Argentina | Lucio Geller, economista e investigador: “la oligarquía financiera no vaciló en imponer su proyecto con coacción terrorista”

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Lucio Geller, economista: “La oligarquía financiera no vaciló en imponer su proyecto con coacción terrorista”

A cincuenta años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la discusión sobre su carácter vuelve a colocarse en el centro del debate político argentino. Lejos de interpretaciones que lo reducen a una irrupción militar, la experiencia histórica muestra que se trató de una intervención orientada a reordenar de manera profunda la estructura económica y las relaciones sociales en el país.

En esta entrevista, el economista Lucio Geller* reconstruye las condiciones que hicieron posible ese proceso, inscribiéndolo en una secuencia más larga de disputas entre fracciones del capital y de conflictos en torno a la matriz productiva. A partir de su trabajo de investigación —iniciado en el exilio y sostenido en diálogo con tradiciones de la economía política y teorías del conflicto—, identifica la emergencia de una fracción específica del poder económico, la “oligarquía financiera”, que buscó constituirse en bloque hegemónico y avanzar en una transformación estructural mediante el uso sistemático de la coacción.

El análisis permite, además, iluminar las continuidades de esos problemas en la trayectoria económica argentina, en particular en lo que refiere a la productividad, la inserción internacional y la persistencia de tensiones no resueltas en la estructura económica. En ese marco, la entrevista aporta elementos para volver a pensar los desafíos de una transformación estructural desde una perspectiva histórica.

1. Usted comenzó a investigar y analizar la economía política argentina en el contexto inmediato al golpe de 1976, atravesado por la represión, el exilio y fuertes limitaciones en el acceso a la información. ¿Cómo fue ese proceso de producción de conocimiento en esas condiciones? ¿Qué herramientas teóricas y estrategias le permitieron sostener ese trabajo de análisis de coyuntura?

Comencé a investigar y analizar como economista al golpe de marzo de 1976 con el apoyo de los principios de economía política, y el auxilio de teóricos del conflicto/enfrentamiento como Clausewitz y Gramsci. Ese año había sido erradicada mi posición en el Instituto Di Tella por decisión de la intervención militar en esa institución. Mi interés por seguir los acontecimientos argentinos fue aplicado durante mi exilio inmediato en México (1977) . A falta de un equipo de investigación que me acompañase, las conversaciones y debates sobre el país entre militantes exiliados fungieron como un sustituto. Por supuesto, hubo límites a las fuentes de investigación al punto que mi seguimiento de los acontecimientos argentinos descansó principalmente en periódicos a los que estaba suscripto. Mis escritos entre 1979 y 1984, aparecidos en L´Monde Diplomatique en Español y en Cuadernos del CICSO (Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales), fueron compilados en mi libro La Ofensiva de 1976, publicado en 2021 con el agregado de un epílogo escrito en tiempos de pandemia. El libro no fue un éxito de librería pero afortunadamente está disponible en la página del CICSO, y su versión material en manos de militantes. En adelante, los desafíos pendientes para futuros estudios de coyuntura dependen de constituir una masa crítica de investigadores para análisis interdisciplinarios.

2. En su libro usted analiza los golpes militares en relación con las disputas entre distintas fracciones del capital. A la luz del proceso histórico argentino, ¿cómo se expresaron esas tensiones entre intereses agropecuarios e industriales y en qué sentido el golpe de 1976 implicó un intento de reconfiguración de la matriz productiva impulsado por una fracción específica del poder económico?

Sin unanimidad dentro de los golpes militares y sus asesores orgánicos , los golpes de 1955 y 1966 tuvieron, respectivamente, inclinación a intereses agropecuarios o industriales . El modelo de industrialización orientado al mercado interno había generado posiciones antagónicas difíciles de conciliar en el espacio económico-social. El crecimiento industrial requería del financiamiento constante del sector agropecuario por la vía principal de devaluaciones y retenciones agropecuarias. A su turno, ese modelo de industrialización no podía alcanzar su propio financiamiento ya que sus saldos exportables eran insuficientes por la baja productividad y consiguiente baja competitividad del conjunto industrial.

El golpe de 1976 es un intento de reconfiguración de la matriz productiva siguiendo principios económicos neoliberales, aplicados con coacción militar. Ese intento estuvo a cargo de una fracción burguesa que denominé oligarquía financiera. Esta fracción detentaba una variada cartera de inversiones en agricultura, industria y finanzas, y una posición muy crítica al modo de industrialización hacia adentro y a las alianzas que lo sostenían. Su intento de reconfigurar la matriz productiva fracasó al poco tiempo cuando en 1980 el campo popular y el desarrollismo se rearmaron como fuerzas opositoras. La dupla Videla/Martínez de Hoz cedió poder a otras fracciones militares en 1981 que no pudieron atender los objetivos neoliberales ni resolver con otros instrumentos la atención de los problemas sociales. Otros gobiernos civiles siguieron a la recuperación de la democracia hasta tener lugar en 2023 una nueva experiencia neoliberal, esta vez bajo condiciones democráticas, sin que asome todavía un campo opositor con propuestas económicas y sociales superadoras a las del actual oficialismo.

