La vía colombiana al progresismo – Por Simón Rubiños Cea

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Simón Rubiños Cea *

Resta poco menos de seis meses para que acabe el primer gobierno de izquierda de la historia colombiana, uno que llegó repleto de ilusiones y esperanzas y que, con todo y todo, logró su promesa principal: Colombia cambió. Podemos diferir en qué grado y en qué sentido, pero de que cambió, cambió.

Ha habido avances importantes que conviven con zonas grises y expectativas aun insatisfechas, lo cual requiere una evaluación templada de cara a los desafíos electorales que vienen. Tarde o temprano, las próximas generaciones mirarán estos años como mira el Der Wanderer de Friedrich; y no serán pocas personas las que lo hagan con franca saudade, si se me permite el préstamo del portugués.

Pero ahora, lo que corresponde en este momento es reflexionar sobre lo andado y lo que viene. La izquierda colombiana debe evaluarse con honestidad, en términos de mirar lo hecho, recordar qué había antes y quién es de cara a los años que vienen, no solo para ajustar su narrativa, sino también su estrategia hacia adelante.

El texto propone una reflexión estratégica de esta primera experiencia de gobierno progresista, pensando en cómo convertir un hito histórico en una mayoría perdurable. Para eso se plantean tres tensiones que se cruzan entre sí: la fragilidad comunicacional para traducir logros en sentido común; la “revolución a dos tiempos” que expone el choque entre horizonte transformador y capacidad real del Estado; y el límite de lo simbólico cuando no se traduce en resultados. El cierre aterriza esas lecciones en la disputa de 2026 para ampliar la base sin diluir propósito transformador.

Comunicaciones:la pata coja de la mesa

Pensemos en un atleta que rompe un récord, o en una investigadora que escribe un paper con base en sus hallazgos. Lo esperable difundir el logro, por la trascendencia como por el reconocimiento de haberlo logrado. Con el gobierno pasa algo similar, pero en una escala mucho mayor.

Acá podría venir la lista larga de los hitos de la administración Petro: lo laboral, que combina el salario vital, las tasas de desempleo más bajas del siglo XXI y las reformas; las más de 2,6 millones de hectáreas gestionadas para la reforma agraria; la gratuidad en la educación superior y la reforma a los artículos 86 y 87 de la Ley 30; la reducción de la pobreza a mínimos registrados; la prohibición de la gran minería y extracción de hidrocarburos en la Amazonía, y así podría continuar enumerando.

Sin embargo, muchos de estos hechos se han visto opacados por una estrategia de comunicaciones frágil y un relacionamiento mediático poco acertado. Es cierto que el ecosistema mediático y el establecimiento han hecho lo posible para entorpecer al gobierno en la disputa por el sentido, pero esto no es algo que empezó el 7 de agosto de 2022, sino un hecho conocido a priori que pudo haber tenido otra aproximación.

Sobre esto, tres ejemplos: Primero, al menos ocho personas pasaron por el cargo de Secretario de Prensa de Presidencia, impidiendo la continuidad de estrategias y la unificación de mensajes desde el ejecutivo. Segundo, la ausencia de vocerías convirtieron al Presidente en el principal comunicador de su Gobierno, cuyo estilo confrontacional –justificado o no– estrechó el margen para romper el cerco mediático. Y tercero, las deficiencias en la política de pauta, que pese a las buenas intenciones de democratizar la comunicación, la medida fue suspendida por el Consejo de Estado y las alternativas digitales no se consolidaron como una herramienta de disputa hegemónica como se pretendía.

Comunicar es gobernar, y no contar con el «amén» de los grandes medios es un desafío mayor para convertir logros en sentido común. El Gobierno demostró que la claridad política y las grandes acciones no bastan para seducir a todo un país; deben ir acompañadas de un ejercicio de conexión directa y de una estrategia coherente en un ecosistema de hiperconectividad, polarización y fatiga con la política.

