Parados en el umbral de una Guerra Mundial: Irán en la línea de fuego – Por Matías Caciabue

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Parados en el umbral de una Guerra Mundial: Irán en la línea de fuego

Por Matías Caciabue*

El 28 de febrero no fue un día más en la historia de violencias de Asia Occidental, el mal llamado Oriente Medio. Israel y Estados Unidos ejecutaron un ataque militar conjunto contra la República Islámica de Irán con oleadas de bombardeos y misiles que impactaron decenas de objetivos en distintos puntos del país.

Desde las escenas iniciales, la escala de las acciones militares indicaron que estábamos ante algo cuantitativa y cualitativamente grave. La llamada “guerra de los doce días”, de junio del año pasado, comenzó el 13 de junio con ataques aéreos israelíes sobre instalaciones militares y nucleares iraníes y se extendió hasta el 24 de junio, cuando se alcanzó un alto el fuego. En el transcurso de esos días se produjo un intercambio escalonado de ataques y contraataques, aunque con un tono diferente al que se observa ahora. El 22 de junio Estados Unidos intervino directamente bombardeando instalaciones nucleares iraníes, incorporándose de manera explícita a la dinámica bélica que, aun siendo grave, se movía dentro de una lógica de escalamiento administrado y contención relativa.

En ésta oportunidad, la justificación pública de Donald Trump fue parte de una narrativa imperial inaugurada luego del 11-S de 2001: Hacer una “guerra preventiva” para impedir el nunca probado desarrollo de las capacidades militares nucleares iraníes. Ese argumento se repite desde hace más de dos décadas. Sin embargo, la ofensiva no se limitó a instalaciones estratégicas, sino que alcanzó infraestructura, mandos militares y población civil.

La magnitud de las operaciones, y el tipo de objetivos seleccionados dan marco para entender que ya no se trata de un golpe táctico ni de una advertencia calculada.

Los objetivos imperiales y sionistas fue la de atentar directamente contra el alto mando político y militar iraní. Informes rápidamente difundidos por Israel confirmaron el asesinato del Ministro de Defensa, Aziz Nasirzadeh, y el jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, Mohammad Pakpour. A ello se sumó las afirmaciones, inicialmente por separado, de Benjamin Netanyahu y de Donald Trump de que también habría sido asesinado el líder supremo Ali Jamenei, algo que el gobierno iraní tardó en confirmar.

La apuesta por el cambio de régimen político

El objetivo elegido por EEUU e Israel fue el corazón político, militar y religioso de la República Islámica. Golpear el alto mando iraní no significa simplemente neutralizar capacidades técnicas, sino la de golpear la estructura misma del Estado iraní y su conducción estratégica.
Todo indica que la operación fue largamente planificada y cuidadosamente coordinada entre Washington y Tel Aviv, con un horizonte que excede la mera disuasión militar. Pareciera que la intención de Washington y Tel Aviv es forzar un cambio de régimen político en el país persa, para así erosionar a Irán como pieza geopolítica clave en el llamado “enfrentamiento del G2”, es decir, en la disputa estructural entre Estados Unidos y China por la primacía mundial.

Para comprender la gravedad del movimiento es necesario observar el contexto. Irán no es solo un actor regional. Es un nodo territorial, energético y militar que conecta Asia Occidental (Medio Oriente) con Asia Central, que forma parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por Beijing, y que integra los BRICS+. Su posición en los corredores comerciales euroasiáticos lo convierte en un actor intermedio clave en la transición hacia un orden mundial con las capacidades financieras y tecnológicas de origen chino en el centro de la escena de la nueva fase capitalista.

El costo humano ya es concreto. Más de 80 niñas murieron tras el impacto de un misil israelí en una escuela primaria en el sur del país persa. Los “ataques preventivos” vuelven a mostrar su rostro real. Las infancias bombardeadas no son un daño colateral, sino la consecuencia directa de una lógica de fuerza que desprecia el derecho internacional humanitario.