3. Su trabajo inscribe el golpe de 1976 en una perspectiva de larga duración sobre los cambios en la matriz productiva argentina. ¿Cómo se articulan esos procesos históricos —desde el modelo agroexportador hasta la industrialización y sus crisis— para explicar las condiciones que hicieron posible la irrupción de ese proyecto neoliberal?

¿Dónde está el meollo de esta voltereta del destino que nos ha legado una nueva cobertura neoliberal?

La historia económica argentina puede ser interpretada como una sucesión de períodos de cambios en la matriz productiva. Los períodos no tienen la misma duración pero contienen en su propia temporalidad conflictos y enfrentamientos entre clases en el espacio nacional, así como la necesidad de adaptarse a los cambios en el comercio y la inversión internacionales. Algunos ejemplos en rápida sucesión nos ayudarán a entender cómo ambos espacios, nacional y mundial, se relacionan con ecos en la matriz productiva.

Ninguna matriz productiva que hiciera del nuestro un país próspero era esperable del prolongado período de luchas civiles y montoneras internas. Argentina alcanzó un lugar importante en la economía mundial a principios del siglo XX, compartido con Australia y Canadá. Se trató de tres espacios vacíos para el desarrollo capitalista. Fue necesario una base institucional concebida por personas con visión liberal (Alberdi, Mitre, Sarmiento, entre otros), y la concurrencia del imperialismo inglés, para la puesta en producción de tierras aptas para la producción agropecuaria. La nueva matriz productiva, fogoneada por los contingentes inmigratorios, incluyó un proceso de industrialización derivado con tasas altas de crecimiento hasta 1914. Las ramas industriales que surgieron fueron resultado de la expansión de la frontera agropecuaria y del crecimiento poblacional. Argentina empezaba a destacarse como país en el mercado mundial.

Es interesante señalar los límites político-económicos de esta matriz productiva. Cuando estalló la guerra 1914-18, la oligarquía agropecuaria se declaró neutral en el conflicto por el temor a que los barcos que transportaban los granos argentinos fueran hundidos por cualquiera de los países en guerra. Canadá y Australia, como miembros del Commonwealth, crearon sectores industriales para contribuir al esfuerzo bélico. Terminada la guerra, esos sectores se transformaron para producir bienes de capital e insumos industriales. No es de extrañar que esos dos países llegaran mejor dotados para enfrentar la gran crisis de 1929, con una diferencia de ingreso per cápita a su favor en relación a Argentina. No obstante, en el período 1918-30, el sector industrial argentino tuvo una tasa de crecimiento mayor que el agropecuario, pero continuó siendo un modelo agroexportador.

La década de los 30, la década infame, se corresponde con el fin del modelo agroexportador y el comienzo de la intervención del Estado. Una serie de medidas cambiarias fueron inicialmente aplicadas para resolver la escasez de divisas y la caída de la producción a consecuencia de la gran crisis de 1929. La emergencia se atendió con políticas cambiarias, primero un tipo de cambio variable, luego un tipo de cambio fijo.

Ambos intentos fracasaron al poco tiempo y los ministros fueron sustituidos de inmediato. El tercer ministro dio en la tecla: Federico Pinedo, secundado por Raúl Prebisch al frente del Banco Central recién creado, aplicó tipos múltiples de cambio: un tipo oficial era reconocido a exportaciones y a importaciones esenciales, y otro tipo de cambio más elevado era aplicable a las demás transacciones internacionales. Con la diferencia entre ambos tipos de cambio se acumuló una masa de recursos que fue utilizado para sostener los precios de productos agropecuarios (las famosas Juntas sectoriales), pero también la inversión en viviendas sociales y obras de infraestructura. Al final de la década, Pinedo pudo ufanarse de que el PBI alcanzado en Argentina era el mismo que al final de los treinta. Sin embargo, el modelo agroexportador siguió en pie a pesar de la mayor intervención del Estado.