Se necesitan estrategias de aire y tierra para llegar al 45 por ciento de la población que ve televisión abierta, a las 6 de cada 10 personas que escuchan radio diariamente, a los millones que consumen redes sociales y a la población directamente beneficiada por las actuaciones. Pero ojo, en ese esfuerzo no solo juega el gobierno, sino también las demás figuras del proyecto, liderazgos y militantes.

Una revolución a dos tiempos

El balance del gobierno puede leerse como una revolución a dos tiempos. El primer tiempo es el de la conquista política, aquel momento de alegría y esperanza en que se abre la puerta del poder para un proyecto históricamente marginalizado. Y el segundo es el del ejercicio del poder mediante una institucionalidad diseñada por y para otras élites. En ese tránsito, del movimiento a la gestión, aparecen tensiones entre promesa y posibilidad, entre deseo y capacidad, entre urgencia transformadora y ritmos administrativos.

Ese tránsito ocurre en un país que estuvo por mucho tiempo bajo el control de unos pocos que se repartieron el Estado, la tierra y la riqueza, dejando a la mayor parte de la población en condiciones de precariedad. Cualquier alternativa política fue perseguida, y en los peores casos, arrasada. A pesar de todo, tras años de lucha y movilización, junto a la desestigmatización que trajo el Acuerdo de Paz, la izquierda logró llegar a la presidencia.

Una frase repetida tras la elección fue que llegar al gobierno no era lo mismo que ganar el poder. Y sí, el progresismo no heredó un Estado neutral, sino un entramado de reglas, inercias, burocracias, redes políticas y judicialización cuya lógica nunca fue pensada para habilitar un programa reformista, sino como filtro que selecciona qué cambios pasan y cuáles se frenan. Por eso, la distancia entre el hacer y la posibilidad real no es anécdota, sino un conflicto de fondo que mantuvo al gobierno oscilando entre sostener el impulso transformador o moderar para sostener la gobernabilidad.

Esa oscilación no nace solo de errores propios, aunque los hubo. Al principio se buscó una amalgama para ampliar mayorías, pero la experiencia demostró lo difícil que es sostener ese equilibrio cuando el establecimiento presiona por dilución –al principio– y derrocamiento –al final–, mientras sectores propios presionan por pureza y por acelerar sin concesiones. En esa tensión, Petro optó muchas veces por el «ir a por todo», lo cual le dio agenda y movilización –a diferencia de experiencias que se replegaron demasiado, como Boric en Chile–, pero también elevó la conflictividad y multiplicó frentes que la gestión no siempre pudo absorber, menos aún con la «pata coja» comunicacional.

Un gobierno que logró amalgamar –y con ello seducir a su pueblo–, fue el de AMLO en México, quien logró una continuidad narrativa disciplinada, apoyada en organización, control de agenda y ejecución coherente. Petro quedó en una zona intermedia, con un estilo de confrontación que en varias oportunidades le quitó margen para ensamblar mayorías estables. La lección para un siguiente gobierno progresista no es «moderar» o «radicalizar», sino sincronizar relato con capacidad, para que uno no vaya diez pasos por delante o detrás, mientras la esperanza se evapora.

Lo simbólico no basta

El gobierno Petro abrió puertas a sujetos y territorios históricamente relegados: instaló la idea de que el Estado debía mirar de frente la desigualdad y asumirla como mandato. Pero ese giro –en sí mismo valioso y con logros tangibles– dejó una tensión: no basta con representar sectores marginados ni ponerlos en el centro del relato si la política pública no traduce esa centralidad en cambios tangibles en vida cotidiana. Dos ejemplos muy claros: mujeres y el Ministerio de Igualdad.

En mujeres, el problema no fue cuántos ministerios o altos cargos estuvieron a cargo de alguna, porque las cuotas paritarias vienen por ley y eso más o menos se cumplió –ahora, que la ley debe replantearse es otro tema. El asunto es que persistieron expresiones y prácticas con estigmas de género junto a casos, denuncias o señalamientos de acoso y conductas sexualizadas alrededor de figuras del aparato estatal. El mensaje que recibe el país es que el símbolo feminista convive con tolerancias prácticas que el progresismo debe abandonar para lograr un cambio real en Colombia.

