Colombia, el país que despertó en las urnas – Por Marcela Cobos

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Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de NODAL. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Marcela Cobos *

Durante años se repitió que la izquierda en Colombia era marginal, ruidosa pero incapaz de ganar poder real. Las elecciones del 8 de marzo desmintieron esa idea. Contra los grandes medios, contra la maquinaria económica y contra una campaña permanente de desprestigio, el voto volvió a moverse hacia el Pacto Histórico. El país político cambió, y esta vez lo hizo de manera visible.

El 8 de marzo

El resultado de estas elecciones confirma algo que hace pocos años parecía improbable y es que el país político ya no es el mismo. La izquierda dejó de ser marginal y hoy disputa con fuerza el centro del poder, mientras que varias figuras que parecían dominar la conversación pública no lograron traducir ese ruido en votos. Las urnas, una vez más, separaron el espectáculo de la política y hay que decirlo sin ambages:  ganó el Pacto Histórico, y lo hizo contra todo. Lo hizo contra los grandes medios, contra los grupos económicos, contra las noticias falsas, contra las campañas de desprestigio y contra esa obstinada costumbre de invisibilizar cada logro del gobierno. Y sí, hay que decirlo con claridad: el gran elector de esta jornada volvió a ser Gustavo Petro. Otra vez sorprende, otra vez demuestra que su liderazgo en la izquierda no es un relato sino una realidad que se mide en votos, en gente movilizada, en ciudadanos que deciden salir a defender una idea de país. Petro ha logrado algo que no es menor y es poner a la democracia a caminar, recordarles a millones de colombianos que el poder está en sus manos.

Poder de las mujeres en el Pacto Histórico más allá de los números

Sin duda, el Pacto Histórico se consagra como el gran ganador de estas elecciones. Pero su victoria no se limita a la cantidad de votos; lo que marca la diferencia es la manera en que se construyó la lista, mediante un ejercicio democrático interno, con una consulta que permitió que las mayorías eligieran a quienes representarían al movimiento en el Congreso. Este proceso no sólo refleja transparencia, sino también una cultura de participación que fortalece la legitimidad del proyecto político; los nombres que llegaron a la lista no fueron impuestos, sino elegidos por las bases, lo que le da un carácter genuino al triunfo.

La lista resultante es cremallera y respeta acuerdos internos y la representación de las mayorías. Así, Carolina Corcho, tras obtener la segunda mayor votación en la consulta de octubre y producto del acuerdo con Iván Cepeda, encabezó la lista al Senado. Para algunos su perfil representa un ala más radical de la izquierda; para otros, es una profesional con visión de país y leal al Pacto Histórico. Que una mujer encabece una lista nacional al Senado en un país donde ese lugar ha sido históricamente masculino no es un detalle menor pues expresa el reconocimiento de trayectorias femeninas con legitimidad propia y supone tensionar inercias patriarcales dentro de la política. Porque abrir el poder nunca es neutro; abrir el poder  siempre desplaza privilegios. Y es justamente ahí donde la paridad deja de ser un discurso y empieza a convertirse en una redistribución real del poder.

En la cabeza de la Cámara, María Fernanda Carrascal se consolidó como una figura central de la izquierda. Economista, activista y feminista, defendió las reformas y respaldó al presidente frente a los ataques combinados de los medios, la élite empresarial y la derecha. Su desempeño refleja cómo las mujeres de la izquierda no sólo ocupan espacios simbólicos, sino que ejercen poder real en la toma de decisiones y en la articulación política, enfrentando resistencias históricas en un entorno fuertemente masculinizado y hostil. Su triunfo en Bogotá evidencia la capacidad de la izquierda para conectar con las grandes urbes y los sectores populares urbanos, con una narrativa inclusiva y feminista.

De igual manera la elección de Sandra Chindoy al Senado representa un hito histórico para la política y la democracia colombiana. Sandra es, en muchos sentidos, la encarnación de la convergencia entre medios, visibilidad y política, es una mujer que mostró su identidad en un espacio público tradicionalmente cerrado, que renunció a la comodidad profesional para asumir riesgos, y que convirtió la legitimidad cultural en capital político y legislativo. Su escaño en el Senado no sólo es un logro personal, sino un símbolo de esperanza y de inclusión para los pueblos indígenas y para todas las mujeres que buscan hacer visible lo que la historia ha invisibilizado.