Un nuevo período se abre a comienzos de los 40. Una convicción era compartida: la industrialización era el camino inexorable a recorrer para crear empleo dadas las circunstancias externas que regirán terminada la segunda guerra mundial. Sin embargo, una diferencia principal separaba a dos corrientes: industrialización con saldos exportables o industrialización para el mercado interno. La primera significaba no ceder en la vinculación con los mercados internacionales; la segunda era alcanzar un desarrollo industrial con grado creciente de “independencia” frente a los mercados externos. Los militares en el poder se inclinaron por esta última que al cabo de los años se tradujo en “vivir con lo nuestro”. Aquí está el meollo de lo que empezó a resultar en conflictos entre campo y ciudad, o agropecuarios frente a industrialistas, que culminó en enfrentamientos armados entre fracciones militares y una sucesión de tres golpes de Estado en 1955, 1966 y 1976 .

La inclinación por la industrialización hacia adentro tuvo sus primeras manifestaciones en establecimientos de productos químicos, de armas y de acero. El concepto de productividad de la base técnica y de la fuerza de trabajo no era un tema jerarquizado en las discusiones de la época porque despuntaba un gobierno que proponía, además, promover un estado de bienestar y nuevas relaciones laborales. Ambas intenciones, la económica y la social, tenían como fuente de financiamiento al sector agropecuario. La corriente industrial exportadora, a su turno, se basaba en el principio económico según el cuál toda industria naciente debía enfrentar niveles de protección gradualmente descendentes hasta estar en condiciones de competir en mercados internacionales con saldos exportables. Este principio significaba alcanzar alzas constantes de productividad por inversiones en tecnologías, adaptaciones en la organización del trabajo y la producción, y nuevas relaciones laborales.

A los dos mandatos del General Perón le tocó gestionar el modelo de industrialización hacia adentro en este nuevo período. Distintas teorías económicas y sociopolíticas parciales han procurado explicar las tasas de inflación que estuvieron presentes en los dos mandatos, por ejemplo, la puja distributiva o el déficit fiscal, juntas o por separado. Sin embargo, el General tenía claro que la baja productividad no contribuía a resolver la escasez de divisas ni el alza de precios. Para hacer las correcciones necesarias (“la productividad debe ser la estrella polar que debe guiarnos en todas las concepciones económicas”) se llamó en 1952 al Congreso de la Productividad donde se consignaba que las ganancias deberían basarse en disminución de costos, se enfatizó la disciplina laboral y el presentismo, los salarios aumentarían por mayor productividad, se promovía el ahorro y se aprobó una ley de inversiones extranjeras que permitió el ingreso al país de Standard Oil, Kaiser, Fiat y Pirelli. El movimiento obrero oficial consiguió cambiar la denominación de la convocatoria tripartita a Congreso de Productividad y Bienestar social. Los objetivos económicos del General no se discutieron a pleno.

Otro período conflictivo se inicia con el golpe de Estado de 1955, seguido por el golpe de 1966. Ninguno tuvo éxito en conciliar los intereses irreconciliables que desató la industrialización hacia adentro. El fracaso de cada golpe militar expresó la ausencia de una fracción hegemónica burguesa que convocase a una mayoría de intereses capitalistas para hacer un país competitivo a escala mundial. Esta ausencia tuvo también su manifestación al interior de cada golpe donde la falta de propósitos compartidos por las fuerzas militares ponían de relieve sus disensos internos y comprometían sus objetivos originales.

Es lógico asumir que un período tan prolongado de inestabilidad económica y política produjese fatiga en algunos y en otros, una mayor intensidad en sus actitudes conflictivas. El clima de época en el continente latinoamericano agregó como actores a organizaciones armadas que enfrentaron a otras fuerzas encargadas de la represión clandestina. Sin embargo, ningún problema fue resuelto en esas condiciones de inestabilidad política y económica; es para recordar que el aumento del precio del petróleo en 1973 boicoteó el plan de estabilidad de precios de Gelbard. Quedan signos de interrogación si el retorno del General Perón hubiera sido una solución al quebradero de problemas de no haber ocurrido su muerte prematura. Sin embargo, una fracción social de la burguesía argentina se preparó para ocupar el vacío de poder con el apoyo de los militares. En 1974 presentaron a Isabel Perón y a uno de sus sucesivos ministros el esbozo de un plan económico elaborado por Martínez de Hoz y sus colaboradores. Por supuesto, ese esbozo fue rechazado. Se abrió un período de desestabilización premeditado de la economía y el golpe de estado tuvo lugar dos años después.

4. En su investigación aparece la identificación de un núcleo de poder económico específico. ¿Cómo se configura ese bloque que usted denomina “oligarquía financiera” y qué características le permiten superar la histórica antinomia entre agro e industria?

