Bolivia | Elecciones locales, crisis de representación y el retorno de la política desde abajo – Por Mishka Iturri Avendaño
Elecciones locales, crisis de representación y el retorno de la política desde abajo
Por Mishka Iturri Avendaño*
Los recientes resultados de las elecciones subnacionales en Bolivia han sido leídos, en ciertos análisis, como el fracaso de figuras específicas como Rodrigo Paz o como una nueva evidencia de la debilidad de la oposición. Sin embargo, esta interpretación resulta insuficiente para comprender la profundidad del momento político. Más que una suma de derrotas individuales o desajustes estratégicos, lo que emerge es una crisis estructural de representación y territorialidad que atraviesa al conjunto del sistema político boliviano.
Las elecciones subnacionales en Bolivia —que incluyen gobernaciones y alcaldías— tienen una particularidad: no solo miden preferencias políticas, sino también la capacidad real de los partidos para construir poder territorial. A diferencia de las elecciones presidenciales, donde pesan más las narrativas nacionales, en el ámbito local se pone a prueba la solidez organizativa, la presencia en el territorio y la relación concreta con la ciudadanía.
En este contexto, el análisis de Adriana Salvatierra en sus redes aporta datos reveladores. Un bloque político que en las elecciones nacionales de 2025 había alcanzado aproximadamente 1,6 millones de votos (alrededor del 32%) experimentó, en apenas seis meses, una caída cercana al 40% de su caudal electoral en las subnacionales de 2026, llegando incluso a un retroceso del 71% si se consideran los resultados de segunda vuelta. Esta pérdida no fue homogénea: en departamentos que habían sido su base electoral, como La Paz, Oruro o Cochabamba, las caídas superaron el 50%.
El debilitamiento no se limita a los votos. A nivel municipal, este bloque obtuvo solo 39 de las 335 alcaldías del país (alrededor del 12%), una cifra que contrasta fuertemente con sus propios resultados recientes y con ciclos políticos anteriores en Bolivia, donde fuerzas como el MAS-IPSP lograron consolidar hegemonía territorial durante largos períodos.
Un dato especialmente significativo es el crecimiento del voto nulo, que en varias regiones y ciudades superó al voto de las principales fuerzas políticas. Este fenómeno sugiere no solo una redistribución del apoyo electoral, sino una erosión más profunda del vínculo entre representantes y representados.
El diagnóstico anterior permite ir más allá de explicaciones centradas en actores individuales. Bolivia parece atravesar una crisis de hegemonía, entendida como la incapacidad de las fuerzas políticas para ejercer una dirección estable sobre la sociedad.
Para comprender por qué esta crisis adopta formas tan intensas en Bolivia, es necesario considerar su estructura social. El sociólogo René Zavaleta Mercado definió al país como una “sociedad abigarrada”, caracterizada por la coexistencia de múltiples formas de organización social, económica y cultural. Esta heterogeneidad dificulta la construcción de proyectos políticos homogéneos y estables, haciendo que las articulaciones políticas sean, por naturaleza, más frágiles.
Sabemos que la política boliviana se estructura a partir de articulaciones inestables de bloques sociales, donde la capacidad de construir hegemonía es siempre parcial y contingente. Los resultados recientes parecen confirmar esta hipótesis: incluso las fuerzas que mantienen presencia electoral significativa enfrentan dificultades para consolidar un control territorial sostenido.
El análisis desarrollado por los compañeros de Boquerón (un espacio de análisis y comentario político en plataformas digitales) aporta elementos clave para comprender el momento político boliviano al subrayar la centralidad del territorio como condición indispensable de la acción política, la insuficiencia de las estrategias basadas exclusivamente en la imagen y el marketing, y el predominio de dinámicas locales en las elecciones subnacionales.
Al destacar la fragmentación de la oposición, la persistencia relativa del oficialismo pese a sus tensiones internas y el carácter cada vez más pragmático del electorado, su lectura permite observar un escenario en el que ningún actor logra articular de manera sostenida un proyecto nacional capaz de integrar las demandas dispersas. La emergencia de liderazgos locales y la reconfiguración del mapa político que describen no son, en este sentido, fenómenos aislados, sino expresiones convergentes de una dificultad más amplia para construir representación efectiva y arraigo territorial, elementos fundamentales para cualquier proyecto político con pretensión de estabilidad y proyección nacional.
Sin embargo, este escenario no es estático. Junto al debilitamiento de las estructuras tradicionales, emergen formas de movilización y acción política que buscan reconfigurar el campo político desde abajo. Bolivia se encuentra así en un momento de transición, donde las formas burocráticas e institucionales han perdido eficacia, pero las demandas territoriales y sectoriales se vuelven a escuchar con fuerza en las calles. Un ejemplo reciente es la movilización encabezada por René Yahuasi, quien, tras seis días de marcha, llegó a la ciudad de El Alto el martes 21 de abril para presentar un pliego petitorio que incluye demandas como la defensa de la democracia, soluciones a problemas económicos urgentes y la convocatoria a una segunda vuelta electoral por la gobernación del Departamento de La Paz.
Más allá de la viabilidad jurídica que se permita a estas demandas, la movilización es significativa como expresión de acción política directa. En un contexto donde los canales institucionales son serviles a los poderes económicos y estatales, sectores sociales recurren a la movilización para hacer oír sus demandas y disputar el sentido de la representación.
Estos procesos pueden interpretarse como intentos incipientes de rearticulación política. Esta rearticulación podía constituir los primeros pasos hacia la construcción de nuevas cadenas de demandas, aunque todavía sin un horizonte unificador claro.
Los resultados de las elecciones subnacionales en Bolivia confirman una erosión profunda de las estructuras de representación política, pero esta no puede entenderse al margen del estado actual de las organizaciones sociales. Lejos de constituir un bloque sólido y orgánico, como en la primera década del Proceso de Cambio, el tejido social aparece hoy atravesado por procesos de cooptación, fragmentación y burocratización, que han debilitado su capacidad de articulación autónoma y su vínculo con las bases. La desconexión entre dirigencias y bases, la despolitización en ciertos sectores y la creciente dependencia de lógicas estatales han contribuido a vaciar de contenido a muchas de estas estructuras, reproduciendo la misma crisis de representación que afecta al sistema político en su conjunto.
Sin embargo, esta erosión no implica un agotamiento definitivo. El propio mapa de las organizaciones muestra también indicios de rearticulación desde abajo: procesos de autoconvocatoria, reactivación de bases y recomposición de identidades colectivas en distintos sectores sociales. En este sentido, la movilización reciente desde la marcha de Pando contra la ley de tierras, el llamado de la Central Obrera Boliviana a exigir estabilidad laboral y medidas contra el alza de precios de la canasta básica y defender los recursos estratégicos y la soberanía, aparecen como parte de una tendencia más amplia hacia la recuperación de la acción colectiva por fuera o en tensión con las estructuras tradicionales.
Así, Bolivia se encuentra en un momento ambivalente: mientras se profundiza la crisis de representación —expresada en la pérdida de territorialidad, el voto nulo y la fragmentación política—, emergen también las condiciones para una posible recomposición del campo popular. La clave no estará únicamente en la reconfiguración de liderazgos o partidos, sino en la capacidad de las organizaciones sociales para reconstruir vínculos orgánicos, recuperar autonomía y articular demandas dispersas en proyectos colectivos. En ese cruce entre erosión y rearticulación se juega, en última instancia, el futuro de la política boliviana.
*Mishka Iturri es integrante de Movimiento de Resistencia Plurinacional. Miembro del espacio comunicacional «El club del Té con Té”