Por su parte, el Ministerio de Igualdad y Equidad nació como emblema y herramienta para cerrar brechas, con decenas de políticas e iniciativas loables, pero su rendimiento terminó cuestionado, sobre todo por ejecución, y con tensiones públicas entre el Presidente y la Vicepresidenta Francia Márquez. Es cierto que montar una entidad desde cero es complejo y toma tiempo, pero también lo es que la promesa de igualdad perdió ímpetu cuando no logró traducirse en resultados tangibles.

Acá, el punto es que de por sí las buenas intenciones no bastan, ya que lo simbólico sin ejecución termina volviéndose un flanco político. Tampoco se trata de bajar la ambición o renunciar a la inclusión, sino que hay que ser impecables e implacables: se debe profesionalizar la capacidad de traducir intenciones y relato en praxis si la izquierda quiere que su apuesta por igualdad sea legado.

De cara a la disputa electoral de 2026

Retomando el punto inicial, Colombia cambió, y será el legado del gobierno de Gustavo Petro que recordarán y discutirán las próximas generaciones: es la piedra angular de la vía colombiana al progresismo, que no es la chilena al socialismo de Allende, ni la optada por MORENA en México para la transformación de su país. Es una ruta propia, atravesada por la guerra, la desigualdad, el clientelismo y una esfera pública polarizada y poco acostumbrada a la alternancia de poder.

Por eso, el cierre del gobierno no es solo un balance, sino una disputa por el significado de lo ocurrido y por la posibilidad de continuidad. A poco menos de seis meses del cambio de mando, la pregunta no es si el progresismo continúa, sino si logra convertir su experiencia de gobierno en mayorías duraderas sin renunciar a su horizonte transformador.

En encuestas, Iván Cepeda lidera con cerca del 30 por ciento, seguido por el candidato de ultraderecha con 18 por ciento, y el del centro con menos de 9 por ciento. A esto se suma una indefinición que supera el 20 por ciento; una participación histórica alrededor del 50 por ciento, y una aprobación presidencial que ronda el 40 por ciento.

Esto sugiere que el progresismo puede quedar primero en primera vuelta, pero si se encierra en su núcleo electoral y no amplia la participación, llega a segunda vuelta vulnerable frente a una posible recomposición conservadora detrás del rival con más opción de vencer al petrismo. Es simple, el Pacto puede pagar caro si no convierte el liderazgo presidencial en máquina democrática territorial.

Aquí la comunicación deja de ser un adorno y se vuelve condición de posibilidad: si el Gobierno no siempre tradujo logros en sentido común, la campaña no puede repetir el error. La vía colombiana exige pasar de la política reactiva a una arquitectura narrativa capaz de sostener un relato simple y verificable en cualquier lugar del país. El marco self–us–now sirve de bisagra: lo que heredamos, quiénes somos como colectivo y qué toca hacer para romper las campañas endogámicas e identitarias para seducir nuevamente al país.

La revolución a dos tiempos sí puede marcar la campaña, pero como aprendizaje: sincronizar discurso y acción para ampliar respaldos y construir acuerdos que habiliten una segunda generación de reformas para que el progreso se sienta en el día a día de la gente. La autocrítica es necesaria y puede ser clave para habilitar un nuevo momento, ya no basado en buenas intenciones, sino también con serenidad y solvencia para volver a convocar mayorías democráticas y populares en 2026.

Si la vía colombiana al progresismo quiere sobrevivir al final de un gobierno y convertirse en ciclo histórico, necesita que «todas las izquierdas», sectores social liberales, movimientos y organizaciones sociales se presenten unidas como un frente amplio plural, capaz de debatir internamente pero cerrar filas frente al proyecto autoritario-conservador que ya se asoma. La convocatoria debe incluir a todas las fuerzas del cambio y a quienes se alejaron decepcionados: es momento de madurez política e incorporar algunas de sus críticas. Esto no debilita al progresismo; al contrario, lo fortalece al hacerlo más representativo de la Colombia diversa en que habitamos.

* Magíster en políticas públicas e ingeniero constructor. Analista y asesor político.

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