Todo proceso de investigación tiene un momento revelador; a veces es resultado de una circunstancia imprevista. Por ejemplo, para dar contenido individualizado a una categoría sociológica, se hace necesario hurgar en múltiples fuentes. En este caso, tuve la suerte de encontrar una noticia periodística, aparentemente trivial, que relataba la recepción que Martínez de Hoz brindó a David Rockefeller en oportunidad de su visita al país. Fueron invitados al cocktail un conjunto selecto de empresarios cuyos nombres eran consignados en la nota junto con las empresas de las que eran titulares.

Esos empresarios tenían varios aspectos en común: un origen terrateniente de vieja data; sus empresas revelaban una edad que acusaba la experiencia de haber sobrevivido a varias crisis, sus excedentes económicos habían derivado parcialmente a empresas manufactureras, su cartera de inversiones incluía su propio banco o contaba con el apoyo de otros. Concluí que este conjunto de empresarios constituía un poder económico donde la gran antinomia argentina (agropecuarios vs. industrialistas) no tenía cabida.

De ahí su pretensión de constituirse en bloque hegemónico. A este bloque llamé en mi libro “oligarquía financiera”. Este bloque no vaciló en ocupar el vacío de poder luego de la muerte del General Perón para proponer un cambio de matriz productiva y de relaciones laborales entre trabajadores y empresarios. Tal empeño era tan arduo que requería un grado de coacción terrorista en distintos órdenes de la sociedad ejercido por las fuerzas armadas. La sociedad no resistió mayoritariamente ese grado de coacción como tampoco algunos apoyos iniciales al golpe de Estado. Martínez de Hoz no pudo revertir en cuatro años la matriz productiva generada en décadas pasadas. La batería de medidas económicas neoliberales conducía a un pronto final de la dictadura, a una pérdida de hegemonía de la oligarquía financiera que se había propuesto con apoyo militar un período tan prolongado para gobernar como el necesario para cambiar la matriz productiva. Carente de dirección y de propuestas, el bloque burgués estalló en pedazos; cada uno a cuidar su gallinero. Los aportes de las organizaciones de trabajadores estuvieron ausentes; en alguna medida la tradicional desconfianza hacia el concepto de productividad fue reforzado por asesores económicos que privilegiaron la valorización financiera como característica dominante del período post dictadura. A partir de 1984 correspondería a los políticos encontrar soluciones a las dificultades argentinas.

5. A partir de esa experiencia histórica, ¿qué balance realiza sobre la trayectoria económica argentina en las últimas décadas en términos de productividad, inserción internacional y estructura productiva? ¿Qué debates considera hoy centrales para pensar un cambio de rumbo?

Han transcurrido 50 años desde el golpe militar de 1976. Desde entonces, una sucesión de gobiernos ha tenido lugar. En ese lapso, nuestro país acusó aumentos de productividad pero han sido magros en comparación con otros países de la región y del mundo. En mi libro alcanzo a destacar que en 2019 Argentina ocupaba el puesto 26 en el mundo por su PBI medido en dólares, el número 46 en exportaciones totales, el número 54 en importaciones totales, el número 73 en PBI per cápita y el número 60 como economía más compleja según un índice que mide la intensidad relativa de conocimiento en la economía. Es difícil reflexionar “¿cómo hemos llegado a esto?” sin incluir los problemas de productividad. Argentina está lejos de ocupar un lugar destacado en el mundo como antaño. La búsqueda sanadora de un destino económico, con tasas de inversión en alza, crecientes ingresos y correcciones de las desigualdades económicas, no debe eludir un debate que apunte a un cambio de la matriz productiva.

 

*Lucio Geller es economista e investigador en economía política. Exiliado tras el golpe de 1976, desarrolló su trabajo intelectual en México. Fue docente e investigador en la Universidad de Chile, en el Instituto Di Tella, y en el Colegio de México, entre otras instituciones. Se formó como Contador Público en la Universidad Nacional del Litoral, Argentina, es Máster en Desarrollo Económico -Escuela Latinoamericana de Estudios Económicos, Chile- y realizó estudios de especialización en la Universidad de Oxford. En la gestión política se destacan su trabajo en la Corporación del Cobre (CODELCO) de Chile, durante el gobierno de Salvador Allende, su desempeño como funcionario de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y sus gestiones en los sucesivos gobiernos provinciales de Santa Fe –mandatos de Hermes Binner, Antonio Bonfatti y Miguel Lifschitz.
Entre sus publicaciones se destaca el libro La ofensiva de 1976. Una lectura de economía política (2021) publicado por el Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales (CICSO) en formato digital. En México dirigió la revista Mapa Económico Internacional. Además, publicó libros y artículos de temas económicos en revistas científicas y periódicos de América Latina. Formó parte de misiones internacionales en representación de la OIT en Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, México, Cuba, Chile, Uruguay y Venezuela.

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