Otras figuras, como Amaranta Hán, representan la llegada de sectores históricamente excluidos al Congreso, en este caso, las trabajadoras sexuales. Su elección no es sólo un logro individual, sino un triunfo colectivo, que permite que demandas invisibilizadas durante décadas tengan voz legislativa. Esto marca un precedente para la política colombiana y es que la izquierda no se limita a debates abstractos, sino que incorpora realidades concretas y sectores marginados en su proyecto político. En el mismo sentido, Laura Beltrán (Lalis) desde el activismo digital y visible a partir del estallido social, encarna la resistencia frente a la violencia política y mediática. Su llegada refleja que la izquierda ha logrado construir una narrativa política resiliente, capaz de convertir ataques misóginos, violencia simbólica y presión mediática en capital político y legitimidad. De igual manera y con una enorme relevancia la presencia de Aída Avella en el Congreso no es sólo un hecho político. Aída es un testimonio de resiliencia, compromiso y liderazgo ético. Sobreviviente del exterminio de la Unión Patriótica, exiliada durante años, y ahora senadora consolidada, Aída representa la memoria histórica convertida en acción política concreta. Aída es, además, un capital humano y simbólico invaluable para el Pacto Histórico.

En conjunto, estas mujeres no sólo fortalecen la representación de género; ellas  redefinen el sentido de la política progresista en Colombia.  Muestran que la izquierda no se mide únicamente por votos, sino por la capacidad de articular diversidad social, experiencias de lucha y propuestas concretas en el espacio legislativo; su presencia en el Congreso es un símbolo de transformación cultural y política, un ejemplo de cómo los movimientos sociales pueden convertirse en fuerza institucional sin perder su esencia ni sus compromisos históricos.

La derecha desde la izquierda: Paloma Valencia y el Congreso

Desde la izquierda, la victoria de Paloma Valencia en La Gran Consulta por Colombia era esperada, pero su magnitud y sus implicaciones son reveladoras. Valencia arrasó gracias a la maquinaria uribista y al impulso técnico del llamado “centro”, que terminó consolidando el espaldarazo electoral de la derecha tradicional.

Valencia es una figura con trayectoria política importante dentro del Centro Democrático, pero su recorrido muestra una dependencia absoluta de Álvaro Uribe. Hizo campaña acompañada del expresidente, se autodenominó “la de Uribe” y dejó claro que no actúa con autonomía política real. Aunque pudo haberse mostrado independiente, sus discursos y actos de campaña evidencian que es, en gran medida, una ficha dentro del ajedrez político que Uribe ha manejado por décadas. Su victoria no se basa en liderazgo propio, sino en la legitimidad histórica que le presta el exmandatario y en la fuerza de una estructura política consolidada

A nivel discursivo, aunque Valencia adoptó un tono más moderado tras la victoria, evoca explícitamente los logros de la Seguridad Democrática, recordando un período que, desde la memoria histórica, se asocia también con crímenes de Estado, desplazamientos masivos y profundización del conflicto armado. Desde la perspectiva de la izquierda, esto subraya la paradoja de una mujer con capacidad de autonomía política prefiere alinearse completamente con un legado polémico, reforzando al uribismo como fuerza institucional y recordando que su proyecto sigue anclado en un pasado que muchos sectores del país buscan superar. No podemos pasar de agache el hecho de que Paloma Valencia ha llegado a plantear la división del Cauca bajo una lógica que se parece demasiado a un apartheid territorial y es la idea absurda de separar, excluir y aislar a comunidades enteras. También ha propuesto cerrar el paso de alimentos e insumos a las comunidades indígenas cuando estas bloqueen vías como forma de protesta y reclamo frente al abandono histórico del Estado. Ese tipo de planteamientos no sólo desconocen la complejidad social del país, sino que introducen una forma peligrosa de tratar el conflicto social: la exclusión y el castigo colectivo como respuesta a demandas legítimas.

