahora es fácil poner distancia y pensar que aquello poco o nada tiene que ver con nosotros, que se trata de una excepción, de un hecho singular que expresa la maldad que llevamos dentro los humanos. La realidad es más concreta y tiene que ver con el poder.

La Unión Europea, camino de la perdición

Si todo está en crisis, es poco lo que se puede explicar apelando a ella. Hay que concretar. El termino definitorio es globalización. Durante años ha sido una palabra clave; todo lo explicaba. A ella se rendían todos los atributos de la economía, las necesarias e imprescindibles adaptaciones y, sobre todo, los urgentes y duros sacrificios en derechos sociales y sindicales. Globalización decía mucho y aclaraba poco. Como todo termino ideológico, aludía a fenómenos reales y, a su vez, eludía, imposibilitada, su conocimiento real. ¿Qué fue la globalización capitalista? Intentaba nombrar distintas transformaciones más o menos interrelacionadas entre sí que estaban modificando sustancialmente la realidad productiva, tecnológica, comercial y financiera; restructurando profundamente los marcos del poder estatal y cambiando los patrones básicos de las políticas públicas.

La globalización fue siempre un proyecto centralmente político que:

  • a) definía el lado económico-financiero del “Nuevo Orden internacional basado en reglas” impuesto por los EE.UU. y que modificaba a su favor las grandes instituciones internacionales (FMI; BM; OCM);
  • b) imponía una política económica única (el llamado consenso de Washington) dirigida a cambiar de modo irreversible las relaciones entre Estado y sociedad y su inserción en una economía-mundo a su vez (teóricamente) abierta y liberalizada;
  • c) en su centro, la financiarización de la economía, las transformaciones productivas y tecnológicas, y lo que se llamó la “gran duplicación”, es decir, la entrada en el mercado mundial de millones de trabajadores provenientes de los procesos socialistas;
  • d) en definitiva, la globalización neoliberal expresaba lo que Luciano Gallino llamó “la lucha de clases desde arriba”, una forma de (contra)revolución de las clases económicamente dominantes para superar los límites que la sociedad, el Estado y el conflicto social impulsado por las clases trabajadoras fueron imponiendo a la dinámica depredadora del capitalismo, lo que Polanyi llamó su tendencia hacia un “mercado autorregulado” dirigido a mercantilizar el conjunto de las relaciones sociales.

El Acta Única y el tratado de Maastricht fueron el modo en que las clases dirigentes europeas se integraban en la incipiente globalización y el marco estratégico que creaban las condiciones para la aplicación de las políticas neoliberales. Hay que entenderlo: la derrota del fascismo fue también una derrota de los grandes poderes económicos y de las clases políticas tradicionales. La palabra-resumen: miedo a la revolución. Las tropas soviéticas en Berlín, una izquierda protagonista de la resistencia frente a la barbarie, un movimiento obrero que se negaba a pagar los costes de la guerra y una cultura política fuertemente crítica del capitalismo liberal, culpabilizado, con razón, de la deriva fuertemente autoritaria de las distintas sociedades.

En Europa Occidental se fue construyendo un círculo político virtuoso que anudaba democracia de masas, Estado social y soberanía popular. No es este el lugar para analizar en su complejidad lo que más adelante también se llamó el Estado keynesiano-fordista; señalar que su efecto fundamental fue (lo indicó ya en los años setenta Giovanni Arrighi) propiciar la construcción de un fuerte poder contractual de las clases trabajadoras, favoreciendo su identidad como sujeto político-social y dotando  a las instituciones estatales de instrumentos para regular el funcionamiento del capitalismo monopolista, especialmente las grandes corporaciones financieras.

La crisis de 1973 fue una ruptura, definida por el conflicto social y por la reacción neoliberal; la segunda onda llegó con la desintegración del URSS y la disolución del Pacto de Varsovia. Las clases dirigentes entendieron muy bien aquello de que nunca hay que desaprovechar una buena crisis y lo hicieron a fondo, iniciando una (contra)revolución que consiguió todos sus objetivos fundamentales, al menos, aparentemente.

Si se observa con una cierta perspectiva histórica, se entiende que el proyecto desde el inicio estaba dirigido desmontar pieza a pieza los fundamentos del círculo político virtuoso anteriormente nombrado. La argumentación fue repetida sistemáticamente: los Estados nacionales ya no están en condiciones de cumplir sus tareas históricas, demasiado pequeños para resolver los problemas globales y demasiado grandes para solucionar los desafíos locales y regionales.

La conclusión estaba al alcance del sentido común mayoritario: integrarse para sumar poder, modernizar el tejido productivo para incrementar la competitividad y mejorar la productividad de una Europa unida que se ampliaba. En su centro, una moneda única y un Banco Central independiente con la misión única de controlar la inflación. Todo ello para asegurar la viabilidad del “modelo social europeo”. Era el nuevo consenso, entre una derecha que lo era cada vez más y una izquierda que lo era cada vez menos, en defensa de la globalización neoliberal como el horizonte histórico de nuestra época.

Desde la crisis del 2008 las cosas han cambiado sustancialmente. Se podría hablar de una “acumulación de crisis” que cada vez cierra más y se dirige a la guerra con Rusia. Thomas Fazi lo ha analizado bien: La UE se vendió a los europeos como un medio para fortalecer colectivamente el continente frente a otras grandes potencias, en particular los Estados Unidos. Sin embargo, en el cuarto de siglo trascurrido desde que el Tratado de Maastricht marcó su nacimiento ha ocurrido lo contrario: hoy en día, Europa está más vasallizada, política, económica y militarmente a Washington –y, por tanto, más débil y menos autónoma– que en cualquier otro momento desde la segunda guerra mundial”.

Al final, retorno lo que tenemos delante de nuestros ojos y no queremos ver. Europa, que es mucho más que la Unión Europea, es, desde la II Guerra Mundial, un protectorado político-militar norteamericano, especialmente Alemania y, en menor medida, Italia. Sus economías se han entrelazado estrechamente con los capitales norteamericanos, con las corporaciones empresariales y con los grandes fondos de inversión. La Unión Europea ha generado una clase política extremadamente dependiente de los grandes poderes económicos y conglomerados mediáticos, se ha hecho mucho más homogénea y lo que se les obliga a decidir a los ciudadanos son variantes de un mismo proyecto neoliberal.

 Los pueblos que votan mal, es decir, que apuestan por políticas de izquierda, tienen que hacer frente al chantaje previo y posterior de unas instituciones que actúan como un poder supranacional, como un poder soberano, frente a las decisiones de unos gobiernos elegidos democráticamente. La crisis de la democracia constitucional y el ascenso de la extrema derecha tiene que ver centralmente con una realidad siempre negada, a saber, que la Unión Europea es esencialmente una estructura de poder oligárquica, que expropia la soberanía a los Estados y que convierte a los ciudadanos en meros espectadores de políticas que se deciden en lugares donde no llega la democracia ni el control popular. https://rebelion.org/la-ue-hacia-su-autodestruccion/

*Abogado, politólogo y político español. Fue diputado en la XII legislatura por Unidos Podemos.

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