La respuesta iraní no se hizo esperar. Se reportaron lanzamientos de misiles y drones contra bases estadounidenses e israelíes en la región. Las agencias Tasnim y Fars señalaron como blancos instalaciones en Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Bahréin, incluyendo el cuartel general de la Quinta Flota estadounidense. La región entera está involucrada. A su vez, el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica informó que en la quinta oleada de la operación denominada “Promesa Verdadera 4” fueron atacados buques logísticos y militares, bases navales vinculadas a Estados Unidos e, incluso, el portaaviones USS Abraham Lincoln, que presuntamente fue alcanzado por cuatro misiles balísticos.

Existe un elemento que agrava aún más el cuadro. EEUU e Israel utilizaron el ejercicio diplomático como pantalla. “Hemos intercambiado ideas creativas y positivas hoy en Ginebra”, declaró el 26 de febrero el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, Badr al-Busaidi, quien actuaba como mediador entre Washington y Teherán. “Esperamos lograr más avances”, agregó, a menos de 48 horas de que los ataques estadounidenses e israelíes cayeran sobre Irán.

En una serie de entrevistas concedidas el 1° de marzo, un día después de la ofensiva contra Irán, y ya con la muerte del ayatollah Ali Khamenei confirmada, Donald Trump afirmó que las operaciones militares estaban avanzando más rápido de lo previsto, y que ya 48 líderes de la República Islámica habían muerto en los ataques. “Nadie puede creer el éxito que estamos teniendo: 48 líderes han desaparecido de golpe”, declaró a Fox News, mientras que en diálogo con CNBC sostuvo que la campaña va “por delante de lo previsto”.

Desde Palm Beach, el mandatario aseguró además que está dispuesto a hablar con las autoridades iraníes, aunque sostuvo que “deberían haberlo hecho antes” y señaló que varios de los negociadores del programa nuclear ya no están con vida. En paralelo, el Comando Central de Estados Unidos confirmó las primeras bajas estadounidenses en el conflicto, con tres militares muertos y cinco gravemente heridos, mientras una encuesta de Ipsos para la Agencia Reuters mostró que sólo el 27% de los estadounidenses aprueba la ofensiva contra Irán.

Mientras tanto, el “Ala de Sion”, el avión presidencial israelí, despegó de Tel Aviv tras el inicio de los bombardeos y permaneció durante varias horas sobrevolando el Mar Mediterráneo. Luego se dirigió a Grecia y finalmente aterrizó en Berlín. En medio de las represalias iraníes con drones y misiles, todo indica que Benjamin Netanyahu podría encontrarse a bordo. Ningún país de la OTAN, incluída Alemania, ha hecho efectiva la orden de arresto internacional que pesa sobre él por crímenes de genocidio.

Energía, BRICS+ y la reconfiguración del tablero mundial

El conflicto dejó de ser regional en el mismo momento en que Irán anunció el cierre de facto del Estrecho de Ormuz. Por esa arteria circula cerca del 30% del petróleo mundial. No hace falta un decreto formal para que el impacto sea inmediato. Basta con seguir elevando las acciones militares para que los mercados reaccionen. El precio del crudo, seguramente, va a crecer estrepitosamente, el costo recaerá, en primer lugar, sobre los países pobres, periféricos, no productores y no combatientes.

La energía es el corazón material del sistema económico mundial. Quien participe en el control de los flujos energéticos puede condicionar toda la arquitectura económica del mundo. En ese sentido, el frente abierto en Ormuz conecta la ofensiva militar con la dimensión estructural de la disputa. Por eso el enfrentamiento del G2 no es un eslogan: Es la expresión de una puja por la transición hegemónica en curso donde la dimensión militar, financiera, tecnológica y energética se entrelazan.

En este tablero ampliado hay un hecho que no puede ser ignorado. La reciente visita de Narendra Modi a Israel no fue una mera agenda protocolar. India es miembro de los BRICS+, bloque que integra junto a China, Rusia y el propio Irán.
Sin embargo, en plena escalada regional, el presidente indio viajó a Israel para estrechar con Netanyahu un fortalecimiento con Israel en materia económica, tecnológica, y militar.