Grandes derrotas

También quedó claro que la visibilidad mediática no garantiza legitimidad política. Figuras como Angélica Lozano, Katherine Miranda y Lina Garrido, que llegaron al Congreso con apoyo del progresismo y respaldando la campaña de Gustavo Petro en 2022, terminaron alejándose de esa base al plegarse al discurso mediático crítico del gobierno, lo que derivó en una derrota estrepitosa. Claudia López también pagó el costo de su vaivén político: sus 574 mil votos en la consulta no compensan la percepción de incoherencia y el desgaste de su alcaldía tras alinearse con discursos de derecha contra el gobierno progresista. Algo similar ocurrió con María Paz Gaviria, cuyo intento de heredar el caudal político de su padre fracasó, evidenciando el desgaste de una vieja clase política acostumbrada a acumular burocracia y cambiar de principios según la conveniencia. Entre los hombres, Roy Barreras tampoco logró sostener el liderazgo que aspiraba construir sobre la izquierda, confirmando que maquinarias y recursos no bastan cuando el electorado se independiza. Incluso en casos más complejos, como el de Jennifer Pedraza –feminista electa por el partido MIRA–, surge la tensión entre identidad política y estructura partidista. En conjunto, estos resultados muestran que la izquierda castiga la incoherencia y el oportunismo.

Figuras reveladoras y nuevas formas de hacer política

En estas elecciones también surgieron figuras que nos ponen a pensar sobre la dinámica de poder, redes y medios. Un caso emblemático es Daniel Briceño, quien, siendo concejal, decidió lanzarse al Congreso como opositor absoluto al gobierno. Brilló por su ausencia en el concejo, pero convirtió la criminalización del trabajo con el Estado, los ataques a sindicatos y profesores y el odio a lo público en su bandera política. Su triunfo no sólo es un logro electoral, sino también una señal del peso que ha adquirido dentro de su partido: hoy es el mayor elector del Centro Democrático, con una votación impresionante que lo convierte en una figura a seguir en el Congreso. La pregunta ahora es si responderá a las expectativas que generó su votación o si asumirá su nuevo rol de la misma manera como actuó en el Concejo: usando el cargo como plataforma para la confrontación permanente y para escalar al siguiente peldaño político.

El éxito de Briceño tiene varias lecciones: primero, los medios de comunicación lo hicieron visible permanentemente, amplificando su postura frente a los escándalos del gobierno y figuras de la izquierda; segundo, el activismo digital tuvo un efecto real, movilizando bases y reforzando su narrativa. Sin este ecosistema de visibilidad constante, su votación probablemente no habría sido tan contundente.

Otros activistas digitales no tuvieron la misma suerte. Por ejemplo, Penchi Castro, pese a sus miles de seguidores, no logró la votación esperada; Alejo Vergel, otra figura con presencia en redes, tuvo un desempeño considerable, pero el arrastre de su partido fue insuficiente. Esto muestra que la visibilidad en redes es necesaria, pero no suficiente. Se hace necesario combinar con estructura partidista, maquinaria y cobertura mediática para traducirse en resultados electorales concretos.

En suma, estas figuras revelan nuevas formas de hacer política; es un ejercicio en el que  la interacción entre medios, redes sociales y discurso polarizante puede catapultar a un candidato, pero también evidencia que sin respaldo institucional o coherencia política, la notoriedad digital por sí sóla no garantiza éxito. Daniel Briceño es el ejemplo más claro de cómo capitalizar el odio, la polarización y la vitrina mediática para convertirse en un actor político influyente, marcando un precedente para futuras contiendas.

Lo que se puede concluir

La elección marca una señal que no debería pasar desapercibida y es que a Colombia hay que leerla de otra manera desde 2022. Algo cambió en la política.  La ciudadanía decidió tomarse la democracia en serio y lo hizo participando, respaldando proyectos políticos y defendiendo en las urnas aquello en lo que cree. La participación fue una muestra clara de ese cambio de ánimo en el país.

También es evidente que hubo un respaldo importante a las políticas del gobierno y que la aprobación del presidente Gustavo Petro movilizó a muchos electores. Negarlo sería desconocer una parte importante de la realidad política del momento. El país que emergió en 2022 sigue ahí, activo, consciente de su poder democrático y dispuesto a seguir disputando el rumbo de Colombia.

Lo cierto es que hoy hay dos modelos de país en disputa. De un lado, un proyecto que busca ampliar la democracia, reconocer las desigualdades históricas e incluir a quienes durante décadas han estado por fuera de las decisiones del poder. Ese es el horizonte que representan candidaturas como la de Iván Cepeda y buena parte de la izquierda democrática.

Del otro lado, hay un proyecto que apuesta por restaurar el viejo orden político y económico: el mantenimiento del statu quo bajo las lógicas del neoliberalismo, la recuperación del poder por parte de los sectores que lo han administrado históricamente y que hoy buscan reorganizarse para volver a gobernar.

* Politóloga, Analista y asesora política.

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