Irán: tecnología militar y el arma estratégica de Ormuz
Por Lina Merino y Alfio Finola*
En los últimos días, Estados Unidos e Israel lanzaron ataques sobre Irán que culminaron con el asesinato del ayatolá Alí Jamenei, líder de la nación persa y figura central de su estructura política y religiosa. La reacción de Teherán fue inmediata. Se registraron lanzamientos de misiles y drones dirigidos contra posiciones estadounidenses e israelíes desplegadas en Asia Occidental. Las agencias iraníes Tasnim y Fars informaron que los objetivos incluyeron instalaciones militares en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, entre ellas el cuartel general de la Quinta Flota de Estados Unidos. Con ello, el conflicto desbordó rápidamente cualquier límite bilateral y adquirió una dimensión regional plena.
Mientras se suceden ataques y represalias entre Estados Unidos–Israel e Irán y el Golfo vuelve a operar como un tablero de máxima tensión, redes sociales y medios occidentales saturan el espacio público con un relato convertido en espectáculo: un supuesto “golpe decisivo” de las fuerzas occidentales y, del otro lado, una “reacción desesperada” de Teherán. Sin embargo, la pregunta que conviene hacerse sería cuáles son las capacidades reales de Irán para sostener el conflicto, absorber el desgaste y mantener la presión si la escalada se prolonga.
El antagonismo entre Washington–Tel Aviv y Teherán es un conflicto de larga duración atravesado por sanciones económicas, operaciones encubiertas y confrontaciones militares indirectas. En su fase más reciente, la vía diplomática sufrió su última ruptura tras meses de negociaciones indirectas en Ginebra. Washington y Tel Aviv acusaron entonces a Irán de utilizar esas conversaciones para ganar tiempo y recomponer sus capacidades tras la llamada “Guerra de los Doce Días” de junio de 2025.
En ese clima, el 27 de febrero, Donald Trump autorizó desde el Air Force One rumbo a Texas, a las 3:38 p.m., la misión con la orden “Operación Furia Épica aprobada… Buena suerte”, y activó la cuenta regresiva para una ofensiva diseñada como intervención sistémica de las fuerzas iraníes. Según la cronología presentada por el jefe del Estado Mayor Conjunto, Dan Caine, la operación combinó acciones en múltiples dominios. La lógica del ataque de la madrugada del 28 de febrero se ordenó en cinco vectores: cortar la conducción político-militar (con el ataque que terminó con la vida del ayatolá Ali Khamenei), golpear el programa nuclear (con daños en Natanz), degradar el arsenal de misiles y drones atacando lanzadores, depósitos y nodos industriales, desarticular la arquitectura interna de inteligencia y control (IRGC, Basij, policía y estructuras de represión), y neutralizar capacidades navales y la red regional de aliados para evitar la apertura de frentes simultáneos.
Sin embargo, lejos de una desintegración del mando, la respuesta iraní que observamos ahora sugiere coordinación y doctrina: la “guerra de los doce días” dejó pérdidas e intercepciones, pero también empujó a Teherán a recalibrar sus fuerzas militares, para una campaña sostenida, pensada para desgastar defensas aéreas y administrar el tiempo del conflicto. Como lo sintetizó Lynette Nusbacher, ex asesora del gabinete del Reino Unido en asuntos de inteligencia: “La lección que los iraníes parecen haber aprendido es que no pueden evitar ser alcanzados… Anticiparon la pérdida de mando y control, y autorizaron a comandantes de regimiento, o incluso mandos inferiores, a disparar contra objetivos preestablecidos. Quienes disparan simplemente disparan a coordenadas tomadas de una hoja de cálculo.”
El punto más sensible de esta escalada está en el Estrecho de Ormuz: el principal chokepoint energético del planeta. Según la EIA, en 2024 por ese corredor circularon en promedio unos 20 millones de barriles diarios (≈20% del consumo global de líquidos petroleros) y, además, alrededor del 20% del comercio mundial de GNL.
La dependencia asiática es particularmente significativa: entre el 70% y el 90% del crudo que atraviesa Ormuz tiene como destino economías como China, India, Japón y Corea del Sur. Apenas el 4% se dirige a Europa, otro 4% a América y el 2% restante a África, según datos difundidos por Reuters. Ormuz es, además, la única salida al mar abierto —a través del Golfo de Omán— para el petróleo y el gas producidos en la cuenca del Golfo Pérsico. Cualquier interrupción en su funcionamiento no sería un episodio localizado, sino un shock sistémico con impacto inmediato en los mercados energéticos y en la estabilidad de las economías industriales asiáticas.
En las últimas horas, esa palanca dejó de ser una amenaza abstracta y pasó a operar como hecho económico: Reuters reporta que el tránsito lleva cuatro días cerrado o virtualmente paralizado, con decenas de buques varados y advertencias explícitas desde la Guardia Revolucionaria. El impacto se trasladó de inmediato a precios y logística: el flete de superpetroleros Medio Oriente–China superó los USD 423.736/día y las tarifas diarias de GNL saltaron más de 40%, mientras productores buscan rutas alternativas (Arabia Saudita intenta desviar crudo por el Mar Rojo). En términos estratégicos, esto es coherente con una doctrina iraní de negación de área: no necesita “ganar” una batalla naval simétrica; le alcanza con elevar el riesgo y el costo de operar en un paso angosto.
