Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Diego Tudares *
El inminente vencimiento del START III reabre un capítulo crucial en la seguridad global, mientras Rusia apela al miedo para acelerar las conversaciones desde una posición de fuerza. Trump evalúa la situación y decide que no tiene prisa.
El posible final del tratado START III —último gran acuerdo bilateral de control de armas nucleares entre Estados Unidos y Rusia— marca un momento decisivo para el equilibrio estratégico mundial. Más allá del simbolismo diplomático, el tratado representa el último mecanismo operativo que limita el tamaño y despliegue de los arsenales estratégicos de las dos mayores potencias nucleares del planeta.
Su expiración podría reconfigurar profundamente las dinámicas de disuasión y estabilidad global.
Firmado en 2010 por Barack Obama y Dmitri Medvedev, el START III estableció límites concretos: un máximo de 1.550 cabezas nucleares estratégicas y 700 sistemas balísticos desplegados por cada país, incluyendo plataformas terrestres, aéreas y marítimas. Aunque originalmente debía caducar en 2021, fue prorrogado cinco años adicionales, situando su expiración en un contexto geopolítico radicalmente distinto, marcado por la guerra en Ucrania, la rivalidad creciente entre grandes potencias y el ascenso nuclear de China.
El Kremlin sostiene que la desaparición de este marco supondría un deterioro directo del sistema internacional de seguridad. El asesor de Putin, Dmitri Peskov advirtió de que, sin el tratado, “en breve, el mundo estará probablemente en una situación más arriesgada que hasta ahora”. Esta declaración refleja la estrategia comunicativa rusa, que vincula el acuerdo a la estabilidad global y posiciona su continuidad como una necesidad compartida.
El discurso ruso combina advertencias estratégicas con gestos diplomáticos que buscan proyectar voluntad negociadora. Peskov subrayó que sigue vigente la propuesta anunciada por Vladímir Putin en septiembre de 2025 para extender durante un año los límites del tratado. Según el portavoz, “no hemos recibido respuesta de la parte estadounidense a esta iniciativa”.
Desde la perspectiva rusa, el tratado funciona como un instrumento estabilizador que permite supervisión mutua, previsibilidad militar y control del armamento ofensivo. La suspensión rusa de la aplicación del acuerdo en febrero de 2023 —en respuesta al apoyo militar estadounidense a Ucrania— no implicó su abandono formal. Moscú continuó respetando los límites establecidos, aunque impidió inspecciones occidentales en sus instalaciones nucleares.
Esta dualidad ilustra un patrón diplomático recurrente en la política exterior rusa: mantener formalmente compromisos estratégicos mientras se emplean como herramienta de presión política. El viceministro Serguéi Riabkov reforzó esa narrativa al señalar que Rusia está preparada para un entorno sin restricciones nucleares, pero reconoció que “estamos perdiendo elementos estabilizadores del orden anterior”.
La posición rusa también busca ampliar el debate hacia un formato multilateral. Moscú defiende la inclusión de Francia y Reino Unido —aliados de Washington— mientras recuerda que China rechaza participar en limitaciones nucleares. Este planteamiento introduce una dimensión adicional que complejiza las negociaciones y redistribuye responsabilidades entre potencias nucleares.
La estrategia de Trump: cálculo temporal y negociación ampliada
La respuesta estadounidense refleja una aproximación más cautelosa y pragmática. Funcionarios de la Casa Blanca han indicado a las agencias internacionales que el presidente Donald Trump desea mantener los límites nucleares, pero que cualquier decisión se tomará “en su propio calendario”. Esta frase resume el enfoque político del presidente, caracterizado por priorizar flexibilidad negociadora y maximizar ventajas estratégicas antes de comprometerse con acuerdos internacionales.
Trump ha insistido en que cualquier nuevo pacto debería incluir a China, cuyo arsenal nuclear —aunque menor— ha crecido significativamente en la última década. Sin embargo, Pekín ha rechazado restricciones formales, argumentando que su capacidad nuclear sigue siendo considerablemente inferior a la estadounidense y rusa.
Tanto Estados Unidos como Rusia están invirtiendo en modernizar sus capacidades nucleares, lo que reduce incentivos para limitarse unilateralmente. La Administración Trump parece considerar que un proceso más largo puede generar mejores condiciones de negociación.
El propio presidente expresó en 2025 su ambivalencia sobre la expansión nuclear: “Si alguna vez llega un momento en que necesitemos armas nucleares como las que estamos construyendo y que tiene Rusia y que China tiene en menor medida pero tendrá, ese va a ser un día muy triste… Eso va a ser probablemente la aniquilación.”
Algunos analistas del control de armamento advierten que el fin del tratado podría eliminar los últimos mecanismos de verificación mutua entre ambas potencias. Sin límites formales, ambas potencias podrían incrementar el número de cabezas nucleares desplegadas.
Aunque el número total de cabezas nucleares globales se redujo de más de 70.000 en 1986 a unas 12.000 en 2025, la tendencia actual apunta hacia la modernización tecnológica y diversificación de sistemas de lanzamiento.
Las declaraciones del Kremlin apuntan a que un nuevo acuerdo será un proceso “largo y complejo”. Mientras tanto, la falta de respuesta estadounidense a la propuesta rusa sugiere que Washington busca redefinir el marco del control nuclear antes de comprometerse con nuevas limitaciones.
*Colaborador de Mundiario, abogado egresado de la URBE, analista de política internacional, derechos humanos y medioambiente.