Según informó The Jerusalem Post el 25 de febrero de 2026, en el marco de la visita oficial de Narendra Modi a Jerusalén, Israel e India firmaron una serie “histórica” de acuerdos de defensa por un monto estimado entre 8 y 10 mil millones de dólares, consolidando un punto de inflexión en su asociación estratégica. Los convenios incluyen componentes centrales del sistema israelí de defensa antimisiles multicapa (Arrow, David’s Sling, Iron Dome e Iron Beam), así como cooperación en drones ofensivos y defensivos, misiles aire-tierra, kits de guiado Spice 1000, misiles navales Ice Breaker, y sistemas supersónicos Air Lora. También se prevén desarrollos conjuntos en ciberseguridad, inteligencia artificial e, incluso, tecnologías cuánticas. India, que ya fue el mayor comprador de armamento israelí entre 2020 y 2024 con un 34% del total de exportaciones de defensa (según informes del SIPRI), profundiza así un vínculo militar que en la última década acumuló ventas por más de 20,5 mil millones de dólares, y que ahora se proyectó hacia una alianza industrial de largo plazo.

En términos estratégicos, estos acuerdos, sumados al gesto político de viajar a Tel Aviv y escenificar un respaldo explícito a Netanyahu, poseen un peso específico ineludible. No se trata de una señal menor, y todo puede leerse como un corrimiento significativo en el posicionamiento internacional de India, que tensiona su encuadre dentro de las fuerzas donde gravitan los actores de China y Rusia, exponen las contradicciones internas del espacio BRICS+.

En otras palabras, que una potencia emergente del Sur Global, sentada en el mismo espacio multilateral que Teherán, profundice su convergencia bilateral con Israel, en este contexto altera posiciones y termina por legitimar al sionismo en sus decisiones de fuerza posteriores. No se trata de una contradicción menor dentro del bloque, sino de una señal de la complejidad del reordenamiento mundial en curso.

Para los analistas que se aferran a una lectura acrítica del llamado “multipolarismo”, anclados en las interpretaciones teóricas del realismo (de origen angloamericano), desprovista de mirada dialéctica y ajena a la distinción entre contradicciones principales y secundarias, estos movimientos resultan difíciles de digerir. Los BRICS+, de manera definitiva, no constituyen un bloque homogéneo ni una alianza monolítica.
Son un espacio en disputa, atravesado por intereses divergentes y por estrategias que no siempre convergen. La posición adoptada por India introduce tensiones adicionales y pone en evidencia que la transición hacia un idealizado “orden multipolar” está lejos de ser lineal y armónico, expresando la complejidad del tiempo histórico que vivimos.

Las reacciones internacionales completan el cuadro. China llamó a evitar una nueva escalada, y pidió preservar la estabilidad regional. Rusia denunció una agresión no provocada. Irán habló de violación flagrante del derecho internacional. El mundo observa con preocupación, pero la lógica de poder ya se ha puesto en marcha.

Palabras de cierre

La ofensiva conjunta de Israel y EEUU contra Irán puso al conjunto de la humanidad en el umbral de una Guerra Mundial. No estamos ante una escaramuza ni ante una demostración de fuerza destinada a negociar desde una posición más ventajosa. Estamos frente a una operación que combina objetivos militares, presión política y apuestas geopolíticas extremas, en el marco de una transición hegemónica planetaria.

El cierre de Ormuz, la regionalización de los ataques, la disputa en torno al liderazgo iraní, y el movimiento estratégico de India indican que el tablero mundial está en plena reconfiguración. Cuando los actores perciben que su supervivencia está en juego, las decisiones se vuelven más arriesgadas y los márgenes de error se reducen.

Las próximas horas y días serán decisivos. No solo para Medio Oriente, sino para el equilibrio Mundial. La historia enseña que las guerras de gran escala no siempre comienzan con declaraciones formales, sino con una acumulación de movimientos que, de pronto, cruzan un punto de no retorno.

Y hoy estamos más cerca de ese punto que ayer.

 

*Matías Caciabue es Licenciado en Ciencia Política y ex Secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional UNDEF en Argentina. Analista de NODAL.

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