Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.
Shameel Thahir Silva *
Escribo esto después de que se concretó la imposibilidad de que Iván Cepeda participe en las consultas presidenciales programadas para el próximo 8 de marzo de este año. Me pidieron un balance crítico de las izquierdas en Colombia a la fecha, y creo que es un gran momento para hacerlo.
Mi principal crítica a las izquierdas colombianas –que, sí, no se limitan al Pacto Histórico ni a Gustavo Petro– es que dejamos que la conversación pública la monopolice el liberalismo, en contraposición a las nuevas formas del fascismo/libertarismo contemporáneo, como si no existieran alternativas.
Dejamos que el campo de las contradicciones se siga midiendo como si el siglo XX no hubiera terminado ya. Nos dejamos meter en la trampa de que la política son las personas y sus liderazgos, y perdimos la capacidad de plantear problemas a largo plazo: las estructuras y los intereses colectivos que mueven la rueda de la historia.
Nos dejamos enmarcar en discusiones identitarias sin poner en el centro el sustrato de clase y, de paso, nos dejamos convencer de que todos y todas, si nos esforzamos lo suficiente en este sistema de mierda, recibiremos lo que “merecemos” para construir un proyecto de vida decente; cuando la única vía posible es que todos y todas trabajemos según nuestras capacidades, sí, pero que todos y todas recibamos según nuestras necesidades.
dejamos arrinconar en la pregunta sobre la moralidad del Presidente: su vida privada, su manera de hablar o de dirigirse, sus formas en redes sociales o en espacios formales del poder; si se puso o no esta o aquella prenda. Y perdemos ese tiempo y ese espacio cuando, ya con la cancha a favor de los de siempre, deberíamos estar hablando de cómo transformar y democratizar el poder en todas sus formas.
Nos dejamos estupidizar por “el algoritmo” y terminamos igualando la política y lo político con la coyuntura del momento, o con lo que es “trending”, cuando no nos hemos preguntado –ni actuado– en función de una comunicación popular capaz de darle la vuelta a las corporaciones tecnológicas que tienen capturada nuestra atención, para que sean nuestras ideas, propuestas y maneras de entender el mundo (y lo correcto) las que orienten la conversación pública.
Por eso hoy, a dos meses de la primera vuelta presidencial, en vez de hacer un análisis riguroso de la correlación de fuerzas que caracteriza nuestra sociedad en transición política, nos dejamos engolosinar de los titulares y del framing que imponen las pantallas corporativas: para que hablemos de Roy y no de Abelardo; para que no nos preocupemos con rigor por avanzar posiciones en el Congreso de la República; o para que creamos que Iván lo hará mejor que Gustavo solo por ser Iván, mientras no hacemos un balance juicioso de qué fue lo que perdimos, pero también de lo que ganamos, a casi cuatro años de ser gobierno nacional junto al santismo y otros sectores.
Por eso también nos dejamos confundir al creernos el cuento liberal de que la moralidad en política importa, y que la pregunta es si se quiere ser poderoso o no; cuando tal vez la principal pregunta es qué se hace con el poder y a quién beneficia.
Por eso nuestros análisis de las relaciones internacionales no pasan de cómo se comportó este o aquel liderazgo y, nuevamente, no somos capaces de entender las complejidades de los actuales Estados modernos como relaciones sociales contradictorias, ni el lugar del interés nacional en un mundo que ya no domina completamente ninguna potencia en particular. Por eso nos parece contradictorio que Petro rechazara el envío de migrantes colombianos encadenados a nuestro país y, al mismo tiempo, aparezca sonriente con Trump en el Salón Oval.
Por eso hoy mucha gente que votará por Gustavo Petro a ojos cerrados si se volviese a postular no entiende las complejidades del Estado, y cree que si el Presidente chasquea los dedos aparecerán las escuelas, las vías y los hospitales que reducirán las profundas brechas de desigualdad. Nos faltó aprovechar el Estado para construir organización popular y, al mismo tiempo, demostrar que podemos hacerlo mejor (aunque algo hicimos, pero no es el lugar para hacer la lista). Nos faltó educar más y mejor a esas ciudadanías que hoy, a pesar de todas las dificultades y de la oposición, volverán a votar por el Pacto Histórico y se dicen progresistas; porque esa gente también está secuestrada por el marco liberal en el que seguimos haciendo política y dando la batalla.
Cuando salgamos de esa trampa liberal, dejaremos de activarnos políticamente cada dos años, en vísperas de cada elección. Pondremos como columna vertebral del proyecto histórico de cambio la organización popular: la que se hace como hormiguita cada día en los territorios, para construir poder más allá del Estado, sin desligarse de la palanca fundamental que sigue siendo. Cuando salgamos de esa trampa liberal, usaremos las redes sociales sin ser esclavos del algoritmo y usaremos esa organización popular para darle la vuelta, a pesar de Elon Musk. Cuando salgamos de esa trampa liberal, el sustrato de clase orientará las discusiones de género y raza, para que no nos quedemos en el techo de cristal o en las cuotas.
Rompamos la trampa cognitiva en la que nos tiene el liberalismo, porque en este mundo en crisis, claro que otro mundo es posible.
* Analista y asesor político