La lógica de la respuesta iraní parece simple: obligar a Israel, a EE.UU. y a sus aliados del Golfo a gastar interceptores caros y finitos para detener oleadas compuestas, en buena medida, por munición más antigua o menos costosa. No se trata solo de “pegar”, sino de forzar una contabilidad de defensa cada vez más desfavorable: cada dron o misil que obliga a encender radares, lanzar interceptores y sostener alertas permanentes consume tiempo, stocks y recursos. Esa asimetría de costos es el corazón del método: mientras un interceptor Patriot estadounidense o los interceptores Thaad, Arrow y David’s Sling isrealíes pueden rondar los 4 millones de dólares, los drones tipo Shahed iraníes se mueven en órdenes de magnitud muy inferiores y están pensados para producción masiva.
Por eso, más que una descarga “a todo o nada”, lo que se observa es una administración del arsenal: oleadas para erosionar defensas ahora, y reserva de vectores más modernos o complejos para una escalada prolongada. En esa lectura, Irán busca que el conflicto se decida menos por el impacto puntual y más por quién se queda sin capacidad de interceptar primero. Una estrategia combinada con demostraciones de poder cualitativo, como el empleo de misiles hipersónicos “Fattah I” y “Fattah II” que, según medios iraníes, habrían impactado sobre el portaviones estadounidense USS Abraham Lincoln, versión que el mando norteamericano negó de forma tajante.
En paralelo, Irán llevó la represalia al anillo de países del Golfo como parte de una lógica de disuasión indirecta, si desde esos territorios se facilitan ataques estadounidenses, también quedan expuestos a sufrir el costo del conflicto. En contraste con la “guerra de los 12 días”, cuando Teherán concentró su respuesta en una sola base estadounidense, sugiere que ahora el objetivo es más político y apunta a generar una crisis regional lo bastante grande como para que los socios del Golfo busquen frenar nuevas operaciones contra Irán.
En esta fase, la respuesta iraní se apoya en lo que el canciller Abbas Araghchi definió como una “defensa en mosaico” y una arquitectura deliberadamente descentralizada, pensada para que los golpes sobre el centro político no corten la capacidad de combate y para que el país pueda sostener lanzamientos desde múltiples puntos y con unidades que operan con márgenes de autonomía. “La defensa en mosaico descentralizada nos permite decidir cuándo y cómo terminará la guerra”, escribió Araghchi, en una señal explícita de que Teherán intenta convertir la dispersión territorial en continuidad operativa: células y mandos locales capaces de ejecutar, de forma clandestina, oleadas de drones y misiles aun bajo presión sostenida. Esa lógica apuesta a la duración y al desgaste, por eso recuerda, como analogía estratégica, a la idea de guerra popular prolongada formulada por Mao Zedong frente a Japón: dispersar fuerzas, sobrevivir al golpe inicial, sostener el conflicto en el tiempo y hacer de la extensión del territorio un multiplicador político-militar.
Trump dice que la campaña durará “cuatro semanas”, pero hoy el desenlace está lejos de estar escrito: la respuesta iraní viene mostrando coordinación y cálculo, aunque su margen depende de sostener la producción, el stock y, sobre todo, la supervivencia de sus lanzadores y nodos de fuego, que son el objetivo preferido de una coalición que declaró como meta degradar sus capacidades misilísticas. La “guerra de salvas” se vuelve entonces una cuenta regresiva doble: Irán necesita seguir pudiendo lanzar, mientras EE.UU. e Israel necesitan mantener sus sistemas de defensa antimisiles.
Si el escenario que se abre es el de una disputa prolongada, el tiempo, los costos económicos y la estabilidad del sistema energético mundial podrían convertirse en los verdaderos campos de batalla.
La incógnita, en ese caso, no será únicamente quién posee mayor poder militar inmediato, sino quién está en mejores condiciones de sostener una guerra larga en un mundo interdependiente y vulnerable.
Por supuesto, las acciones y decisiones de los demás actores regionales tendrán un peso decisivo en la evolución del conflicto y, desde allí, en las dinámicas de ruptura y reconfiguración de alineamientos internacionales en torno a la contradicción principal del capitalismo en su nueva fase, la digital-financiera, a la que hemos caracterizado como el “enfrentamiento del G2”. La naturaleza definitiva del tipo de guerra librada será, en última instancia, algo que determinen los hechos: La realidad se nos impondrá.
*Lina Merino es Lic. en Biotecnología y Biología Molecular, Dra. en Ciencias Biológicas (UNLP), diplomada en género y gestión institucional (UNDEF), Profesora (UNAHUR), investigadora (CICPBA); Alfio Finola es Geógrafo (UNRC), Dr. en Cs Sociales. Ambos son miembros del OECYT y analistas de NODAL.
